De esa manera, el fantasma de José se hacía sentir. Aquel enorme objeto de destrozadores bordes, se movía por cuenta propia, y saltaba justiciero; de unas manos malvadas a aquellas protectoras. Asdrúbal se presentaba entonces, tras los pasos de su hermano mayor. El resto de los hermanos se hicieron sentir, en pos del rescate de un hermano que continuaba siendo castigado por aquel vil espectro. El espíritu de José asestaba latigazo tras latigazo, sobre la malvada entidad. Sin más demora, el diablo envió nuevamente su mano malvada, a reclamar lo que era suyo y que por momentos se había descarrilado desde el centro mismo del infierno. Nuevamente aquella macabra expresión burlona se hacía sentir, mientras el espíritu inmundo de Lázaro, era incrustado para siempre; en las sombras del sitio donde el gusano nunca muere y el fuego nunca se apaga.
_ Hermanito, ya nunca más ese desgraciado te volverá a molestar. Ya nunca más, ninguno de los dos te volverá a hacer más daño. Nunca más.
Asdrúbal ubicado tras de su hermano mayor, se sentía sumamente complacido.
_ Así es José. Ya ese desgraciado esperpento no volverá a hacerle daño a nadie más. ¿Acaso no le bastó la vida a ese miserable para hacer tanto daño? Ya hermanito, ya no tengas miedo. Acá está toda tu familia para protegerte. No hay dolor más fuerte en el mundo para una familia, que aquel que sentimos cuando esos ignominiosos te castigaban. Ellos resultaron los causantes de mil tragedias: Un padre malvado que nos vendió por unas cuantas monedas, y ese miserable que se complacía con nuestros sufrimientos. Ya basta de pesares. No hemos podido baldear nuestras culpas, por ser tan cobardes. Sé que propiciamos el sufrimiento de un niño por nuestras cobardías. Aunque finalmente hicimos que pagaran sus culpas, nunca debimos siquiera permitir que te hicieran tanto daño hermanito. Nunca.
_ Hermanito de mi vida. Expresaba en esa oportunidad el espíritu de Clotilde. Nuestra madre nunca sintió el descanso eterno, por culpa de esos desgraciados. No bastó haber ofrendado su existencia. Su sufrimiento, aun en el más allá, fue por haberte dejado solo. Por saber que aquellas manos malvadas de la mujer quien se hubo encargado de un ti siendo un bebé, no hicieron más que hacerte el peor de los daños. Luego aquella horrenda esclavitud, aquella azarosa vida. Hermanito, ya nuestra madre está descansando en paz. Ahora nos corresponde a nosotros, velar por que un reencuentro, se produzca en los brazos del amor. Te creímos causante de nuestros propios fracasos. Perdónanos hermanito. Necesitamos esa redención bendita, para que nos reencontremos en un futuro cercano. Solo será esa, la manera de ser una verdadera familia, ajena a los sufrimientos. Una verdadera familia arropada en los brazos de la gloria de Dios.
_ ¡Claro que los perdono hermanos de mi vida!
Decía el espectador, mientras un baño de lágrimas cubría su senil rostro. En ese bendito momento, el espíritu perturbado de Jacinta, se acercó tímidamente hasta donde estaba aquella familia reunida. Se sintió sumamente turbado. Se inclinó llorando, dejando caer unas lágrimas que salían de su rostro; pero que no empapaban a una realidad, como lo era el anciano espectador y la estancia que lo albergaba. Mientras dejaba verter sus lágrimas, repetía un argumento.
_ Generoso, mi cielo. Nunca dejé de amarte y tampoco lo hizo nuestro hijo. Fue toda una vida señalada por la mentira, la que nos hizo tanto daño. Ese hombre lo fraguó todo. Nos envolvió en un manto de falsedades. Yo miré un cuerpo muy similar al tuyo. Un cuerpo cuya muerte espeluznante, lo hizo sentir una piltrafa. Vestía tus ropas, sus facciones se asemejaba a las tuyas. Entonces te creí muerto mi amor. Fueron muchas mentiras las que nos separaron para siempre. Tu hijo nunca dejó de pensarte. Aun vive ataviado de tus recuerdos. No te pido perdón, porque nunca te hice daño alguno. Solo quise, así como te lo confesé en el pasado, que supieras esta verdad tan bendita; como bendito es y será nuestro amor. Espero que dentro de poco, podamos ser felices para siempre. Te amo. Nunca he dejado de amarte Generoso.
