10

3191 Palabras
Sentía el espectador, que aquella magna obra a la que había sido cordialmente invitado, llegaba a su final, triste por demás. Se identificó enormemente con cada uno de los actos que en ella se presentaban. Sufrió cada relato. Se adentró el espectador a un sentimiento, al alma de un actor que representaba a un hombre eternamente sufrido. Aquel hombre que lloraba como un condenado, que sufría con la inclemencia de un dolor llegado de las manos del abandono. No contempló más a su hijo, y ese dolor le carcomía la existencia. Aquel hombre, cargando toneladas de pesares, continuó una vida basada en una búsqueda. Transcurría su vida cruenta, arropado con la más honda de las penas; víctima de los flagelos del sufrimiento. Tratando de encontrar por lo menos, una señal de su familia, un recado, un reproche; pero nada de ellos llegaba a la vida de aquel pobre ser, marchito ya de tantos sufrimientos.           El espectador ya sufría tanto como aquel hombre desdichado, quién era representado por un excelente y veterano actor. Se sentía morir. Sentía el personaje, el cansancio, el espanto, la desilusión; el oscuro manto de una vida sin su familia. No quiso pensar más. Decidió finalmente aquel hombre, acabar con su existencia. Pensó ese hombre, en el suicidio como única respuesta a su desgracia. Aquel hombre desenfundó la filosa navaja que guardaba en su cinto. La palpó para contemplar su filo, quiso verificar aquella capacidad para herir, cortando sus carnes las cuales le daban la libertad a un pequeño hilillo de sangre. El espectador no quiso mirar ese final desgarrador. Nunca imaginó ver sufrir de tanto dolor a alguien, y mucho menos que ese alguien se quitara la vida, como consecuencia de sentir precisamente; ese grandioso sufrimiento. Se alejó el espectador de ese sitio, al que misteriosamente había ido a parar. Regresó al palco que ocupaba, y ya en él, sintió una verdadera ráfaga de daño. Su vida ya estaba estremecida por el padecimiento de aquel hombre. La gran magnitud del dolor que se podía sentir a través de un engaño, no lograba cuantificarse. Era tal la maldad venida desde aquella cruel mentira, que hubo logrado catapultar a aquel hombre en los brazos del olvido, lo hizo sufrir en demasía. Aquel hombre sintió culpable a esa perversidad. Culpó de sus pesares a la mujer que amaba con gran intensidad. Sintió que el amor de su vida lo había engañado, le había mentido. Ignoraba el caballero, que quien se había posesionado de sus existencias para desterrar al amor de ellas, había sido la mentira, el cruel engaño venido de un hombre sin alma. No sabía qué hacer, solo quería morir. Decidido, caminó buscando una salida a aquel sufrimiento. Solo pensaba en la muerte como único aliciente ante tanto dolor. Pensó que su final había llegado, ya no había vuelta atrás.. Sintió algo extraño dentro de sí. Ese algo que se siente cuando se pierde a un gran amor. Cuando se pierde la fe en la vida. Cuando un amor se roba la alegría de ser padre, y se echa en brazos de otro ser. Era un dolor extraordinario el que sentía, era una sensación que no se podía describir; pero que era capaz de acabar con una vida llena de ilusiones. No dijo nada, sólo quería desaparecer, entregarse a los brazos de la muerte. El espectador se aferraba aterrado a su asiento en el palco de honor, donde había sido ubicado; luego de atender a una amable invitación a aquella obra extraordinaria. El mozo que le entregó aquella cordial invitación, nunca le expresó quien lo invitaba. Y allí estaba Generoso, el espectador, aterrado. No se atrevía a ver aquel final. Tenía miedo de ver aquella etapa de la última escena. No pudo ver que un hombre desesperado, no había tenido el valor suficiente para quitarse la vida.     