Capítulo 12: Encuentros inesperados

2040 Palabras
ZOE Un mes después 2:02 p.m. Ximena: — ¿Vamos juntas a almorzar? — preguntó entrando a mi oficina. — Sí, vamos — respondí, cogí mi bolso y bajamos al restaurante privado que tenía la empresa. Ximena: — ¿Cómo vas con lo de servir al señor Grimaldi? — Bien, no me quejo, aunque sus regaños son más irritantes que las simples tareas que me asigna Ximena: — Cuando se enfada es insoportable, siempre ha sido así, pero el hecho de ser un adinerado guapetón de pies a cabeza, no lo pierde Mientras ella disfrutaba de su lasaña, recordé la perfección física de mi jefe, que se complementaba con su expresión seria, haciéndolo aún más interesante y atractivo. Ximena: — Sabes, la semana pasada me encontré con Ashley en el estudio donde trabaja mi hermano — ¿En serio? ¿Y te dijo algo? Ximena: — La saludé y la muy hipócrita ni me quiso mirar. Al parecer trabaja como diseñadora allí. Nunca me dijiste por qué se fue de aquí — Por una vez en que la encontré discutiendo con el señor Grimaldi y fue cuando ella decidió renunciar Ximena: — ¿Eso significa que el señor Grimaldi está soltero desde entonces? — No sé. Ha estado soltero durante mucho tiempo, pero ya sabes cómo son los hombres como él; no suelen estar solos por mucho tiempo Ximena: — Tienes razón 3:00 p.m. DANTE GRIMALDI Estaba trabajando en mi computadora, mientras me quejaba por el trabajo mal hecho que había realizado uno de mis empleados. ¡Es que no se podía ser más idiota! Mientras tanto, llamé a uno de mis clientes más importantes, el señor Ashton, quien tenía dudas sobre comprar una casa. Yo le había recomendado una propiedad de nuestra compañía. Sin embargo, se encontró con un problema para visitarla, ya que uno de mis ineptos empleados, a cargo de mostrarle la casa por segunda vez, olvidó llevar la llave. Causando que se tuviera que cancelar la cita, porque el señor Ashton, vivía lejos y no podía permitirse perder tiempo. Por último, concluí la llamada con el señor Ashton, y por suerte, no se enfadó como temía. De hecho, aceptó mis disculpas y acordamos una nueva cita para mostrarle la casa en otro momento. Entonces, me senté de nuevo en mi escritorio y encendí mi laptop para asignarle una nueva tarea a mi asistente personal. ___________________________________ De: Mí Para: Zoe Carrasco Asunto: Cita con el señor Ashton Señorita Carrasco, ponga en mi agenda un recordatorio para la cita con el señor Ashton. Que sea el jueves de la semana próxima y tráigame los documentos impresos del contrato que ahora le adjunto. DANTE GRIMALDI CEO. GRIMALDI'S COMPANY C.O. ____________________________________ Después de enviar el correo, noté que la señorita Carrasco había agregado una fotografía suya en su perfil de correo electrónico. Entonces, se me ocurrió buscarla en las r************* para ver más fotos y después de estar viendo algunos perfiles, me topé con el ella. Decidí entrar en su cuenta de i********: y, en su biografía, noté que tenía un enlace. Era una página web donde se podían comprar fotografías. Así que comencé a curiosear entre las imágenes, que incluían fotos de ciudades, paisajes y personas, hasta que me encontré con una foto que despertó un deseo tremendo hacia ella. Era una foto en un plano contrapicado en el que se veía su cuerpo en una posición sensual, pero no se veía completamente su rostro. Además, este estaba empapado de agua y la camiseta blanca que llevaba puesta se adhería a su silueta, destacando sus senos firmes y llenos, su abdomen plano y una V marcada por los dobleces de la camiseta entre sus piernas. Y al mirarla así no tuve más remedio que excitarme. Era consciente de que estaba en el trabajo y de que esas cosas no podían pasar, pero yo era muy atrevido y sin pensarlo más, abrí la cremallera de mi pantalón para sacar mi m*****o y comenzar a masturbarme viendo su foto. No lo pensé, solo hice lo que quiera, más bien, lo que necesitaba porque ya no había vuelto a estar con ninguna mujer desde que terminé con Ashley y desde ese entonces, ya había pasado mucho tiempo. 