Jeremy se retiró de mi habitación y aunque estaba molesta por su actitud, por intentar adelantar la boda de esa manera y por todo, estaba comprometida con él de muchas maneras, debía seguir el juego. Pero cada vez que la fecha de la boda se acercaba, la rabia que sentía contra mí misma era difícil de esconder.
Cada día me recordaba que cada vez Brandon era más parte de mi pasado, del ayer hermoso que intentaba conservar de él, pero en medio de toda su ausencia me lastimaba y era extremadamente difícil desprenderme de él; y más casándome por otro hombre sin amor.
A Jeremy lo admiraba y le tenía un profundo agradecimiento por ayudar a mi padre económicamente, pero no más. La posibilidad de amarlo algún día sabía que era imposible.
Permanecí de pie en mi habitación mientras mis lágrimas caían sin ningún control sobre mis brazos cruzados. Frente a mí, estaba un gran espejo que ocupaba parte de la pared y, en su reflejo, vi de nuevo la cajita con las cartas de Brandon. No la había guardado ni sacado de mi vida, no podía.
Giré mi rostro, di un par de pasos y, mientras extendía mi mano despacio para acariciar la cajita, el llanto se intensificó. Mi mano temblaba a escasos metros de la caja que guardaba mis recuerdos; aquello a lo que me aferraba en el fondo de mi corazón. Me arrodillé derrotada en el piso y lloré aún más.
De nuevo vi mi reflejo que lloraba sin parar y me sentí indefensa, sin fuerzas y en un verdadero laberinto del que no tenía salida. Solo debía caminar directo a la boda en poco tiempo y seguir mi vida junto a Jeremy. Ese era mi único destino.
Limpié mis lágrimas con rabia, era difícil controlarme cada vez que sentía que Brandon ya no era parte de mí, de mi presente y que simplemente de un día para otro decidió que yo no sería parte de su vida. Su manera de alejarme y desaparecer era lo que más me lastimaba.
Me levanté al escuchar el sonido de la puerta. Era mi madre insistente pidiendo que por favor le abriera la puerta. Corrí al baño, lavé mi rostro, pero no era posible borrar las marcas del llanto.
―¿Estás bien? ―dijo mi madre al instante de abrirle la puerta lentamente.
Me limité a asentir con mi rostro sin hacer contacto visual con ella. Pero era mi madre, la persona en el mundo que más me conoce y era inevitable esconder de alguna manera lo que sentía. Ella sabía todo lo que había dentro de mi corazón y a quién le pertenecía.
Nadie más era el culpable de mis lágrimas sino Brandon.
―Creo que no tengo que decir nada―Alcé mi mirada y la vi directamente a los ojos―. Sabes muy bien lo que tengo―señalé mis ojos cristalizados y rojizos apunto de volver a llorar.
―Hija… ¿Hasta cuándo?
―¿Hasta cuándo? ¿Acaso crees que me siento así porque yo quiero? Por favor, quiero estar sola.
―No puedes quedarte todo el día en tu habitación―hizo una pausa y añadió―. Jeremy está abajo esperándote.
―¿Por qué no se ha ido?
―Van a ir a ver las casas.
Me alejé sonriendo, pero con ironía. Después de todo para él todo seguía exactamente igual. La fiesta debía continuar.
―No estoy de ánimos.
―Tienes que ir… la….
―La boda se acerca, lo sé.
―Hija, por favor, no te sigas lastimando. Jeremy es un hombre maravilloso, te adora y estoy segura serás muy feliz si lo dejas entrar en tu corazón.
―No quiero seguir con esta conversación y no quiero bajar, no quiero ver a Jeremy ahora, y menos ir a ver la casa que será mi prisión para siempre.
Mi madre me observó en silenció y su rostro se cambió a triste y preocupado. Permanecimos en silencio un par de segundos y mi padre llegó.
―¿Se puede saber por qué demoras tanto en bajar?
No dije nada, me alejé y me senté en mi cama con la mirada baja. Él observó a mi madre, intercambiaron un par de palabras que no logré entender, y se retiraron. Pensé que al final habían entendido y respetado mi decisión de no salir, por lo menos en ese momento, pero mi padre regresó solo.
―Poco hablamos de Brandon, pero sé que toda esta actitud que te impide avanzar con Jeremy lleva su nombre. Ya es momento de que pares, de que madures y que enfrentes el futuro que te espera junto a Jeremy.
Sus palabras eran suaves, pero en el fondo parecían una amenaza muy sutil. Mi padre siempre había sido bueno conmigo, pero muy exigente al mismo tiempo. Esta vez no parecía ser una excepción.
―Papá…
―¡Nada!―alzó su mano para hacerme callar―. ¡Vístete y baja en cinco minutos!
No dijo nada más, me miró con mucha seriedad y salió de mi habitación cerrando la puerta con fuerza.
Me acerqué llorando con rabia a la puerta y de nuevo estaba mamá y él hablando en secreto. Se podía escuchar el murmullo de sus voces, pero no podía comprender qué decían. Estaban actuando de manera muy extraña.
No tuve otra opción que cambiarme y bajar.
Jeremy estaba sentado en la sala bebiendo un poco de café. Me vio acercarme, sonrió, colocó la taza en la mesa pequeña que tenía a su lado y se puse de pie inmediatamente. Estábamos solos en ese momento.
Observó su reloj un par de veces y se acercó más a mí para buscar contacto con mi piel. Sin embargo, en ese momento, lo menos que quería era sentirlo y dejarme envolver por sus “encantos”.
Jeremy era especial, sí, no lo niego. Pero cada vez que daba un paso con él o hacia él, Brandon se dibujaba en mi mente y me hacia recordar que ya no estaba, pero que no podía dejarlo ir, o quizás era algo que no quería hacer.
Marqué un poco de distancia, pero a Jeremy no le importó, se acercó aún más, tomó mi mano y la acercó a sus labios.
―¿Sigues enojada conmigo por lo de la isla? Olvídalo, ¿sí? solo fue una tonta idea que pensé que te agradaría. A veces suelo ser espontaneo y eso te gusta… o ¿no?
―Prefiero no hablar del tema.
―¿Ángeles? ¡Mírame! ―dijo alzando un poco su voz y colocando su mano sobre mi mentón para hacerme subir a verlo―. Te amo.
Escucharlo decir esa palabra era como sentir un eco profundo dentro de mi ser. Se repetía una y otra vez, pero con el sonido de la voz de Brandon. Estaba harta de sentirme así, de volver a sentirme así.
Pensé que podía seguir avanzando con Jeremy, de intentar ser feliz, aunque sea de ratitos a su lado, pero este deseo extraño de querer adelantar la boda y de irnos a una isla, revolvió toda la paz que estaba empezando a controlar.
Y aunque ya estaba todo “como antes” el caos dentro de mí había tomado de nuevo su lugar.