EL VERDADERO FINAL           Las luces del escenario eran exiguas, débiles, casi fenecidas. Una composición musical estremecedora, se dejaba apreciar inclemente. El anciano espectador comenzó a sentir incesante, aquel lagrimeo perturbador que, cuando se tornaba nervioso; se hacía más persistente. Su rodilla comenzó a dolerle en extremo. Quiso ponerse de pie, y en un primer intento no lo logró. Desesperado, trató de alejar su vista de aquel escenario; pues no quería ver la desgarradora escena del suicidio de un hombre. No quería presenciar aquella macabra escena. Deseó no haber aceptado aquella cordial invitación. Una invitación a disfrutar de la magna obra de teatro. Una invitación que nunca supo quien la otorgaba de manera tan amable. Nunca supo quien había tenido esa gran deferencia para con él.           Tenía mucho miedo Generoso. El escenario lo llamaba. Ese inmenso lugar ataviado de luces, de música y de encanto, trataba de dominarlo. Era ya un sitio colmado de grandes pesares. Nunca pensó que eso iba a suceder. En un principio, creyó fervientemente que sería esa noche un gran disfrute por la representación artística que contemplaría. Jamás se imaginó que sería lo observado, cuna de intensos sufrimientos. Se dio perfecta cuenta, de que bastaba con los sufrimientos acumulados en sus largos años vividos, para continuar sintiéndolos en esa oportunidad; en manos de un personaje desdichado. En el centro mismo del escenario, surgió un personaje muy extraño. Salió de la nada pudiese decirse, tan pronto dejó de escucharse aquella música sumamente nostálgica, triste. Las luces, antes débiles y oscilantes, se transformaban en poderosas, tanto; que encandilaban odiosas. Aquel personaje no actuaba, no decía nada; sólo estaba allí, parado en medio de aquellas tablas desoladas. Repentinamente, ese personaje miró detenidamente hacia el palco donde el espectador se encontraba. El personaje, ataviado en unos ropajes particulares, miraba sin cesar hacia el sitio ostentoso, opulento; donde se encontraba instalado el anciano. Esa mirada demostraba odio en extremo.           Sin más, ese personaje se hizo sentir no en el escenario, sino justo en medio del balcón heroico aquel donde el espectador, aterrado; lo contemplaba incrédulo. El interlocutor lo escrutaba lentamente. No expresaba su histrionismo, no ofrecía ningún parlamento. No se regía por guion alguno, ni seguía alguna pauta. Era solamente su presencia, la que se encargaba a demostrar un protagonismo extenso. Miraba al espectador con aquella mirada que expresaba un profundo odio, extenso y malévolo. Antipatía por los muchos años de sentir, de palpar, de no encontrar ningún desasosiego. Significaba una perpetuidad de rencores lo que sentía el alma de ese personaje, encarnado por alguien que tal vez, estaba sufriendo torturas en una cruenta realidad. _ ¡Generoso, aquí estoy nuevamente! Vociferaba el personaje. El hálito de esa voz ya había sido sentido hacía ya mucho tiempo. Al ser escuchada esa voz, hubo renacido el miedo y una actitud sumisa fue el instinto surgido. El espectador se arrojó de pronto al piso, en aquel rincón que albergaría en su haber, al insignificante cuerpo que era; y cuyas leves carnes oscilaban temblantes ante el terror venido desde los infiernos. Era el espectro de su padre nuevamente, quien llegaba desde el más allá para perturbarlo. No se cansaba de hacer lo mismo. ¡Debes mirar el resto de la trama! ¿Por qué tienes miedo? ¿Acaso no te atreves a mirar lo que le va a pasar a tu reflejo? ¡Mira carajo! Levanta esa mirada espantadiza, y mira como se quita la vida ese cobarde. Si, ese hombre es un miserable, un cobarde que; al igual que tú, está lleno de miedo. Es un perfecto imbécil que no supo luchar. Anda, levántate de una buena vez de ese rincón y enfrenta la