—¿Qué haces aquí, Lucio?
Es increíble cuánta información puede revelarse sin que se diga una sola palabra. Su rostro había envejecido mil años desde la mañana. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos hinchados y enrojecidos, como si hubiera pasado el día entero llorando, y su cuerpo de casi un metro ochenta estaba encorvado por la vergüenza. Se veía… terrible. Como si estuviera viviendo su propio infierno personal.
Bien. Se merecía retorcerse de agonía después de lo que hizo. Abracé mi enojo; se sentía bien. Pero cuando nuestras miradas se encontraron, vi más sufrimiento, remordimiento y angustia de los que jamás había visto en otro ser humano. Claramente destrozado por lo que había hecho, había en él una desesperación, el miedo de haber saboteado lo único que le importaba en la vida: yo.
—He estado tan preocupado por ti —dijo con la voz cargada de dolor—. Necesitaba verte para saber que estás bien.
Odiaba lo que había hecho. Era imperdonable, injustificable, y aun así, aunque no quisiera sentirlo en ese momento, todavía lo amaba. Odiaba poder sentir ese amor todavía. Habría sido más fácil odiarlo.
El miedo se apoderó de su rostro mientras recorría mi cuerpo con la mirada y se preparaba para hacer la pregunta que claramente lo había atormentado todo el día.
—¿Qué tan fuerte te lastimé?
Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. Porque no sabía qué decir. El dolor físico no era nada comparado con el corazón roto. Durante casi siete meses, mi vida había sido un sueño hecho realidad, mi futuro más brillante de lo que jamás imaginé. Y luego, en cuestión de instantes, todo quedó devastado.
Lucio avanzó despacio, sosteniendo mi mirada como si pidiera permiso, y cuando estuvo a unos treinta centímetros, levantó la mano hacia mi mejilla con tanta lentitud que debió pensar que yo se la apartaría de un manotazo.
Me sorprendió no sentir rechazo por su contacto, pero me hizo consciente de cuánto lo extrañaba. No al Lucio que me lastimó, sino al Lucio que me amaba, el que siempre me hacía sentir que mientras estuviera con él, todo iba a estar bien. Necesitaba que me rodeara con sus brazos y me susurrara que todo había sido solo una pesadilla.
Pero esto era dolorosamente real. Con los ojos atormentados, Lucio recorrió mi mandíbula con el dorso de los dedos, una caricia amorosa que había hecho tantas veces antes. Solo que esta vez estaba impregnada de desconsuelo, porque sabía que nunca volvería a sentir su toque. Nunca volveríamos a abrazarnos, besarnos ni acurrucarnos; nunca iríamos a elegir anillos, ni nos veríamos el día de nuestra boda, ni viviríamos felices para siempre. Nunca volvería a vivir en un mundo donde él fuera todo para mí.
Todo se había ido. Y yo estaba destrozada.
Cuando sus dedos llegaron a mi barbilla, la sostuvo suavemente entre el pulgar y el índice y giró mi mejilla lastimada hacia la luz, nervioso por lo que pudiera encontrar. Nadie más había notado la marca, pero nadie más la había buscado con atención, y el maquillaje había hecho su trabajo ocultándola. Sin embargo, la herida no era indetectable bajo ese nivel de escrutinio. Evidentemente vio el moretón, porque soltó un suspiro angustiado y los hombros se le hundieron como si le hubieran dado un golpe en el esternón. Como si hubiera pasado todo el día reviviendo la mañana en su cabeza, esperando que no hubiera sido tan grave como temía, pero ver la prueba irrefutable de que no solo había puesto la mano encima de la mujer que amaba, sino que además la había lastimado, fue más de lo que pudo soportar.
Le tembló el labio inferior y los ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca lo había visto llorar. Jamás. Ni siquiera cuando hablaba de su infancia traumática. Permaneció en silencio varios segundos, como si reuniera el valor para continuar su examen, antes de girar mi rostro hacia el otro lado. Ese lado no tenía daño. Lo examinó para asegurarse y luego deslizó los dedos por mi brazo y tomó mi mano con lentitud.
