ZOE
Regresé a mi oficina una vez más.
Dante había regresado de Los Ángeles, pero desde entonces no habíamos cruzado palabra. Afortunadamente, no había necesitado mi ayuda para nada, ni siquiera para llevarle café a su oficina, y eso era un alivio para mí, ya que quería mantener la distancia con él.
Tenía que olvidar lo que habíamos estado haciendo hace días atrás, eso de tener encuentros íntimos.
A partir de ahora, todo sería diferente.
Tenía que cambiar en ese aspecto porque una cosa tenía muy clara: no sería una cualquiera, tenía que valorarme y darme cuenta de que si alguien era para mí estaría conmigo, no se iría tal que así y buscaría a otra.
1:11 p.m.
Estaba concentrada escribiendo un documento en mi computadora cuando de repente la puerta de mi oficina se abrió. Para mi sorpresa, era Dante quien entró. Ignorándolo deliberadamente, seguí escribiendo como si no lo hubiera notado.
Dante cerró la puerta detrás de él y permanecí enfocada en mi trabajo, sin mirarlo ni reconocer su presencia.
Dante: — ¿Cuándo terminarás con eso?
— Estoy bastante ocupada — respondí sin dejar de escribir. Él se acercó y se detuvo frente a mi escritorio.
Dante: — Sería mejor que dejes de escribir— dijo con su característica voz seductora.
¿El muy cabrón quería algo conmigo?
¿A caso no le había bastado lo que le hizo a la mujer aquella en los Ángeles?
— Se lo vuelvo a repetir, estoy muy ocupada — respondí, finalmente mirándolo. Sus ojos eran cautivadores, su mandíbula tensa y sus rasgos marcados.
Maldición, ¿por qué tenía que ser tan atractivo?
Dante: — Ven a mi oficina
Sabía a lo que se refería, pero si pensaba que yo era como esas mujeres con las que solía tratar, estaba completamente equivocado.
— Tengo trabajo pendiente — reafirmé, y él, maestro en persuasión con su voz profunda y sus palabras sensuales, intentó cambiar mi opinión una vez más.
Dante: — No te vas a arrepentir.
Mientras estuve lejos quise llevarte a mi oficina.
Ven. Vamos o te llevo
Le miré y sus ojos me encendieron.
Tenía ganas de ir a su oficina y hacer lo que él pedía, que lo hiciéramos sobre su escritorio o sobre el sofá…
¡No! No podía.
Tenía que concentrarme.
¡Sí! ¡Concentrarme!
— Señor, por favor déjeme trabajar
— aclaré y él frunció el ceño.
Dante: — ¿Segura? O si quieres te lo hago aquí mismo
¡Maldita sea!
¿Por qué era tan bueno para convencer?
— No, así que por favor váyase.
Hay que trabajar y le pido que deje de decirme este tipo de cosas — afirmé, y noté la confusión en su mirada. No obstante, no dijo más, se dio la vuelta y buscó la puerta.
Dante: — Llévame los documentos que te enviaré por correo.
Los quiero impresos — dijo antes de salir de mi oficina.
Desapareció y yo pude tomar aire.
Ese hombre me iba a matar si seguía hablándome de esa manera.
Así pues, me envió los documentos que me pidió y fui a su oficina para ir a dejárselos.
No estaba sentado en su escritorio ni tampoco le vi cerca, así que fui hasta ahí y puse los papeles encima del escritorio. Entonces, alguien se puso detrás de mí, puso su mano en mi nuca y me obligó a inclinarme sobre el escritorio.
Todo había sido tan rápido que no me dio tiempo de reaccionar.
Dante: — Abre las piernas — susurró en mi oído y ahí me di cuenta de que era Dante.
— Por favor, déjame
Dante: — Sé que tienes ganas, no mientas — mencionó y se pegó a mi cuerpo, juntando su entrepierna con mi trasero, por lo que actúe de inmediato porque si no lo hacía caería en la tentación de dejarme llevar.
