Dos semanas después
Viernes, 5:44 p.m.
ZOE
Pasaron dos semanas después de esa noche fascinante y agotadora en la que Dante y yo cogimos por primera vez.
Después de esa noche, volvimos a la empresa y tras ese momento tan íntimo que habíamos vivido, no sabía cómo lo vería a partir de ahora, pues solo él y yo sabíamos lo que había ocurrido, pero no se me hizo difícil, puesto que en ese tiempo la empresa estuvo atareada con los nuevos clientes que llegaban y que querían alquilar o comprar locales. Sin embargo, es verdad que el deseo que me causó esa noche que pasé con Dante lo tenía aún vivo, y este instante no era la excepción. Por ello, aprovechando que me quedaría unas horas extras trabajando, decidí entrar a su oficina.
Por esta razón, vi a Dante concentrado y leyendo unas cosas en un papel que tenía en las manos, y cuando me miró, sonrió de lado.
Dante: — ¿Desea algo, señorita Carrasco? — preguntó y yo no le respondí, solo me acerqué a él, pasando de largo, y me puse atrás suyo.
Puse mis manos alrededor de su cuello, abrazándole desde atrás y empecé a deslizar mis manos por su pecho hasta a su cinturón, pero al llegar a su entrepierna no la toqué, solo pasé mis dedos por sus piernas y volví a subir. También, me aparté de él y tomé un bolígrafo que había en el escritorio para tirarlo al suelo y parecer que se me cayó accidentalmente.
— ¡Upss! Qué torpe soy — dije inocentemente y me incliné para recogerlo, haciendo que mi trasero quedase delante de él y así me quedé por unos cuantos segundos hasta que volví a subir.
Quería provocarlo y lo conseguí porque en sus ojos noté lo excitado que se puso.
Dante: — Si querías que te follara, solo tenías que pedírmelo — mencionó y me jaló del brazo, sentándome en su regazo.
— A mí también me gusta jugar, ¿sabes? — mencioné y me mordí el labio inferior.
No obstante, me levanté y fui directo hacia la puerta.
Dante: — ¿A dónde vas?
— Seguiré trabajando
Dante: — Ven aquí primero
— Lo siento, pero tengo que seguir con el trabajo — respondí con malicia.
Dante: — Zoe, ven. No me obligues a ir por ti — dijo y yo reí en tanto salía de su oficina.
De ahí que me volví a sentar en mi silla y segundos más tarde, mi jefe se apareció por la puerta y caminado rápido, se acercó a mi escritorio y me tomó en sus brazos.
— ¿Qué haces?
Dante: — Te voy a castigar por desobedecer
Entonces, me llevó otra vez a su oficina y me acostó en el gran sofá que había.
— ¿No te parece raro hacerlo en la oficina?
Dante: — Soy muy atrevido, de eso te darás cuenta y a veces no me importa lo demás. Es más, esta es mi oficina y tengo derecho de hacer lo que me dé la gana
Me desabrochó la camisa y me quitó la falda.
Luego, se quitó el saco, pero no se desabrochó la camisa de vestir blanca.
Se quitó el cinturón y se inclinó a mí.
Dante: — Dame tus manos
— ¿Para? — pregunté y él sonrió.
Tomó y juntó mis manos poniéndolas encima de mi cabeza y las ató con el cinturón.
Dante: — Déjalas ahí — pidió, se sacó el m*****o del pantalón y me abrió de piernas para meterse dentro de mí, pero antes, se puso un preservativo que sacó de su bolsillo.
Después de la primera vez, me hice unas pruebas al igual que él para verificar si todo estaba bien, visto que si esos encuentros con Dante seguían, lo mejor era estar seguros.
Aun así, el preservativo siempre lo usábamos no solo para evitar alguna enfermedad s****l, sino para prevenir un embarazo.
— ¿Qué pasa si bajo las manos?
— pregunté retando y él me miró atentamente.
Dante: — Que te lo haré tan duro y tantas veces que hasta olvidarás tu nombre y apellido — respondió y comenzó a dar estocadas fuertes dentro de mí, al momento en que bajaba su mano y acariciaba y estimulaba mi clítoris.
Asimismo, él siguió dándome duro y velozmente hasta que, de un movimiento que hizo, me quitó el cinturón de las manos y me dio la vuelta, quedando así, de espaldas, a él.
— ¿Te gusta así?
— Dame más — pedí extasiada.
Entonces, enredó mi cabello en su mano y jaló mi cabeza hacia atrás para tener más control.
Comenzó a cogerme por atrás con la misma intensidad de antes, pero esta vez, tenerme a su antojo.
Él no me estaba penetrando por el ano, por suerte, porque yo todavía no me sentía lista para dar ese paso, igualmente se sentía bien hacerlo así.
Ya por último, dio otras embestidas más y decidimos acabar, ninguno de los dos habíamos quedado extasiados, pero nos había gustado lo que habíamos hecho.
Por alguna razón, él decidió parar y yo también y creo que fue, al menos en mi caso, porque se me vino a la mente el hecho de que eso que estábamos haciendo estaba mal.
No podía hacerlo porque él era mi jefe, una persona a quien le tenía que respetar y tomar como ejemplo, no con quien tenía que coger.
Así pues, nos tiramos en el sofá y puse mi cabeza en su hombro.
No dijimos nada por muchísimos minutos y solo nos quedamos en silencio. Yo me volví a poner mi ropa interior porque estar desnuda frente a él me daba mucho augurio, no porque me criticara sino todo lo contrario, porque él me miraba mucho y le gustaba lo que veía.
