La oscuridad de la celda del Rey Theron era un manto pesado y opresivo, un compañero constante en su prolongado cautiverio. El frío se había vuelto una parte intrínseca de su ser, calando hasta sus huesos con una insistencia dolorosa, y el hambre, una punzada sorda y persistente que lo acompañaba día y noche, erosionando su fuerza. Había escuchado los susurros furtivos de ayuda, un recordatorio de que no todo estaba perdido, pero la incertidumbre sobre el destino de Ainsworth y de su amada Lyra y su amada hija, Elinore, lo carcomía más que cualquier dolor físico, más que la propia inanición. Se aferraba a la dignidad, a la imagen de rey que había sido, a la promesa de su linaje, incluso en su debilidad más extrema. El chirrido metálico de la pesada puerta de su celda rompió el silencio op