Con esas palabras infalibles, el espíritu de aquella mujer sufrida lo dijo todo. Luego de ello, se elevó a las alturas, al igual que el resto de los espíritus que se habían hecho presentes, en aquel final de una magna obra teatral a la que había sido cordialmente invitado Generoso, nunca supo por quién. En la distancia, un caballero errante cavilaba muy intensamente en medio de un escenario grandioso. La mirada del espectador se posó sobre el personaje enjuto y desdeñado. Se posó sobre aquel hombre olvidado por todos, hasta por la vida misma. Entonces se produjo nuevamente un fenómeno, y fue así como se encontraron frente a frente ambos. El personaje suplicaba una clemencia que necesitaba de manera rauda. El espectador se enfrentó a aquel ser que sufría en demasía. Que se sentía abandonado por un amor que creyó eterno. Un amor que había prometido precisamente, ser el amor de toda una vida y para toda una vida, e incluso más allá de la misma. Por ello, el espectador se dirigió a aquel hombre así:
_ De modo que es por amor su sufrimiento. ¿Por eso se quiso suicidar?
_ Sí señor, por el amor más grande que haya existido jamás. Y si, me dio miedo quitarme la vida.
_ ¿Y qué pasó con ella?
Cuando hubo de hacer esa pregunta, el hombre inició el llanto nuevamente. Parecía que nunca se secarían aquellas lágrimas.
_ Ella no me quiere. Nunca me quiso. Me abandonó y se llevó al hijo de mi vida.
_ Entonces ¿Por qué se enamoró tan feamente así, si sabía que ella no lo quería?
_ Me enamoré y no sé lo demás. No sé qué pasó conmigo. Porque reaccioné de esa manera. Me hizo conocer la felicidad, vagamente, pero la conocí. ¿Quiere que le diga algo?
_ Si, como no, cuénteme.
_ Fue la felicidad más bella que se pueda conocer. No hay nada en el mundo que logre compararse con ella. Es bella, es tierna esa felicidad. Es una felicidad que solo ella pudo regalarme. Y de ese amor surgió lo más bello de la vida, un hijo. Fui feliz de sus manos. De esas manos que me llevaron por un camino donde después me dejó completamente solo. Esa fue la causa de mi sufrimiento eterno. Aún hoy día sigo sufriendo, y ella es la causante de ese sufrimiento. Decía arropado nuevamente en el olvido. Olvidaba que había perdonado. Olvidaba la verdad de una vida. Continuaba enfrascado en aquel rencoroso tormento.
_ ¡Ah! Sígame contando, desahóguese.
_ Vivimos ese bello amor en un sitio fabuloso, donde mis voces y las de ellas se entretenían grandemente. Fueron surgiendo los besos como de un cuento fantasioso, pero real a la vez. Fueron unos besos nunca antes sentidos, aún los conservo en mis labios; aún los siento conmigo. Por eso sufro señor, por eso expreso este amargo llanto que me exprime, que saca de mí toda la desventura.
_ Mire amigo, si ese amor es así como usted dice, tiene razón entonces de sufrir de esa manera tan grande. Ahora dígame, ¿Qué piensa usted hacer?
_ Nada, seguir sufriendo hasta que tenga fuerzas, hasta que la vida me abandone, si es que ella puede compadecerse de mi pesar.
_ En verdad siento mucha pena. ¿Pudiera hacer algo por usted?
_ Si, si puede hacer algo. Puede usted terminar con este sufrimiento que desde hace mucho tiempo acabó conmigo.
_ ¿Sí? ¿Y qué cosa quiere usted que yo haga?
_ Primero, prometerme que seguirá usted con sus cosas en la vida, que se dedicará a hacer lo que le gusta hacer. Y aunque usted no lo crea, trate de ser feliz esto pocos años que le quedan.
_ ¿Pero como sabe usted eso de mí?
_ Sé de usted más de lo que se imagina. Yo lo conozco como a nadie.
_ Bueno, trataré. Pero quiero contarle algo. Yo también estoy sufriendo, no es usted solo quien sufre.
_ Eso lo sé. A usted le pasa igual que a mí. Por favor haga por mí, lo único que puede hacer cualquiera. Tome esa arma que lleva al cinto y máteme, se lo suplico. Aunque el anciano espectador no llevaba arma alguna consigo, para los efectos de aquel episodio, surgió de la nada un arma de fuego en cuyo interior llevaba solamente un proyectil.
