Elanil sentía la presión de los minutos como un peso imparable. Las lunas gemelas comenzaban a alinearse en el cielo nocturno, y la oscuridad del Eclipse se cernía sobre el Reino. Dentro del palacio, la atmósfera estaba cargada de una electricidad estática, como si el aire mismo estuviera esperando el momento adecuado para estallar.
Kael estaba en el centro de la sala del trono, la piedra negra en sus manos, y su rostro reflejaba una calma inquietante. Cada vez que Elanil lo miraba, sentía la punzada en su pecho, como si estuviera presenciando algo irremediable. Él estaba listo para enfrentarse a su destino, pero ¿lo estaba ella? ¿Estaba preparada para perderlo?
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Elanil, sus palabras llenas de una desesperación que apenas podía ocultar. Caminó hacia él, el corazón acelerado, casi sin poder creer lo que estaba a punto de suceder.
Kael la miró sin decir nada durante un largo momento. Sus ojos, normalmente llenos de fuego y determinación, ahora estaban teñidos de una melancolía profunda, como si ya hubiera aceptado su destino. Lo había aceptado por completo.
—Elanil, ya no hay vuelta atrás. —Su voz era tranquila, pero su mirada era un reflejo de la tormenta que rugía dentro de él. —Lo que soy... lo que está por venir, no puede ser detenido. He hecho todo lo posible, pero al final, soy el elegido para esto.
Elanil sintió como si una mano fría le apretara el corazón. Sabía que había hecho todo lo posible para evitar este momento, pero, al final, el sacrificio de Kael era la única forma de salvarlo todo. Sin embargo, eso no aliviaba el dolor de saber que su amor por él tenía un precio tan alto.
—No puedo perderte, Kael. —Las palabras le salieron con una intensidad que ni ella misma comprendía. Se acercó un paso más, y por un momento, el mundo desapareció a su alrededor. —No puedo aceptar que esto sea lo único que nos quede.
Kael la observó fijamente, y por un instante, Elanil vio un destello de algo más en sus ojos: una lucha interna, un rayo de esperanza a pesar de la oscuridad que lo rodeaba. Pero al final, esa chispa se extinguió, y él asintió lentamente.
—Si este es el único camino, entonces lo caminaré. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre te llevaré conmigo, Elanil. —Su voz fue un susurro, lleno de una emoción contenida. —Siempre estarás en mi corazón, incluso si no soy yo quien regrese de esto.
Las palabras de Kael fueron como dagas en su alma, pero, al mismo tiempo, le ofrecieron una pequeña chispa de consuelo. Al menos, su amor por ella no sería apagado por la oscuridad.
La sala comenzó a llenarse de una luz extraña, como si las lunas gemelas se acercaran al umbral de su alineación. Las sombras en las paredes danzaban como seres vivos, proyectando figuras distorsionadas que se movían al ritmo de la creciente oscuridad. La energía de la Sombra, que había permanecido latente durante siglos, comenzaba a despertar.
Idria, que había permanecido en silencio hasta ese momento, dio un paso al frente, sosteniendo la piedra negra con ambas manos. La luz de las lunas reflejaba en su superficie, pero la oscuridad que emanaba de ella parecía absorber toda la luz, como si estuviera devorando el cielo mismo.
—Kael, hazlo. —Idria le dijo con una seriedad palpable, mientras sus ojos se fijaban en la piedra. —Este es el momento. Tienes que usar la piedra ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Kael asintió, su respiración agitada mientras se acercaba al altar. El suelo temblaba levemente, y la sensación de presión en el aire aumentaba con cada segundo. El Eclipse estaba a punto de alcanzarlos.
Con las manos firmes sobre la piedra, Kael cerró los ojos y comenzó a murmurar las palabras que había aprendido en su juventud, las que hablaban de la sangre de la luna, del sacrificio necesario para sellar la oscuridad. La piedra comenzó a brillar intensamente, y la habitación se llenó de un resplandor cegador.
Elanil dio un paso atrás, su corazón latiendo con fuerza. Era ahora o nunca.
De repente, un grito de agonía rasgó el aire. La piedra en las manos de Kael comenzó a vibrar, y un brillo rojo sangre emergió de su superficie, iluminando su rostro con un resplandor oscuro. La Sombra había comenzado a despertar, y Kael estaba en el centro de su poder.
—Kael, NO! —gritó Elanil, desesperada, al ver la luz oscura envolverlo.
La fuerza de la oscuridad lo envolvía, pero Kael no soltó la piedra. Su voluntad era más fuerte que cualquier sombra. En sus ojos, la determinación brillaba como una llama inextinguible.
—Lo haré, Elanil. —La voz de Kael resonó en la sala, firme y clara. —Lo haré por ti. Lo haré por el Reino.
Y con un último grito, Kael levantó la piedra hacia el cielo, y el resplandor alcanzó su punto máximo.
La Sombra explotó en un torbellino de oscuridad, pero en ese mismo instante, el Eclipse alcanzó su cenit. La luz de las lunas gemelas se fusionó con la piedra, y un destello cegador envolvió todo a su alrededor.
Elanil cerró los ojos, protegiéndose de la explosión de energía, pero pudo escuchar el sonido de la oscuridad disolviéndose, como si algo colosal hubiera sido sellado para siempre. Sin embargo, cuando la luz se desvaneció, el silencio que siguió era absoluto.
Cuando Elanil abrió los ojos, la sala estaba en calma, pero algo había cambiado. Kael ya no estaba de pie. La piedra descansaba en el suelo, pero él… él había desaparecido.
Su corazón se hundió. ¿Lo había perdido para siempre?
Con las manos temblorosas, Elanil se acercó a la piedra, observando el vacío en la sala.
Kael había cumplido su destino.
Pero la pregunta seguía retumbando en su mente: ¿Había salvado el Reino o lo había condenado?
Elanil estaba arrodillada en el suelo, con las manos temblorosas mientras acariciaba la fría superficie de la piedra. La sala estaba sumida en un silencio tan profundo que se sentía como un vacío ensordecedor. Kael ya no estaba. La oscuridad que lo había rodeado había desaparecido, pero su presencia, esa que siempre había llenado cada rincón, se había esfumado con el resplandor final.
¿Dónde estaba?
La angustia se apoderó de Elanil mientras miraba alrededor, buscando una señal, un rastro, algo que indicara que Kael aún estaba allí. Pero todo lo que quedaba era la piedra, ahora apagada, como si su poder hubiera sido drenado por completo.
No, no podía ser. Kael no podía haber desaparecido por completo.
—Kael… —susurró, su voz quebrada, como si su alma estuviera desgarrada por el dolor. El viento comenzó a soplar con fuerza fuera del palacio, como si la naturaleza misma estuviera reaccionando a la pérdida. Cada árbol, cada hoja que caía parecía traer consigo una respuesta vacía.
Idria, que había permanecido en silencio durante el acto, dio un paso adelante, su rostro reflejando una tristeza profunda. No había palabras que pudieran aliviar el sufrimiento que ambos sentían, pero sus ojos se encontraron, y sin necesidad de decir nada, Elanil entendió. La batalla aún no había terminado.
—Elanil… —dijo Idria, su voz suave pero llena de determinación—. Lo que Kael hizo no fue en vano. La Sombra ha sido sellada, y el Reino está a salvo por ahora. Pero… —su voz vaciló por un instante—. El sacrificio de Kael ha alterado el equilibrio.
Elanil la miró, sin comprender completamente sus palabras. ¿Qué quería decir con "alterado el equilibrio"?
—La Sombra fue sellada por su sacrificio, sí. Pero el precio fue más alto de lo que cualquiera de nosotros podía imaginar. Kael no solo sacrificó su vida para salvarnos… él sacrificó su alma.
Elanil sintió una ola de hielo recorrer su cuerpo, y por un momento, las palabras de Idria parecieron no tener sentido. ¿Cómo podía ser posible? Kael no había muerto, había usado su poder para sellar el mal, pero su alma… ¿había desaparecido junto con la Sombra?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Elanil, su voz tensa. Un nudo se formó en su garganta mientras miraba la piedra en sus manos, que parecía ahora inofensiva, pero al mismo tiempo, vacía. ¿Cómo podía ser que todo lo que había hecho Kael hubiera sido en vano?
Idria suspiró, y el dolor en sus ojos se hizo más profundo.
—El alma de Kael no se fue con la oscuridad, Elanil. Ha quedado atrapada en el limbo entre dos mundos. Está viva, pero no está entre nosotros. Él está… en algún lugar entre la luz y la sombra, esperando a ser liberado.
Un profundo silencio siguió a sus palabras. Elanil no podía procesarlo. Kael no estaba muerto, pero tampoco estaba vivo en la forma en que ella lo conocía. Estaba atrapado, como una sombra, entre la vida y la muerte. Su sacrificio había abierto una puerta que ni siquiera ellos entendían completamente.
Thalan, que había permanecido en segundo plano hasta ese momento, se acercó con una mirada sombría.
—Elanil, —dijo, su tono grave—, el sacrificio de Kael ha cambiado el curso de todo. La piedra, la magia, el equilibrio entre la luz y la oscuridad… todo está ahora más inestable de lo que nunca estuvo. Kael selló la Sombra, sí, pero también desató algo en el proceso.
Elanil levantó la vista, mirando a Thalan con una mezcla de desesperación y confusión.
—¿Qué quieres decir?
—La oscuridad no es completamente destruida. —Thalan hizo una pausa, buscando las palabras correctas. —Lo que Kael hizo fue sellar la Sombra que amenazaba al Reino, pero dejó una g****a en el tejido mismo de la magia. Esa g****a está relacionada con su alma atrapada. Si no lo liberamos, la oscuridad podría encontrar otra manera de regresar.**
Elanil asintió lentamente, sintiendo que el peso de la verdad caía sobre ella como una pesada manta de plomo.
—Entonces, ¿debemos encontrar una forma de liberarlo? —preguntó con una esperanza renovada, aunque su voz estaba llena de incertidumbre.
Idria la miró con un semblante serio.
—Exactamente. Pero liberarlo no será fácil, y el precio podría ser aún mayor que el sacrificio que Kael ya hizo.
Con el aire cada vez más pesado a su alrededor, Elanil se acercó a la ventana. Las lunas gemelas ya comenzaban a separarse en el cielo, su luz volviendo a ser tenue, pero la sensación de que algo había cambiado, algo irreparable, seguía flotando en el aire. Kael estaba perdido, atrapado entre los mundos, pero ella no podía dejarlo allí. No podía aceptarlo.
No había vuelta atrás, pero aún quedaba esperanza.
El sacrificio de Kael había salvado el Reino, pero su alma seguía en algún lugar, esperando ser rescatada. Y Elanil, con una determinación renovada, sabía que no descansaría hasta encontrarlo.
La batalla por el Reino no había terminado. Ahora, la lucha por el alma de Kael comenzaba.