Ante las puertas de la sala del trono, suspiré profundamente. No podía decir que no sentía miedo, pues estaría mintiendo y lo peor de todo es que mi corazón estaba bastante agitado. Mi hermano puso su mano sobre mi hombro para darme un poco de ánimos y tranquilidad, cualquier cosa que sucediera él estaría conmigo. – Para que estés más tranquila, entraré yo primero. ¿De acuerdo? – Sí, gracias hermano. – ¿Estás lista? – Sí. – dije decididamente, aunque un poco vacilante. – Prepara tus dotes de actuación, hermanita. – dijo sonriendo. Dicho esto, abrió las puertas y ahí se encontraba él, sentado en su trono conversando con lo que sería un soldado, según su uniforme. Cuando miró hacia nuestro lado, yo bajé la cabeza. Mi hermano podía mirarle al rostro, porque era alguien que conocía,

