ZOE
Miércoles, 12:34 a.m.
Cuando llegamos a la mansión del padre de Dante, bajamos del automóvil y al contemplar lo que teníamos ante nosotros, mi mandíbula casi tocó el suelo, aunque logré disimularlo.
Aquella mansión era una muestra de lujo y, por ende, de gran costo. A pesar de la oscuridad de la medianoche, se apreciaba su inmensidad y los detalles que valían millones, resaltados por las luces y farolas que la iluminaban.
Francesco: — Dante, come va? (Dante, ¿cómo estás?) — saludó y se acercó para abrazarlo.
Dante: — Ciao (Hola)
Francesco: — Hola, ¿y tú eres...?
— Zoe, soy la asistente personal de Dante, del señor Grimaldi, quiero decir
Frances: — Piacere, bella (un placer, hermosa) — dijo y besó el dorso de mi mano.
Dante: — No sabía que estarías esperándome
Francesco: — ¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a esperar a mi hijo?
Dante: — Zoe, puedes subir y elegir una de las habitaciones disponibles. Ve a descansar, ya es tarde.
Mañana te espero aquí abajo a las siete en la sala, para que podamos ir a la oficina de mi padre y hablar de negocios. Quiero que estés presente
Francesco: — Dante te ayudará con tu maleta
— No hace falta, puedo subirla yo. No es tan pesada, pero gracias. Buenas noches
Sonreí y me dirigí hacia las escaleras, eligiendo la primera habitación disponible, que resultó ser una suite, como era de esperar. Entonces, caí exhausta en la cama matrimonial, después del viaje. Estaba muerta de sueño y, segundos después, me quedé dormida.
7:05 a.m.
Al día siguiente, después de desempacar y ducharme, bajé para reunirme con Dante y su padre, Francesco, en su oficina. Nunca antes había conocido en persona a su padre, solo lo reconocía por una foto que Dante tenía en su despacho.
Dante: — Bien, te traje los documentos que pediste del señor Ashton
Francesco: — Perfecto, ¿aceptó la propiedad?
Dante: — Aún no
Francesco: — Figlio di puttana (hijo de puta)
Dante: — He intentado convencerlo, pero ha sido imposible. Sin embargo, aún sigue interesado en comprar la casa que le mostré
Francesco: — Tenemos que asegurarnos de que compre esa propiedad, de cualquier manera. Sabes lo que hay en ese terreno y, si logramos que lo adquiera, podré hacer un gran negocio con algunos empresarios interesados
Dante: — Lo sé, pero primero debemos convencerlo de abandonar esa antigua casa y mudarse de allí — dijo y yo no sabía el asunto del que hablaban.
Francesco: — Eso lo harás cuando vuelvas. Debes convencerlo lo antes posible, porque si alguien más se da cuenta de lo que hay allí, nos adelantará
Todo eso lo expresó en inglés con un acento peculiar, dado que su lengua materna era el italiano. En contraste, su hijo Dante hablaba inglés de manera impecable y se le entendía con claridad, hasta parecía nativo en la lengua.
Dante: — Zoe, ¿tienes los documentos?
— Sí — respondí y se los entregué.
Dante: — L'importo è abbastanza alto (La cantidad "de dinero" es bastante alta)
— dijo al darle los papeles a su padre.
Mientras tanto, ellos dos continuaron conversando sin prestarme atención, y honestamente, no comprendía por qué Dante me había pedido estar allí si no iba a participar.
Unos minutos después.
Francesco: — Bien, hemos terminado. Dante, ya sabes qué hacer con ese asunto. Llámame cuando convenzas a Grill Ashton
Señora: — Signore, la colazione è pronta (señor, el desayuno está listo)
Una señora se asomó por la puerta y los tres la miramos. Vestía un uniforme típico de las amas de casa, lo que me llevó a pensar que ella era una de ellas.
Francesco: — Grazie, Bianca
(Gracias, Bianca) — agradeció y le indicó que podía retirarse.
— Bien, vamos a desayunar
— mencionó al levantarse de la silla.
Dante: — Vamos — añadió, y él y su padre permitieron que saliera primero de la oficina antes de seguir ellos.
Más tarde, disfrutamos del desayuno, y mientras ellos charlaban, no pude evitar observar detenidamente a Dante. Me parecía atractiva su manera de hablar italiano, y ese idioma sonaba bastante romántico a mi parecer.
