Mientras la Reina Lyra cuidaba a una Elinore aturdida y abrumada en el Castillo Ainsworth, la noche era una pesadilla fría. Elinore, tendida en el sofá junto a la chimenea, no temblaba por el frío, sino por el recuerdo. Sentía la escarcha en sus palmas, no como una caricia, sino como una mancha de culpa. Su poder Eldrin, recién nacido, era una fuerza de aniquilación, un torbellino incontrolable. La Reina Lyra la miraba, no con miedo, sino con la abrumadora carga de la responsabilidad. La madre había visto no solo a su hija, sino a la encarnación viva de la profecía, una fuerza que, si se descontrolaba, no distinguiría entre aliados y enemigos. “El dolor de la culpa es lo único que te ata a tu humanidad ahora, mi niña,” susurró Lyra, retirando con un pañuelo las últimas manchas de sangre he