vida. No seas tan pávido Generoso. ¡Mírame!, yo nunca fui un cobarde como si lo fuiste, eres y serás tú. Me das lástima pedazo de alcornoque. Me siento sucio al saber que de mí naciste. Estoy muy avergonzado de decir, que eres sangre de mi sangre. No supiste luchar por lo tuyo. Eres un total fracaso. Eres un competo fracasado. _ ¡No, padre, ya no me diga nada más! No quiero que me diga ya nada. No diga usted que yo soy hijo suyo. No puedo sentir orgullo de haber nacido de un ser perverso y malvado, como lo fue y aun lo es usted. Ni siquiera el infierno con sus tormentos ha podido apaciguar su maldad. No, déjeme ya. No siga diciendo todas esas palabras crueles. Usted asesinó a mi madre. Usted es un maldito asesino. Por ello siempre lo he despreciado. Nunca lo quise y nunca lo querré. Usted sembró mucho miedo. Usted apagó una llama bendita. Usted acabó con su vida justo al momento de mi nacimiento. Usted está maldito. Usted es un asesino, un vil y malvado asesino. _ ¡Cállate Generoso! Tienes que respetar mi presencia. Aunque no lo quieras, me debes consideración y respeto Generoso. Desconozco quien ha inventado todas esas patrañas horripilantes. Yo nunca le hice daño a nadie. La muerte me la arrebató en el momento en que más la necesitaba. Era el gran amor de mi vida. Nunca pude haber sido capaz de hacerle daño. Yo la amaba, yo aún le amo. No te atrevas nunca más a decir que le hice daño. Nunca más repitas esa desgraciada posibilidad. Eres un imbécil, siempre lo fuiste. Eres y seguirás siendo un débil. _ ¡No, no hará que me sienta de la manera que quiere! Nunca he sido cobarde. Es usted un maldito fantasma que quiere hacerme daño. Siempre me hizo mucho daño. Siempre nos hizo daño a todos. Yo era apenas un niño cuando comenzó mi eterno sufrir. Y usted fue el culpable. Lo odio con todas mis fuerzas. Lo odiaré por toda la eternidad.           En ese preciso instante, otro personaje surgido también desde el centro del escenario, llegó hasta los predios aquellos; donde se escenificaba un guión nunca antes estudiado. Era un parlamento improvisado. Actuaba una anciana sin ser actriz. Ese personaje llegaba impávido. Su presencia poderosa era urgida por aquel instante apremiante. Era otro espectro, un ente llegado para ofrecer una paz necesaria e imponer una verdad que sería avasallante. Era su madre, y cuando el espectador la miró, no supo qué hacer ni que decir. Ya antes la había percibido. Antes había escuchado sus palabras arrulladoras. Siempre se presentaba ante él, detrás de ese ente perturbador que era Nacho, su padre. Ella, sumisa, otrora había mostrado miedo en cada uno de sus actos. Pero en ese instante divino, otra era su actitud. Lejos de sí, quedaba la sumisión y el miedo eterno. Se dirigió amenazante ante quien sería eternamente, el culpable de sus desgracias. _ Ya no sigas diciendo esas sandeces maldito. ¿Acaso no te ha bastado el castigo del fuego que nunca se apaga? ¿Acaso la inclemencia del infierno no te ha bastado? Siempre fuiste un ser ruin. Llegaste a mi vida como un suplicio, como una maldición. Pero definitivamente, en este momento considero que nunca fuiste culpable. Fui yo quien se portó cobarde. Yo si me culpo de ello. Deja ya en paz a mis hijos, maldito. Lárgate ya nuevamente al infierno, de donde nunca debiste haber salido. Me hiciste mucho daño. Nos hiciste mucho daño a todos. Y aquel día en que permitiste que saliera toda la sangre de mi cuerpo de manera sádica y mezquina, provocando mi muerte; también destrozaste varias vidas, las de mis hijos. ¡Maldito seas por siempre! Me asesinaste cobardemente, y dejaste a mis hijos desprotegidos. Eres lo peor Ignacio. Te odio por ser tan cobarde, asesino. ¡Te odio!