Pesca

1219 Palabras
Azul y David no tardaron en llegar al hotel, y al entrar fueron recibidos por la mirada inquisitiva de Mía. —¿Dónde están Mateo y Clara? —preguntó su madre con el ceño fruncido. Azul, con su típica actitud despreocupada, se encogió de hombros mientras disimulaba. —No sé, mamá. Seguro no tardan en llegar. Mía suspiró, cansada de las travesuras de sus hijos. —Váyanse a cambiar, que pronto iremos a pescar, y luego cenaremos juntos. Azul asintió y se dirigió a su habitación. Tras darse una ducha rápida, salió envuelta en una bata de seda blanca y comenzó a secarse el cabello frente al espejo. En ese momento, escuchó un golpe en la puerta, seguido de la entrada abrupta de Clara. —¡Te pasaste, Azul! —le espetó su mejor amiga, cruzando los brazos con evidente molestia. Azul la miró con ojos inocentes, fingiendo no entender. —¿Qué hice ahora? —Sabes perfectamente qué hiciste. Nos dejaste atrás con Mateo mientras tú desaparecías con David. —Amiga, perdón. De verdad, no me di cuenta. Fue sin querer... —respondió Azul, haciéndose la tonta mientras se encogía de hombros. Clara no parecía convencida. —Azul, sabes que si estoy aquí es para pasar tiempo contigo. En realidad, debería estar en casa preparándome para mi examen de admisión a la universidad, no lidiando con tus caprichos. El tono de reproche hizo que Azul bajara un poco la mirada. —Vas a pasar ese examen, Clara. Estoy segura —dijo Azul, intentando calmarla. Clara negó con la cabeza, frustrada. —¿Y si no lo hago? Si no apruebo, me quedaré sin estudiar, Azul. Mi mamá ha hecho enormes sacrificios por mí. No soy como tú, que con una llamada de tus papás todo se resuelve. Azul sintió una punzada de culpa al escuchar esas palabras. Sabía que Clara tenía razón. Su vida siempre había sido mucho más sencilla en comparación. Recordó lo mucho que Rebeca, la madre de Clara, había luchado por ella, mientras Eduardo, el padre de su amiga, prácticamente la ignoraba. Aunque Eduardo era un arquitecto reconocido, parecía más interesado en rodearse de mujeres jóvenes que en cuidar de su hija. Azul se acercó y tomó las manos de Clara, su tono más serio esta vez. —Tienes razón. No siempre soy consciente de las cosas, pero créeme, Clara, admiro mucho todo lo que haces. Vas a entrar a la universidad, porque eres inteligente y trabajadora. Y si necesitas ayuda, aquí estoy. Clara suspiró, un poco más tranquila, aunque su expresión aún mostraba algo de frustración. —Espero que tengas razón, Azul. Porque no puedo fallarle a mi mamá. Azul sonrió y le dio un abrazo. —No vas a fallarle. Te lo prometo. Y ya, no te enojes conmigo. Vamos a disfrutar el tiempo que tenemos aquí, ¿sí? Clara finalmente sonrió, aunque con resignación. —Está bien. Pero más te vale no volver a abandonarme con Mateo, ¿entendido? Azul rio, aliviada de que su amiga estuviera dispuesta a perdonarla. —Lo prometo. Ahora cámbiate. ¡Tenemos una noche de pesca por delante! Esa noche, todos se reunieron en el muelle donde los esperaba el abuelo Rodrigo, ya con todo listo para la salida de pesca. Las luces del pequeño barco brillaban sobre las aguas tranquilas, y el ambiente se llenaba de risas y conversación mientras subían a bordo. —¡Por fin! Pensé que nunca llegarían —dijo Rodrigo, sonriendo mientras les entregaba las cañas de pescar. Azul se acomodó cerca del borde del barco, emocionada por la experiencia. Clara, un poco más nerviosa, se sentó a su lado mientras intentaba no mirar demasiado al agua. —¿Estás bien, Clara? —preguntó Azul, notando la tensión en su amiga. —Sí, solo que no soy muy fan del agua en la oscuridad —respondió ella con una risa nerviosa. —No te preocupes, si algo pasa, David te salvará nadando como un héroe —bromeó Azul, guiñándole un ojo a su amiga mientras miraba a su hermano. David, que estaba ayudando a Rodrigo con los anzuelos, lanzó una mirada fría hacia Azul. —Concéntrate en tu caña, Azul, antes de que termines cayéndote al agua —le respondió, con un toque de burla. Mateo, mientras tanto, estaba en la proa, tratando de impresionar a todos con su supuesto conocimiento de pesca. —Escuchen, aquí lo importante es la paciencia. Tienen que lanzar la caña en el ángulo perfecto, justo como yo lo hago —dijo, lanzando con un gesto exagerado y terminando por enredar el hilo. —¡Perfecto, claro! —se burló Clara, rompiendo en risas junto con Azul. El abuelo Rodrigo sacudió la cabeza, divertido. —Muchacho, deja de hacer el ridículo y escucha. La pesca es más que técnica, es instinto. La noche avanzó entre bromas, intentos fallidos y algunas capturas menores. Azul, decidida a pescar algo impresionante, se mantuvo concentrada, aunque no podía evitar sentirse observada. Cada vez que alzaba la vista, encontraba a David mirándola, como si estuviera en conflicto consigo mismo. —Muy bien, Mateo, Azul, David —dijo Nicolás con tono autoritario, aunque cariñoso—. Es hora de demostrar todo lo que les enseñé. Recuerden: paciencia, concentración y el arte de lanzar la caña correctamente. —Sí, claro, papá. Como si no hubieras repetido eso un millón de veces —bromeó Mateo, recibiendo una mirada de advertencia de Nicolás. —Quizá si me escucharas, ya habrías pescado algo más que un trozo de alga —respondió Nicolás con una sonrisa traviesa. Mía, que estaba sentada junto a Clara, observaba la escena con una mezcla de diversión y ternura. —Nicolás, no presiones tanto a los chicos. Esto debería ser divertido, no una clase militar —dijo Mía, rodando los ojos. —¡Eso es lo que pasa! Papá nos toma como sus soldados —añadió Azul, lanzándole una mirada a su padre antes de reír. —Claro, porque yo les enseñé todo lo que sé. ¿O acaso crees que aprender a pescar es tan sencillo como mirar tutoriales en internet? —replicó Nicolás, fingiendo estar ofendido. David, quien había permanecido callado, sonrió ligeramente mientras ajustaba su caña. —Deberías darles algo de crédito, papá. Por lo menos Azul atrapó algo decente hoy. —¡Exacto! —dijo Azul, levantando la barbilla triunfante—. Soy la mejor de los tres, y lo sabes. Finalmente, Rodrigo anunció: —¡Es hora de volver al hotel! Pero antes de eso, quiero que sepan que Azul fue quien atrapó el pez más grande de la noche. Azul levantó los brazos victoriosa mientras todos aplaudían, aunque Mateo murmuraba algo sobre una posible trampa. —Lo ves, hermano, soy la mejor —dijo Azul, dándole un suave golpe en el hombro a David, quien no pudo evitar sonreír ligeramente. En el barco, Mía y Nicolás se unieron al grupo. Nicolás observaba a sus hijos con orgullo. Cuando regresaron al hotel, el grupo estaba cansado pero contento. La pesca había sido un éxito, y todos se preparaban para la cena. Sin embargo, mientras Azul se alejaba con Clara, David se quedó mirando el lugar donde había estado su hermana unos segundos antes. "¿Cómo voy a manejar esto?", pensó para sí mismo, con un suspiro pesado.
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