— ¡Déjame, he dicho! — exclamé y me di la vuelta para verle.
Él se había quedado atónito.
Dante: — ¿Y ahora qué te pasa?
— Déjame, hay que trabajar y ya te lo he dicho, no me pidas hacer este tipo de cosas
Se lo dejé bien claro y pasé por su lado muy rápidamente en busca de la puerta, con una actitud de enfado, pero estaba clarísimo, yo no estaba enojada, sino todo lo contrario, estaba demasiado excitada.
Que él me haya hecho eso tan rápido y al mismo tiempo tan inesperado, me había puesto los pelos de punta.
Entonces, volví a mi oficina y me quedé ahí encerrada intentando contenerme.
Mis ganas perversas de volver ahí y de terminar lo que él quería las tenía muy presentes, pero por mi cordura y sobre todo por mi ego, no quería verle.
¡Que se fuera a la mierda!
Además, quien se había acostado con alguien más no era yo, sino él, así que se jodiera.
Tres días después
ZOE
Jueves.
Habían pasado varios días desde que vi a Dante con otra mujer, y hasta el momento, mantenía la misma actitud seria e indiferente. Es más, parecía que a él tampoco le había afectado, tal vez esa mujer le proporcionó algo que yo no y con eso quedó satisfecho.
Entré en la oficina de mi jefe para entregarle el almuerzo. Él estaba sentado en su escritorio habitual, y me observaba con un rostro inexpresivo.
— Aquí tiene su almuerzo, señor Grimaldi
Dante: — Puedes retirarte
Me di la vuelta y salí de su oficina.
DANTE
Zoe se marchó de mi oficina y yo seguía sin comprender su comportamiento. Desde mi regreso de Los Ángeles, me había estado ignorando por completo, y no entendía por qué. Tal vez se había cansado de mí, como solían hacerlo muchas mujeres con las que salía. Primero las atraía, luego las cogía, y cuando se daban cuenta de que no podía ofrecerles una vida juntos, se iban.
Y era cierto, no podía, o mejor dicho, no quería darles una vida a mi lado, y esto se debía a un asunto muy importante relacionado con mi salud.
Hacía varios años, me habían realizado una cirugía de corazón debido a una enfermedad. Era un cardíaco congénito y había heredado esta condición de mi madre, quien desafortunadamente falleció a causa de un ataque cardíaco. Su vida quedó truncada, y la mía estuvo en peligro desde el mismo momento de mi nacimiento. Sin embargo, los médicos detectaron a tiempo mi afección y me sometieron a una operación cardíaca cuando tenía tan solo ocho meses de vida.
A pesar de eso, no podía cantar victoria. Los médicos me advirtieron que podrían surgir complicaciones relacionadas con mi corazón, y que podía desarrollar otras enfermedades cardíacas en el futuro. Debido a la cirugía a la que fui sometido, debía acudir al hospital cada mes para revisiones, hasta ahora todo iba bien, pero siempre había una sombra de incertidumbre. Temía que en algún momento algo saliera mal, y sinceramente, no deseaba que eso ocurriera.
En sí, no le tenía miedo a la muerte, pero sí me aterraba la idea de morir de esa manera, en un día común y corriente debido a una enfermedad aparentemente insignificante.
En resumen, no quería involucrarme emocionalmente con nadie. Nunca había experimentado el amor y dudaba que llegara ese momento. Para mí, el concepto de enamorarse era algo absurdo, algo que no encajaba en mi vida. Por eso, mi interés en las mujeres se limitaba a un solo propósito: el sexo, sin compromiso alguno.
Claro, esto se debía en gran parte a una experiencia pasada con una novia, Chiara.
La hija de puta, cuando se enteró de mi enfermedad, me dejó porque le dio miedo encontrarme muerto algún día.
Fue una hija de puta, sin más.
Desde entonces, había evitado establecer relaciones serias, a excepción de mi última asistente personal, Ashley, con quien mantenía encuentros íntimos de vez en cuando. A pesar de que ella insistía en considerarse mi pareja, eso no significaba que compartiera esa visión ni que hubiera algo más entre nosotros.
Ahora, con Zoe, seguramente estaba experimentando una situación similar. Quizás ya no le interesaba tanto como antes, o tal vez estaba empezando a notar que yo no buscaba algo más serio, aunque a veces me lo cuestionaba a mí mismo.
Inicialmente, estaba seguro de que solo buscaba una relación física con Zoe, pero últimamente había estado reflexionando sobre otros aspectos. Por eso mismo, decidí hacer el viaje a Los Ángeles. Aunque lo justifiqué como un viaje de trabajo, en realidad fui solo para tener tiempo y pensar detenidamente sobre lo que realmente quería con Zoe, ya que ella era una mujer diferente.
De hecho, mientras estaba en Los Ángeles, conocí a una mujer que mostró interés en mí desde el primer día que llegué al hotel, y al último día de mi estancia, sucedió lo que ella quería. Sin embargo, ni siquiera le dije mi nombre, evité hablar de mi trabajo o de mi vida personal. ¿Y por qué accedí a estar con ella si ya tenía a Zoe? Porque necesitaba sacarla de mi cabeza. Zoe me estaba volviendo loco de buena manera y sabía que no era algo normal para mí.
__________________________________________
INCIO DEL FLASHBACK
Cristy: — ¿Cómo te llamas?
— Prefiero mantenerlo en el anonimato
Cristy: — Qué curioso eres
— ¿Eres prostituta? — pregunté mientras ella me llevaba a su habitación.
Cristy: — Digamos que simplemente me gustan los hombres y de vez en cuando me divierto. No te preocupes, hoy no te cobraré — dijo mientras entrábamos a su habitación.
— ¿Trabajas en este hotel o estás de paso?
Cristy: — Solo estoy de paso
— respondió cuando entramos a la habitación. Lo primero que hizo fue arrodillarse frente a mí y cuando noté sus intenciones de querer practicar sexo oral, me negué. No la conocía lo suficiente y no sabía si tenía alguna enfermedad que me pudiera pasar.
— ¿Tienes algún condón?
Cristy: — Hay varios. Están en la mesita de noche — respondió, y me alejé de ella para buscar los condones.
— ¿Eres virgen? — preguntó, y decidí mentir.
— Sí
Cristy: — Entonces te voy a enseñar cómo ser un hombre de verdad — dijo, y me empujó hacia la cama. Se colocó sobre mí y me besó.
Pero no podía. No me sentía excitado, más bien me sentía asqueado por la situación. Sabía que no era así y que esto no estaba bien. Estaba intentando olvidar a Zoe, pero todo esto solo empeoraba las cosas.
— Lo siento, no puedo
Cristy: — Son solo nervios, se te pasarán — respondió, quitándose el vestido y dejando al descubierto su desnudez, ya que no llevaba nada debajo. Luego, me bajó el pantalón y empezó a masturbarme.
Minutos después, me introduje en ella, pero apenas duré tres minutos.
Mi intención había sido estar con otra mujer para intentar olvidar a Zoe, pero no lo logré. Seguía recordándola constantemente, de hecho, fue por eso que me corrí tan rápido; si no fuera por su recuerdo, eso no hubiera pasado, ya que Cristy no me excitaba. La había tratado de la peor manera posible porque no podía hacerlo de la misma forma que lo hacía con Zoe, porque Zoe no era como Cristy y, sinceramente, no se merecía eso. Lo que compartía en el sexo con Zoe era especial, no algo que pudiera dárselo a cualquiera.
— Me tengo que ir — dije cuando me salí de ella y me cambié lo más rápido que pude.
Cristy: — Eres un poco raro
— Lo tomaré como un cumplido — dije y me fui de ahí.
FIN DEL FLASHBACK
__________________________________________