15:10 p.m. ZOE Regresé a mi puesto después del almuerzo de los empleados de la empresa y, al mirar mi ordenador, noté que tenía un correo de mi jefe. Sin perder tiempo, agendé la cita para el jueves e imprimí los documentos que me había solicitado. Luego, me dirigí a su oficina, donde encontré la puerta cerrada. Sin dudarlo, di dos golpes en la puerta y esperé unos segundos, pero al no recibir la invitación de “pase”, supuse que podía entrar. No obstante, al abrir la puerta, me topé con una escena que me dejó completamente atónita. El señor Grimaldi tenía la cabeza hacia atrás, apoyada en el respaldo de la silla, sus ojos estaban cerrados y en su entrepierna resaltaba su pene erecto y en él, hacía movimientos acelerados de arriba hacia abajo. Dante: — Zoe… — intentó decir cuando me vio de pie en la puerta, pero el gemido que soltó al instante no lo dejó. — Lo siento. Volveré más tarde — dije dándome rápido la vuelta. Dante: — No he dicho que te vayas — aclaró y me detuve en seco. En ese momento, no sabía qué hacer y para calmar mis nervios, miré la manilla de la puerta mientras mi piel empezaba a arder y mi intimidad a contraerse con esa escena. Dante: — Tenías que haber tocado la puerta antes de entrar — Y lo hice, pero como no me dijo nada supuse que podía entrar. Lo siento, sé que no tenía que hacerlo, lo lamento mucho Dante: — Date la vuelta. ¿Veo que tienes los documentos que te pedí? — preguntó como si nada. — Pero antes súbase el pantalón — pedí, aunque solo lo hice por ser sensata, porque mis ganas hubieran querido seguir viéndolo así, hasta podría haberme ofrecido para ayudarle a continuar lo que hacía. Dante: — ¡Por Dios!, no me digas que es la primera vez que ves una pene — Pues sí — pensé en decirlo en mi mente, pero acabé diciéndolo en voz alta. Dante: — Date vuelta, ya me vestí — dijo, me volví para verlo y en efecto, ya tenía el pantalón subido y se estaba echando gel hidroalcohólico en sus manos. — Dame los documentos — pidió mirándome fijamente y yo solo miré al suelo. No podía verle a los ojos, no después de lo que había visto. — Si eso es todo, me voy — aclaré y salí de inmediato de su oficina. ¡Dios, ¿qué fue eso!? Al cerrar la puerta de su oficina, fui directo al baño. Me sentía muy excitada y mis bragas estaban mojadas, así que al llegar me senté en la taza del váter, me subí la falda de tubo que solía llevar siempre en el trabajo y bajé mi mano hasta tocar mi clítoris, que con lo poco que había visto ya estaba hinchado. Necesitaba sacar y saciar las ganas de follar que me había causado ver a mi jefe masturbándose. Tiempo después, me empecé a tocar y aunque no alcanzara un orgasmo, fue satisfactorio y pude quitarme las ganas. Después, procuré recuperar mi aliento y recobrar la calma. Volví a mi estado habitual y retomé mi lugar. En ese momento, el interfono sonó; presioné el botón y mi jefe comenzó a hablar. Dante: — Necesito que vengas, debemos hacer algunos ajustes en el contrato — solicitó antes de colgar. Así que, reuní mi valor y me dirigí a su oficina. — ¿En qué puedo ayudarlo, señor Grimaldi? — pregunté mientras él examinaba los documentos que sostenía en su mano. Dante: — Necesito que leas en voz alta lo que he señalado como crucial, y yo lo ingresaré en la computadora antes de imprimirlo — De acuerdo Tomé asiento en una silla junto a él y comencé a recitar lo que había marcado. En tanto, me di cuenta de que seguramente el calentón de antes ya se le había pasado, pero a mí no, aun así, sabía que debía mantener la profesionalidad, siguiendo su ejemplo. No podía dejarme llevar por esos lujuriosos deseos que se pasaban por mi mente al ver lo que él estaba haciendo anteriormente. 