Dante: — Sì, quello stavo pensando (sí, eso pensaba) — mencionó y notó que lo estaba mirando como una niña tonta y embobada. Así que reaccioné de inmediato, pero casi me atraganto con el jugo de naranja que estaba tomando. Sentí cómo el calor subía rápidamente a mis mejillas, y supe que me había sonrojado en el instante en que Dante giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos. Su expresión mezclaba una leve sorpresa con algo que parecía... diversión. Por lo que intenté disimularlo, bajando la mirada hacia mi vaso como si fuera lo más interesante del mundo.
Francesco: — ¿Y tú, Zoe, habías venido a Italia alguna vez?
— No, de hecho, era uno de mis sueños. Me contaron que Italia es muy hermosa
Francesco: — Eso es verdad. ¿Dante, por qué no sales a pasear con ella?
Dante: — Vine a Italia solo porque me llamaste, no para dar paseos
— respondió con su rostro inexpresivo de siempre.
Francesco: — ¡Venga! Acompáñala, ella no conoce la ciudad
— No hace falta, gracias
Francesco: — ¿Sabes qué?
Te acompañaré yo — propuso después de limpiarse la boca con una servilleta.
— ¿Qué te parece?
— No lo sé. Seguramente tenga que ayudar a Dante
Dante: — Ve — dijo antes de tomar un trago de agua.
— ¿Está seguro, señor?
Dante: — Ve, antes de que cambie de opinión
Francesco: — ¡Perfecto! Iré a decirle a mi chofer que prepare el auto, te espero afuera
— Vale, gracias — dije, y él salió de la mansión.
Dante: — ¿Por qué me mirabas antes?
— ¿Mirar de qué? — pregunté pareciendo inocente, él se acercó y se sentó en la silla de mi lado izquierdo.
Dante: — Sigue mirándome así y te follaré ahora mismo aquí, encima de esta mesa — aclaró y mi braga se mojó.
— Pero yo solo estab...
Me quedé a medias porque él subió su mano, acariciando desde mi pierna hasta pasar por debajo de mi falda. Luego, hizo de lado mi braga y llegó a tocar mi intimidad. Todo en un solo movimiento.
Dante: — Pero mira nada más, estás mojada — dijo sonriendo de lado.
— No lo hagas, no aquí.
Vendrá tu padre y nos verá — mencioné y con uno de sus dedos acarició mi entrada, lo que me hizo gemir en voz alta.
Dante: — En la noche serás mía y quiero que te guardes esos gemidos para después — aclaró y me dio un beso en los labios.
Posteriormente, me dejó en paz.
Se levantó de la silla y se dirigió a las escaleras, haciendo como si nada hubiera sucedido.
Francesco: — ¿Nos vamos? — preguntó asomándose por la puerta.
Dante: — ¿Mi antiguo despacho aún existe?
Francesco: — Sí, hay una computadora en él y si necesitas algo pídeselo a Bianca, ella te ayudará — explicó y Dante siguió subiendo las escaleras.
9:13 a.m.
Francesco y yo paseamos por las hermosas calles de Roma, y no pude evitar quedarme asombrada por lo impresionante del paisaje.
Francesco: — ¿Desde cuándo trabajas para mi hijo?
— Llevo más de un año a su lado
Francesco: — ¿Y cómo es que una chica tan amable y carismática puede soportar el temperamento de Dante?
— ¿Su temperamento?
Francesco: — ¿No te has dado cuenta aún de cómo es en realidad? Es una fiera, sobre todo en lo laboral.
Tiene un temperamento fuerte, y desde que murió su madre, se volvió aún más temperamental — mencionó mientras miraba al suelo, tal vez recordando a su esposa.
— Lo siento mucho
Francesco: — Así es la vida. Cuando ella murió, la casa quedó vacía. Ella irradiaba felicidad en cada rincón, y su muerte cambió la personalidad de Dante y Niccolò. Ambos se volvieron más amargados, aunque Dante más que su hermano y no le gusta que se lo recuerden — explicó mientras observábamos el Coliseo Romano a lo lejos.
— No estoy tan de acuerdo. Aunque a veces puede ser arrogante, creo que con paciencia se puede arreglar. Además, no ha sido tan duro conmigo, al menos por ahora
Francesco: — Entonces, tienes suerte. Eres una buena chica, un alma sincera, al igual que lo era mi amada Alessandra
7:08 p.m.
Todo el día, Francesco y yo nos lo habíamos pasado fuera de casa, disfrutando de los encantos de la ciudad. Fue como un respiro necesario, un día libre en medio de la rutina laboral, gracias a que Dante accedió generosamente a darme esas horas para conocer mejor su país. Francesco y yo comimos en un pequeño restaurante familiar, donde probamos platos tradicionales que él insistió en pedirme, y luego seguimos andando sin rumbo fijo, dejándonos llevar por la vida vibrante de cada rincón que visitábamos.
