Capítulo 5

1813 Palabras
El Rey Theron, antaño un hombre de porte orgulloso y voz resonante que inspiraba lealtad en sus soldados y calma en su pueblo, ahora era una sombra de sí mismo. La celda en la que se encontraba era un pozo de piedra fría, húmeda y oscura, un sepulcro improvisado que se aferraba a la vida. No era una prisión ordinaria; era una cámara de tortura psicológica, un lugar donde el frío era una herramienta y el silencio, una condena. Apenas estaba iluminada por una r*****a alta, casi inalcanzable, que dejaba pasar un tenue rayo de luz, tan delgado y pálido como un espectro, más un recordatorio de la libertad perdida que una fuente de consuelo. El aire era denso, cargado con el olor a moho, a tierra húmeda y a la desesperación que se acumulaba con cada aliento, y el frío se le había metido en los huesos de una manera tan profunda que ninguna manta de lana, por gruesa que fuera, podría aliviar. Llevaba semanas cautivo en las entrañas del castillo del Rey Malakor, cada día más largo y más gélido que el anterior, un tormento silencioso que lo consumía lentamente. Su cuerpo, antes robusto y fuerte, acostumbrado a las largas jornadas a caballo y a la espada, se había encogido visiblemente, sus músculos se habían atrofiado y sus costillas se marcaban bajo la piel. La humedad constante había provocado llagas en sus muñecas y tobillos, que se frotaban contra las cadenas invisibles que ahora lo ataban, recordatorios punzantes de su impotencia. Su barba, antes cuidada y recortada, crecía desaliñada y blanca, salpicada de canas que no recordaba tener. Pero a pesar de la debilidad física, a pesar del hambre y el frío que lo carcomían, el espíritu del Rey Theron permanecía intacto, una brasa ardiente que se negaba a extinguirse en la oscuridad. Pensaba en su reino, en su gente sufriendo bajo el yugo del invierno, y sobre todo, en su hija, Elinore. La imagen de su rostro valiente, sus ojos llenos de vida y su espíritu indomable, era lo único que lo mantenía cuerdo en ese infierno helado, una luz en su propia oscuridad. Se aferraba a su recuerdo, a la calidez de su risa, a la certeza de que su hija haría lo imposible por sobrevivir y salvar a Ainsworth. La pesada puerta de madera y hierro chirrió con un lamento metálico, rompiendo el silencio opresivo de la celda y haciendo eco en el pasillo. El sonido era siempre el mismo: un grito de agonía del metal contra la piedra, que le hacía tensar los músculos del cuello, preparándose para la humillación. El Rey Theron levantó la vista con un esfuerzo, sus ojos, aunque cansados y hundidos, aún conservaban un destello de desafío, una chispa de la dignidad real que el cautiverio no había logrado arrebatarle. Dos figuras se recortaron contra la tenue luz del pasillo, proyectando sombras alargadas y ominosas sobre el suelo de piedra. El Rey Malakor, imponente y envuelto en una capa de pieles oscuras de zorro ártico, que contrastaba con la miseria de la celda, una ostentación deliberada de su poder y comodidad, su rostro joven pero endurecido por la ambición. A su lado, una figura más esbelta y elegante, Lord Valerius, su consejero, cuyo rostro, aunque enigmático, parecía siempre albergar una sonrisa sutil y calculadora, una que a Theron le resultaba más inquietante que cualquier ceño fruncido. "Majestad Theron," dijo Malakor, su voz grave resonando en la pequeña celda, llenando cada rincón. No había calidez en su tono, solo una formalidad fría y distante, como la de un carcelero dirigiéndose a su prisionero. "Vengo a ver cómo se encuentra su salud. El invierno no perdona a nadie, ni siquiera a los reyes, ¿verdad? Su celda es... austera, pero es lo mejor que podemos ofrecerle dadas las circunstancias políticas." Theron se incorporó con dificultad, sus músculos protestando, apoyándose en la pared húmeda para mantenerse erguido. No les daría la satisfacción de verlo doblegado. "Mi salud es la de un hombre injustamente encarcelado, Malakor. Sé muy bien que soy un rehén, no un invitado. Y este invierno que mencionas es cruel, pero no tan cruel como el que azota a mi reino desde hace un año ya. Un invierno que, curiosamente, comenzó a la vez que su ambición crecía." Malakor soltó una risa corta y sin humor, un sonido seco que rebotó en las paredes. "Yo solo busco una alianza, una unión que podría traer prosperidad a ambos reinos, un futuro de abundancia compartida. Y el fin de su anormal invierno, por supuesto. Hay secretos en el tejido de la realidad, Theron, que usted, aferrado a sus viejas tradiciones, ignora." Fue Lord Valerius quien dio un paso adelante, sus ojos brillantes en la penumbra. Su voz era suave como la seda, pero con un matiz que a Theron le pareció profundamente inquietante, como el susurro de una serpiente, la serpiente que había envenenado la mente del antiguo Rey Anakor de Drakonfell. Theron ya había visto la obra de Valerius antes: la manipulación sutil, la semilla de la discordia plantada con la precisión de un cirujano. "Mi Rey Theron, no hay necesidad de hostilidades ni de acusaciones infundadas. La solución a sus males, a los males de su pueblo, está al alcance de su mano. Una mano muy valiosa, de hecho. La mano de su hija, Elinore. Una mano que, según nos consta, ya ha sido ofrecida." Theron gruñó, su sangre hirviendo a pesar del frío. El saber que Elinore había aceptado era un puñal de culpa y orgullo. Sabía por qué lo había hecho, y eso multiplicaba su tormento. "Mi hija no es un trofeo de guerra, ni una moneda de cambio en sus juegos de poder. Ya se lo dije muchas veces a sus mensajeros, y se lo repito a usted, Rey Malakor." "Ah, pero las circunstancias han cambiado drásticamente, ¿no es así?" continuó Valerius, su sonrisa apenas perceptible, una sombra de burla. "El invierno se profundiza, Majestad. Su pueblo sufre, y su propia salud, como bien puede sentir, no es lo que era. El Rey Malakor, mi sobrino, solo desea lo mejor para su reino, para su gente, y para el suyo propio. Una unión entre vuestras casas, un lazo de sangre y poder, podría ser el bálsamo que Ainsworth necesita desesperadamente, la chispa que pueda apaciguar a los espíritus del invierno y que encienda la primavera. Su hija, Majestad, tiene una sangre especial, una sangre que ha resistido las Prohibiciones de la Magia durante milenios. Es esa resistencia, esa pureza, la que puede romper el yugo del hielo." Malakor asintió, su mirada fija en Theron, una expresión calculadora en sus ojos. "Piense en ello, Majestad. Una alianza matrimonial. Mi unión con su hija. El fin de este invierno que los consume. ¿No es un precio justo por la vida de su gente y la suya propia? Un pequeño sacrificio por una gran salvación. No es solo una alianza de tierras, Theron. Es una alianza contra el destino." Theron sintió una punzada aguda de desesperación, una que le oprimió el pecho. La forma en que Valerius hilaba las palabras, tejiendo una red de engaño, insinuando que el matrimonio de Elinore era la clave para el clima, era una manipulación descarada, tan fría como el hielo que los rodeaba. Sabía que Malakor era ambicioso, había visto ya como sus mentiras devoraban a su viejo amigo el Rey Anakor, y ahora lo hacía con un rey joven con ansias de poder, Valerius… Valerius era el verdadero veneno, la mente maestra detrás de la crueldad. Podía ver la influencia del consejero en los ojos de Malakor, una chispa de astucia y malicia que no era propia del joven rey. "¿Crees que un simple matrimonio controlará el clima? ¿Que una boda puede detener una plaga? ¿Que los espíritus del invierno estarán felices con tu boda con mi hija?" Theron escupió, intentando sonar más fuerte y desafiante de lo que se sentía, su voz ronca por la falta de uso. "¡Es una manipulación deshonrosa! La sangre de Ainsworth es fuerte, sí, pero no es una poción para tus enfermedades, Malakor. ¡Nunca lo será!" Valerius se encogió de hombros con una elegancia casi inhumana. "La magia de las alianzas, Majestad, es poderosa. Y la unión de sangres, a veces, puede obrar milagros que la razón no comprende. Especialmente cuando hay una voluntad fuerte detrás de ella, una voluntad que desea el cambio. Piense en la desesperación de su pueblo, Majestad. Ellos claman por la primavera, por el calor, por la comida. Y mi sobrino está dispuesto a ofrecer eso, a cambio de la mano de su hija. Es una oferta generosa, ¿no cree? Y lo más importante, Majestad, ya ha aceptado. Sus términos eran claros: su regreso y las provisiones. Ambos se han cumplido. Su parte del pacto se acerca." La implicación era clara, un mensaje grabado en el aire helado: si Elinore se casaba con Malakor, el invierno terminaría, la primavera regresaría. Si se negaba, su reino se congelaría hasta la muerte, sus súbditos perecerían de hambre y frío, y el perecería en esa celda, solo y olvidado. Theron sintió el peso de la decisión de Elinore sobre sus hombros, una carga invisible pero abrumadora, incluso estando a kilómetros de distancia. Ahora sabía que su hija estaba a salvo, pero la agonía de saber el precio pagado lo aplastaba. Sabía que su hija era fuerte, con un espíritu indomable, pero también sabía lo mucho que amaba a su pueblo, cuánto se sacrificaba por ellos. "Déjame solo," gruñó Theron, volviéndose hacia la pared de piedra, su espalda un muro de desafío. No quería que vieran la desesperación que amenazaba con ahogarlo, las lágrimas que se negaban a caer en ese lugar helado. Su dignidad era la última posesión que le quedaba. Malakor y Valerius intercambiaron una mirada, una comunicación silenciosa y cómplice. Una victoria tácita. "Piénselo bien, Majestad," dijo Malakor, su voz ahora con un matiz de impaciencia. "El tiempo corre, y el frío no espera a nadie." La pesada puerta se cerró con un golpe sordo y final, sumiendo a Theron de nuevo en la oscuridad y el silencio opresivo de su prisión. Solo que ahora, el frío de la celda se sentía aún más intenso, y el peso de la decisión de Elinore, una carga que no debería llevar, lo oprimía con una fuerza abrumadora. Se dejó caer en el suelo, con la espalda contra la pared, y se permitió un momento de debilidad, cerrando los ojos. Elinore vendría, y con ella, la última esperanza de Ainsworth. Sabía que Elinore, en su nobleza y su amor por su gente, haría lo que fuera necesario. Y eso, para él, era la tortura más grande de todas, la promesa de una libertad que llegaría a un precio demasiado alto.
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