Percibí el mismo temor en él cuando dudó, mirando mi muñeca, claramente esperando no haberme lastimado ahí también cuando me agarró. Sus ojos doloridos se encontraron con los míos, un momento inesperado de intimidad entre nosotros, antes de volver a mirar hacia abajo y subir lentamente la tela de mi manga hasta el codo. Cuando vio el moretón en mi antebrazo, se le escapó un gemido y su cuerpo pareció desinflarse.
Esperaba sentir solo enojo, pero también dolía verlo sufrir. Incluso después de lo que había hecho, quería que su dolor desapareciera. Y aun así, una parte de mí se alegraba de que estuviera tan afectado; significaba que le importaba, que no era un monstruo. ¿Cómo puedo sentir pena por él cuando todo lo que debería sentir es odio? ¿Cómo puedo querer empujarlo lejos cuando quiero que me rodee con su brazo y me ame, borrando esos momentos fugaces que cambiaron nuestras vidas? Todo era tan confuso.
—¿Te duele en algún otro lado? —gruñó, apretando los puños.
—No.
Se apartó y se tomó la nuca.
—No puedo creer que haya hecho esto —escupió—. Tú eres todo para mí. ¿Qué demonios me pasa?
Consideré invitarlo a entrar para hablar. Afuera podíamos ser interrumpidos por algún transeúnte, pero no pude obligarme a dejarlo entrar a mi departamento después de lo que había hecho. Y, aun así, tampoco podía alejarme. Si tenía alguna esperanza de seguir adelante con mi vida —si es que así podía llamarse sin él— necesitaba respuestas. De lo contrario, esto me perseguiría por el resto de mis días.
Pero me aterraban las respuestas que pudiera obtener. ¿Y si había pasado por mi culpa? ¿Y si había algo mal en mí? Nunca había tenido un novio a largo plazo. ¿Y si la primera persona que se acercó lo suficiente como para ver mi alma más cruda e imperfecta, con todos mis defectos, vio algo feo en mí? ¿Algo tan feo que desató una rabia pura?
¿Y si no soy digna de ser amada?
—Esta mañana te tuve miedo —admití—. Ni siquiera te reconocí…
Sus ojos se aferraron a los míos mientras susurraba con vergüenza:
—No quiero que me tengas miedo.
Ojalá fuera más fuerte, para que estas lágrimas no se formaran.
—Pensé que me amabas.
Los ojos de Lucio se abrieron como si mi afirmación fuera absurda. Dio un paso al frente y volvió a tomar mi rostro, acariciando mi piel con el pulgar.
—Te amo más que a mi propia vida.
Mi corazón se alegró, porque sus palabras eran la medicina que desesperadamente necesitaba: la confirmación de que de verdad me amaba tanto como yo creía. Pero también encendieron mi enojo, porque significaban que había arruinado algo real.
Me aparté bruscamente de su contacto.
—Perdiste el control por completo —dije—. No tenía idea de qué esperar después ni de lo que eres capaz. Pensé que eras la persona que me protegería del mundo exterior si alguna vez me atacaba. Nunca soñé que serías la persona de la que necesitaría protección.
Mis palabras fueron como una explosión nuclear; parecía a punto de vomitar. Parte de mí se sintió reivindicada, pero otra parte se sintió terrible por poder sentir alivio ante el dolor de alguien más.
—Lo que hiciste —continué— cruzó una línea que no se puede cruzar. No voy a permitir que nadie me trate así. Ni siquiera tú.
—Joana —dijo—. Lo siento. De verdad, de verdad lo siento. —Bajó la mirada—. Ni siquiera… —Lucio se tomó las sienes, dejando que el silencio se alargara mientras contenía las lágrimas.
—Pensé que eras el amor de mi vida, Lucio. Pero ni siquiera te conozco. El hombre del que me enamoré jamás me lastimaría ni en un millón de años.
No sé qué esperaba que dijera. Pero deseaba desesperadamente que sus palabras apagaran este dolor ardiente, y me enojaba que no estuviera pasando.
Si tenía el poder de romperme el corazón, tenía la responsabilidad de volver a armarlo.
