Viernes.
Ximena: — ¿Y te va bien?
— Pues sí
Ximena: — Mira, hablando de él…
Me giré y vi que mi jefe descendía al comedor para recoger su comida. Cuando todos notaron su presencia, bajaron la mirada hacia sus platos, mostrando respeto por el hombre poderoso y dueño del lugar donde trabajaban. No obstante, eso solo lo hacían algunos, los nuevos empleados, porque los que llevaban más tiempo en la empresa no lo hacían muy a menudo.
En mi caso, a veces lo hacía, pero me estaba acostumbrando a no hacerlo, pues yo era su asistente personal y cada dos por tres lo veía. Así no me imponía tanto.
Entonces, en ese momento, noté nuevamente su peculiar forma de caminar.
— ¿No notas algo extraño?
Ximena: — ¿De qué?
— En él
Ximena: — ¿En quién?
— En el señor Grimaldi. ¿No te parece?
Ximena: — No…
Ella miró al señor Grimaldi y luego volvió a mirarme.
Ximena: — ¿Por qué lo dices?
— No, por nada. Olvídalo — respondí, entrecerrando los ojos para observar al señor Grimaldi, atenta a su caminar, mientras recogía su comida y se marchaba.
Ximena: — ¿Por qué estás mirando así al señor Grimaldi?
— ¿Eh? Nada. ¿Sabes qué? Voy a subir a mi oficina. Tengo muchas cosas que hacer y quiero empezar ya
Ximena: — Claro, porque hoy estás ocupada con los contratos
— Sí, y son muchos
Ximena: — Está bien, adiós
Me levanté rápidamente con la intención de seguir al señor Grimaldi para observarlo, pero por los pasillos no lo encontré. ¿Tan velozmente caminaba? ¿Cómo era posible si parecía que le dolía la pierna o el pie? En fin… No lo encontré por ningún lado. A causa de ello, me metí en mi oficina.
20:12 p.m.
Ya era tarde y me había quedado hasta esas horas trabajando, revisando cientos de veces los contratos de algunos arrendamientos para asegurarme de que estuvieran correctamente redactados. Al terminar, me di cuenta de que la noche había caído.
El señor Grimaldi seguía en su oficina, ocupado con otros contratos, haciendo lo mismo que yo: arreglándolos y preparándolos. A pesar de eso, yo ya no tenía por qué seguir trabajando, pues mi jornada laboral había terminado hace varias horas. Sin embargo, por querer hacer bien mi trabajo, me había quedado hasta tarde.
Decidí levantarme de la silla, estirar mi espalda adolorida por tanto tiempo sentada, coger mi bolso, apagar la computadora y salir de mi oficina.
Enseguida, me dirigí a la oficina de mi jefe para informarle que me iba. Como la puerta estaba abierta, no tuve que tocar. Fue entonces cuando noté al señor Grimaldi de pie, apoyado en la pared con la cabeza inclinada. También, pude ver que su rostro lo tenía tenso, como si algo le doliera y se estuviera aguantando las ganas de ese intenso malestar.
— Señor, ¿se encuentra bien?
Dante: — ¿Qué haces aquí? ¿No te habías marchado ya?
— No, acabo de terminar de revisar los contratos, hace un rato — respondí, y él se enderezó.
Dante: — Está bien, puedes irte
— Pero señor… ¿Está seguro de que está bien?
Dante: — Sí, vete
Me miró y vi que su rostro mostraba lo contrario a sus palabras, pero no podía exigir que me dijera lo que le pasaba.
— De acuerdo. Me retiro entonces — dije mientras me volvía para irme. Le miré otra vez y vi que volvió a bajar su rostro, mirando hacia el suelo. Estaba claro que algo le dolía.
Lunes.
DANTE GRIMALDI
¡Maldita sea!
Ya llevaba varios días lidiando con el dolor en la rodilla. Era una tortura constante que no me daba tregua. Ni de noche podía descansar, ni de día me permitía caminar con normalidad; me sentía como un anciano. A pesar de eso, tenía que ir a la oficina. No por un dolor estúpido dejaría de trabajar, y más ahora que había bastante que hacer.
14:22 p.m.
Marcus: — ¿Qué te pasa?
— Nada — respondí poniendo mi mano sobre mi rodilla y él se dio cuenta.
Marcus: — ¿La cadera otra vez?
— No, la rodilla
Marcus: — ¿Llamo al médico?
— No
Marcus: — Lo llamo si quieres
— No, así está bien
Marcus: — ¿No has ido para alguna revisión?
— No, desde hace dos semanas
Marcus: — Tendrías que ir
— No, no es nada. Me tomaré una pastilla y ya está
Marcus: — Como quieras, pero yo digo que es mejor ir y así ver qué pasa
— No es nada importante, creo que solo fue el golpe que me di.
Marcus: — ¿Y qué te pasó exactamente?
— Después de salir a correr, fui al gimnasio y al bajar unas escaleras, no vi que había un último escalón y puse mal el pie. Por tratar de no doblarme el tobillo otra vez, caí casi de rodillas en un pasto cercano y escuché un crujido en mi rodilla
Marcus: — Joder… Al menos no te doblaste el tobillo otra vez como hace dos meses — dijo burlándose.
— Sí, pero me jodí la rodilla
Marcus: — ¿Y desde cuándo llevas así?
— Hace cuatro días, el lunes me pasó
Marcus: — Haz algo, no puedes estar así
— Ya
Marcus: — Bueno, tengo que hacer cosas. Nos vemos después
Él salió de la oficina y me dejó a solas con mi dolorosa rodilla. Con la esperanza de aliviar el malestar, busqué en el cajón del escritorio un paquete de pastillas antiinflamatorias. Tras tomar una, esperaba que el dolor cediera, pero para mi decepción, las horas pasaron y la molestia persistía, como si la pastilla no hiciera ningún efecto.
15:10 p.m.
En medio de una interminable reunión, el dolor en mi rodilla se intensificaba con cada minuto que pasaba. Mientras los gerentes discutían, luchaba por mantener la compostura y disimular el malestar. Decidí tomar otra pastilla, aunque ya había tomado una anteriormente, con la esperanza de encontrar algo de alivio. A pesar de eso, lo hice discretamente, sin llamar la atención, para evitar las indagaciones innecesarias como: “¿Estás enfermo?” o “¿te duele algo?”
ZOE
17:37 p.m.
Como la puerta de mi oficina estaba abierta, observé cómo los participantes de la reunión con el señor Grimaldi se retiraban, lo que indicaba el fin del encuentro. Aproveché ese momento para sumergirme en la redacción de los correos pendientes, enfocándome en esa tarea con determinación.
Después de un tiempo, me dirigí a la oficina de mi jefe para entregarle lo que me había solicitado: una caja de Ibuprofeno.
Mientras iba en camino, me pregunté para qué lo necesitaría. Tal vez tenía dolor de cabeza y no sería extraño considerando las largas reuniones que solía tener durante el día, una situación sin duda estresante.
— Señor, aquí tiene el Ibuprofeno que me pidió — anuncié, entregándole la caja.
Observé hacia el sofá de su oficina y lo vi sentado, con la mirada dirigida hacia el suelo y la mano apoyada en una de sus rodillas, la derecha.
Dante: — Pásamela
Me acerqué a él y noté que se veía realmente mal.
— ¿Se encuentra bien?
Dante: — Sí, solo… ¡Joder!
— ¿Le duele algo? — pregunté, y él levantó la mirada.
Dante: — Nada
— Señor, por favor, dígame la verdad
— insistí, preocupada, y él puso los ojos en blanco.
— Me preocupa su salud.
Dante: — Bff!
— Lo digo en serio ¿Qué le sucede?
Dante: — La rodilla
— Espere aquí. No se atreva a levantarse
Me dirigí al minibar en busca del refrigerador y saqué una bolsa de hielo. Al regresar, la envolví en un paño y se la entregué.
— Tenga
Dante: — ¿Para qué?
— ¿Quiere que se le quite el dolor o no? — pregunté y él agarró el hielo.
Dante: — Dámelo
— ¿Y qué tiene?
Dante: — ¡Yo qué sé!
— ¡Ach!
Fui hasta su escritorio y agarré el teléfono fijo que había allí.
Dante: — ¿Qué estás haciendo?
— Llamar al doctor
Dante: — No, no lo hagas
— ¡Claro que sí! Lleva varios días con ese malestar, y no quiero verle sufrir de esta manera
Dante: — ¡Ah! No sabía que te importara
— Por supuesto que sí, usted es mi jefe
— respondí, buscando el número del centro médico y marcándolo.
Mujer: — Buenas tardes, dígame
— Hola, quería pedir una cita para el señor Grimaldi
Mujer: — De acuerdo, dígame su nombre y apellidos
— Dante Grimaldi
Mujer: — Entendido… ¿Algún otro apellido?
— Eh…
Miré a Dante y le hice señas para que me dijera su segundo apellido.
Dante: — ¿Qué quieres?
— Su apellido
Dante: — Con uno es suficiente
— Dígame el otro — susurré.
Mujer: — ¿Cuál es su segundo apellido? Si no me lo proporciona, no podré ayudarle
— Dígamelo
Dante: — Messina
— Dante Grimaldi Messina
Mujer: — Vale… ¡Ah! ¿Es el señor Grimaldi?
No sabía que era él.
No teníamos registrado este teléfono
— Pues…
Dante: — Es nuevo
— Es que este es nuevo
Mujer: — Muy bien, lo registraré ahora. ¿Para cuándo desea la cita?
— Si se puede hoy, mucho que mejor
Mujer: — ¡Claro! Hoy por la tarde hay un hueco. A las seis
— De acuerdo
Mujer: — Muy bien
— Muchas gracias
Mujer: — A usted
Después de colgar, noté la mirada del señor Grimaldi, que parecía no reflejar el dolor que realmente sentía. Era evidente que estaba tratando de ocultar su malestar, manteniendo su fachada de hombre perfecto. No obstante, sabía que incluso los más fuertes necesitaban ayuda a veces, y esperaba que la visita al médico lo ayudara a superar su dolor.
— ¿Por qué no mencionó nada del número para cambiarlo?
Dante: — De eso te encargas tú
— Si me hubiera dicho que había comprado otro teléfono, lo habría hecho
Dante: — Ya deberías saberlo — dijo sonando era irritante, como siempre.
Ni siquiera cuando parecía estar muriéndose dejaba de serlo
— Tampoco soy adivina
Dante: — Pues deberías serlo
— Mire, mejor vamos a la clínica. ¿Cómo se siente?
Dante: — Todavía me duele — respondió mientras colocaba la bolsa de hielo sobre el sofá.
— Entonces, vámonos
Le extendí la mano para que la tomara, pero en su lugar, prefirió coger su bastón de siempre y se levantó para caminar solo.
Luego, cuando llegamos al estacionamiento y lo acompañé hasta allí para asegurarme de que estuviera bien, insistió en que iría solo.
Dante: — Iré solo
— ¿Por qué? ¿Y si se cae?
Dante: — Ni que fuera un anciano
— respondió con el ceño fruncido.
— Claro. Bueno, si necesita algo, llámeme
Dante: — Ajá — dijo fríamente antes de entrar en su auto