El Corazón de la Oscuridad

2130 Palabras
La puerta se cerró tras ellos con un estruendo sordo, sellando el camino de regreso. Elanil, Thalan e Idria se encontraban en una amplia cámara subterránea, las paredes de piedra cubiertas de símbolos que brillaban con una tenue luz azulada. El aire estaba impregnado con una esencia antigua, casi como si el tiempo mismo hubiera sido atrapado en ese lugar, esperando ser liberado. A medida que avanzaban, las sombras parecían moverse a su alrededor, sus formas fluctuando como si tuvieran vida propia. Elanil sentía una presión creciente en su pecho, como si una fuerza invisible la estuviera oprimiendo. —Esto es más grande de lo que pensábamos —dijo Thalan en voz baja, mirando las paredes con aprensión. Idria, que había estado al frente, se detuvo de golpe. Sus ojos se posaron sobre una figura tallada en la piedra, casi oculta en la penumbra. Era una figura humana, pero sus ojos estaban vacíos, como si algo los hubiera arrebatado. —Aquí está… la respuesta que buscábamos —murmuró Idria, señalando la inscripción debajo de la figura. La piedra parecía vibrar al contacto de sus palabras. Elanil se acercó rápidamente, y vio lo que decía. "El Eclipse de las Sombras es la llave. El portador del poder romperá la cadena, pero será consumido por la oscuridad. Solo la sangre de la luna puede sellar el destino." Elanil sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Las palabras se le clavaron como dagas. Kael era el portador del poder, pero lo que eso significaba… No podía ser bueno. —¿Qué significa esto? —preguntó Elanil, su voz apenas un susurro. Idria no le respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en la inscripción, como si estuviera tratando de descifrarla. Luego, finalmente, habló. —El Eclipse... Es el momento en que las lunas gemelas se alinean completamente. Ese es el momento en que la Sombra tomará forma física. Kael es el catalizador. Él... él es el que abrirá la puerta a lo que está esperando, y no podrá detenerlo. No hay vuelta atrás. Elanil dio un paso atrás, la realidad golpeándola con fuerza. Kael era el elegido para liberar la Sombra, y a pesar de su aparente bondad, él no podía evitar lo que estaba por venir. —¿Pero cómo lo detenemos? —preguntó Thalan, con una mezcla de desesperación y miedo en su voz. Idria miró las paredes una vez más, como si buscara algo que se le escapaba. Finalmente, sus ojos se posaron en un pequeño altar al final de la sala. En él descansaba una piedra negra, completamente lisa y sin ningún signo distintivo, pero algo en su presencia la hacía vibrar con poder. —La sangre de la luna. —Idria se acercó al altar, su voz llena de una gravedad aún mayor. —Es lo único que puede sellar lo que se está desatando. Esa piedra... es la clave para cerrar el portal. Elanil se acercó, sus manos temblorosas al tocar la piedra. Al instante, un relámpago de energía recorrió su cuerpo, y una visión fugaz la invadió: Kael, de pie frente a ella, rodeado de oscuridad, su rostro marcado por el sufrimiento. —Tenemos que llevársela a Kael —dijo Elanil, comprendiendo lo que había visto. Pero Idria la detuvo. —No es tan simple. —Idria tomó la piedra en sus manos, observándola con una mezcla de respeto y temor. —La sangre de la luna no solo sella el poder, sino que lo destruye. Si se la damos a Kael, perderá lo que es, se convertirá en algo más. Algo que no será nuestro Kael. Thalan frunció el ceño, tratando de procesar la información. —¿Entonces qué hacemos? —preguntó, desbordado por la magnitud de la situación. Elanil miró la piedra en las manos de Idria. No había elección, pero ¿estaba dispuesta a perder a Kael para salvar al Reino? ¿Podía tomar esa decisión? Mientras tanto, en el palacio, Kael sentía la creciente tensión en el aire. Las sombras parecían estar más presentes que nunca, y los susurros en su mente aumentaban, como si algo tratara de llegar a él. La gente lo miraba con una