19:45 p.m. Emma: — Amiga, ¿cómo estás? — Bueno, no sé cómo explicarlo Emma: — ¿Qué sucedió? — preguntó con angustia mientras preparaba la comida. — No lo vas a creer — respondí y me senté en el sofá. Emma: — ¿Y esa sonrisita? ¿Qué has hecho? — preguntó curiosa y se tiró también al sofá. — Mi jefe Emma: — ¿El qué está bueno? — Sí, ¿quién más va a ser? Emma: — ¿Y qué pasa con él? — Me lo encontré masturbándose en su oficina — respondí y ella quedó con la boca abierta. Emma: — ¡Vaya! ¿Y cómo es que lo viste? ¿Lo estabas espiando? — ¡Claro que no! Entré a su oficina y le vi Emma: — ¿Y le viste el..? — preguntó y asentí. — Sí — admití y mis mejillas se pusieron coloradas. Emma: —¿Y qué hizo después? — Nada, nos pusimos a trabajar Emma: — ¿Por qué será qué lo estaba haciendo? ¿Qué le habrá calentado? — No lo sé, pero joder, me dejó con ganas — dije y las dos reímos. Emma: — ¿Él es mayor que tú, cierto? — Sí, nos llevamos cinco años. Yo tengo veinticinco y él treinta y uno Emma: — Los chismes dicen que no tiene novia, ¿por qué no te lo coges? — ¿Olvidas que es mi jefe? Emma: — ¿Y qué? Así te sube el sueldo — dijo riendo y subiendo las cejas de arriba abajo. — No Emma: — Igualmente, algún día tendrás que dejar de ser la monjita que has sido siempre. Tienes que buscarte a un chico y follar. En fin, vamos a comer porque si no se enfriará el pato y el puré de papas que hice — mencionó y me dio dos golpes en la pierna antes de levantarse. ¿Y si follo con él? Nah, era una idea descabellada. Como si un hombre como él se fijaría en una chica como yo, común y corriente. Emma: — Por cierto, a Jacob le gusta tu proyecto de las fotografías — ¿Le enseñaste las fotos en las que salgo semidesnuda? Emma: — No, igualmente tu rostro no se ve mucho y no le dije que eras tú, además, son fotografías artísticas, es arte, no es pornografía — Eso sí — dije sirviéndome la comida en el plato. Emma: — Ten, me dio diez dólares por una de tus fotos, la de la ciudad en la noche y la sesión de fotos que me hiciste, esas le gustaron más — ¡Estupendo! Aun así no hacía falta, le conozco y no era necesario darme dinero Emma: — ¿Pero para eso subes fotos, no? Para que la gente las compre — Ya Mientras Emma y yo nos dirigíamos a la mesa para empezar a comer, me quedé pensando en lo que había visto. Esa escena del señor Grimaldi había sido muy inesperada y aún no tenía claro por qué lo estaba haciendo. ¿Por qué teniendo otros lugares más privados lo hizo ahí a la vista de todos? Lo más probable era que no tuvo de otra, al fin y al cabo era su oficina y tenía derecho de hacer lo que le diera la gana y por ello, me sentía avergonzada. Interrumpí en un momento muy íntimo y eso me daba vergüenza, ya que no debía estar ahí. Tuve que haber esperado a que me dejara pasar y no entrar de una. En fin, no sabía cómo le vería en los próximos días. Lo más probable sería que no me atreviera a verle a los ojos, pero tenía que ser profesional, olvidar lo que había pasado, como si no hubiera visto nada y seguir trabajando como siempre.
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