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Arquitectura del deseo

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Descripción

Catalina Ibáñez es una arquitecta brillante, independiente y perfeccionista. Dueña de una carrera envidiable y de una estética pulcra que también ha trasladado a su vida personal.Catalina lo tiene todo: prestigio, control, reconocimiento, pero en medio de su orden meticuloso, algo empieza a resquebrajarse. Su vida, aparentemente impecable, se ha vuelto una sucesión de días grises y silencios que no sabe cómo llenar. El éxito ha comenzado a pesarle. El deseo —ese que alguna vez la desbordó— parece haberse evaporado entre planos, contratos y reuniones sin alma.Santiago, con su caos ordenado, sus cielos opacos y cafés húmedos, se transforma en el telón de fondo de ese vacío creciente. Las fachadas antiguas que Catalina admira durante sus caminatas esconden un hastío que ya no puede disimular ni con maquillaje ni con logros. Está cansada de su mundo, pero no sabe cómo salir de él.Todo cambia una tarde de otoño, cuando un encargo aparentemente rutinario la lleva a conocer a León Araya, un fotógrafo bohemio, intuitivo y marcado por un pasado turbio que apenas menciona. León no busca agradar, no impresiona con palabras ni sonríe por compromiso. Observa, con una cámara en la mano y una mirada inquietante, la atraviesa sin pedir permiso. La mira como si viera lo que ella lleva años ocultando y eso, lejos de incomodarla, la enciende.Lo que comienza como un cruce casual, una conversación entre las paredes de una cafetería y una cámara fotografíca , se transforma en una atracción brutal, tan física como emocional. En la intimidad de una ciudad que esconde más de lo que muestra, Catalina y León se van encontrando sin buscarse del todo, dejando que las fisuras de sus mundos cuidadosamente construidos se ensanchen cada vez más.Con cada encuentro, Catalina empieza a redibujar sus límites. León le propone un deseo que no se apura ni se disculpa, un erotismo que es también mirada, gesto, silencio y ella, que ha diseñado cada centímetro de su vida, comienza a rendirse ante una arquitectura nueva: la del instinto, la de la piel, la del caos, pero también una arquitectura peligrosa, porque amenaza con derribar lo que ha tardado años en edificar.En paralelo, León se ve arrastrado por una conexión que lo confronta con heridas no cerradas, con un pasado que aún lo persigue entre sombras y cicatrices. Catalina representa no solo una pasión inesperada, sino una posibilidad que había dejado de imaginar: la de ser visto y aceptado sin máscaras.En una ciudad donde cada rincón guarda secretos, pasajes que conducen a lo oculto y cerros que testifican encuentros furtivos, Catalina y León deberán enfrentar la pregunta que lo cambia todo: ¿pueden dejarse consumir por un deseo que no promete futuro, pero sí una intensidad que los hace sentir vivos?Arquitectura del deseo es una novela sobre cuerpos que se buscan, pasados que pesan, y la lucha íntima entre lo que se quiere controlar y lo que se quiere sentir. Es también una historia de arte, de piel y de rendiciones. Porque a veces, para amar —y para desear de verdad—, hay que estar dispuesto a derrumbarlo todo.

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PRÓLOGO
La lluvia caía como si quisiera borrar la ciudad. Santiago estaba cubierto por una bruma espesa que suavizaba las formas, los bordes, los contornos de las cosas. Las luces del atardecer se deshacían contra el pavimento mojado, reflejadas en charcos que temblaban con el paso de los autos, las prisas ajenas y el viento arrastraba las hojas secas y murmullos lejanos. Catalina Ibáñez caminaba por la vereda de calle Lastarria como quien atraviesa un sueño húmedo, aferrándose al abrigo n***o que se le pegaba al cuerpo con cada ráfaga. Tenía frío, pero por dentro ella ardía. Venía del cierre de una exposición de arquitectura en el centro cultural GAM. El evento había sido exactamente como todos los anteriores: "vino mediocre, elogios de compromiso y hombres que la miraban con esa mezcla de fascinación y temor que tanto la agotaba, algunos la deseaban por su elegancia distante; otros se sentían amenazados por su éxito". Nadie, absolutamente nadie, parecía realmente ver quién era ella. Catalina había construido su vida como quien traza planos con precisión milimétrica: sin errores, sin excesos, sin fisuras. Una carrera impecable, una agenda repleta, un apartamento en Bellas Artes decorado con muy buen gusto, pero algo crujía por dentro, una grieta que ni siquiera ella. Arquitecta de muros y proporciones, sabía cómo reparar. Se detuvo frente a un café pequeño, con los ventanales empañados por el vapor cálido de la tarde al principio dudó si entrar. Estaba harta de la rutina, pero también del vacío que sentía cada vez que intentaba romperla y fue en ese momento, cuando giró apenas la cabeza, que lo vio a través del cristal, en una mesa junto a la ventana, un hombre de barba desordenada la observaba desde el otro lado del ventanal. Llevaba una camiseta blanca ligeramente mojada, jeans oscuros empapados hasta las rodillas y una cámara colgando del cuello como una extensión de su cuerpo. La miraba con una intensidad que no tenía nada de lasciva. No era deseo exactamente lo que reflejaban sus ojos. Era curiosidad, interés, una especie de reconocimiento primitivo, casi salvaje y sin embargo, tranquilo. Catalina no sonrió Pero tampoco, se dio la vuelta y minutos después, empujó la puerta del café y entró. El calor le golpeó el rostro, junto con el aroma a café tostado y madera húmeda. León —aunque aún no sabía su nombre— alzó la vista, sus miradas se encontraron por unos segundos y en ese breve cruce de tiempo, algo se quebró dentro de ella. No de una forma violenta, sino como si una antigua cerradura cediera, silenciosamente. No dijeron palabra, no hacía falta. Había en él una promesa no dicha, algo misterioso, quizás hasta peligroso, algo que podía arrasar con su orden, incluso con su vida de hasta ese momento perfecta, aún así, Catalina no se detuvo. No quería detenerse. Supo, en ese mismo instante, que él sería tal vez su perdición o quizás, su única salvación, su espejo más oscuro o tal vez su deseo más claro. No lo sabía, pero pronto quizás lo descubriria

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