¡Te odiaré por toda la eternidad! _ No sabes lo que dices mujer. ¡Cállate ya de una buena vez! Te lo ordeno. _ ¡Tú no me ordenas ya nada! No va a bastar la eternidad, para que expíes tus culpas desgraciado; cosa que nunca te será posible. Me quitaste la vida maldito. Repetía incansable aquella aparición a su interlocutor. Era aquel, un momento demasiado importante. Cuando sentí a mi niño y quise abrazarlo, tú, desgraciado; me quitaste la vida de manera cobarde. No sé porque el demonio permite, que el peor de sus engendros se presente así tan campante a decir esas sandeces. He sido cobarde, lo sé. Debí actuar mucho antes, pero nunca es tarde. Te maldigo. ¡Deja ya a mi niñito! Déjalo que está muy asustado. ¡Ya vuelve al infierno engendro de los mil demonios! ¡Dios mío, señor de los cielos, no permitas padre eterno que esto siga torturando a mi niño!           Surgió entonces, desde el centro mismo de aquel sitio donde habían ido a converger aquellos dos espectros, ante las miradas atónicas y huidizas del espectador; una enorme mano que tomó de manera implacable, al espíritu inmundo, arrastrándolo nuevamente hasta el centro mismo de sus dominios. Era el brazo poderoso del diablo que reclamaba lo suyo. Mientras lo hacía, una carcajada espeluznante se dejaba escuchar airosa. Desaparecía de aquella escena subida de tono y colmada de una valentía insuperable callada por casi un siglo, aquel ser despreciable que resultaba hundido para siempre en el fuego perpetuo. El silencio poderoso se hizo sentir. El espíritu de la madre se acercó con un mar de ternura hasta Generoso. Este la recibió con suma felicidad.           Generoso también se acercó tímidamente hasta su madre, y derramó mil toneladas de desengaños, que era lo que representaban sus lágrimas en el corpiño de la misma; pero esta no le decía nada. Sin insistir en alguna respuesta, el espectador continuó llorando. Continuó exteriorizando los lamentos que denotaban un perpetuo sufrimiento, el mismo que había nacido desde su propio advenimiento a la vida. La madre de su vida no le decía nada. Solo dejaba que él vertiera sobre ella, todo aquel mar de llantos retenidos desde toda la vida. Era que no le escuchaba su madre, sólo sentía su tristeza. No necesitaba escuchar ya nada más. Ya la maldad, de manos de aquel engendro no regresaría; por lo tanto, ella ya no tendría que volver. Ya pronto se reencontrarían ella y el hijo de sus entrañas, en la gloria de Dios. El espectador trató de asirle sus manos, pero solo recibió la inercia de unos movimientos. El espíritu de una madre aguardaba en silencio, la orden de regresar al paraíso. Había culminado su misión. Ella había procurado escucharle, en aras de las palabras de consuelo que siempre una madre guarda, para el momento cuando un hijo sucumbe ante los embates de un amor que produce sufrimientos.           Ella quiso gritarle, que el amor no lo había dejado solo; pero prefirió callar la verdad, decidió dejar que la espontaneidad se impusiera. Era esa una verdad que no le correspondería decir. Siempre es sabido, que la aliada del dolor para hacer más daño, es la soledad, y era eso precisamente lo que en ese momento se palpaba en aquel aposento materno, donde la ausencia se dejaba colar en cada poro, en cada pedazo de ser humano. Las lágrimas del espectador cubrían en ese momento, el rostro lánguido de la madre. Su boca besaba insaciable un rostro vacío. Sus manos aprisionaban las de ella, y su pesar aumentaba a cada segundo, lamentando el haber amado sin límites a una mujer que lo había envuelto en un intenso engaño y que le había robado a su hijo inclusive. Quiso el anciano espectador, abrazarla para toda la eternidad; pero una suave brisa perfecta se hizo sentir. La madre desapareció elevándose a la gloria de los cielos. Ahora era ella quien llegaba, y se ubicaba a su lado. Era Jacinta, su gran amor. Su mirada era una mirada empapada de encanto.  _ ¡Cielo, mi cielo! ¡Generoso de mi vida! El espectador había olvidado una conversación. Su mente confundida no lograba asirse a una anterior presencia, en la cual ella le daba magnas explicaciones. Una ocasión bendita que había hecho retornar la fe. Solo se ubicó en una traición que habría de acompañarlo para siempre. Continuaba enceguecido e espectador, por el enorme peso de rencor, de ese oscuro sentimiento que le había trastornado, que lo había transformado en aquel ser insensible, que había dejado de creer en la felicidad. En aquel hombre que buscaba desesperado, la forma de dejar de vivir.  _ No me digas así mujer. Ya no creo en tus palabras. Ya no creo en ti. Vete, déjame solo como siempre tuve todos estos años desde que te olvidaste de mí. Nunca he de perdonarte. No puedo ni quiero perdonarte que me hayas apartartado de mi único hijo. ¡Nunca!           Al expresar esas palabras crueles por demás, el rostro de ese espectro amoroso se sintió turbado en extremo. Se sintió desfallecer a pesar de haber fallecido hacia ya años, en los brazos de un embarazo complicado que no había logrado su cometido. Se sintió el revuelo de una tormentosa brisa gélida. Otro engendro del demonio había escapado del mismo infierno para perturbar, para herir con el filo de las palabras hirientes a un alma ya cansada de vivir y de sufrir. El espíritu que amaba, se sintió desplazado por aquella portentosa figura llegada desde el centro mismo del infierno. Satanás sintió usurpado un trono. Su maldad resultó sustituida por el proceder maldito de aquel otro fantasma, a quien no le había bastado su malévola existencia, para terminar de inocular su desmedida maldad. Era aquel ser, un cúmulo de desgracias, una fuente de dolor y de sufrimientos. Generoso le temía, el espectro diabólico disfrutaba de su miedo, se jactaba de su poder. _ ¡Aquí estas muchacho del demontre! Hasta que por fin nos volvemos a ver carajo…Ja, ja, ja… Ya verás lo que se siente cuando mi látigo habla, muchacho del demonio.           Esas palabras bastaban para que Generoso se sintiera apabullado. De inmediato, como impulsado por algo sobrenatural, se acurrucó en aquel rincón del que ya se había incorporado, cuando hubo sentido la poderosa fuerza del amor de una madre. Regresó a la oscuridad campante de un rincón ya detestable. Sintió que sus ropas eran apartadas de sus espaldas. Las horrendas cicatrices hacían gala de lo macabro de un pasado doloroso. Eran descubiertas aquellas espaldas ya colmadas de arrugas. Era una piel apergaminada que se hacía sentir decadente. Resultaban esas decadencias, las portadoras de aquel dolor congénito, de aquel sufrir que prácticamente había nacido con él. Aquella parte de un cuerpo menguado por los tantos años vividos, era mudo testigo de la crueldad de aquel ser que había sido tan perverso, que aun escapado los infiernos, continuaba siéndolo. Continuaba, sin desgano, sembrando el miedo y el dolor. Comenzó a descargar latigazos contra la cuasi vencida humanidad del espectador. El primer golpe fue certero, dio en pleno dorso, arrancando un enorme quejido contenido desde toda una vida. Cuando el brazo inclemente era nuevamente levantado, una voz poderosa y un brazo más ágil, se sobrepuso ante la maldad y se hizo sentir triunfante como en aquella mañana de venganzas. _ ¡Ya nunca más lo volverás a hacer Lázaro! Ya acabamos contigo aquella mañana poderosa y volveremos a hacerlo durante toda la eternidad si es necesario. Nunca más le volverás a hacer daño a nuestro hermanito ni a nadie. Saborearás como siempre lo has hecho, el amargo sabor de la esclavitud de las manos del mismísimo diablo. ¡Deja ya ese maldito látigo!  
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR