Elinore se quedó de pie en el gran salón, el frío que había aceptado con su decisión aún la envolvía, pero ahora era un frío diferente, no el de la desesperación, sino el del sacrificio autoimpuesto. La Reina Lyra se acercó a ella, sus pasos lentos y pesados sobre las baldosas de piedra, y la abrazó con una fuerza que le recordó a Elinore la protección de su infancia. Su madre no lloraba abiertamente, sino que sus lágrimas eran silenciosas, lágrimas de un dolor antiguo y profundo que solo la experiencia podía traer.
"Hija mía," susurró Lyra, con la voz áspera y quebrada, aferrándose al cuerpo de Elinore. "Esto es lo que me temía desde que Malakor ascendió al trono en Drakonfell. No es solo un rey ambicioso. Él es... un depredador, y su sed va más allá de la tierra y el oro." Lyra se apartó, sosteniendo el rostro de su hija entre sus manos enguantadas, sus ojos, normalmente tan serenos, llenos de una oscura premonición. "Hay sombras en su corte, Elinore. Cosas que tu padre y yo tratamos de mantener alejadas de ti. Cosas relacionadas con la Prohibición y la Magia que Malakor no teme desenterrar."
Elinore sintió un escalofrío que no era del invierno. Miró a su madre, notando el terror genuino en sus ojos por primera vez. "Madre, ¿qué estás diciendo? ¿Qué tiene que ver la Magia Prohibida con todo esto? Él solo quiere las tierras de Ainsworth y una heredera."
"Su sangre, Elinore. La sangre de nuestro linaje," murmuró Lyra, mirando nerviosamente hacia la puerta como si el emisario Ser Kael pudiera estar espiando. "El halcón plateado no es solo un blasón. Es un símbolo de la resistencia. Prométeme que no confiarás en él. Prométeme que mantendrás tu guardia alta, incluso cuando él te sonría."
"Te lo prometo, Madre," respondió Elinore, con la voz ahogada. La promesa ya no era solo un acuerdo político, sino una misión de vigilancia en la oscuridad. Elinore sabía que debía ser el escudo de su familia, incluso si eso significaba marchar directamente a la jaula.
Los días siguientes se convirtieron en un purgatorio de espera, marcados por el constante aullido del viento. Cada sonido inesperado en el patio, cada crujido de las viejas vigas del castillo, hacía que el corazón de Elinore diera un brinco, esperando ver la figura familiar de su padre o las carretas cargadas de provisiones, que serían su sentencia y su salvación. Mientras tanto, se dedicó a las preparaciones prácticas, una forma de anclar su mente al presente y evitar que la angustia la consumiera, obligándola a centrarse en tareas mundanas. Recorrió las despensas con Clara, contando las últimas reservas de trigo y las pieles de animales que quedaban, tomando notas meticulosas en un diario con tapa de cuero sobre todo lo que prometió Malakor para tener un registro de cada onza de su pago. Se aseguró de que los Ancianos y los enfermos estuvieran al tanto de la inminente ayuda, infundiéndoles una esperanza que ella misma apenas sentía, pero que era vital para mantener la moral del reino.
En su habitación, Elinore eligió cuidadosamente lo que llevaría a Drakonfell. No eligió joyas ni sedas, ya que estas no significarían nada en un reino forjado en la fuerza y el frío, sino ropa gruesa y sencilla, capas forradas de piel de lobo y dagas ocultas que su padre le había enseñado a usar desde niña, herramientas de supervivencia y defensa. Guardó su libro de historia familiar, el único objeto que contenía los secretos del linaje Ainsworth, incluyendo un pequeño mapa astrológico de las tierras más allá de Drakonfell que nadie conocía, además de una pequeña bolsa de tela con las últimas semillas ancestrales de Ainsworth, el último aliento de la fertilidad de su reino, el último vestigio de lo que Malakor quería destruir. Su ajuar era un arsenal, no una dote.
