Reunión familiar.

1138 Palabras
Azul se dirigió a la habitación de Mateo con una jarra de agua fría en las manos y, sin pensarlo dos veces, se la lanzó directamente en la cara. —¿Qué te pasa? —protestó Mateo, sobresaltado mientras se incorporaba de un salto, empapado y confundido. —Recuerda que hoy es el día de pesca —respondió ella con una sonrisa triunfal, dejando la jarra vacía sobre la mesita de noche. Mateo rodó los ojos, todavía medio dormido, mientras Azul salía de la habitación riendo, satisfecha con su travesura. Ya estaba lista para el día, con su bikini rojo ajustado y un vestido ligero que apenas cubría su atuendo de playa. En su camino hacia la planta baja, Azul pasó frente a la habitación de David, y la puerta entreabierta le permitió ver que él estaba sentado en su escritorio, concentrado en unos papeles. Sin dudarlo, entró con una sonrisa radiante. —¿Irás con nosotros, verdad? —preguntó, apoyándose despreocupadamente en el marco de la puerta. Antes de que él pudiera responder, continuó—. Vamos a la Isla Carmelita con el abuelo Rodrigo. También irá Clara. Tienes que venir, David. David levantó la mirada, claramente molesto por la interrupción. —Tengo asuntos en la empresa —respondió con tono seco, volviendo su atención a los documentos frente a él. Azul, sin embargo, no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente. Entró en la habitación y se acercó a él, jalándolo suavemente del brazo. —Pero es sábado, por favor, ven con nosotros. Será divertido. Además, ¿cuántas veces nos acompañas en algo así? Será mi último verano aquí antes de la universidad. Por favor —insistió, envolviéndolo en un abrazo espontáneo. David se tensó. Sentir los brazos de Azul alrededor de él era como un golpe a su ya inestable autocontrol. Permaneció inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Su mente se llenó de pensamientos conflictivos, emociones que había intentado reprimir durante meses. Ella era su hermana, o al menos así la había visto toda su vida. Pero había algo más, algo que lo atormentaba y que lo hacía sentir como si estuviera cayendo en un abismo del que no podía escapar. —Azul... —murmuró, finalmente apartándola con suavidad pero firmeza—. Ya te dije que no puedo. No insistas. Azul retrocedió, claramente decepcionada, pero no quiso insistir más. —Está bien. Haz lo que quieras —respondió con un suspiro, cruzando los brazos—. Pero te advierto que el abuelo te dará un sermón, y Mateo y Clara no te dejarán en paz. Sin esperar respuesta, salió de la habitación, dejando a David solo con sus pensamientos. David se dejó caer en su silla, pasándose una mano por el cabello mientras miraba hacia el techo. —¿Qué demonios me pasa? —murmuró para sí mismo. El conflicto interno lo desgarraba. Azul no era su hermana de sangre, pero la forma en que habían crecido juntos y la manera en que la familia los veía hacían que todo esto fuera un desastre emocional que no sabía cómo manejar. Mientras tanto, Azul bajó al comedor, intentando sacudirse la sensación de malestar que le había dejado la conversación. Aunque sabía que podría contar con Mateo, Clara y su abuelo Rodrigo para acompañarla, una parte de ella no podía evitar sentirse un poco desanimada por la actitud de David. Azul estaba sentada en el comedor, disfrutando de la fresca brisa que se colaba por las ventanas abiertas. Su madre, Mía, estaba sirviendo café mientras charlaba animadamente con Nicolás, quien leía el periódico. Clara, la mejor amiga de Azul, también estaba allí. Era una joven de cabello castaño y ojos color cielo, de una belleza serena que contrastaba con su personalidad reservada. A diferencia de Azul, quien era extrovertida y siempre buscaba la atención de todos, Clara prefería mantenerse en segundo plano. —¿Dónde están mis nietos? —preguntó Rodrigo al entrar, su voz resonante llenando la estancia mientras extendía los brazos para abrazar a Azul. Azul corrió hacia él con una sonrisa, aceptando el cálido abrazo de su abuelo. —Abuelo, Mateo no tarda en bajar, pero David no quiere venir —respondió con un puchero, cruzándose de brazos como una niña pequeña. Rodrigo frunció el ceño, claramente molesto, pero antes de que pudiera decir algo, Nicolás se levantó de su asiento. —Yo me encargo —dijo con tono decidido mientras subía las escaleras. Primero se detuvo en la habitación de Mateo, quien ya estaba duchado y bajando las escaleras con una toalla al hombro. Nicolás le lanzó una mirada de advertencia, como si estuviera asegurándose de que no intentara escaparse de la reunión familiar. Después, continuó hacia la habitación de David. Tocó la puerta ligeramente antes de entrar, encontrando a su hijo mayor sentado en el borde de la cama, con documentos desparramados sobre el escritorio cercano. David apenas levantó la vista al notar su presencia. —¿Qué pasa, hijo? Tu abuelo quiere verte —dijo Nicolás, manteniendo la voz calmada pero firme. —No quiero ir. Tengo que trabajar, hay asuntos pendientes en la empresa —respondió David sin emoción, evitando el contacto visual. Nicolás lo observó en silencio por unos segundos, cruzando los brazos con expresión seria. —Hoy es sábado, David. Sabes tan bien como yo que no hay nada en la empresa que no pueda esperar hasta el lunes. Dime la verdad, ¿qué está pasando contigo? —preguntó, esta vez con un tono más cercano. David apretó los labios, luchando con las palabras que se amontonaban en su mente. Evitó mirar a su padre, fijando la vista en la ventana, donde las hojas de los árboles se mecían suavemente con el viento. —No es nada, papá. Estoy cansado, eso es todo —respondió finalmente, con una voz cargada de tensión. Nicolás se acercó un poco más, estudiándolo con atención. —David, últimamente te noto distante... diferente. Incluso con Azul. Ella me dice que la evitas, que la miras como si estuvieras molesto con ella. ¿Hay algo entre ustedes que deba saber? David sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La mención de Azul solo aumentó el nudo en su garganta, pero rápidamente se obligó a disimular. —No hay nada, papá. Te lo dije, solo estoy agotado. Nicolás no pareció convencido, pero suspiró, optando por no presionarlo más. —Está bien. Pero baja, aunque sea un momento. Rodrigo ha estado esperando verte. No es solo tu abuelo, David. Es parte de esta familia. Sin esperar respuesta, Nicolás dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a David solo con sus pensamientos. David cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro. Sabía que no podía escapar para siempre, pero enfrentarse a esa sensación que lo carcomía por dentro era algo que no estaba listo para hacer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR