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4621 Palabras
  ÚLTIMO ACTO             La escena que recién llegaba, era la de una Navidad en la cual un anciano vagabundo y alcohólico, le quitaba sus días adelantados a la vida y se dedicaba a destruirse. No pudo el nonagenario espectador más que sentir lástima. Quiso marcharse, y algo se lo impidió. En esa escena de aquel último acto, llegaba la Navidad, la alegría se posaba; se hacía realidad. Un largo momento de tedio para el espectador, había sido aquella pausa necesaria para el cambio de la utilería. Manos sabias lograron un efecto espectacular. Estaba ante los ojos incrédulos del espectador, una bella época surgida de pronto. La temperatura era cómplice de un momento grandioso. Era entonces, un gran manantial de encanto. Se trataba de una vida sin sentido, la  que acompañaba a ese personaje arropado de olvido. Un personaje que se sentía abandonado, un personaje que desistía de continuar ante los hechos vividos.           Esa era la realidad que se presentaba ante la vida dolida de un espectador, el mismo que se sentía atrapado ya por la realidad que se colaba como el efecto de una creación artística. Se trataba de un guión venido de las plumas exquisitas de un dramaturgo bendito. Tras de aquellas líneas, existía un hombre sufrido que era contemplado por el personaje principal de lo puesto en escena. En ese momento, el principal protagonista resultaba ser el viejo Generoso, el espectador. Había contemplado un desgarrador encuentro de un hombre salido finalmente de la prisión, tras muchísimos años de cruel encierro; con una realidad perturbadora. Había nacido nuevamente un hombre, hacia una vida que no la sentía ya como tal. Era entonces cuando aquel ser marchito, aquel hombre cansado, sentía rabia por la vida que enfrentaba. Se miraba las manos, y observaba las cicatrices que le había dejado toda una vida de difícil trabajo tras las rejas, y lamentaba cómo ahora se cansaba tras unos pocos pasos. Daba la sensación de que resultaban ser los actores, quienes contemplaban al espectador como si este expresara un guión dramático. Resultaba finalmente aquel anciano vulnerable, pieza fundamental de aquella obra teatral, la misma a la que fue amablemente invitado.           El espectador miraba aquello y se sentía morir. Se desgarraba su alma, se desintegraba toda su existencia. Nunca imaginó Generoso que, al ser objeto de aquella cordial invitación, su vida daría un formidable vuelco. Nunca sospechó, que todo lo que a su mirada llegaba como el excelso trabajo de un grupo de preparados actores y actrices, harían que su vida se volcara en torno a sus recuerdos. Llegaron venidos de los vericuetos de su pasado, todos aquellos pasos toscos. Retornaron, tras una larga vida de inactividad. Se quedaba en tinieblas aquella vida longeva. El espectador no daba crédito a lo que llegaba a sus ojos. Era tal su incredulidad. Era asombrosa su negatividad. Pensó que era su vida, lo único que significaba abrazado por el odio, por el dolor y por la muerte. Nunca imaginó que persona alguna, pudiese llegar a sufrir tanto.           Se entregó definitivamente a sus cavilaciones. Quiso ya demasiado tarde, enmendar unos pasos equivocados. Quiso a deshora, vivir plenamente, entregarse a la dicha de ser feliz y de hacer feliz a quienes amaba. Lo quiso hacer realmente, pero su pasado tormentoso le comprimía duramente aprisionándolo contra el suelo enlodado de su existencia. A su casi un siglo de vida, se sentía Generoso, un producto; el mismo que resultare de las inclementes manos de un hombre que pudo haber sido un bondadoso padre, pero que tiro al lodazal nauseabundo, unas vidas plácidas que, aunque rodeadas de pobreza; eran precisamente unas vidas y como tal, debieron florecer y no; ser sumergidas en la horrorosa y macabra laguna del sufrimiento mezquino. Pensaba el anciano espectador, que a esas alturas de la vida se había vuelto, gracias a los desmanes y los sufrimientos, aunados a los estropicios acumulados por tantos años, en un ser impertérrito; pero se dio perfecta cuenta que lo perturbaba todo lo que llegaba a sus añosos momentos finales. Se había transformado finalmente en un ser asustadizo y sumamente cursi. Le dolía que una mariposa tropezara contra los suaves pétalos de una flor. Era esa la sutileza de una longeva edad.           