La lancha cortaba las olas con elegancia mientras se dirigían hacia la Isla Carmelita, una joya en medio del océano que Nicolás había convertido en un destino turístico exclusivo. Azul observaba cómo el agua cristalina reflejaba los rayos del sol mientras Clara, sentada a su lado, se cubría el rostro con un sombrero para protegerse del calor. Rodrigo, su abuelo, estaba en la proa, señalando con entusiasmo lo que los esperaba en el complejo que Nicolás había construido.
—Tu padre ha hecho maravillas con esta isla, Azul. Cuando yo era joven, solo había palmeras y un par de cabañas —dijo Rodrigo con una sonrisa nostálgica.
Azul asintió, recordando las historias que su abuelo solía contarle sobre la Isla Carmelita. Ahora, gracias a su padre, el lugar era un paraíso moderno. El complejo turístico tenía todo lo que cualquier persona podría desear. Había un lujoso hotel con habitaciones que ofrecían vistas panorámicas al mar, piscinas infinitas que se fusionaban con el horizonte, y una amplia selección de restaurantes que servían desde mariscos frescos hasta cocina internacional de alta gama.
Pero no era solo un lugar para el descanso. Nicolás había diseñado un centro de actividades que incluía deportes acuáticos como buceo, snorkel, y esquí acuático. También había senderos que atravesaban la selva, ideales para los aventureros que querían explorar la naturaleza de la isla. Además, un spa de clase mundial ofrecía tratamientos relajantes con productos naturales extraídos de la misma isla.
—¿Sabías que también hay un campo de golf? —preguntó Mateo, sentado al lado de Rodrigo y disfrutando de una cerveza fría.
—¿Golf? Eso suena aburrido —respondió Azul, haciendo una mueca.
—Para ti, que no puedes quedarte quieta ni un minuto, quizá sí —bromeó Mateo—. Pero dicen que es uno de los mejores de la región.
Clara, siempre más tranquila, intervino con una sonrisa tímida.
—A mí me interesa más la playa privada. He escuchado que es increíble.
—Lo es —respondió Rodrigo—. El agua es tan clara que puedes ver los peces nadando cerca de la orilla.
Azul no pudo evitar emocionarse. Aunque había estado en la Isla Carmelita varias veces, cada visita era una experiencia nueva. Mientras la lancha se acercaba al muelle, pudo distinguir las elegantes cabañas sobre el agua, con techos de palma y terrazas privadas, ideales para los huéspedes más exclusivos.
—Papá realmente ha creado un paraíso aquí —dijo Azul en voz baja, admirando el paisaje.
—Y tú podrías ayudar a administrarlo en el futuro —intervino Nicolás desde el timón, girándose para mirarla con orgullo—. Este lugar es tan tuyo como mío, Azul.
Ella sonrió, pero no respondió. Aunque amaba la isla, sus planes de vida estaban lejos de quedarse en Villa del Carmen o en Carmelita. Su corazón anhelaba algo más, algo que todavía no podía definir del todo.
Cuando la lancha atracó en el muelle, todos descendieron, respirando profundamente el aire salado que impregnaba la isla. Dos carros eléctricos los esperaban, listos para transportarlos por los senderos del complejo. Nicolás ayudó a Mía a subir al primer vehículo junto con Rodrigo, mientras Azul, Mateo, y Clara abordaban el segundo. David, como siempre, se mantuvo en silencio, caminando detrás del grupo con una expresión de aparente indiferencia.
—Escuchen —dijo Mía mientras se aseguraba de que todos estuvieran cómodos—. El plan es simple: esta noche iremos a pescar y cenaremos todos juntos en el restaurante del hotel. Pero hasta entonces, tienen tiempo libre para disfrutar de la playa o lo que deseen. Nos vemos en el hotel al atardecer.
—Perfecto —dijo Mateo con una sonrisa pícara—. Clara, ¿te animas a nadar?
—No lo sé... quizá prefiera tomar el sol —respondió ella, tímida, mientras jugueteaba con el borde de su sombrero.
—Azul, ¿qué dices tú? —preguntó Mateo, mirándola de reojo.
—Por supuesto que voy a nadar. Vine preparada para eso —respondió Azul, ajustándose los tirantes de su bikini rojo.
Rodrigo, que siempre disfrutaba de las travesuras de sus nietos, intervino riendo.
—Solo asegúrense de no alejarse mucho. Esta isla tiene rincones hermosos, pero también peligrosos.
Los carros arrancaron y se dividieron en dos direcciones. El primer vehículo llevó a Nicolás, Mía, y Rodrigo directamente al hotel para revisar los preparativos de la cena, mientras el segundo dejó a los jóvenes en una playa privada que parecía sacada de un sueño. Arena blanca y suave, aguas cristalinas, y el murmullo constante de las olas les daban la bienvenida.
Azul dejó caer su bolso y corrió hacia el agua sin dudarlo. Clara, menos aventurera, se quedó en la orilla extendiendo una toalla mientras Mateo se quitaba la camiseta y la seguía.
—¡Ven, Clara! —gritó Azul desde el agua, con los brazos levantados—. ¡Es perfecta!
—Dale un minuto, ya sabes que ella no es como tú —bromeó Mateo antes de zambullirse.
David se quedó atrás, sentado en una roca cerca de la sombra de una palmera, observando la escena sin participar. Sus ojos se posaron en Azul, quien nadaba con una gracia y alegría que parecían contagiosas. Pero él no podía apartar el peso de los pensamientos que lo acosaban. Azul no se daba cuenta del impacto que tenía sobre él, de la forma en que su risa le atravesaba como un eco constante que no podía ignorar.