_ ¿Y usted cree que haciendo yo eso, dejará de sufrir?
_ Se lo aseguro.
_ Está bien, lo haré. Porque lo entiendo y comparto un dolor idéntico al de usted, lo haré.
_ Pero antes, insisto por su bien, prométame que velará por usted. Procure tener el amor, aunque sea más allá de la muerte. Prométame, que no hará como yo. Que no se entregará a un tormento como lo estoy haciendo yo.
_ Se lo prometo.
_ Adiós entonces señor.
_ Adiós, amigo.
En la distancia de aquel aposento, un mozo miraba detenidamente cada uno de los pasos del espectador. Miraba entristecido como, acurrucado en uno de los rincones, gemía, lloraba y hablaba con la nada. El mozo dejaba lastimosamente, el azafate contentivo de un alimento menesteroso. Luego, se dedicaba a mirar al anciano que llevaba todo el día y parte de la noche ya, platicando con la nada. Miró cuando este, de pié, hablaba con el gran ventanal. Frente a él, extrajo de su cinto un arma imaginaria que en su interior sólo llevaba un proyectil. Apuntó directamente al gran mirador aquel, y un sonoro disparo logró que se cumpliera la promesa. El vidrio del ventanal, el mismo que el anciano pensaba que era un hermoso escenario, se convirtió imaginariamente en un millar de fragmentos que se extendió en todas las direcciones.
Luego de eso, se hizo un largo silencio en toda la estancia. Nada llegaba a los sentidos de Generoso. Se sintió enormemente solo. Pensó en la gran soledad que lo había acompañado todos esos últimos años. Pensó en que tal vez, algún día podría volver a ver a su hijo. Era muy posible que lo telefoneara en la primera ocasión que se le presentara, y que casualmente en ese instante, tuviese el valor necesario y vital para poder hacerlo. Posiblemente ella, su gran amor, lo llamaría, divagaba de esa forma el anciano. En ese instante miró detenidamente al teléfono. Mismo teléfono que existía sólo en su imaginación. De manera inverosímil, quiso recibir una llamada, tal vez alguna epístola; lo que fuere que lo conectara a ella.
La soledad comenzó a apabullarlo de manera inmisericorde nuevamente. Sabía que los fantasmas que habían estado visitándolo, ya no lo harían más, ellos mismos se lo habían comunicado; alegando que esas apariciones eran propiciadas como un regalo del creador, con el propósito de prepararlo para un viaje que se llevaría a cabo prontamente. Esa había sido la única finalidad de aquellas apariciones benditas. No así las de los entes perversos de Nacho y Lázaro, que se habían colado desde el mismísimo infierno, para continuar un martirio. Habían logrado aquellos espíritus piadosos sus propósitos, y no tenían porque aparecer nuevamente. Lo que sí comenzó a sentir el anciano espectador, fue un enorme silencio que amenazaba con catapultarlo tal vez a una locura, a una demencia irreversible que a su edad, era muy frecuente que ocurriera; pero en caso de presentarse en ese momento de gran vulnerabilidad, sería verdaderamente una fatalidad.
En el gran vacío que cubría aquella estancia, se escuchó el repicar un teléfono que existía solamente en una imaginación. El ruido de inmediato invadió ese solitario aposento, el mismo que a esa hora, resultaba testigo de un silencio extremo. Que silencio tan pesado se sentía. Tras la bocina, el silencio se escuchaba despacio, alargado a las expresiones; combinado con un aliento escapado de una boca que, oculta, no decía nada. De inmediato, las frases negadas se cobijaron con el sonido aturdidor que delataba una ausencia. El aparato hizo silencio, ese silencio que expresaba la gloria. Estaba allí, la sentía. Sabía que de alguna manera se iba a comunica con él. Era su respiración, ese modular sagrado que llegaba para quedarse. Lograba que en el silencio, se ocultaran mil voces, se albergaran las sonrisas, las caricias que llegaban en la oscuridad reinante. Deseaba el sonido ser escuchado, el silencio ser empapado con un superficial modo de delatar a una callada caricia. Aunque hacía pocos momentos que el espíritu de su amada lo había visitado, él se empecinaba en sentirla como si aún estuviese ella en el mundo de los mortales, como si el tiempo resultare estático. Como si el señor tiempo, inclemente por demás, no hubiese transcurrido. El tenía esperanzas de encontrarla, de que ella lo encontrase.