adoración reverencial, pero él también veía el miedo en sus ojos. No entendía qué estaba pasando, pero podía sentir que el fin estaba cerca. —¿Qué sucede, Kael? —le preguntó una de las consejeras, su voz suave y ansiosa. Kael desvió la mirada hacia la ventana, observando el cielo estrellado. Las lunas gemelas brillaban intensamente, pero algo en ellas le parecía diferente. Más cerca, más amenazantes. —Hay algo que no estoy viendo. —Kael murmuró para sí mismo, casi en un susurro, como si hablara con las lunas. Elanil había partido, y él sabía que pronto regresaría, pero no sabía con qué noticias. ¿Qué le había estado ocultando? De vuelta en las ruinas, Elanil miró la piedra en las manos de Idria una vez más. La verdad era clara: solo Kael podría hacer frente a lo que estaba por venir, pero para hacerlo, él tendría que sacrificarse. Era su destino, uno que no podía evitar, y el Reino entero dependía de ello. —Tenemos que regresar y enfrentarlo —dijo Elanil, su voz firme, aunque llena de pesar. —Kael tiene que saber la verdad. El Reino no puede ser destruido, pero tampoco podemos salvarlo sin tomar una decisión aún más difícil. Idria asintió, con la tristeza reflejada en sus ojos. —No será fácil. —Y antes de que Elanil pudiera responder, la figura de Kael apareció en su mente una vez más, esta vez en forma de una sombra mucho más oscura. Elanil miró la piedra, y sin saber si podría soportar lo que estaba por venir, se preparó para enfrentarse a Kael. Sabía que esta vez no podría evitar el destino que el eclipse había comenzado. El Reino se encontraba en la encrucijada del destino, y no había vuelta atrás. El futuro de todos estaba entrelazado con la decisión de Kael. Y Elanil, como siempre, estaría allí para enfrentarlo, sin importar lo que costara. Elanil, Thalan e Idria regresaron apresuradamente a la ciudad, el peso de lo que habían descubierto presionando sobre ellos como una carga invisible. La piedra, ahora en manos de Idria, pulsaba con un poder palpable, un recordatorio constante de la elección que debía tomarse. La luz de las lunas gemelas brillaba sobre el horizonte, su presencia ominosa. Elanil sentía que el tiempo se les escapaba, que el momento crucial estaba cerca. El Eclipse estaba a punto de ocurrir, y con él, la posibilidad de que Kael fuera consumido por la oscuridad, por la Sombra que había comenzado a despertar. —Elanil, tenemos que actuar ahora —dijo Thalan, su tono urgente mientras caminaban por las calles vacías de la ciudad, que comenzaban a llenarse de susurros y rumores. La gente ya había comenzado a notar el cambio en el aire. Elanil asintió, sintiendo una presión creciente en su pecho. Los pensamientos de Kael la asaltaban, junto con la angustia de lo que tendría que hacer. —No podemos permitir que Kael se convierta en lo que está destinado a ser, pero tampoco podemos detener lo que está por suceder —respondió Elanil con una determinación fría, aunque su voz traicionaba su incertidumbre. Idria se adelantó, tomando un respiro profundo antes de hablar. —Si le damos la piedra, lo perderemos para siempre. Pero si no lo hacemos, el Reino será destruido. Lo que la inscripción decía es claro, Elanil... la sangre de la luna es lo único que puede sellar la oscuridad. Solo Kael tiene la llave, pero eso lo condena. Elanil no pudo evitar recordar la visión que había tenido dentro de las ruinas, donde Kael aparecía rodeado de sombras, su rostro marcado por la angustia. ¿Cómo podía enfrentarse a él con esta verdad? ¿Cómo podía decirle que lo salvaría si eso significaba destruirlo? El palacio estaba en silencio cuando llegaron. Las puertas de mármol, que usualmente se abrían con un crujido de bienvenida, ahora parecían cerradas en una espera incómoda. El aire estaba denso, cargado de una energía extraña. Elanil sabía que Kael los estaba esperando. —Él sabe que estamos cerca. —Idria susurró, mirando a Elanil con una expresión de duda. —No estamos