La frustración de Elinore por la arrogancia de Lord Kaelen era un fuego helado en su pecho, una brasa constante que ardía bajo su piel. Su desprecio por la ayuda ofrecida, su insistencia en mantenerla al margen de lo que buscaba en las tierras del manantial, era una afrenta constante, un recordatorio de su supuesta inferioridad. Elinore observaba a Kaelen y a sus Eldrin salir cada día, mientras se dirigían hacia las cuevas. Ella sabía, con una certeza que iba más allá de la lógica, que el invierno no era natural, que era una plaga, tal vez si eran los espíritus del invierno que estaban molestos por algo, o una magia mucho más siniestra. ¿Y si la clave para romper el ciclo residía en ese lugar remoto y misterioso? Pero Kaelen la mantenía al margen, envuelto en un velo de secretos tan denso

