Se dirigieron hacia las motos de agua, y Azul se subió a una con David atrás, aferrándose a su cintura con firmeza. Mateo, por su parte, manejaba otra moto con Clara detrás, siguiendo de cerca el rastro de Azul.
La competencia comenzó entre risas y giros, el mar se convirtió en su pista de carreras. Las motos cortaban las olas con facilidad, mientras los tres se deslizaban sobre el agua como si fueran uno solo con el océano. Sin embargo, en un momento, Azul, siempre impredecible, giró bruscamente y se desvió hacia el lado más apartado de la isla, alejándose de su hermano y su amiga.
—¡Azul, para! —gritó David, alzando la voz para que ella lo escuchara, pero la brisa y el rugir de los motores hicieron que su voz se perdiera en el aire.
Azul soltó una risa traviesa, sin intención de detenerse, disfrutando de la libertad de la velocidad y el sonido del motor bajo sus pies. La isla se veía más cercana, la selva que la rodeaba parecía llamarla. El agua se calmó al llegar a un área más tranquila, y ella redujo la velocidad, mirando hacia atrás solo para ver a Mateo y Clara quedándose atrás, confundidos y sorprendidos por su abrupta partida.
Sin prestarles mucha atención, Azul siguió su camino, adentrándose en la franja de selva que tocaba la costa, completamente absorbida por la sensación de aventura.
—¡Azul, por favor! —insistió David, algo inquieto, pero sin poder hacer nada mientras se aferraba a ella, sintiendo cómo el viento le azotaba la cara.
Finalmente, ella llegó hasta una pequeña cala oculta por la vegetación, donde el agua se encontraba mucho más tranquila, casi en calma total. Detuvo la moto de agua, dejándola descansar sobre el agua serena, y miró alrededor, disfrutando de la paz que el lugar le ofrecía. La selva parecía abrazar la costa, con árboles frondosos que se extendían hasta el borde del mar, creando un refugio natural en medio de la isla.
David, un tanto desconcertado, observaba a su alrededor, sin saber si debía sentirse molesto o admirar la valentía de Azul. Sin embargo, no pudo evitar sonreír ante la audacia de su hermana, tan impredecible y siempre lista para llevarlos a nuevas aventuras.
—Ahora nos quedamos solos... —dijo Azul, mirando a su alrededor mientras se quitaba el casco y lo colgaba del manillar de la moto de agua.
David suspiró, mirando el paisaje tropical que los rodeaba, un poco confundido por la situación.
—Definitivamente estás loca... Al menos, ¿sabes dónde estamos? —preguntó, un poco molesto pero también intrigado, no entendiendo del todo cómo Azul se había adentrado tan fácilmente en un lugar desconocido sin preocuparse por los riesgos.
Azul le lanzó una mirada despectiva, mostrando una sonrisa traviesa.
—No, pero no creo que estemos tan lejos. Además, tengo a mi hermano mayor para cuidarme. —respondió con una risa nerviosa, como si el hecho de estar perdidos no fuera un problema real.
David la miró con incredulidad, levantando una ceja.
—Estás demente... —dijo, entre un suspiro y una carcajada nerviosa. —Sabes que Mateo y Clara pueden regresar al hotel, ¿no?
Azul agitó la cabeza, como si la idea de que su hermano gemelo y su amiga pudieran irse sin ellos no la perturbara.
—No sin esto... —dijo ella, levantando las llaves del carro frente a él, con una expresión desafiante en su rostro.
David la observó un momento, entre sorprendido y divertido por la actitud de su hermana. No sabía si sentirse molesto o orgulloso de su capacidad para mantener la calma en situaciones como esta.
—Azul... —dijo David, con una mirada cansada pero cariñosa—. Eres increíblemente impredecible. ¿En serio vamos a caminar por aquí sin rumbo, solo porque tú tienes las llaves del carro?
Azul se encogió de hombros con una sonrisa burlona y comenzó a caminar, guiando a su hermano hacia el interior de la selva, hacia un sendero que parecía desaparecer entre la vegetación.
—Vamos, David, confiemos en el destino. —respondió con entusiasmo, su voz llena de energía—. Quizás encontremos algo interesante por aquí. Y si no... siempre podemos regresar a tiempo para cenar.
David la observó caminar, resignado a la situación, pero sin poder evitar una sonrisa. Sabía que no podía detener a Azul cuando tenía una idea en la cabeza, y aunque no estuviera del todo seguro de lo que les esperaba, no podía dejar de sentirse atraído por el espíritu aventurero que ella irradiaba.
—A veces me pregunto cómo es que no te metes en más problemas. —murmuró él, siguiéndola mientras pensaba que, de alguna forma, siempre acababa dejándose arrastrar por sus planes locos.
Azul caminaba rápidamente entre los árboles, disfrutando del sonido de la naturaleza a su alrededor, pero pronto comenzó a sentirse agotada. Después de unos quince minutos, su paso se volvió más lento, y comenzó a quejarse mientras miraba sus pies descalzos.
—David, mis pies están matándome —dijo Azul, con una mueca de dolor mientras se detenía a mirar su hermano, quien la observaba desde atrás, ya acostumbrado a sus exigencias.
David la miró, con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿En serio? ¿Ya te cansaste? —preguntó, sin poder evitar reírse un poco al ver la expresión de incomodidad en su rostro.
Azul frunció el ceño y cruzó los brazos sobre su pecho.
—No te rías, David. ¡Me duele! —exclamó, claramente molesta. Luego, con tono autoritario, añadió—: Cárgame.