Continuaba él cubriendo con embelesos, los poemas de su alma, los mismos que, día tras día, expresaban el amor sentido. El amor en todos sus modos de presentarse. El amor que le robaba los sonidos al silencio. En el silencio habitaba ella, su sueño, su vida. La acariciaba en un mutismo, aún con unos besos que sentía cabalgantes en su boca. Era la piel sentida entre sus dedos que enloquecían por seguir tocando. Era el arrullo del deseo de sentirla a su lado, lo que hacía que ese silencio escondido en el teléfono, le hiciera sentir feliz. Deseaba que el teléfono repicara nuevamente en su mente, en su imaginación. Los sentía allí. Era la manera más sublime de sentirlos a su lado. Sentía a Jacinta y a Omar, su hijito. Necesitaba palparlos en ese silencio que le propiciaba un encuentro con la felicidad. Los versos surgían del alma, de esa alma soñadora que descubría en un aroma perfecto, la suavidad de los pétalos de una rosa.
Las palabras llegaban presurosas, pero aún así, dejaban sus huellas. Delataban el sufrimiento mezquino que se posesionaba de un espíritu y de un corazón, para marchitarlos. Eran plasmadas las rimas que querían gritar en el silencio. El aire cargado de la noche, no se dejaba respirar. Era esa angustia de saberlos allí, tan cerca y tan lejos; lo que procuraba ese dejo de locura. Él escribía la vida de ella en los brazos de sus poemas, cuando el repique del teléfono gritaba desesperado que allí estaba su fragancia, su dulzura; su tersidad de encantos. Allí estaba ese sonido en el silencio. Levantó la bocina del aparato, y escuchó algo que le ensordeció; ese silencio perfecto de sus labios de belleza. Era el silencio que gritaba un arrullo, que se posaba seguro en una vida dedicada al amor.
Era el amor que en ese día reclamaba un espacio. El que pedía con esos gritos callados, que dejaran que fuese sentido. Era el amor que llegaba en ese silencio extenso que se escuchaba tras el teléfono. El ritmo de la respiración de la mujer que amaba hondamente, cantaba melodías inmortales, despedían al firmamento, lo grandioso, lo estupendo. Era su boca la que se sentía tan cerca. Eran sus blancos dientes que mordisqueaban su traviesa lengua que, ilusionada, no decía nada. También los ojos de su hijo estaban en esa oscuridad, los podía ver posados sobre una virgen allá en la mesa. Sentía su silencio y lo miraba, lo sentía, lo palpaba en la extensión de un conticinio que reclamaba la soledad; para albergar a las almas que se aman. El silencio crecía, al igual que lo hacía el amor. El silencio desprendía del alma, esa suavidad perenne que se dejaba acariciar mientras llegaba con el teléfono.
¿Por qué no decían nada? Porque no eran necesarias las palabras, no se necesitaba decir absolutamente nada. Esas palabras estarían de más. Serían las palabras que sobraban en una vida, en un mundo, en un amor. El silencio lo decía todo, gritaba a los cuatro vientos que ellos deseaban estar allí, que querían con sumo anhelo; ser sentidos en una vida extensa. ¿Por qué no hablaban? Porque no necesitaban decir ya nada, puesto que todo era dicho en un silencio que desbordaba sus respiraciones, sus miradas; el amor en sus corazones. Estaban allí, los sentía, los tocaba, los amaba. Surcaba sus sentidos, ese silencio palpado en un día delicado que se hacía sentir con fuerzas, en un universo que tenía tres dueños. Tres seres que se quedaban refugiados en un silencio bendito. Los miraba en el presente que sentía que se acercaba. En el futuro en el que ya sentía que él no tenía cabida. Sabía que ya no tenía futuro, se lo habían dicho los fantasmas de su ayer. Dejó de sentirse el silencio, para dar paso al titubear danzante del teléfono colgado. Él se quedó estático, sintiéndolos aún en la deliciosa fragancia que había llegado con el silencio. Hubo llegado ese día con el silencio, el grito de un amor sentido.
