Las Voces del Mármol

1342 Palabras
El viaje hasta el Reino Olvidado duró tres días. Tres días de caminos ocultos por el musgo, de árboles que susurraban en lenguas que no habían sido habladas en siglos. A cada paso, el aire se volvía más denso, como si el mundo mismo intentara frenarlos. Pero ni Kael ni Elanil hablaban de volver atrás. La decisión ya estaba tomada. La tormenta, aceptada. En el amanecer del cuarto día, al fin lo vieron. Primero fueron las columnas rotas, hundidas en la maleza como huesos de gigantes. Luego, los fragmentos de estatuas, algunas tan erosionadas que sus rostros eran ya máscaras sin identidad. Y al fondo, emergiendo entre raíces y bruma: el corazón de las ruinas. Una ciudad olvidada, medio devorada por la selva, medio suspendida en el tiempo. Las torres derrumbadas parecían inclinarse en reverencia al silencio. Elanil contuvo el aliento. Había oído hablar de ese lugar desde niña: Thal’Arien, la última ciudad antes de que los Umbrales fueran cerrados. Donde la magia fue sellada… y la traición sembrada. —Aquí fue donde cayó la primera estrella —dijo Kael, en voz baja. —Aquí comenzó la ruptura —respondió ella—. Y tal vez aquí termine. Explorar Thal’Arien era como caminar por un recuerdo agrietado. Los templos aún conservaban glifos antiguos, algunos brillaban débilmente cuando Elanil se acercaba, reconociendo su sangre élfica. Pero la magia que los animaba estaba rota. Como una melodía que solo se entonaba en parte. Fue en el centro de la ciudad donde encontraron la cámara sellada. Un círculo perfecto de mármol blanco, rodeado de pilares marcados con nombres olvidados. En el centro, una losa triangular cubierta de símbolos... y sangre seca. No reciente. Pero no antigua, tampoco. —Alguien estuvo aquí —dijo Kael, hincándose junto a la losa. —O alguien nunca se fue —susurró Elanil. Entonces, sin previo aviso, las columnas comenzaron a hablar. No con palabras. Con memorias. La voz era múltiple. Femenina. Masculina. Humana. Élfica. Inhumana. “El sello se rompió con un beso. El fin vendrá con una elección. Pero no todo está perdido… Si las Voces son escuchadas.” Kael se puso en pie, con la daga en mano. —¿Quiénes sois? “Fuimos guardianes. Fuimos traidores. Y ahora… somos todo lo que queda.” Una figura emergió de la losa, envuelta en luz azulada. Parecía un anciano, pero su rostro se transformaba cada segundo: una mujer guerrera, luego un niño, luego un anciano otra vez. —¿Eres un espíritu? —preguntó Elanil. —Soy los ecos de los que murieron por sellar el Umbral —dijo la figura—. La entidad que los persigue fue uno de nosotros. Uno de los trece. Un protector… que cayó en la tentación de cruzar el Umbral y mirar más allá. Kael tragó saliva. —¿Y ahora? —Ahora reclama lo que cree suyo: un cuerpo… y un alma para romper los sellos desde dentro. Los ojos del espíritu se posaron en Kael. —Tú eres el recipiente. Pero no estás vacío. Estás atado por algo fuerte. Elanil se adelantó. —El lazo entre nosotros. El espíritu asintió lentamente. —Eso puede salvarte… o condenarte. Pero no basta. Del suelo emergió una caja de piedra. En su interior, un medallón resquebrajado: la mitad de un círculo, con un cristal rojo en el centro. —Esto es la mitad del sello. La otra mitad está… dentro del Umbral. Si queréis detenerlo, debéis entrar. Kael se quedó inmóvil. —¿Volver allí? ¿Donde fui casi consumido? —No es tu mente la que debes abrir esta vez. Es la g****a real. Elanil lo miró. Y él a ella. No hacía falta hablar. Iban a hacerlo. Juntos. Esa noche, cuando descansaban en lo alto de una torre derruida, Elanil apoyó la cabeza en el pecho de Kael. Sentía su corazón, fuerte otra vez. —Si no volvemos —susurró él—, quiero que sepas que… lo que vivimos