Capítulo 7: Más terco que una mula

1355 Palabras
ZOE Lunes, 7:12 a.m. El lunes, a primera hora, en lugar de dirigirme a mi oficina, fui directamente a la del señor Grimaldi, no solo para entregarle su café, sino porque no sabía lo que el médico le había dicho acerca de su problema en la rodilla, y eso me preocupaba. Al fin y al cabo, él era mi jefe e independientemente de cómo me tratara a veces, me caía bien. Toqué la puerta y entré. — Buenos días, señor Grimaldi — saludé al verlo sentado en su silla habitual, ocupado en lo que siempre hacía: escribir en su laptop. Dante: — ¿Mi café? — Aquí lo tiene — respondí mientras me acercaba. Coloqué la taza sobre su escritorio, y él no dijo nada. Mientras tanto, me quedé de pie frente a su escritorio, esperando que dijera algo más, pero también, debo admitir que aproveché la oportunidad para admirar su rostro perfecto. A cualquier hora, en cualquier día, se veía guapísimo. Su rostro sin ningún grano, un cutis radiante, su cara de concentración… Simplemente era hermoso. Dante: — ¿Qué esperas? — preguntó y me miró. — E… ¡Ah! Quería saber sobre su problema en la rodilla Dante: — No es nada — dijo, volviendo a mirar su laptop y a seguir escribiendo. — De acuerdo Con su respuesta, comprendí que no obtendría más detalles, así que me retiré a mi oficina. Así pues, me dirigí a la salida y antes de cruzar la puerta, escuché un gemido de dolor. Me di la vuelta y vi que Dante intentaba levantarse, pero no pudo. Era ese mismo dolor nuevamente. — ¿¡Me va a decir de una vez qué carajos le dijo el doctor!? — pregunté, sin preocuparme por mis modales. Dante: — Nada — ¿Qué le dijo el médico? — pregunté, volviendo a situarme frente a él mientras cruzaba los brazos. — Hasta que no me lo diga, no pienso moverme de aquí — insistí, y él me miró con un rostro desafiante. Dante: — Que me pusiera hielo — ¿Qué más? Dante: — Que tuviera reposo — Ajá… ¿Y? Dante: — No lo voy a hacer — Si lo hará Dante: — No — Pues sí, y yo me encargaré de que lo cumpla — dije, y me acerqué al escritorio para agarrar el teléfono fijo. Dante: — ¿Qué haces? — Ximena, ¿puedes pedir que se cancelen las reuniones de hoy? Es que yo no puedo porque tengo que hacer algo Ximena: — ¿Y el señor Grimaldi lo sabe? — Sí, de hecho, él tiene que irse a casa. No se siente bien Dante: — ¿¡Qué!? — ¡Shh! Ximena: — Vale, ahora lo hago — Muchas gracias Colgué el teléfono y noté que él me miraba furioso. — Se irá a casa Dante: — Ni hablar — ¡Claro que sí! Si el médico le dijo que tenía que descansar, lo hará. No puede andar de aquí para allá fingiendo que no le pasa nada Dante: — He dicho que no, y punto — Es que es más terco que una mula… —murmuré entre dientes. Dante: — ¿Qué dijiste? — Iré con usted a su departamento — mencioné, y su expresión furiosa se tornó curiosa, lo que me hizo sentir nerviosa. Dante: — ¿Ah, sí? — Tengo que asegurarme de que siga las indicaciones del médico. No confío en usted Dante: — ¿No confías en mí? — En este caso, no. No creo que lo haga, así que vamos 9:10 a.m. Ya habíamos llegado a su Penthouse y le ayudé a llegar hasta el sofá de la sala, aunque se negara a que le ayudara. Dante: — ¿Y cómo esperas que trabaje? — Hará lo mismo que siempre, pero desde casa Dante: — Como quieras — Le traeré hielo para que se ponga en la rodilla Unas horas después, él y yo estábamos trabajando en nuestras laptops. Admito que estar en su departamento era extraño y un tanto intimidante porque todo parecía lujoso. Además, su