El camino de regreso a Lunaris fue más silencioso de lo que Elanil había imaginado.
Kael caminaba a su lado, envuelto en una túnica sencilla que ella había traído consigo, el rostro iluminado por la pálida luz de la luna, pero con los ojos oscuros, como si la muerte aún se negara a soltarlo del todo.
No hablaban.
No porque no quisieran, sino porque algo invisible tiraba de ambos, como un hilo tenso entre lo que fueron y lo que ahora eran.
Cuando cruzaron la entrada del bosque sagrado, los pájaros dejaron de cantar.
Las hojas parecían marchitarse a su paso.
Incluso la tierra crujía suavemente, como si los rechazara.
—¿Lo sientes? —preguntó Kael, deteniéndose en seco.
Elanil asintió. Un escalofrío recorrió su columna.
—No debería haber silencio aquí… no así.
Kael extendió una mano. En el aire flotaban pequeñas motas oscuras, como ceniza suspendida. Pero no olían a quemado, sino a ausencia. A vacío.
—Esto viene conmigo. —murmuró él—. Es como si algo me hubiera seguido desde allí.
—No. —Elanil negó—. Es lo que dejamos abierto.
Ambos sabían que el Reino Intermedio no se cerraba fácilmente, no sin consecuencias. Y si algo había quedado desajustado… entonces algo más podría haber cruzado.
De regreso en el refugio de piedra donde Elanil vivía desde su exilio, Kael se dejó caer en el lecho de musgo y pieles. Su cuerpo, aunque vivo, seguía siendo frágil, sensible, como si cada célula aún estuviera negociando su derecho a existir.
Elanil lo observó desde la entrada, los brazos cruzados, el rostro serio.
—¿Recuerdas algo… desde que volviste?
—Casi todo —dijo él, cerrando los ojos por un instante—. Pero hay huecos.
—¿Y de antes? —insistió.
—¿Antes de qué?
El corazón de Elanil se apretó.
—De nuestra primera vez… juntos. En el templo de las luciérnagas. ¿Lo recuerdas?
Kael la miró, confundido.
—¿Cuál templo?
Ella fingió una sonrisa.
—Nada. Es solo que te ves cansado.
Pero por dentro, su alma lloraba.
Esa noche, Elanil no durmió.
Sentada junto al fuego apagado, con la daga de hueso entre sus manos, sintió un cosquilleo recorrerle los dedos. Las runas, que antes estaban muertas, palpitaban otra vez.
—¿Por qué? —susurró.
Como si algo aún se moviera dentro de la hoja.
Y entonces… lo oyó.
Una voz, lejana. No la de Kael.
No la suya.
Algo que venía del otro lado.
“El precio aún no se ha pagado completo...”
Elanil soltó la daga, retrocediendo. El objeto cayó al suelo y la tierra a su alrededor se resquebrajó, como si una raíz negra emergiera desde las profundidades.
No estaba alucinando.
No estaba soñando.
La fisura seguía abierta.
Y si ella la había cruzado… otros también podrían hacerlo.
Al amanecer, Kael encontró a Elanil sentada bajo el árbol viejo, los ojos perdidos en el horizonte.
—No puedes protegerme de todo —dijo él, sentándose a su lado.
Ella lo miró en silencio.
—Lo traje contigo —susurró ella—. Pero no solo a ti. Algo más viene.
—Entonces nos enfrentaremos juntos.
—No entiendes. Tú volviste con vida… y yo volví incompleta.
Kael la tomó de la mano. Pero aunque sus dedos se entrelazaron, algo faltaba. Elanil lo sentía.
La magia entre ellos ya no era la misma.
El lazo seguía allí, sí… pero más frío. Más… delgado.
—¿Y si el Umbral no solo quiere venganza? ¿Y si quiere reemplazo?
Kael palideció.
—¿Y si lo que trajiste no fue solo un recuerdo perdido… sino un eco oscuro, disfrazado con tu nombre?
