Elanil despertó antes del alba.
El aire dentro del refugio estaba más frío que nunca, pero no por el clima. Era esa sensación espesa que precede a una tormenta, pero que no venía del cielo.
Venía de Kael.
Estaba dormido, pero su cuerpo se agitaba, cubierto de un sudor grisáceo. Las venas de sus brazos se marcaban con una tonalidad oscura, como si sombras líquidas corrieran por debajo de su piel. Murmuraba palabras sin sentido, lenguas antiguas que Elanil reconocía solo porque las había oído en sus sueños más oscuros.
“Khar na zhe… ilrath… suul-nar…”
Elanil se acercó y puso una mano en su frente. Estaba ardiendo, pero no de fiebre. Era una quemadura de otro plano, una g****a que se expandía desde dentro.
—Kael… —susurró, temblando.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Negros.
Sin pupilas. Sin color.
Y durante un instante, no era Kael quien la miraba.
—Nos llamaste por amor... pero tu amor sangra, Elanil. Sangra como el mundo.
La voz era doble. La suya… y otra.
Más vieja.
Más profunda.
Más hambrienta.
Elanil retrocedió con la daga de hueso en la mano. Pero en cuanto la empuñó, los ojos de Kael recuperaron el color, su respiración volvió a la normalidad, y cayó rendido en el lecho como si nada hubiera pasado.
El silencio la envolvió.
Y la decisión fue clara:
Tenía que ir a la torre.
Tenía que ver a Idria.
El viaje a la Torre de los Velos fue largo y solitario. No podía llevar a Kael con ella. No ahora. No cuando ya no podía estar segura de qué parte de él había regresado realmente.
Cada paso por el bosque, por los caminos abandonados y las ruinas antiguas la hacía recordar todo lo que había perdido. Su hogar, su rango entre los Guardianes, la confianza del Consejo… y ahora, quizás, también a Kael.
Pero también la impulsaba la furia.
Ella no se rendía.
Nunca lo había hecho.
Idria la esperaba en la cima de la torre, como si supiera que vendría. La anciana se mantenía erguida como una estatua viviente, con sus ojos de mercurio fijos en la distancia.
—Has cruzado la g****a —dijo, sin volverse—. Y la g****a… te ha marcado.
Elanil no perdió tiempo.
—Kael está cambiando. Su sangre no es solo suya. Dice cosas que no recuerda. Siento algo… dentro de él.
—Porque no es solo él quien volvió —respondió Idria—. Has traído un eco. Una raíz oscura. El Umbral no entrega nada sin plantar algo a cambio.
—¿Puedo detenerlo?
—No.
—¿Puedo salvarlo?
La respuesta tardó.
—Tal vez. Pero no sin pagar un segundo precio.
Elanil apretó los puños.
—Ya pagué uno.
Idria giró lentamente.
—Pagaste un recuerdo. Una chispa de tu alma. Lo que te queda por ofrecer… es lo que más temes perder.
—¿Qué es?
—Tu futuro.
Esa noche, Elanil se quedó en la torre.
No soñó.
El sueño vino a ella.
En su mente, vio un campo de cenizas. A Kael, de rodillas, con los ojos completamente negros. Y a su alrededor, cientos de figuras sombrías emergiendo de la tierra, alzando brazos delgados, alzando su nombre en susurros:
"Elanil.
Elanil.
Elanil..."
Y al fondo… la figura.
La misma que vio en el claro.
Alta. Sin rostro.
Con la daga en la mano.
Su propia daga.
—
Cuando despertó, supo lo que tenía que hacer.
Volvería al claro.
Y si esa entidad quería algo… tendría que tomarlo de ella misma.
—
Pero en Lunaris, mientras ella dormía, Kael se levantó en silencio.
Y algo oscuro lo siguió fuera de la casa.
Elanil descendió de la torre antes del amanecer. El cielo aún estaba cubierto por velos violáceos, la luna pálida colgando como un farol enfermo. El mundo parecía contener el aliento, como si incluso la naturaleza esperara el resultado de su decisión.
El aire en torno a ella olía a tormenta…
pero no una de nubes.
Una tormenta de planos. De destinos.
Idria no la despidió. Como siempre, su sabiduría venía cargada de advertencias envueltas en enigmas. Pero Elanil no necesitaba más enigmas. Necesitaba actuar.
Porque había sentido algo durante la noche, mientras dormía bajo la torre: el lazo con Kael tirando de ella. No como un vínculo amoroso o espiritual, sino como una alarma. Algo iba mal.
Algo muy mal.
Elanil llegó al refugio al atardecer siguiente.
Y encontró la puerta abierta.
No forzada.
Solo… abierta.
Entró con cautela, los sentidos tensos como cuerdas. El fuego estaba apagado. Las pieles revueltas. Las marcas del suelo alteradas.
—Kael… —susurró.
Pero no hubo respuesta.
Se agachó junto a la cama, donde un rastro oscuro se extendía en dirección a la salida trasera: huellas grises, como ceniza húmeda. Como si alguien caminara dejando polvo de un mundo que no era éste.
Las siguió.
Y lo encontró.
A pocos metros del claro, Kael estaba de pie… solo.
Mirando al cielo, con los brazos extendidos, como si esperara algo.
Sus ojos —cuando se volvió hacia ella— ya no eran completamente suyos.
Mitad sombra.
Mitad recuerdo.
—¿Por qué volviste sola? —dijo él—. Juraste no dejarme.
Elanil se detuvo en seco.
—Kael… ¿me reconoces?
Él la miró largamente. Una chispa cruzó su rostro. Dolor. Confusión. Amor.
—Elanil… sí, sí, eres tú. Pero hay otra voz en mi cabeza. Una que me dice que tú no eres real. Que tú me creaste.
—No, no escuches eso. ¡No es verdad!
Él retrocedió, se llevó las manos a la cabeza.
—Dice que yo no soy Kael. Que soy el recipiente. Que él viene a través de mí.
—¡Lucha! —gritó ella, acercándose—. Recuerda quién eres. Recuerda lo que sentiste por mí.
Kael gritó. Su cuerpo se arqueó. Un aura negra lo rodeó, como vapor de una forja prohibida.
Y entonces cayó de rodillas, jadeando.
—Elanil… no puedo más. Está rompiendo mi mente. Necesito… necesito que me detengas.
Ella se agachó frente a él, sosteniéndolo. La daga de hueso en su cinturón temblaba, vibrando con fuerza, como si la magia oscura intentara devorarla desde dentro.
—No quiero perderte otra vez —susurró—. Pero no puedo dejar que el Umbral te tome.
Kael levantó el rostro.
Y lo dijo con calma:
—Entonces mátame. Antes de que me convierta en él.
Silencio.
Elanil tembló.
Porque por primera vez, no sabía qué elegir.
Y en la penumbra del bosque… alguien observaba.
La figura sin rostro.
Las raíces oscuras.
La entidad que no pertenece.
Ella no lo sabía aún, pero la decisión que tomaría esa noche… reescribiría el tejido de los reinos.