El noveno día después de la partida de Ser Kael, un día que se sintió tan largo como todo el invierno, la nieve se detuvo. El silencio que cayó sobre Ainsworth no fue el usual de la desesperación, sino uno tenso, cargado de expectación y un terror helado. Los niños salieron de sus casas para mirar las nubes grises, preguntándose si era el fin de la maldición o solo una pausa momentánea antes de un golpe más duro.
Al mediodía, se escuchó un grito desde el torreón de vigilancia. No era un grito de alarma, sino un sonido gutural de alivio y júbilo, que hizo que incluso Elinore soltara un sollozo ahogado. Una columna de hombres a caballo y varias carretas cargadas se acercaban al castillo, abriendo un camino lento y tortuoso a través de la nieve virgen, como una procesión de salvación en un mundo moribundo.
Al frente, montado en un semental n***o, venía el Rey Theron. Su figura era más delgada de lo que Elinore recordaba, y su rostro estaba cubierto de una barba incipiente y una palidez enfermiza, pero sus ojos, al ver Ainsworth, brillaron con una llama inconfundible de vida. Estaba vivo.
Elinore no esperó. Corrió por los pasillos, bajó las escaleras de piedra con tal rapidez que casi tropieza. Se detuvo en el patio, el viento helado le revolvía los cabellos, y esperó mientras la figura de su padre desmontaba, delgado y pálido, pero vivo, un milagro concedido por su propio sacrificio.
Cuando Rey Theron la vio, sus ojos se llenaron de una mezcla de amor, alivio y una profunda y terrible tristeza. Abrazó a su hija con una fuerza que desmentía su aparente debilidad, el abrazo de un hombre que había temido no volver a ver a su ser más querido. En ese momento, en la seguridad del abrazo de su padre, Elinore supo que la primera parte de su sacrificio había valido la pena, que su pueblo comería y su rey regresaría a su trono.
"Hija," murmuró Theron en su oído, con la voz ronca, el aliento caliente sobre el frío de su piel. "Lo siento. ¡Cuánto lo siento! Pero has hecho lo correcto por Ainsworth. No es un sacrificio en vano."
Detrás de él, los soldados de Malakor descargaban los carros con una eficiencia fría. Barriles de carne salada, sacos de trigo que prometían pan, y leña seca. Habían cumplido, pero lo hicieron con la arrogancia de quien sabe que el precio es más alto que las mercancías. La gente de Ainsworth comenzó a salir de sus casas, sus rostros demacrados iluminados por una tenue luz de esperanza y un jubiloso murmullo que se extendió por el pueblo.
Elinore se apartó de su padre, su corazón dividido. El alivio por su regreso era un bálsamo, pero la confirmación de su inminente partida era un veneno lento. Miró a los guardias de Drakonfell, a sus armaduras pulidas y sus rostros serios, y luego a su padre. Su trabajo estaba a punto de comenzar. Ella no podía permitirse la debilidad.
"Te amo, Padre," dijo Elinore, su voz clara y firme, reprimiendo las lágrimas que amenazaban con derramarse, sintiendo que cada palabra era una puñalada en su propio pecho. "Ahora, descansa. Tienes que recuperar fuerzas. Yo... tengo un matrimonio que preparar."
El Rey Theron asintió, su rostro contraído por el dolor de la culpa y la impotencia. "Que los cielos te guíen, mi valiente Elinore. No estás sola en esto. Recuerda siempre tu promesa a ti misma."
Al caer la noche, y mientras las chimeneas de Ainsworth volvían a arder con la nueva leña, Elinore observó desde su ventana cómo el primer camión de provisiones se vaciaba. Era el precio pagado, la moneda de cambio. A la mañana siguiente, ella partiría hacia Drakonfell, un reino conocido por sus intrigas y su oscuridad, dejando atrás la relativa seguridad de su hogar. El frío del invierno de Ainsworth era duro, pero el frío del trono de Malakor prometía ser aún más letal. Ella ya no era solo Elinore, la Dama de Ainsworth; ahora era la Dama de las Cadenas, marchando por voluntad propia hacia su celda para luchar su batalla, una que se libraría con ingenio y voluntad, en el corazón de la oscuridad.