aquí valió más que toda mi vida anterior. Elanil lo abrazó más fuerte. —Volveremos. Porque ahora no somos solo dos. Somos la última barrera. Y bajo la ciudad olvidada, en cámaras donde el tiempo no fluía, algo se removió. Una sombra. Un eco. Una voluntad… Esperando. Elanil giraba el medallón entre los dedos. El cristal rojo del centro palpitaba como si aún tuviera vida. Podía sentir su energía fluyendo, apenas contenida por los fragmentos de plata desgastada que lo rodeaban. —No es solo un objeto —dijo en voz baja—. Es... un pedazo de algo mucho más grande. Un ancla. Kael, de pie junto a uno de los pilares grabados, asintió. —Y la otra mitad está en el Umbral. —No. Es el Umbral. Esta mitad mantiene cerrado el paso… pero sin su reflejo, la g****a nunca se cierra del todo. Ambos sabían lo que eso significaba. Para sellar la puerta, alguien tendría que cruzarla. De nuevo. —Hay algo que no entiendo —dijo Kael, mientras los ecos de las Voces se desvanecían entre las piedras—. Dijeron que el sello se rompió con un beso. ¿Qué significa eso? Elanil se volvió hacia él, el rostro serio. —Puede que no sea literal. O sí. Tal vez… el lazo emocional entre nosotros fue lo que debilitó la barrera. El amor no es solo un vínculo. Es una magia poderosa. Puede sanar… pero también puede abrir puertas que estaban cerradas por siglos. Kael la miró en silencio durante un largo momento. Luego esbozó una sonrisa leve. —Entonces, si lo abrimos juntos, tal vez podamos cerrarlo juntos. Elanil no sonrió. Bajó la mirada hacia el medallón. —O tal vez solo uno de nosotros pueda salir. Exploraron las cámaras inferiores de la ciudad durante horas. Descendieron por escaleras rotas, cruzaron puentes colgantes sobre abismos, y en cada rincón, la ciudad parecía mirarlos. Como si supiera que eran los primeros en siglos en pisar sus venas de piedra. En lo más profundo, hallaron una sala circular, completamente intacta. En el centro, una puerta sin marco. Solo un arco de mármol n***o. Suspendida en el aire, una g****a, fina como una hendidura de luz. Pulsaba, latía… y susurraba. El Umbral. Elanil se acercó. La g****a parecía responder a su presencia, ensanchándose apenas, como si la reconociera. —¿Cómo lo cruzamos sin perdernos? —preguntó Kael. —Con un ancla —respondió la voz del espíritu, que volvió a manifestarse brevemente—. Este medallón... y el otro lado de su reflejo. Pero debéis saber: al cruzar, veréis lo que el Umbral quiere mostraros. No confiar en vuestros sentidos será la primera prueba. Kael frunció el ceño. —¿Y la segunda? —Sobrevivir a vosotros mismos. El espíritu desapareció sin más. Kael se volvió hacia Elanil. —Lo haremos mañana. Esta noche, descansemos. Pero Elanil no podía dormir. Algo en el aire había cambiado. Se levantó silenciosamente, salió de la cámara y ascendió hacia la superficie. La luna llena bañaba las ruinas, y por un momento, todo parecía tranquilo. Hasta que lo oyó. Pasos. Y no eran los de Kael. Se giró con rapidez, invocando una chispa de luz en su palma. Y lo vio. Una figura de túnica oscura, de pie sobre una de las torres destruidas. No tenía rostro. Solo una máscara pálida… con un ojo grabado en su centro. —Tarde o temprano —dijo la figura con voz hueca—, todo amor se pudre. Elanil lanzó la luz como una lanza, pero la figura ya no estaba. Cuando volvió junto a Kael, él estaba despierto, espada en mano. —Lo sentí —dijo—. Alguien… o algo estuvo aquí. —Nos vigila —dijo Elanil—. Sabe lo que vamos a hacer. Kael respiró hondo. —Entonces que venga. Lo enfrentaremos en su propio reino. Ella se acercó, le tomó la mano, y entre sombras y ruinas, sellaron su decisión. Al amanecer, cruzarían el Umbral.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR