Capítulo 12

1017 Palabras
Todo el día había anhelado que llegaran las cinco, pero ahora que por fin estaban aquí, me daba pavor volver a casa. Después de esquivar seis llamadas de Lucio y no lograr descubrir por qué Zoey estaba enojada conmigo, tenía la mente demasiado frita como para lidiar con ese maldito cerebro mío que no dejaría de girar toda la noche alrededor de una sola pregunta: ¿De verdad necesitaba un cierre con Lucio tanto como creía? En las películas, dicen que lo que viene después de la batalla final es lo más importante; es la resolución la que amarra todos los cabos sueltos con un moño bonito, dejando al público con un final satisfactorio. Sobre todo si no termina feliz. ¿Sería capaz de alejarme de nuestra historia de amor sin decir una palabra más, o necesitaba mi conclusión emocionalmente satisfactoria? Esa pregunta me anudó el corazón con su hilo en cuanto salí. —¿Joana? Me giré, sorprendida. —¿Daryl?— A diferencia de hace unas horas, tenía el pelo oscuro mojado, como si acabara de ducharse, y ahora llevaba shorts grises y una camiseta. Una camiseta que le dejaba los brazos al descubierto, revelando tatuajes que le envolvían los músculos con llamas en degradado naranja y n***o. Algo se enroscaba alrededor del fuego, pero no alcanzaba a distinguir qué era sin quedarme mirándolo descaradamente. Si Emily lo viera así, se le olvidaría hablar. Probablemente ni siquiera le importaría por qué estaba aquí. ¿Esto era un encuentro casual —su trabajo estaba al lado del mío— o me había estado esperando? Sentí que era a propósito, pero no podía imaginar por qué. —Hola— dijo con voz áspera, metiéndose las manos en los bolsillos —. Lo hiciste bien hace rato. Forcé una sonrisa; no estaba de humor para hablar, pero no tenía corazón para ser grosera después de que me ayudó hoy. —Buenas instrucciones. ¿El tipo no quedó lastimado, verdad? —Solo el ego. Billy se quejó y lloriqueó toda la tarde por eso. A pesar de mí, me reí. El impacto de esa risa fue casi tan fuerte como la caída inmediata de vuelta a la tristeza, y me hizo preguntarme si algún día volvería a sentirme completa. ¿Esta tristeza siempre iba a estar al acecho, lista para aplastarme el pecho? —¿Impresionaste a tu jefe?— preguntó Daryl. Tuve que sacarme de la cabeza para contestar. —Creo que sí. Gracias otra vez por los tips. Daryl asintió. —¿Y tu tobillo sigue bien? ¿Por qué sentí que había un significado más profundo detrás de esa pregunta? Más importante aún: ¿por qué le importaba? —Perfecto— lo aseguré —. Y para que conste, no suelo ser así de torpe. —Te voy a creer— dijo. Otra vez se me quiso torcer la boca en una sonrisa. Aprecié que, de algún modo, un desconocido me hiciera sentir normal, aunque fuera por un momento. Un desconocido al que quizá había cruzado mil veces en la calle, con su trabajo tan cerca del mío. —¿Cuánto tiempo llevas con el gimnasio?— pregunté. Soltó el aire. —Un par de años. Vengo aquí desde que era adolescente. Bueno, no en esta ubicación exacta— dijo, mirando el edificio —. Conocía al dueño cuando estaba unas millas más al sur. Cuando se jubiló hace un par de años, pareció una buena oportunidad. —Se nota— dije. Por lo lleno que estuvo hoy. —La gente dándose de golpes debe ser un buen negocio. —¡Jefe!— le gritó un tipo a Daryl desde como treinta pies —. ¡De verdad ya tenemos que irnos! Daryl asintió y volvió a mirarme. —Oye— se aclaró la garganta —. Si algún día quieres sacar un poco de agresión, eres bienvenida cuando quieras. Tenemos costales, gente, de todo para golpear. ¿Eso era? ¿Una invitación para pasar tiempo con él? —Tengo novio— solté. Tenía. Tenía novio, Joana. Pasado. Aunque no hubiéramos dicho las palabras Terminamos, estrellarme contra una pared comunicaba lo mismo. Cuando Daryl frunció el ceño, me ardieron las mejillas. No debí asumir que le interesaba. Daryl estaba fuera de mi liga: mil veces más guapo que yo y, además, más exitoso. Muchos hombres en su posición probablemente me lo habrían restregado. En cambio, dijo con educación: —Ok… Pero no tienes por qué preocuparte, no era eso lo que quería decir. Yo no salgo con nadie. No salgo con nadie. Había soledad en su voz, quizá incluso un corazón roto detrás. ¿Una novia que lo engañó, tal vez? —Entonces, ¿por qué…?— miré su gimnasio, preguntándome cuánto tiempo llevaba esperándome aquí afuera, por qué se había tomado la molestia de invitarme. —Digamos que sé lo que se siente necesitar un escape— dijo —. Parecía que tú podrías necesitar uno. —¡Jefe!— gritó el tipo, más urgente esta vez. —Me tengo que ir— dijo Daryl. Y justo cuando Daryl se alejaba, Harrison salió. —¿Ese era el imbécil del gimnasio?— preguntó —. ¿Qué quería? —Solo estaba revisando que mi tobillo estuviera bien y me invitó a volver para probar su gimnasio—. Como haría cualquier dueño de negocio rentable que sepa hacer contactos. —Sí, bueno, averigüé quién es en realidad y deberías mantenerte lejos de él. Ese tipo es peligroso. ¿Peligroso? Estaba por preguntarle qué quería decir, pero antes de que pudiera, mi celular sonó. Lucio otra vez. Estaba claro que no tenía intención de bajar el ritmo. Si acaso, las llamadas iban a aumentar ahora que sabía que ya había salido del trabajo. Harrison vio la cara que puse. —¿Todo bien? No. —Sí. Pero me tengo que ir. Caminé a casa con tanta confusión emocional que, para cuando metí la llave en la puerta, la cabeza me daba vueltas. Alguien dobló la esquina detrás de mí. —Joana. Me quedé helada. Era Lucio.
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