— El lunes tienes que reunirte con el señor Ashton, me hizo una llamada y me lo pidió hoy en la tarde, se me había olvidado ponerlo en la agenda
Dante: — Vendrás conmigo — dijo y hubo una pausa.
— Pero ahora quítate las bragas y ábrete de piernas — pidió y se levantó del sofá.
— ¿Aún no estás satisfecho? — pregunté arqueado una ceja, igualmente me quité otra vez la ropa interior y después me abrí de piernas para él.
Obviamente, era consciente de que no debía seguir con esto, pero ya que tenía la oportunidad de coger con Dante no la dejaría pasar.
Estaba mal lo que estábamos haciendo, al menos para mí sí, pero se sentía muy bien y valía la pena arriesgarse.
Dante: — Desde la última vez que estuvimos en estas, pasó mucho tiempo y ahora quiero sacar las ganas que me causa verte paseando en esta empresa con ese culo y esos grandes pechos que tienes — respondió y comenzó a besar y lamer mis pezones.
Después, bajó con besos hasta llegar a mi intimidad y ahí empezó a mover su lengua por todo mi sexo y al llegar a mi clítoris, lancé un jadeo y arqueé mi espada del placer que me causó.
Nunca había sentido esa sensación y nadie me había comido el coño antes.
Se sentía tan bien que no podía pensar en nada más que no fuese ese momento tan gratificante.
Unos cuantos minutos después, antes de que mis fluidos bajaran por mis piernas, Dante metió su pene, dando unas estocadas más y mi visión se nubló de estrellitas, había alcanzado un riquísimo orgasmo.
Sábado, 11:28 a.m.
Toda la noche me la pasé recordando ese momento con Dante y me costó dormir al imaginarme que había tenido sexo con él, no una vez, varias veces ya.
No obstante, había una gran duda en todo esto que era ¿hacia dónde íbamos?
Porque él era mi jefe y yo su asistente, por lo tanto, estas situaciones no se tendrían que repetir, no si quería seguir trabajando ahí como una empleada.
Tenía que ser como ellas y no querer que mi jefe me cogiera cuando quisiese, y pensándolo bien, quizás esa era la realidad.
Dante solo me buscaba para satisfacer sus ganas y yo no era de ese tipo de chicas fáciles, así que, a partir de ahora, todo cambiaría.
Me dedicaría a ser una monjita como siempre lo fui y a no darle importancia a esos pensamientos y tal vez sentimientos que surgieran al ver a mi jefe, puesto que sería lo mejor más para mí que para él.
Entonces, me levanté de la cama y me fui a duchar para salir de casa e ir a visitar a mi madre y a mi padre, quienes vivían también en Nueva York, ya que llevaba tiempo sin verles a la cara.
Después de eso, me levanté de la cama y me dirigí al baño para ducharme antes de salir de casa y visitar a mis padres en Nueva York. Había pasado un tiempo considerable sin ver sus rostros.
14:22 p.m.
Hilary: — ¡Qué alegría verte, cariño!
— exclamó emocionada al abrir la puerta y encontrarse conmigo en el umbral.
Mi madre era una mujer hermosa, con cabello castaño y ojos ceniza, al igual que los míos.
— Hola, mamá — le dije mientras la abrazaba con cariño.
Hilary: — Tu padre todavía está en el trabajo, pero seguro estará encantado de verte cuando regrese
— ¿Y Cachito? — pregunté, y el pequeño pug corrió hacia mí al oír su nombre, derrochando ternura.
Constantino: — ¡Hola! ¿Cómo estás?
— preguntó mi padre asomándose por la puerta, y ya que él era Argentino y mi madre estadounidense, siempre que estaba con él hablaba en español y no solo inglés por mi madre.
Él tenía el cabello n***o y ojos café, con una barba negra y un carisma muy marcado en su personalidad y quizás de él lo había heredado yo también.
Hilary: — ¿Qué les parece si vamos a comer? He preparado sopa de pollo
— sugirió, y su acento siempre me sacaba una sonrisa, ya que ella le era muy difícil hablar en español. No obstante, era una excelente cocinera, y mi plato favorito era su sopa de pollo, sin importar la estación del año ni que pareciera un plato sencillo.
14:35 p.m.
Los tres estábamos reunidos en la mesa cuando mi hermano bajó las escaleras. Tenía doce años y se parecía mucho a mi padre en todos los aspectos.
— ¿Cómo estás, viejo?
Jason: — Bien, ¿me trajiste algo?
— preguntó con entusiasmo.
— Una camiseta que te encantará
— respondí, sacando el regalo que le había comprado: una de su banda favorita, Green Day, que también era la mía.
Jason: — ¡Vaya! Esta vez te luciste. Gracias, hermana — dijo feliz y me abrazó.
Hilary: — Bueno, ahora que estamos todos juntos, ¿cómo te va en el trabajo? — preguntó, y sentí que mis piernas temblaban ligeramente.
— Bastante bien.
¡Qué buena está la sopa! — respondí rápidamente para cambiar de tema.
No quería hablar de mi jefe, ya que solo pensar en él desencadenaba un deseo abrumador.
Así que, empecé a comer y así evité que me siguieran preguntando sobre el trabajo.
No podía resistir esos deseos que Dante despertaba en mí, a pesar de que apenas habíamos cruzado ciertos límites. Afortunadamente, mi madre dejó de hacer preguntas incómodas al respecto, lo que me permitió recobrar la tranquilidad.
Así que continuamos charlando sobre diversos temas, evitando hablar de mi trabajo.
Mientras tanto, pasé un hermoso momento junto a mi familia, lo que me llenó de alegría. Cada vez que los veía, sentía una felicidad incomparable.