Azul había salido de compras con su madre, pero no lograba relajarse. Desde el momento en que llegaron al centro comercial, sentía que alguien la seguía. Al principio pensó que era solo su imaginación, pero esa sensación persistente comenzaba a inquietarla. Finalmente, ambas se sentaron a almorzar en un elegante restaurante del lugar, intentando disfrutar del momento. —Mi amor, ese muchacho no deja de mirarte —comentó Mía en voz baja, inclinándose ligeramente hacia su hija mientras señalaba discretamente con la mirada a un hombre de cabello oscuro, ojos verdes penetrantes, y vestido impecablemente con un traje. Azul apenas levantó la vista y soltó un suspiro, sin mostrar interés alguno. —Me da igual, mamá —respondió con un deje de aburrimiento mientras jugaba con el tenedor sobre su ens