Mientras Azul y Mateo jugaban en el agua, Clara finalmente se decidió a mojarse los pies, aunque seguía mirando con cierta envidia la facilidad con la que sus amigos se divertían.
—¡Vamos, Clara! —insistió Azul, nadando hacia ella y salpicándola ligeramente.
Clara finalmente sonrió y se metió al agua, dejando atrás su timidez por un momento.
—Así me gusta —dijo Mateo, nadando a su lado—. Sabía que no te resistirías.
Desde la roca, David cerró los ojos y suspiró. Este día iba a ser más largo de lo que esperaba.
Azul sabía que a su mejor amiga le encantaba Mateo, aunque ella lo disimulaba con gran habilidad. Decidió dejarlos nadando mientras ella regresaba a la orilla con David. Al llegar, notó que él estaba absorto con su celular, así que, rápidamente, se lo quitó. David intentó arrebatárselo, pero en el forcejeo terminaron cayendo sobre la arena, ambos riendo sin control.
—Ayudame con los tortolitos—dijo Azul, con una sonrisa traviesa.
—No —respondió David, sin mirarla, aún intentando mantener la calma.
Azul, sin embargo, no se rindió tan fácilmente. Con una sonrisa juguetona, levantó el celular por encima de su cabeza, desafiando a David.
—Por favor, David, ayúdame a ser cupido o no te regreso el celular —dijo, con un tono de broma, mientras lo mantenía fuera de su alcance.
David la miró, sintiendo que no podía ganar en ese juego. Azul siempre sabía cómo sacarlo de su zona de confort, y aunque quería resistirse, sabía que no tenía opción.
—Estás demasiado confiada —dijo, levantándose y caminando hacia ella, tomando el celular de su mano con rapidez.
Azul sonrió triunfante, pero antes de que pudiera reaccionar, David la miró fijamente. Algo en su mirada hizo que Azul sintiera un pequeño nudo en el estómago, pero se apresuró a recuperar su actitud juguetona.
—Entonces, ¿aceptas ayudarme? —preguntó, su tono de voz más suave.
David suspiró y se cruzó de brazos, mirando a lo lejos, hacia el mar. Sabía que Azul tenía su propia forma de hacer las cosas, y aunque no quería involucrarse en sus planes, no podía evitar sentirse atraído por su energía.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó finalmente, resignado, mientras la miraba con algo de incredulidad.
Azul sonrió, satisfecha con su respuesta, y comenzó a caminar hacia la playa, invitándolo a seguirla.
—Simple, quiero que hagas que Mateo se dé cuenta de lo que Clara siente por él. —dijo, sin mirarlo directamente, mientras caminaban por la orilla.
David la observó durante un momento. Sabía lo que había entre Mateo y Clara, aunque ninguno de los dos lo admitiera. Y aunque nunca le había gustado inmiscuirse en los sentimientos de los demás, sentía una extraña necesidad de ayudarla, aunque fuera de una forma indirecta.
—¿Por qué no lo haces tú misma? —preguntó, sintiendo que la situación se volvía más confusa a medida que avanzaban.
Azul se detuvo un momento, pensativa. Luego, con una sonrisa enigmática, se volvió hacia él.
—Porque a veces, David, las cosas necesitan un empujón. Y tú eres la persona indicada para darlo —respondió, confiada, sin dudar en ningún momento.
Cuando Mateo y Clara regresaron empapados, Azul no pudo evitar dirigirles una mirada con una mezcla de diversión y desdén.
—Parece que la playa los ha vencido —bromeó Azul, sonriendo al verlos empapados.
Clara se sacudió el agua del cabello y se rió tímidamente, sin poder evitarlo.
—Estábamos intentando no caernos... —respondió Clara, un poco avergonzada.
Azul levantó una ceja, disfrutando de su momento de triunfo.
—¿Y eso fue lo mejor que pudiste hacer? —dijo, mirando a Mateo con una sonrisa juguetona.
Mateo, que no se intimidaba fácilmente, le lanzó una mirada burlona.
—Tú también podrías haberte mojado un poco, ¿eh? —comentó, guiñándole un ojo.
Fue entonces cuando David se acercó a ellos y, mirando las motos de agua cerca de la orilla, soltó su sugerencia.
—¿Qué les parece si jugamos con las motos de agua? —dijo David, sonando como si estuviera de buen humor.
Clara frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Me dan miedo —admitió Clara, mordiendo su labio inferior con duda.
Mateo, sin dudarlo, se acercó a ella y le dio un golpe amistoso en el hombro.
—Vamos, no seas cobarde —le dijo, riendo. —Es solo agua, y si te caes, yo te saco.
Azul sonrió, cruzando los brazos.
—Sí, Clara, ¿no quieres perderte la diversión? —añadió, mirando a su amiga con una expresión desafiante.
Clara miró a los dos chicos, luego a Azul, con una pequeña sonrisa.
—No sé... —dijo, todavía dudando. Pero la actitud confiada de Azul la hizo pensarlo dos veces.
Azul se acercó más y la animó.
—Mira, yo lo hago todo el tiempo, y no es tan aterrador —dijo, sonriendo de forma contagiosa.
Mateo se acercó, rodeando a Clara con un brazo sobre su hombro.
—Confía en mí. No te arrepentirás —aseguró, con esa actitud segura que siempre lo caracterizaba.
Clara suspiró, pero al final no pudo evitar ceder.
—Está bien... ¡Pero solo porque ustedes insisten! —respondió, entre risas, antes de encaminarse hacia las motos de agua.
Azul asintió, satisfecha.
—Eso es, ¡vamos a divertirnos!