Ambos callaron.
Porque muy dentro de ella, Elanil sabía que algo la había tocado cuando se abrió la g****a. Y ahora… ese algo la quería de vuelta.
Las palabras de Kael quedaron flotando entre los dos como una promesa que ninguno sabía si podría cumplir.
“Lo enfrentaremos juntos.”
Pero a Elanil, esa frase ya no le bastaba.
No cuando cada mirada de Kael la hacía recordar lo que había perdido.
No cuando, en su interior, una nueva sombra comenzaba a crecer.
Esa tarde, mientras Kael dormía, ella se aventuró al claro donde el ritual había tenido lugar. El suelo aún mostraba las marcas quemadas del círculo. Las piedras que antes rodeaban el altar estaban negras, astilladas como si una tormenta arcana las hubiera atravesado.
Y en el centro… la hierba no había vuelto a crecer.
Solo quedaba un hueco oscuro, donde la tierra parecía absorber la luz.
Elanil se acercó y se arrodilló frente al vacío. Cerró los ojos, extendiendo los dedos sobre la tierra marchita.
Quería saber.
Quería entender.
Y el Umbral respondió.
Una ráfaga de viento helado le sacudió el rostro. No venía de ningún lado físico. Era un susurro invisible que le erizó la piel, que le rozó el alma como dedos de tinta.
“Nos tocaste…”
“Nos abriste…”
“Nos llamaste por su nombre…”
Elanil se levantó de golpe, el corazón galopando como un caballo desbocado.
Se giró.
Y lo vio.
Una figura alta, delgada, imposible. Parada al borde del bosque. Sus contornos parecían difuminarse con el aire, como si la realidad no pudiera sostenerla del todo. No tenía rostro, pero sus ojos eran dos huecos ardiendo en niebla oscura.
No se movía.
Solo observaba.
Elanil no gritó. No huyó. Solo apretó los puños, obligándose a sostener la mirada de aquella cosa que no debía existir en su mundo.
—Él no es tuyo. —susurró—. Ya no.
La figura inclinó la cabeza con un gesto casi… curioso.
Y luego desapareció, como si nunca hubiera estado allí.
Cuando regresó al refugio, encontró a Kael despierto, sentado junto al fuego, con expresión preocupada.
—Te fuiste sin decir nada —dijo él.
—Fui a buscar respuestas —respondió Elanil, sin rodeos.
—¿Y las encontraste?
Ella dudó un momento antes de asentir.
—Sí. Algo más volvió contigo. Algo que no tiene forma todavía. Pero me está buscando. Y no va a parar.
Kael frunció el ceño.
—Entonces… volvamos al templo de Idria. Tal vez podamos sellarlo.
—No es tan simple —murmuró ella, caminando hacia la ventana—. No es una puerta. Es una herida. Y yo soy la herida.
Kael se levantó y la abrazó por detrás, rodeándola con los brazos. Elanil cerró los ojos y por un momento quiso quedarse así para siempre. Quiso creer que eso bastaría.
Pero no lo hizo.
Porque aunque el cuerpo de Kael estaba cálido, su esencia aún estaba teñida por el frío del Umbral.
Y ella… ya no se sentía completamente viva.
Esa noche, Elanil soñó.
Soñó con el templo de las luciérnagas.
Pero en el sueño, no había luz.
Las luciérnagas eran ojos.
Y el Kael que se le acercaba no tenía rostro.
Solo una boca, y una voz que no era suya.
“Tú me trajiste.
Tú me diste nombre.
Ahora, me pertenecerás.”
Elanil despertó de golpe, empapada en sudor, con la daga de hueso en la mano. No recordaba haberla tomado.
Pero lo peor fue que al mirar a Kael, dormido a su lado, sintió un estremecimiento que no venía del miedo… sino de duda.
—
Algo se había roto.
Algo se había liberado.
Y ya no estaban solos.