David la miró en silencio por un momento, evaluando la situación. Sabía que no iba a convencerla de seguir caminando, no cuando ella estaba decidida a conseguir lo que quería.
—No puedo creer que me estés pidiendo esto... —dijo él, con un suspiro, pero ya comenzando a acercarse a ella para cumplir con su solicitud. —¿Por qué no traías zapatos?
Azul levantó una ceja, y con una sonrisa cómplice, dijo:
—Porque pensé que íbamos a estar en la playa. Y, además, ¡tú eres el hermano mayor! Es tu trabajo cuidarme.
David se agachó para levantarla, sin más opción que complacerla, a pesar de su evidente cansancio. Azul, aliviada, rodeó su cuello con los brazos y se acomodó sobre sus hombros, con una expresión satisfecha.
—Gracias, eres un buen hermano. —dijo ella, sonriendo mientras descansaba su cabeza sobre su hombro.
Azul descansaba sobre los hombros de David mientras él avanzaba lentamente por el terreno verde y frondoso de la isla. Aunque intentaba mantener la compostura, la cercanía de ella hacía que su mente estuviera en un torbellino de emociones. Para Azul, él era su hermano mayor, su protector. Pero para David, esa cercanía era una mezcla de cariño fraternal y sentimientos que jamás se atrevería a confesar.
Azul, ajena a su conflicto interno, se acomodó mejor y sonrió triunfante.
—Eres el mejor hermano del mundo, ¿sabes? —dijo ella, divertida—. No cualquiera me cargaría así.
David soltó un suspiro, tratando de disimular su incomodidad.
—No tienes remedio, Azul. Siempre consigues lo que quieres —respondió con un tono neutro, aunque su voz traicionaba un leve nerviosismo.
—Obvio. ¿No es esa una de mis mejores cualidades? —bromeó ella, mientras jugaba con un mechón de su cabello.
Él negó con la cabeza, mirando hacia el horizonte para evitar cruzar su mirada con la de ella.
—Más bien, eres insoportable. —Intentó sonar relajado, pero sus manos temblaban ligeramente al sostenerla.
Azul se rió, sin captar la tensión detrás de sus palabras.
—Bueno, te toca aguantarme porque soy tu hermana menor y siempre lo seré —dijo con un tono divertido.
David sintió cómo esas palabras lo golpeaban como un recordatorio de la barrera que nunca podría cruzar. La relación que tenían era clara para ella, pero para él era una lucha constante.
—Azul... —murmuró finalmente, su voz baja y cargada de emociones contenidas.
Ella giró la cabeza para mirarlo, intrigada.
—¿Qué pasa? —preguntó, sonriendo como siempre, sin percibir el peso de sus palabras.
David respiró hondo, tratando de alejar los pensamientos que lo atormentaban. Sabía que no podía permitir que sus sentimientos salieran a la luz.
Él la miró de reojo, forzando una sonrisa. No podía permitir que ella notara lo que realmente sentía. Azul nunca vería en él otra cosa que no fuera a su hermano, y aunque eso lo destrozaba, prefería mantenerlo así. Sería su secreto, su lucha interna, y jamás permitiría que ella cargara con esa verdad.
Mientras caminaban juntos por el sendero, Azul hablaba animadamente sobre cualquier cosa que se le ocurría, y David se limitaba a escuchar, tratando de apartar de su mente el deseo imposible que lo atormentaba. Ella era su hermana, su familia, y esa era una línea que nunca se atrevería a cruzar.
No tardaron en cruzar la espesura de la selva cuando Azul, al reconocer finalmente el camino, se deslizó de los hombros de David con agilidad.
—Gracias —dijo ella con una sonrisa radiante, sacudiéndose las hojas que habían quedado en su ropa.
David se quedó mirándola por un instante, tratando de descifrar cómo alguien podía irradiar tanta energía después de haberlo hecho caminar tanto.
—¿Reconociste el camino ahora? —preguntó él, alzando una ceja con escepticismo.
Azul asintió entusiasmada, su cabello ondeando mientras giraba para mirarlo.
—¡Sí! Vamos, no estamos tan lejos del hotel —dijo mientras le tomaba la mano con naturalidad.
David se tensó por un segundo ante el contacto, pero no dijo nada. Antes de que pudiera reaccionar, ella tiró de él con fuerza.
—¡Corre! —gritó entre risas, y comenzó a avanzar rápidamente, obligándolo a seguirle el ritmo.
David la dejó guiarlo, su mano pequeña entrelazada con la suya. Aunque el esfuerzo físico era evidente, no podía evitar disfrutar el momento. Azul reía despreocupada, y él solo podía observar cómo cada gesto suyo parecía llenar de vida el entorno.
—Azul, no puedes correr así después de haberme hecho cargar contigo por media selva —se quejó entre jadeos, aunque su tono era más resignado que molesto.
—¡Claro que puedo! Además, ¿quién fue el que dijo que necesitaba hacer más ejercicio? —bromeó ella, girando la cabeza para mirarlo.
David negó con la cabeza, dejando escapar una leve risa. Por más exasperante que fuera, no podía evitar dejarse llevar por su energía.
El sonido de las olas comenzó a hacerse más fuerte, indicando que estaban cerca de la playa. Azul apretó su paso, todavía sujetando su mano, como si temiera que él decidiera quedarse atrás.
—¡Ya casi llegamos! —exclamó emocionada, sin soltarlo.
David la miró de reojo, una leve sonrisa asomando en sus labios. Aunque el camino había sido agotador, no podía negar que la alegría de Azul hacía que todo valiera la pena.