Esa realidad estaba cada vez más cerca. No como su imaginación le regalaba en un pensamiento embargado de deseos. No en una llamaba imaginaria a través de un teléfono que no existía. Estaba allí Omar. Por fin había llegado a un destino. Estaba allí su hijo, un anciano que lucía una pequeña curvatura en su columna vertebral, herencia de su abuelo. Estaba aguardando mientras era anunciado. Se identificó como el hijo de Generoso, el espectador. Aguardaba en una antesala llegado desde muy lejos. Se había apersonado para visitar a su nonagenario padre. Le había enviado por correo una carta, luego de dar con su paradero después de varios años de intensa búsqueda. Era Omar, su hijo. Él y su madre nunca habían dejado de buscarlo. Algo les decía que él estaba vivo, aunque evidencias malditas juraban lo contrario. Nunca feneció en ellos, la idea de que su padre vivía. Al morir ella, él siguió buscándolo sin cesar en esa preciosa búsqueda que finalmente rindió exquisitos frutos.
Cuando llegó el bendito tiempo que enfrentaría a un padre con un hijo, ambos lloraron como nunca lo habían hecho. Omar recordó la última imagen que tenía de su padre. Era un hombre apuesto, fuerte y valeroso. Entonces estaba frente a un anciano, quien palpaba muy de cerca los últimos años de una extensa vida. Pero su mirada era la de siempre, bondadosa y acariciante. Nunca cambiaría una mirada, un gesto; una manera de amar. El hijo se acercó a su padre y abrazándolo tiernamente, lo besó en aquella frente colmada de mil surcos; huellas del paso prolongado del inclemente tiempo. Por fin se reconcilió con un pasado, que había sentido disipado en los vericuetos del tiempo, perdidos en confusos laberintos; que se tragaban la esperanza de verlo antes de que la vida lo apartara de su lado de manera irreversible.
Generoso por su parte, cuando se sintió aferrado a aquel abrazo bendito, sintió que ya su corazón no daba para más. Sintió que aquella vivencia, era demasiado para ser soportada por aquel corazón que ya estaba cansado de palpitar. Pero resistió aquella excitante y grandiosa emoción. Estaba frente a sí, su niño. Estaba frente a sí, un anciano que ya se había adentrado al igual que él, en un camino que se adivinaba de igual manera, extenso. La longevidad también lo atrapaba. Deseaba no obstante, que no resultara el sufrir, la única huella de la larga vida de su hijo. Inmediatamente, recordó todos los momentos vividos junto a la única mujer que había amado y junto a su descendiente. Sintió la felicidad más bella que siempre esperó. Detrás de su hijo, por sobre sus hombros, la visión de su gran amor se presentó nuevamente. Esa vez, para regalarle una hermosa sonrisa.
Ya estaba entrado en años su hijo, aún lo recordaba, él aún lo amaba. Era el hijo que el espectador creía perdido en los brazos del olvido. Se abrazaron fuertemente. Se dijeron muchas cosas. Nunca a ese hijo lo abandonó la corazonada de que su amado padre vivía. Un corazón que ama nunca se equivoca. Por ello, Generoso los esperó desde siempre y para siempre. Un inevitable motivo hizo que ella se alejara definitivamente. Esa razón lo fue, la muerte. A él lo esperaría por siempre. Sabía en el fondo de su alma, que algún día estaría frente a su hijo y helos allí, padre e hijo, ancianos ya ambos; frente a frente. Los recuerdos del ayer llegaban presurosos, se hacían presentes para decirse tantas cosas amorosas. Fue una visita de varios días, en los cuales se regalaron todos los años perdidos. El amor llegó, el amor se hizo sentir. Luego, la triste y tortuosa separación no se hizo esperar. La vida de Omar exigía su presencia. Era exigido, aunque llevaba muchos años retirado, su trabajo en sus empresas como cerebro principal. Resultaba congénita aquella gloriosa inteligencia. Prometió regresar luego de arreglarlo todo para llevarlo con él. Generoso se opuso, ya sus cartas estaban echadas. Ya el tiempo estaba casi por languidecer para él.
