La noche aún se cernía sobre el Castillo del Rey Malakor, una oscuridad densa y helada que ocultaba los movimientos furtivos, el susurro del viento invernal el único sonido que se atrevía a romper el silencio. En las profundidades más oscuras y húmedas de las mazmorras, el Rey Theron, debilitado por semanas de cautiverio brutal y una hambruna constante, se aferraba a la vida con una tenacidad que desafiaba su cuerpo. Su piel estaba pálida y tirante sobre sus huesos, su cuerpo temblaba incontrolablemente con escalofríos que no cesaban, y cada respiración era un esfuerzo agónico que le quemaba los pulmones. Había escuchado el silencio sospechoso, seguido de susurros furtivos. Luego, las pisadas apresuradas de Jane llegaron hasta su celda, su joven aliada, que le trajo la terrible noticia, un