—Joana —dijo Lucio—. Juro por mi vida que te amo más que a nada. Te amo tanto que me sobrepasa. —Tragó saliva—. Nunca me había permitido estar tan cerca de nadie. Nunca. Solo pensar en perderte me hizo entrar en pánico total.
—¿Entonces qué? ¿Me amas tanto que me lastimas? ¿En serio?
—No —dijo, negando con la cabeza—. Solo estoy… tratando de explicarlo. No lo estoy haciendo bien.
No, no lo estaba haciendo bien.
—¿Por qué pasó, Lucio? ¿Cómo pudiste hacerme eso?
El espacio a nuestro alrededor era tóxico, el aire espeso de tristeza y decepción. Rodeé mi estómago dolorido con los brazos, las llamas del infierno lamiendo las paredes de mi edificio, arrastrándome a su agarre.
—No hay excusa para lo que hice.
—No. Pero merezco una explicación. Tal vez fui arrogante al creer que merecía una historia de amor épica. Quizá esto era el castigo kármico del universo por criticar la decisión de mis padres de divorciarse.
Por la expresión de su rostro, Lucio había pasado el día preguntándose cómo había podido pasar esto.
—Eres la primera persona que de verdad me ha amado —dijo—. Mis propios padres nunca me quisieron. Fui un error no planeado. Una noche de borrachera en la que olvidaron ponerse un condón, como solía decir mi papá. Decía que una noche en la cama le costó años de cuentas y de infierno. Que planeaba abrir su propio taller de motos hasta que yo llegué y se lo arruiné. Amenazó con irse un millón de veces antes de hacerlo de verdad.
Lucio se pasó una mano por el cabello, las lágrimas rodándole por las mejillas. Tras una pausa, me miró directamente a los ojos.
—No soy nada, Joana. Un perdedor de mierda. Ni siquiera mi mamá piensa otra cosa. Es solo cuestión de tiempo antes de que tú también te des cuenta y me dejes.
Una nueva ola de pena me estrujó las entrañas. No tenía idea de que Lucio se sintiera así, pero tenía sentido. ¿De verdad podía esperar que saliera ileso de una infancia tan deplorable? Rechazado por su madre y abandonado por su padre, la inseguridad había echado raíces, manifestándose como celos. Para alguien como Lucio, quizá enamorarse era como darle a un niño un rifle cargado: incapaz de controlarlo, sin saber cómo usarlo, pero con todo el poder del arma en las manos.
—Podrías tener al tipo que quisieras. ¿Y yo qué tengo para ofrecerte? ¿Dinero? Trabajo en construcción, soy obrero. ¿Estabilidad? En construcción salto de un trabajo a otro solo para llegar a fin de mes. No tengo un sueldo fijo todo el año con buenos beneficios y bonos. ¿Éxito? La proyección de carrera en construcción no está muy bien ahora. Y no tengo ni la cabeza ni el dinero para estudiar o hacer algo mejor. ¿Familia? Tampoco tengo eso. —Pausó—. No tengo nada que ofrecerte.
Se aclaró la garganta.
—Todos los días vivo con el miedo constante de que cualquier día de estos me vas a dejar por alguien mejor. Te mereces a alguien que pueda darte mucho más de lo que yo puedo. Así que hoy, cuando vi a ese tipo salir de tu departamento, pensé… —Miró al suelo, demasiado avergonzado para sostenerme la mirada.
—Siento mucho que hayas pasado por eso —dije con suavidad. De verdad lo sentía. Si hubiera sabido que Lucio estaba luchando con todo esto, habría manejado la mañana de otra forma. En retrospectiva, debió sentirse como si yo estuviera minimizando su mayor miedo—. Pero si me estás pidiendo que excuse…
—No lo estoy —dijo, aún mirando hacia abajo—. Lo que hice es imperdonable.
Odiaba que su infancia lo hiciera sentirse inútil. Odiaba que en su mente ahora tuviera la confirmación de que era un perdedor, indigno del amor de cualquiera. Pero aun así, no podía superar esto. Aunque mi corazón me suplicara que lo abrazara y lo perdonara, que dejara que sus besos borraran las lágrimas y el dolor. Que no permitiera que una mañana horrible deshiciera siete meses de cielo.