El espectador se sintió nuevamente solo. El viejo se sentó frente al ventanal, el mismo ventanal que su cerebro percibía como un gran escenario. Se sentaba en una poltrona deshilachada y casi inservible, la misma que su mente reconocía como un elegante sillón de rojo terciopelo; y dejaba escapar un llanto frágil como el resto de vida que le quedaba. Al faltar poco para terminar la obra, el anciano llevó ambas manos a su rostro, y ya no quiso hablar. Desde el inicio de aquella magistral obra, hubo realizado comentarios personalizados en un tono de voz muy suave. Eran loas a la perfección aquellos comentarios enriquecedores. Con ellos buscaba catalogar la excelencia histriónica de aquellos excelsos intérpretes. Pero en ese momento ya no quería decir nada más. Quería retirarse, pero una voz interior le gritó que no lo hiciera. Se quedó estático en su imaginario asiento de rojo color y de suave textura, esperando que la siguiente escena llegara. Olvidaba que la obra ya había culminado. Los actores ya se habían marchado para siempre, nunca más volverían a actuar. Ante sus ojos, llegaba una tenue luz desde el centro del escenario, entonces otro actor se ubicaba en una escena fantasma tal vez. Era un hombre entrado ya en muchos años, quien parecía sentirse muy mal, dado su aspecto demacrado. El efecto del maquillaje era espectacular. Momentos después, un galeno con su eterna bata blanca y a cuestas un estetoscopio, se acercaba por un costado. Iniciaron un breve diálogo:
_ Entonces Doctor ¿Qué tengo? Dígamelo con toda franqueza.
_ Es muy difícil para mí decirle. . .
_ ¿Que tengo cáncer?
_ Sí. Créame que lo siento.
_ Bueno, a mi edad eso no tiene mucha importancia. Total, de algo tendré que morirme. Le juro que ya estoy cansado de la vida créame.
_ Existen tratamientos, y con el apoyo de su familia, creo que puede usted todavía darle mucho a la vida.
_ No mi querido Doctor, ya yo no tengo a nadie en la vida. Hace un montón de años cometí un grave error, aunque el mundo entero dijo que había sido un grave delito. Realmente lo único que quise, fue querer obtener comida para mi familia y por ello estuve muchísimos años en la cárcel. En ella envejecí, en ella conocí el sufrimiento extremo. Cuando salí del infierno, que es como debería llamársele a eso, mi familia se había marchado, me dejaron solo, nunca más supe de mi esposa ni de mi único hijo. Ya lo ve mi querido Doctor. Lo que tenga este viejo y cansado cuerpo ya no me importa. La muerte será mi mejor consuelo.
_ Lo siento mucho por usted. La familia en algunos casos resulta ingrata. No valoraron lo que usted hizo por ellos. Me voy, que esté usted bien.
El galeno desapareció de la escena o tal vez, de una realidad. El viejo se sentó nuevamente frente a la ventana y dejaba escapar un llanto frágil, como el poco tiempo de vida que le quedaba. En ese preciso instante, el telón descendió y la obra por fin finalizaba. El espectador quedó muy triste. En realidad, se había sentido también muy mal. Estaba gravemente enfermo el anciano. Le pedía a Dios, que no lo hiciera sufrir más. Expresaba el espectador en sus ruegos, que ya era suficiente con una vida extensa de casi cien años, dedicados en su gran mayoría al sufrimiento. Le suplicaba a Dios por una muerte bonita, piadosa, la que creía merecer.
Cuando definitivamente el telón descendió, sus ojos continuaban mirando aquella tela grandiosa y de colores vivos. Escuchaban sus oídos, una música como venida del cielo, interpretada por un coro ángeles. El enfermero llegó hasta el palco donde estaba aún sentado el espectador. Era el mismo enfermero que había colocado la epístola que por correo, había enviado Omar para su padre, anunciando una cordial visita. Él la confundió con una invitación a una obra teatral, y como tal la disfrutó. La misma misiva que el enfermero diligente, hubo colocado sobre aquel tosco pedazo de madera que el anciano sentía como una lujosa mesa de oscuras y finas maderas trabajada por manos magistrales. La misma mesa rudimentaria donde era colocada a diario, aquella mermada comida que muchas veces el anciano se negaba a probar. Con mucha tristeza y tocando sus canos cabellos, el enfermero le hablaba con suavidad.
_ Venga por favor señor Generoso. Venga para que descanse. Al doctor Fergunson y a mí, nos preocupa que lleva ya varios días sin comer ni descansar. Ha estado usted sufriendo muchas alucinaciones. Tenga, tome este sedante para que pueda descansar. Tiene que descansar, mire que está usted muy débil.
En víspera de su propia muerte, el espectador había contemplado, en el escenario de sus recuerdos, la obra de su pasado; de su propia vida y de su propio final.