Ahora, ya habíamos regresado a casa. Entré por la puerta con pasos sigilosos, justo detrás de Francesco, mientras mi corazón palpitaba con inquietud. No podía evitar el temor de toparme con Dante, especialmente después de lo que me había dicho y hecho aquella mañana. Su mirada y sus palabras seguían rondando mi mente, y la posibilidad de enfrentarlo nuevamente me hacía querer desaparecer.
En cierta parte, me inquietaba toparme con él al entrar porque nunca había hecho el amor con nadie. Pero, por otro lado, me sentía curiosa por experimentar esa sensación y mucho más si era con él. Con el hombre que me excitaba solo con estar delante de mí, pero, por suerte, no me lo encontré.
Quizás todavía seguía trabajando, lo que no me parecía extraño, ya que él era un adicto al trabajo y se podía pasar horas y horas así.
Entonces, subí a mi habitación y lo primero que hice fue empacar mi maleta.
Mañana a primera hora saldríamos para el jet privado porque teníamos que volver a Nueva York.
Así pues, empecé a escuchar unos golpes en la pared y unos cuantos leves gritos provenientes de la habitación de al lado, la que se suponía que era de Dante, según me había dicho su padre.
Igualmente, no le presté atención.
Seguí ordenando mi maleta y después de acomodar todo volví a escuchar lo mismo de antes y eso causó que me entrara curiosidad.
Salí de mi habitación haciendo el menor ruido posible y vi que la puerta de la otra habitación estaba medio abierta. Por ello, me acerqué y cuando vi lo que estaba sucediendo adentro mi corazón se rompió en mil pedazos.
Había un hombre desnudo de espaldas que estaba follando por atrás rápidamente a una rubia y de ese acto, eran los ruidos de antes.
Por suerte, ellos no se percataron de mi presencia, pero corrí hasta mi habitación, me tiré sobre la cama y empecé llorar porque ese hombre era Dante. Él estaba follándose a una mujer después de decirme en la mañana que me lo haría a mí pero ¡claro! Caí como una idiota en su juego, dejándome seducir y tocar por un imbécil que no cumplió lo que prometió. Igualmente, ¿qué me esperaba?
¿Que un ricachón y guapetón se siguiera fijando en mí?
No, él podía escoger mujeres más bellas que yo, con un cuerpo esbelto como lo tenía esa, a quien tenía bajo su control en esos instantes.
Por último, después de sacar todo ese despecho con mi llanto, porque sí, aunque Dante y yo no fuésemos nada, sentía celos, pero más que todo era desilusión.
Desilusión por creer que tendría un futuro con él, y lo sé, fui estúpida al pensar que sí.
Minutos después, opté por una ducha caliente con la esperanza de dejar atrás lo que acababa de presenciar. Traté de comprender por qué me afectaba tanto, sabiendo que no había posibilidad alguna entre nosotros. Él era mi jefe, y cualquier otro sentimiento no tenía cabida en esta situación.
Al instante, olvidé esos pensamientos hirientes y me dejé llevar por el agua que caía sobre mi rostro y cuerpo.
Más tarde, terminé de bañarme, cerré el grifo y al girarme para salir de la ducha, vi que la puerta del baño estaba abierta, la que yo no había dejado así, por lo que debajo del marco de la misma estaba Dante, con una sonrisa lasciva en sus labios mientras recorría con pausas cada parte de mi cuerpo con su mirar provocativo.
— ¿Qué haces aquí? — pregunté exaltada e intentando tapar las partes más importantes de mi cuerpo con mis manos.
En ese instante, no me importó faltarle el respeto, ya que siempre le trataba por “usted”, pero más importante era cómo me sentía yo que tratarle bien.
— Vete de aquí — exigí y tomé deprisa la toalla para cubrirme, pero él no me hizo caso. En cambio, se desnudó la corbata roja que llevaba, en tanto no paraba de mirarme y lanzaba una sonrisa maquiavélica.
— ¿Eres sordo? Te he dicho que te vayas
Dante: — ¿Por qué?
Te dije que esta noche te lo haría.
¿Dónde quieres que sea?
¿Aquí en el baño o en la habitación?
— preguntó mientras daba unos pasos hacia delante, acercándose a la ducha.
— Eres un idiota — dije enfadada y pasé por su lado velozmente.
Dante: — ¿Y ahora qué? — preguntó riéndose y después se lamió los labios.
— ¿Cómo puedes ser tan imbécil?
