Kael aún respiraba con dificultad cuando Elanil lo sostuvo en sus brazos. Sus ojos se oscurecían por momentos, como si su alma estuviera siendo devorada desde dentro por un océano de sombras.
Y entonces ella lo supo.
No podía matarlo.
No todavía.
—No voy a perderte —murmuró—. No mientras me quede una sola chispa.
Se sentó a su lado, sacó de su bolsa el fragmento de piedra onírica que Idria le había dado años atrás, cuando aún era una aprendiz.
“Entra solo si el alma a la que buscas aún te recuerda.
Si te ha olvidado… no saldrás.”
Apretó la piedra entre los dedos, cerró los ojos, y recitó las palabras antiguas.
“Na’ser val irana.
Mu’el en darien.
Déjame entrar…”
Un viento invisible le atravesó el pecho.
Su respiración se detuvo.
Y de pronto, ya no estaba en el bosque.
El mundo a su alrededor era un jardín marchito.
Árboles sin hojas, ramas retorcidas. El cielo era rojo como la sangre diluida en vino n***o, y el aire olía a ceniza.
El corazón de Kael.
O lo que quedaba de él.
Caminó por senderos partidos, bajo enredaderas secas que susurraban en idiomas olvidados. La realidad aquí era tenue, como si cada pensamiento pudiera deshacerla. Y en medio del jardín, lo encontró:
Kael, de niño, encogido junto a una fuente seca.
Elanil se arrodilló frente a él.
—Kael… soy yo.
El niño levantó la mirada. Sus ojos eran puros, limpios. No el Kael que ella conocía, sino su núcleo más antiguo. Lo que quedaba de él antes de que el Umbral lo alcanzara.
—No puedo salir —dijo el niño—. Él me encierra aquí. Me hace ver cosas.
—¿Quién?
Una voz respondió.
—Yo.
La figura apareció junto a la fuente, surgiendo como humo que toma forma: alto, alargado, con un rostro siempre cambiante. Era la figura del claro, del sueño, del Umbral.
—Tú lo trajiste —dijo la criatura con voz múltiple—. Lo tomaste de mi reino. Él ya era mío. Pero tú… tú lo ataste a ti.
Y ahora los dos me pertenecen.
Elanil se puso de pie, entre la criatura y Kael.
—No. Aún tiene una chispa. Aún me recuerda. Eso es lo que me trajo aquí.
La criatura rió. Un sonido seco, hueco.
—¿Quieres luchar? ¿Aquí? ¿En la mente que ya se deshace?
—Sí. Aquí. Donde te escondes. Donde lo encadenas.
El jardín tembló. Las raíces se retorcieron bajo los pies de Elanil. De su pecho brotó una luz: el lazo que la unía a Kael, hecho de todos los momentos que habían compartido. Risas robadas. Caricias bajo la lluvia. Su primera promesa.
Y esa luz, al tocar la criatura, la quemó.
Por primera vez, la entidad retrocedió.
—¡Esto no es tu mundo! —gritó Elanil—. ¡Y no es tu alma! ¡Sal de él!
Con cada palabra, la luz crecía, extendiéndose como fuego blanco. Elanil corrió hacia Kael y lo abrazó, sintiendo cómo la oscuridad se quebraba.
Y entonces…
Todo estalló en luz.
Elanil abrió los ojos.
Estaba de nuevo en el claro.
Tirada sobre la hierba.
Kael… estaba a su lado. Despierto.
Y lloraba.
—¿Estás…? —susurró ella.
—Soy yo —dijo Kael—. Estoy aquí. Elanil, lo vi todo. Sentí todo lo que hiciste.
Ella lo abrazó, con fuerza, como si temiera que desapareciera.
—Aún no ha terminado —dijo ella, con voz temblorosa—. Está herido. Pero no vencido.
Kael asintió.
—Entonces iremos hasta el final.
Juntos.
Y en lo profundo del bosque, donde nadie podía verlos, las raíces negras comenzaron a moverse otra vez.
Elanil y Kael permanecieron abrazados en el claro durante varios minutos, como si cada segundo fuera prestado y el mundo no pudiera tocarlos mientras sus corazones siguieran latiendo al mismo ritmo. El lazo entre ellos no era solo amor. Era más antiguo, más hondo. Forjado en pérdida y renacido en fuego.
—Te sentí —dijo Kael, con la voz aún temblorosa—. Allí dentro. Como un faro. Como si el mundo se deshiciera pero tú fueras mi única ancla.
Elanil no respondió al instante. Su cuerpo aún temblaba, y la piedra onírica que había usado para entrar en la mente de Kael se había disuelto entre sus dedos. Lo que había hecho era prohibido, peligroso… y posiblemente irreversible.
—Estaba dispuesta a quedarme contigo —dijo al fin—. A quedar atrapada en ese jardín de sombras si eso significaba no perderte otra vez.
Kael la miró, con los ojos limpios, por primera vez en días.
—¿Y ahora?
Ella desvió la mirada.
—Ahora… hemos provocado algo. Lo sentiste, ¿verdad?
Kael asintió, sombrío.
—Sí. Despertamos a algo que estaba dormido. Lo arrancamos de su letargo. Y ahora… nos recuerda.
Un escalofrío recorrió a ambos cuando el viento del bosque cambió. Era apenas perceptible, pero traía consigo un susurro. No palabras, sino la intención de palabras, como si el bosque respirara una amenaza antigua.
"Veo a través de sus ojos.
Huelo el miedo entre sus huesos.
Me arrancaron un trozo…
Ahora les tomaré el todo."
El suelo tembló bajo ellos. Árboles se agitaron sin viento. La hierba se tornó gris a su alrededor, marchita por una presencia que se filtraba desde otro plano.
Elanil tomó la mano de Kael con fuerza.
—Tenemos que movernos. Ahora.
—¿A dónde?
—A las ruinas. Al Reino Olvidado. Idria dijo que solo allí quedan rastros del sello original. Tal vez encontremos una forma de restaurarlo… o de destruirlo para siempre.
Kael no se movió. Tenía la mirada fija en el cielo.
—¿Y si no se puede? ¿Y si ya es demasiado tarde?
Elanil se acercó a él, su voz firme:
—Entonces lucharemos con lo que tengamos. Con magia, con fuego, con amor. Pero no le daremos este mundo sin pelear.
Kael la besó.
Lento. Profundo. Como si sellara una promesa.
Y entonces, sin mirar atrás, comenzaron a caminar hacia el este. Hacia las tierras olvidadas. Hacia el lugar donde la realidad se desgastaba… y los antiguos secretos aún susurraban entre ruinas.
Esa noche, acamparon junto a un lago de aguas negras. Kael dormía, exhausto. Elanil, en cambio, no podía. Tenía la mirada fija en el reflejo del agua, donde por breves momentos, creía ver el rostro de la entidad flotando bajo la superficie, como una sombra que aún no se atrevía a surgir.
Pero surgiría.
Lo sabía.
Y cuando lo hiciera, ya no se escondería más entre susurros.
La guerra entre mundos comenzaría con ellos.
Con su amor.
Y con su elección.