La Sombra que Susurra

1430 Palabras
El viento había cambiado esa noche. Elanil no podía dejar de sentir que algo en el aire era diferente, más denso, como si las estrellas mismas se estuvieran apagando. La luz de las lunas gemelas, que antes le parecía tan reconfortante, ahora parecía opacar la verdad que estaba buscando. ¿Qué había despertado realmente? Sentada frente al gran mapa de la ciudad, Elanil repasaba las antiguas escrituras que había descubierto en la biblioteca secreta del Reino, junto con Idria y Thalan. Había algo en las palabras de los antiguos guardianes que no terminaban de encajar. Algo que no podían ver completamente. —Lo que sea que hay ahí fuera, Elanil, está esperando a que Kael se vuelva lo suficientemente fuerte —dijo Idria, su voz tensa mientras recorría los pergaminos. Elanil miró a su alrededor, con la sensación de que los muros de la torre estaban más cerca de lo que debería. La atmósfera parecía aplastante, como si el Reino entero estuviera en la misma sala, observándolos, esperando. —¿Y si Kael ya lo sabe? —preguntó Thalan, en voz baja, como si temiera que su propia palabra despertara lo que estaban buscando. Idria negó con la cabeza. —No lo creo. Si lo supiera, no estaría actuando como lo está haciendo. Está tan convencido de que el Reino necesita un líder, un salvador. No ve el peligro que lo rodea. Elanil miró el mapa nuevamente. Algo no encajaba en lo que decían los antiguos textos. Las referencias al "Eclipse de las Sombras", un fenómeno mencionado en casi todos los escritos antiguos, coincidían con la llegada de Kael al Reino. El eclipse, la conjunción de las lunas gemelas, no solo marcaba su nacimiento. También marcaba el despertar de algo mucho más oscuro. —Esto no es un simple destino, Elanil —murmuró Idria, como si pudiera leer sus pensamientos—. El eclipse no solo significa la llegada de Kael. Es la llave para lo que está esperando. Al día siguiente, Elanil, Thalan e Idria partieron en secreto hacia las ruinas antiguas, donde según los textos, se encontraba la Puerta del Olvido. El lugar había sido sellado por generaciones, un sitio rodeado de misterio y supersticiones. Nadie se atrevía a acercarse, pues se creía que las sombras del pasado aún acechaban en su interior. Elanil sentía que este viaje sería decisivo. Si lo que Idria y Thalan decían era cierto, si la sombra que acechaba el Reino estaba realmente vinculada a Kael, debían enfrentarse a ella antes de que fuera demasiado tarde. El camino hacia las ruinas estaba cubierto por un denso bosque. Las hojas de los árboles crujían bajo sus pasos, y un extraño silencio los rodeaba. Incluso los animales parecían ausentes. Como si el propio bosque los estuviera observando. —Nunca he sentido algo así —dijo Thalan, su voz tensa mientras avanzaban entre los árboles. —Es como si estuviéramos siendo guiados… o cazados. Elanil no respondió, pero sentía lo mismo. Cada paso que daban los acercaba más a algo, aunque no sabían exactamente qué. Lo único que estaba claro es que las sombras que los perseguían no eran solo un mito o una leyenda. Finalmente, llegaron a la entrada de las ruinas. Un gran arco de piedra, cubierto por enredaderas y raíces, se alzaba frente a ellos, desmoronándose en algunas partes, pero aún imponente. En su interior, el aire parecía más denso, más frío, como si el tiempo mismo se hubiera detenido allí. —Este es el lugar —dijo Idria, señalando una extraña inscripción en el suelo de piedra. Las letras, casi borradas por el paso de los siglos, parecían vibrar con una energía desconocida. —La Puerta del Olvido —murmuró Elanil, mientras se agachaba para examinar la inscripción. A medida que sus dedos rozaban las runas, una sensación de helada oscuridad se apoderó de ella, como si una fuerza invisible estuviera tratando de despojarla de su voluntad. Thalan se adelantó, buscando un mecanismo o alguna forma de abrir la puerta, pero antes de que pudiera hacer algo, una vibración profunda recorrió el suelo, seguida de un resplandor débil que emergió de las grietas en la piedra. —Elanil, mira —dijo