listos para lo que va a suceder. Elanil la miró, con los ojos llenos de resolución. —Tenemos que intentarlo. Si no lo hacemos, el futuro del Reino será peor. Con un último vistazo a la piedra en las manos de Idria, avanzaron hacia el interior del palacio. En la gran sala del trono, Kael estaba de pie, mirando por la ventana, sus manos firmemente apoyadas sobre la barandilla de mármol. Elanil notó que su postura, normalmente tan imponente, parecía ahora quebrada, como si algo invisible lo estuviera presionando desde dentro. Su rostro estaba grave, casi cansado. —Elanil, Idria, Thalan... —su voz resonó en la sala, baja pero cargada de una emoción contenida—. Sabía que vendrían. Elanil lo observó de cerca. Kael no estaba eludiendo su destino; lo aceptaba. Era como si hubiera comprendido la magnitud de lo que estaba sucediendo mucho antes que ella. Su intuición le decía que él ya sabía lo que implicaba el Eclipse. Y lo que más la aterraba era que, si seguía adelante con el plan, perdería a Kael para siempre. —Kael —dijo Elanil con firmeza—, tienes que escucharme. La Sombra... la oscuridad que has comenzado a sentir, lo que está por venir... es mucho más grande de lo que imaginas. No podemos permitir que sigas adelante con este destino. Él la miró, y por un instante, algo en sus ojos reflejó una tristeza profunda. —¿Qué piensas que puedo hacer? —respondió él, su voz suave pero cargada de amargura—. No hay forma de escapar de lo que soy, Elanil. Lo he sentido dentro de mí durante años. El poder... la oscuridad, todo está a punto de desatarse. Thalan dio un paso adelante, su rostro serio. —Kael, la inscripción habla de una forma de sellarlo. El sacrificio de la sangre de la luna... tú eres esa llave, pero si no haces lo que debemos, lo perderemos todo. El Reino caerá en las sombras. Kael se giró lentamente hacia ellos, una expresión sombría cubriendo su rostro. —¿Qué quieres decir con sacrificio? —preguntó, como si ya estuviera preparado para escuchar lo peor. Idria, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un paso al frente y mostró la piedra negra que había traído de las ruinas. La piedra de la luna. —Esta piedra tiene el poder de sellar la Sombra, pero tiene un precio. Solo alguien con tu poder puede usarla. Y te destruirá. Kael miró la piedra fijamente, su expresión imperturbable, aunque su corazón latía con fuerza en su pecho. Sabía lo que eso significaba. —Lo sé —dijo en voz baja—, pero no tengo elección. El Reino me necesita. Lo que soy no lo puedo cambiar. Y si esto es lo que debo hacer, lo haré. Soy el elegido. Elanil sintió una punzada de dolor en su corazón al escuchar esas palabras. Era cierto. Kael había llegado a la conclusión de que no había otro camino, y ella no podía detenerlo. Pero su amor por él, esa conexión que compartían, la hacía preguntarse si había algo más que podría hacer para evitar su destino. —No quiero perderte —dijo Elanil, casi en un susurro, sin poder evitar que la emoción se filtrara en su voz. Sus ojos se encontraron con los de Kael, y en ellos vio la misma tormenta interna que él ocultaba. Kael la miró, y por un breve momento, la sombra de duda cruzó su rostro. Pero luego, se enderezó, y con una firmeza absoluta, habló. —Ya no hay vuelta atrás. Mi destino está sellado. Si esto es lo que debo hacer para salvar al Reino, entonces lo haré, Elanil. Elanil, con el corazón roto, miró la piedra una vez más. Sabía que lo que estaba por suceder cambiaría el curso del Reino para siempre, pero no podía permitir que Kael se sacrificara sin luchar por él. —Entonces, hazlo. —Elanil respiró hondo, y su voz fue firme, aunque llena de dolor. —Hazlo y sellaremos el destino del Reino. Kael asintió, la resolución brillando en sus ojos. El Eclipse estaba cerca, y con él, el destino de todos. Pero en lo más profundo de su ser, Elanil aún no podía creer que todo estuviera perdido.
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