Vienes aquí diciendo que harás esto y aquello sin un poco de vergüenza, como si lo que hubieras hecho hace rato no te bastara
Dante: — ¿Hace rato? ¿Lo que pasó en el comedor te refieres? — preguntó metiéndose las manos en los bolsillos y yo bufé.
— ¡Vaya! No sabía que tuvieras mala memoria
Dante: — Si me lo explicas lo voy a entender, pero ya te lo digo, no sé de lo que hablas, si no es de lo que pasó en el comedor — dijo con seriedad y yo volví a bufar.
— ¿Vas a negarme que te estabas follando a una rubia hace unos minutos?
— pregunté por fin y él rio.
Dante: — ¿Es un chiste, supongo?
— ¿Ves que me estoy riendo?
Mira, yo no soy ninguna puta para que esté a tus servicios y que estés primero con una y después elijas estar conmigo
Dante: — Si te interesa saberlo, toda la tarde me la he pasado en mi antiguo despacho solucionando las estupideces que hacen mis empleados mientras no estoy
— No mientas — mencioné y puse los ojos en blanco.
Dante: — No miento — aclaró con una voz firme y eso causó que sus palabras me comenzaran a convencer.
— Pero yo te vi en tu habitación hace instantes
Dante: — ¡Ah! — exclamó y rio.
— No fui yo a quien viste
— ¡Ay, por Dios! ¿Me dirás que existe otro Dante con el mismo corte de pelo y del mismo color, además de que sea igualito a ti?
Dante: — Espera aquí — dijo, y salió de la habitación.
Pasaron solo unos segundos antes de que la puerta se abriera nuevamente.
Esta vez, Dante no estaba solo. Entró acompañado de un hombre que, al instante, me dejó sin aliento. Él era idéntico a Dante: misma barba, misma cara, misma altura, y la misma complexión.
Y él estaba sin camiseta, mostrando su torso, con el pecho y los abdominales al descubierto. Al verlo más de cerca, me di cuenta de que su cuerpo estaba más definido, más musculoso que el de Dante; tenía un aspecto más robusto y fornido, como si estuviera en una forma física más imponente. Y, en la parte inferior, llevaba unos pantalones de chándal negros, que completaban su apariencia de manera casual.
Dante: — Zoe, él es Niccolò, mi hermano gemelo
— explicó y me quedé paralizada.
¿Cómo era posible?
¡Dante tenía un gemelo!
Niccolò: — Ciao bella (Hola preciosa)
— Hola — saludé, y él se detuvo en el marco de la puerta, regalándome una sonrisa. Luego, intercambiaron algunas palabras, y Niccolò se retiró. Fue entonces cuando Dante cerró la puerta y se acercó a mí.
— No sabía que tu hermano también estaba aquí
Dante — Yo tampoco lo sabía, pero esta tarde, mientras tú y mi padre estaban fuera, él vino acompañado de su novia. Está de vacaciones y justo esta noche toman el vuelo de vuelta a Nueva York.
¿Ahora me crees? Si no, no sé qué más podría hacer para que lo creas.
— Lo siento, pensaba que eras tú.
Te confundí con él.
Sabía que tenías un hermano, pero no que fueran gemelos y tuvieran muchísimo parecido. Realmente me ha sorprendido — mencioné bastante apenada.
¡Maldita sea!
Ya no podía meter más la pata con él.
Primero con decirle que era guapísimo pensando que solo había sido en un sueño, después con encontrarlo en su oficina teniendo un momento muy íntimo, en el que se estaba masturbando, y ahora, acusándole de algo que no había hecho.
Dante: — Acepto tus disculpas porque soy consciente de que no lo sabías
— dijo y dio varios pasos hasta llegar a mí.
— Pero ahora mismo no quiero seguir hablando porque todavía estoy excitado de cuando te vi en la ducha — mencionó deshaciéndose de la toalla blanca que aún llevaba puesta para cubrir mi cuerpo.
Después, me besó en la boca y empezó a dar besos en mi cuello.
— Espera, ¿qué harás?
Dante: — Lo que dejé a medias en mi oficina — respondió con una sonrisa en su cara.
Se puso detrás de mí y comenzó a besar mis hombros.
Luego, empezó a tocar mi cuerpo. Acarició mis brazos con sus dedos y eso me dio escalofríos.
— Estoy nerviosa — admití.
Dante me dio la vuelta y quedamos de frente.
Dante: — Relájate y déjate llevar. No voy a hacer nada que no quieras — dijo y asentí.
Le di un beso para calmar mis nervios y él se quitó el cinturón, pero aún seguía con la camisa y el pantalón puesto.