Idria, con voz entrecortada. Elanil giró hacia ella, pero lo que vio la hizo detenerse en seco. En la oscuridad más profunda, justo más allá de la puerta sellada, un par de ojos brillaron. Rojos como la sangre, profundos como el abismo. Kael había comenzado a sentirlo también. En el palacio, mientras conversaba con sus consejeros y trataba de fortalecer la confianza del pueblo, hubo momentos en los que su mente se nublaba. Había momentos en que sentía que algo lo estaba observando, algo que estaba más allá de su control, de su comprensión. Sabía que Elanil y sus amigos estaban fuera, y aunque no quería admitirlo, había algo en su corazón que le decía que su destino ya no era solo suyo. El eclipse, su llegada, el Reino entero… todo estaba entrelazado de una manera que no podía explicar. De vuelta en las ruinas, Elanil, Thalan e Idria se acercaron con cautela a la puerta. La energía provenía de dentro, y sentían que, si cruzaban el umbral, no solo enfrentarían los horrores del pasado, sino algo mucho más antiguo y peligroso. —Esto no es solo un lugar sellado —dijo Idria, mirando la puerta con una mezcla de miedo y fascinación. —Es un portal. La Sombra está más cerca de lo que creemos. Elanil respiró hondo, su corazón palpitando. Sabía que no había vuelta atrás. —Debemos entrar —dijo con firmeza. —Tenemos que descubrir la verdad, cueste lo que cueste. Con esas palabras, dio un paso hacia adelante. Las sombras, que parecían esconderse en cada rincón, comenzaron a moverse, rodeándolos, preparándose para lo que estaba por venir. El Reino de las Lunas Gemelas estaba a punto de enfrentarse a una revelación que cambiaría todo lo que habían conocido hasta ahora. El eclipse no había sido solo el comienzo del poder de Kael, sino el despertar de una fuerza ancestral que había estado esperando en las sombras, a punto de reclamar lo que era suyo por derecho. Y con cada paso que daban, Elanil y sus compañeros sabían que el futuro del Reino dependía de lo que encontrarían en las entrañas de las ruinas, más allá de la Puerta del Olvido. Elanil avanzó hacia la puerta, el aire a su alrededor se volvió más pesado. La vibración que sentían en el suelo se intensificaba, resonando en sus huesos. El resplandor de las grietas en la piedra se hacía más fuerte, y un sonido extraño, como un susurro lejano, emergió de las profundidades de las ruinas. —¿Lo oyes? —preguntó Thalan, mirando a su alrededor con creciente inquietud. Elanil asintió, tensa. Las voces de los antiguos no eran solo ecos del pasado. Algo los llamaba, algo más allá de lo que entendían. Antes de que pudieran reaccionar, la puerta comenzó a moverse lentamente. Una figura oscura apareció en la abertura. Un par de ojos rojos brillaban desde la oscuridad. Los tres retrocedieron instintivamente, pero la figura avanzó hacia ellos, una sombra tan densa que parecía absorber la luz de las lunas gemelas. —No lo hagáis, dijo una voz, suave pero llena de un poder aterrador. —Este no es vuestro lugar. Elanil, con el corazón acelerado, intentó hablar, pero las palabras se le atragantaron. La sombra comenzó a disiparse, pero dejó un rastro de frialdad en el aire, un eco de algo antiguo y peligroso. La puerta se cerró de golpe. La visión desapareció, pero la sensación de que algo los había marcado permaneció. —¿Qué era eso? —preguntó Idria, temblando. —La Sombra —respondió Elanil, su voz temblorosa. —Lo que hemos despertado… Es mucho más que lo que pensábamos. Sabían que no podían seguir ignorando la advertencia. La Sombra estaba más cerca que nunca, y con cada paso que daban, el Reino se adentraba más en un futuro incierto. La amenaza que se cernía sobre ellos era más oscura de lo que imaginaban. Mientras tanto, Kael, en el corazón del Reino, también sentía que algo estaba cambiando. Los murmullos de un destino inevitable seguían resonando en su mente, aunque no entendía completamente lo que implicaba. El poder que había comenzado a forjar se estaba volviendo más complejo, y pronto, la verdad saldría a la luz.
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