El Cruce del Umbral

767 Palabras
El amanecer se alzó pálido sobre Thal’Arien. La ciudad olvidada, antaño cuna de saber y esplendor, yacía bajo un silencio denso, casi venerable. Elanil se arrodilló ante la g****a suspendida, el Umbral, y cerró los ojos. En su pecho, el medallón latía con una intensidad que no era suya. Kael, tras ella, envolvía su mano con la suya, buscando sostenerla no solo en cuerpo, sino en alma. —Ya no hay marcha atrás —murmuró Elanil. —Nunca la hubo —respondió Kael. Ambos inhalaron a la vez. Elanil colocó el medallón frente al Umbral y lo dejó flotar. El cristal rojo brilló intensamente, y por un instante, toda la sala se iluminó con un resplandor carmesí. La g****a respondió, ensanchándose, abriéndose como un ojo que despierta de un largo sueño. Cuando cruzaron, no fue como atravesar una puerta. Fue como caer en un abismo de susurros. Despertaron en un mundo sin horizonte. El suelo bajo sus pies era n***o, liso, como vidrio obsidiana. El cielo era un remolino de colores opacos, donde constelaciones morían y renacían cada segundo. No había viento, ni sonido, ni sentido del tiempo. Solo la sensación de ser observados. Kael fue el primero en hablar. —Esto no es un lugar. Es... una memoria viva. Elanil asintió, concentrada. Podía sentir cómo su magia reaccionaba, desbordándose, como si en ese plano su esencia no tuviera contención. Era peligroso. Una sola emoción descontrolada podía moldear la realidad. Caminaron. Cada paso los llevó a paisajes imposibles: una torre invertida flotando en el aire; un lago cuyas aguas reflejaban no lo que había encima, sino los peores recuerdos de quien lo miraba; una biblioteca sin techo donde los libros susurraban nombres prohibidos. Fue en ese lugar donde encontró Kael su primera visión. Una figura emergió entre los estantes. Una mujer. De cabello castaño, ojos verdes, sonrisa rota. —Kael... —dijo ella, con voz de lamento—. Me olvidaste. Kael se detuvo en seco. Sus manos temblaron. —No... tú no eres real. La figura se acercó. Tenía el rostro de Lira, su primera compañera de escuadrón, la que murió por salvarlo en una misión al norte. —Me dejaste morir sola. Quemada. Y seguiste adelante como si yo no importara. Kael cerró los ojos, luchando contra el peso de la culpa. Elanil dio un paso al frente y alzó la mano. —Esto es una proyección. No le hables. Pero Kael ya había caído de rodillas. —Perdóname... por favor. La visión se agachó junto a él, susurrando: —Si me quieres, quédate aquí. No sigas. Muere conmigo... Elanil murmuró un hechizo y la imagen se deshizo en humo oscuro. —Kael, escúchame. Este lugar se alimenta de tus heridas. Si no luchas contra ellas, te consumirán. Kael respiró hondo. Asintió. Se levantó con dificultad. —No será la última visión, ¿verdad? —No —dijo Elanil, y su voz tembló. Porque en ese instante, escuchó una voz que la quebró por dentro. —Hija mía... Giró, y allí estaba: su madre. Aquella que había muerto cuando ella era una niña. Su vestido blanco, su cabello largo como plata, la misma voz que la acunaba por las noches. —Estoy aquí, Elanil. Siempre estuve. Me mentiste cuando dijiste que ya no me necesitabas. Elanil sintió que el suelo la arrastraba. Dio un paso atrás. Otro. Kael la sostuvo por los hombros. —No es ella. No es ella. Pero la visión sonreía. —Puedes quedarte aquí. Olvidar el dolor. Yo te cuidaré. Como antes. Una lágrima cayó por el rostro de Elanil, pero alzó su bastón y canalizó una llamarada de luz púrela. La visión chilló, deformándose hasta revelar una mueca horrible y desapareció. Ambos quedaron en silencio por largos minutos. —Este lugar quiere desarmarnos —dijo Elanil, al fin. —Entonces que nos encuentre más fuertes que nunca. Se abrazaron. El contacto los centraría. Y siguió el camino. Horas, o tal vez días después —el tiempo allí no existía—, llegaron al borde de un precipicio. En el centro flotaba un fragmento de cristal azul, el reflejo del medallón rojo. —Ahí está —susurró Kael. Pero antes de que pudieran avanzar, una forma descendió del cielo quebrado. Una criatura hecha de sombras, huesos y fuego. Su rostro no era uno solo: cambiaba entre Kael, Elanil y otros cientos desconocidos. —Sois mis partes rotas —dijo con una voz múltiple—. Fuisteis mis guardianes. Ahora sois mis cadenas. Elanil dio un paso al frente. —¡No nos rendiremos! El ente rugió. Y la batalla comenzó.
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