Dante: — Moja mis dedos con tu saliva y abre un poco las piernas — dijo, poniendo dos dedos en mi boca e hice lo que pidió.
Al instante, sus dedos se pasearon por mis labios, acariciándolos sin dejarse de lado mi clítoris, lo que me estremeció por completo.
Dante continuó tocándome y enfocándose únicamente en estimular mi clítoris y acompañándolo con varios besos en mi cuello.
Dante: — Me encantas. ¿Por qué no te había probado antes? — preguntó y de un momento a otro, sentí que mi intimidad estaba en llamas.
Y es que estaba alcanzando un nivel de excitación tremendo, ya no solo por las estimulaciones que Dante me daba sino también por saber que él lo estaba haciendo. Dante había sido mi deseo desde que lo conocí y que él me estuviera haciendo lo que había querido desde hace tiempo, era una fantasía.
Finalmente, me acostó con suavidad sobre la cama y continuó dándome besos por todo el cuerpo.
Al mismo tiempo, se apartó y del bolsillo de su pantalón sacó un pequeño bote.
— ¿Qué es?
Dante: — Lubricante. No quiero que sientas tantas molestias ni que te duela tanto
— ¿Ya venías preparado?
Dante: — Por supuesto — respondió con una media sonrisa.
A continuación, se quitó el pantalón y el bóxer, dejando al descubierto su arma letal, la cual cubrió con un preservativo.
En tanto, cerré mis piernas.
Me sentía demasiado nerviosa.
Nunca había tenido sexo en la vida real, solo en mis sueños cuando imaginaba hacerlo con mi jefe, pero aparte de eso, nada más.
Así que, él se puso encima de mí.
Me abrió de piernas y se inclinó a mi rostro para darme un beso. Yo ya me sentía lista, toda mi intimidad la sentía mojada, preparada para lo siguiente. Pero mis nervios crecían cada vez más y también tenía temor de que llegara el momento de la penetración.
Al instante, Dante me miró a los ojos y antes de meterse dentro, fue deslizando su pene por mi clítoris y después fue bajando hasta llegar a mi v****a.
Finalmente, con lentitud, se metió dentro de mí, lo que me hizo jadear fuertemente.
Me dolió mucho, más de lo que había pensado, pero por suerte no me salió sangre.
Dante: — ¿Como te sientes?
— Me duele — contesté y Dante, inmediatamente, se salió de mí.
— Perdón, no es culpa tuya, es solo que...
Dante: — Es solo que estás nerviosa, no te preocupes, lo entiendo
— Pero no quiero dejar pasar esto
— comenté con un poco de vergüenza.
Dante: — Lo haremos, pero hasta que estés bien — dijo, y me dio un beso, tan despacio, pero cargado de pasión.
Rodeé mis manos en su cuello y nos seguimos besando mientras él, con sus manos, acariciaba mis piernas.
Segundos después, bajó a mis pechos y los besó con pasión, lo que me excitó muchísimo.
Minutos más adelante, cuando los nervios desaparecieron entre tanto placer, Dante me volvió a penetrar y
comenzó a moverse dentro de mí. Yo con eso no paraba de gemir, claro, en mi mente, porque en voz alta no me atrevía a hacerlo. Tampoco teníamos tanta confianza para hacerlo, aunque quisiese, pero lo que hacía, sus movimientos de atrás hacia delante, me estaban gustando muchísimo.
Es que mis paredes se aferraban a su m*****o y se sentían tan bien esos movimientos de mete y saca que hacía que mis expectativas fueron derribadas.
La realidad sobrepasaba lo que suponía que podía hacer Dante en la cama.
La vergüenza del principio ya la estaba perdiendo, pero todavía la tenía.
Aun así, mi cuerpo estaba más relajado y me puse a disfrutar del momento y no pensar en nada más.
— Hazlo más rápido — pedí y él no dudó en hacerlo y comenzó a meter y a sacar con mucha velocidad su m*****o en mí, lo que, segundos después, me hizo alcanzar el clímax.
¿En serio había tenido un orgasmo?
No sé si eso era, pero no tenía tantas dudas de que lo fuera porque se sintió de una manera sobrenatural.
Mi cabeza iba a explotar y mi intimidad estaba vuelta loca con lo que había pasado.
A continuación, aunque me hubiera corrido, Dante no se detuvo, pero si bajó la velocidad y metió más profundo.
Él era magnífico, tenía mucha experiencia y eso era divino.
No está de más decir que mi primera experiencia s****l había sido increíble y riquísima.