Entre Sombras y Recuerdos

1243 Palabras
La noche era espesa en el bosque de Velyra, tan densa que parecía absorber el sonido mismo. Elanil caminaba descalza entre la bruma, guiada por un presentimiento que ni la lógica ni la magia podían explicar. El aire tenía una carga diferente, como si el velo entre los mundos estuviera más delgado en aquel rincón del mundo. Desde el sacrificio de Kael, las noches eran un castigo: cada sombra le recordaba su ausencia, cada silencio le susurraba su nombre. Pero esa noche… esa noche era distinta. Elanil lo sentía en la piel. En el calor inesperado que le recorría el cuerpo. Kael estaba cerca. No en cuerpo, pero sí en alma. Se detuvo en un claro, donde la luz de la luna caía en líneas plateadas que jugaban con el movimiento de su vestido. Cerró los ojos y respiró profundamente, dejando que su magia se fundiera con la energía de la tierra. Entonces, lo sintió: una corriente invisible, un aliento en su cuello, un roce apenas perceptible en su cintura. —Kael... —susurró, y la palabra se deshizo en el aire como un hechizo suave. La respuesta no tardó. Una figura comenzó a materializarse entre las sombras. No del todo sólida, pero tampoco ilusoria. Era él. Su cuerpo delineado por la luz de la luna, sin armadura, sin piedra negra, solo su esencia… y una mirada que ardía como brasas bajo un cielo sin estrellas. —No sé si estoy soñando... —dijo Elanil, acercándose. Kael no respondió con palabras. Extendió la mano, y aunque su piel no tenía la solidez de antes, su tacto encendió una corriente cálida que le recorrió el cuerpo. La tocó, como solo alguien que ha amado con desesperación puede tocar. —He cruzado el velo por ti, susurró finalmente, con voz ronca, como si cada palabra doliera. —No podía soportar no sentirte. No verte. Elanil apoyó la frente en su pecho. Su calor era extraño, como si viniera de otro mundo, pero seguía siendo él. Ese olor, ese tono en su voz, ese deseo… seguían intactos. —Te necesito, Kael. Incluso si es un sueño. Incluso si es solo una noche. Él la miró con una intensidad que le hizo estremecer. Sus manos recorrieron su espalda, su cuello, su cintura, como si memorizara de nuevo cada centímetro. Elanil dejó caer el vestido, quedándose frente a él como se está frente al fuego: sin miedo a quemarse. Y Kael la abrazó. La besó con hambre, con ternura, con desesperación. No había palabras suficientes para explicar lo que sentían. Era el deseo de los que han sido separados por la muerte, por el destino, por la oscuridad misma. Se fundieron en el suelo del claro, entre hierba húmeda y estrellas silenciosas. Su cuerpo se arqueaba bajo el suyo, y aunque él no era completamente físico, cada caricia, cada gemido, cada roce tenía una intensidad mágica, etérea, casi sagrada. Hacían el amor entre dos mundos, y por un instante, el dolor se desvaneció. Elanil sintió su alma encenderse con cada movimiento, con cada palabra que él susurraba en su oído. Y Kael, perdido entre placer y pena, temblaba por volver a sentirla, a vivirla, a poseerla, aunque fuera solo por esa noche. —No me olvides… —dijo él, con la voz rota mientras el amanecer comenzaba a borrar los bordes de su silueta. —Encuentra la forma. Hay un camino. Pero prométeme que no te rendirás. —No lo haré. —Elanil lo abrazó fuerte, desesperada. —Voy a traerte de vuelta. No importa cuánto me cueste. Lo juro por la magia, por el amor que nos une. La figura de Kael comenzó a desvanecerse con los primeros rayos de sol, pero la sensación de su cuerpo seguía en el de ella. Elanil cayó de rodillas, aún temblando, aún con el sabor de su alma en los labios. Ya no había dudas. Kael vivía, en algún rincón entre los mundos. Y ahora Elanil tenía una nueva razón para luchar: el deseo ardiente de volver a tocarlo, a sentirlo por completo, no solo como un eco entre sombras. Elanil permaneció en el claro mucho después de que el primer rayo de sol cortara la neblina. La tierra aún conservaba el calor del encuentro, como si el mundo mismo se hubiera estremecido con ellos. El rocío no tocaba su piel, el viento la evitaba como a un fuego sagrado. Kael había estado allí. No era una visión, ni un sueño. Lo había sentido. Dentro de ella. Sobre ella. Contra su piel y su alma. Su cuerpo aún temblaba, no de frío, sino por la resonancia de algo más profundo. El placer no había sido solo carnal. Había sido la fusión de dos esencias separadas por la muerte, un instante de comunión que trascendía la carne. Mientras se vestía lentamente, aún podía oír su voz en su oído: “No me olvides.” Pero no había posibilidad de olvido. Kael la habitaba ya, de un modo irrevocable. Se puso en pie y alzó la mirada al cielo. Las ramas del bosque de Velyra se entrelazaban sobre su cabeza como una cúpula viviente, y por un momento sintió que el bosque mismo la observaba. Aquel lugar se había convertido en un santuario. Un puente entre los mundos. El punto donde su deseo y su magia se habían fundido. Y en ese mismo lugar, Elanil tomó una decisión. —Si hay un camino hacia él… lo encontraré. Aunque deba cruzar la misma muerte. Sabía que el contacto que había tenido no era solo una visita esporádica. Era una g****a, una oportunidad que podía crecer si sabía cómo manipular la magia correcta. Pero no bastaría con fe o deseo. Necesitaba conocimiento, arte olvidada, rituales prohibidos. El tipo de poder que costaba más de lo que daba. Volvió al templo de Idria esa misma tarde, decidida a romper con el ciclo de espera y nostalgia. La sacerdotisa la observó en silencio mientras Elanil le narraba cada segundo del encuentro. Cuando terminó, Idria le dijo solo una cosa: —Si hiciste el amor con su alma, entonces parte de él vive en ti ahora. Y eso... eso puede ser la llave. Elanil sintió un escalofrío. ¿Era posible que el momento compartido entre los dos no solo hubiera sido pasión, sino también un intercambio espiritual? —¿Quieres decir que… que llevo algo de él dentro de mí? —preguntó, con voz temblorosa. Idria asintió, solemne. —Así como los antiguos enlazaban cuerpos para entrelazar destinos, tú lo has hecho entre mundos. Ese vínculo puede ser tu guía... o tu perdición. Elanil no se inmutó. Ya no tenía miedo del precio. El deseo de recuperar a Kael era más fuerte que cualquier advertencia. —Entonces dime, Idria. ¿Dónde empiezo? Idria la observó largo rato. Luego caminó hasta un estante olvidado al fondo del santuario y tomó un tomo encuadernado en cuero oscuro, marcado con símbolos que vibraban al tacto. —Con esto. Aquí están los rituales del Vínculo del Umbral. No fueron escritos para traer a los muertos... sino para llamar a los que se han negado a morir. Elanil tomó el libro como si sostuviera una antorcha encendida. Y al salir del santuario, mientras el sol descendía entre los árboles, supo que ya no era solo una hechicera. Era una amante dispuesta a desafiar el abismo. Y el mundo no estaba preparado para lo que haría por amor.
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