presencia me hacía sentir incómoda, ya que no era como en la oficina. Aquí, estábamos solo él y yo, lo que significaba que yo estaba en su territorio. — Tiene que tomarse la pastilla Dante: — Ya me tomé una — Pero fue hace dos días — dije y me acerqué a darle una para la inflamación. — Déjeme verla Señalé a su pierna y él me miró. Dante: — ¿Qué quieres que te enseñe? — preguntó sonriendo con picardía y yo me sonrojé. Mis sucios pensamientos me habían acorralado con sus palabras tan fuera de lugar, o quizás era yo quien pensaba que lo eran. — La rodilla Carraspeé la garganta y respondí mientras él seguía sonriendo. Se puso de pie y se comenzó a quitar el cinturón. — ¡Ah! Me refería a que se subiera el pantalón, no a que se lo… Bueno, ya no pude decir nada porque ya se había bajado el pantalón. No obstante, aunque mis ojos se quisieran deleitar en otro lado, me centré en ver la rodilla. — Siéntese — pedí y él lo hizo, pero fue mala idea porque así sentado, lo que había en su entrepierna se veía más. ¡Joder! ¿Por qué le tenía ganas a mi jefe? ¡Ay Diosito, ayúdame! — La tiene inflamada Puse mi mano sobre la rodilla y aunque no la tocara tanto, se veía y se sentía hinchada. — ¿No le dijo nada más el doctor? — pregunté, mirando su rodilla, pues si mis ojos se levantaban, no verían los suyos, sino hacia otro lado. Dante: — Dijo que si seguía así, lo más probable sería hacerme una operación — ¿Y lo hará? — pregunté, alzando por fin mis ojos a los suyos, lo cual ya era un avance. Sin embargo, al bajar de nuevo mi mirada, mis impulsos perversos me hicieron detenerme a mirar por unos segundos lo que dividía sus piernas, lo que no debería haber hecho, pues sentí que todo mi cuerpo se calentaba. — Bueno... Carraspeé la garganta y me puse de pie. — Tendrá que hacerlo si no hay otra opción — dije y tragué saliva, ya que lo de antes sí me había afectado. Dante: — Tal vez — Do… ¿Dónde está el baño? Dante: — Al fondo del pasillo a la izquierda — Gracias Me di vuelta y caminé rápidamente hacia el baño. Al llegar, tomé varias respiraciones profundas para intentar calmarme. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me ponía tan nerviosa cerca del señor Grimaldi? ¿Acaso me gustaba? No, eso era absurdo. Aunque era muy guapo, él era mi jefe y esto no podía estar sucediendo. De modo que, por ese momento, decidí dejar de pensar en ello y concentrarme en mis tareas. Justo en ese momento, sonó mi teléfono y vi que era Ximena quien me llamaba. — Dime Ximena: — Hola Zoe, te llamaba para avisarte de que el señor Schulz, no quiso atrasar su reunión — ¡Ah! ¿Y era hoy, no? Ximena: — Sí, a las doce — ¡Mierda! Y son las diez Ximena: — ¿El señor Grimaldi no puede, verdad? — No. Iré yo. Le atenderé Ximena: — Okay — Gracias por decírmelo Ximena: — De nada, nos vemos pronto — Chao Colgué la llamada y me acerqué nuevamente a la sala. El señor Grimaldi seguía sentado en su sofá y para mi pesar, ¡no! Para mi alegría mejor dicho, ya se había subido otra vez el pantalón. — Me tengo que ir. Ximena me dijo que no pudo cancelar una reunión Dante: — Vale — No olvide ponerse hielo otra vez Dante: — Ajá — En serio, la rodilla se tiene que desinflamar — insistí, y él me miró. Dante: — Vale Finalmente, cogí mi bolso y salí de su casa. Ximena me había salvado, pero eso no quería decir que aún me sintiera extraña, más bien, excitada, por lo que vi porque ese bulto me causó mucho impacto.
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