En los días previos a la Navidad, aquel hombre continuó un libreto, continuó unas líneas, un guión. El fardo donde guardaba las latas estaba casi vacío, y ya ese noble anciano estaba cansado. Secaba el sudor que le manaba a chorros, con el dorso de su mano, toda vez que miraba en la distancia. Había varios menesterosos más, y todos eran jóvenes. No se explicaba el anciano, cómo esa gente colmada de juventud hasta los tuétanos, se entregaran a la vagancia en una nación tan próspera y llena de oportunidades. Posiblemente hacían lo que en un pasado que quisiera olvidar, él hizo de la manera más irresponsable; derrochar su vida. Los otros menesterosos, cómo compartían la misma zona, no le dejaban la mínima oportunidad de llenar tan solo un saco, de las porquerías que colectaba; para poder adquirir su tan ansiado producto, si era que lograba venderlo antes de que fuese presa fácil de algún ladronzuelo. Él colectaba materiales ferrosos para el reciclaje, para mejor decir, comercializaba chatarras.           En otras palabras, como lo ha denominado el modernismo; el poco venerable anciano aquel era un “recogelatas”. Una gran roca en el camino le sirvió de asiento. Con mucha dificultad logró posarse sobre la misma para descansar un poco su extenuado cuerpo. No teniendo fuerzas suficientes para arrastrar la enorme piedra hasta un lugar bajo la sombra, tuvo que posar allí, bajo el impío sol que calcinaba; que hacía expresar llanto a las pieles. Muy lejos le esperaba una pequeña morada de cartón y de hojalatas, que desde hacía mucho tiempo, le había servido de hogar. Aunque se trataba de un montón de desperdicios, lo albergaba, toscamente lo cobijaba. Recordaba muy quedamente, a su hijo y a su esposa, la única mujer que había amado. Recordó su pasado, su infancia. Lloró aquel anciano marchito, echado al olvido. Resultaban aquellos recuerdos nostálgicos, inspiración nefasta.            Recuperadas un poco sus fuerzas y salido momentáneamente de un desgano insuperable, siguió caminando aprovechando que era ya mediodía, y que había quedado solo, pues los otros indigentes a lo mejor se habían marchado a engullir lo que fuere y, como él mismo lo había percibido, fumar marihuana hasta desfallecer bajo los efectos narcóticos de dicho vegetal; aprovechó la oportunidad que se le presentaba, para tratar de  conseguir más material que agregar al saco que llevaba al hombro. Una lata aquí, una más allá. Esporádicamente un trozo de fierro maltratado y olvidado. En ocasiones, un cachivache al que se le podría sacar provecho, en fin, él agarraba lo que fuere que pudiera vender. Jamás encontró algo de un poco más de valor, echado por error quizá. Caminó muchísimo para obtener algo que vender. Realmente pudo colectar poco. Tras diversas horas de tanto hurgar en la basura, en los caminos y donde fuese necesario, por fin lo medio llenó y, presuroso; llegó a la tan ansiada comercializadora de chatarras, para venderlo por unas cuantas monedas. Hecho lo cual, dirigió sus pasos hacia la tienda con la finalidad de comprar su tan necesitada botella de un ron transparente, y algunos comestibles. Si el poco dinero no alcanzaba, sencillamente no comía. En eso se había convertido aquel hombre ya viejo, que cabalgaba una agreste vida que lo hacía ver de más de cien años.           Estaba allí un hombre olvidado. Su esposa y su hijo lo creían muerto. Él quisiera estarlo; pero estaba en esa su vida, y no le quedaba de otra alternativa más que vivirla. Era así su rutina de todos los días. El alcohol minaba su organismo, y una grave enfermedad le hacía tan grande su abdomen, que su peso e incomodidad atraían más rápido al cansancio. Con mucha dificultad para respirar, retornaba a su jacal con su cargamento a cuesta, no teniendo alguien que le esperara, alguna persona con quien compartir por lo menos, su pobreza. No existía ya para él, una esposa y un hijo. No existía ya su familia. Había vivido solo desde que fue desterrado de una prisión cuando ya no tenía esperanzas, cuando ya era un desecho, un abandonado en las garras del olvido. Ya su vida pesaba mil toneladas de desengaños y de pareceres. El espectador miraba aquella cruenta realidad, y no decía nada. Su realidad se mezclaba con la de aquel hombre marchito. Esas realidades se unían y se tornaban más sufridas.           Comenzaba para aquel personaje, un mes que era igual que cualquier otro, precisamente porque igual transcurría el tiempo y su ocupación seguía siendo la de recoger metales o lo que encontrara de la basura o de donde fuera, para comercializarlo; luego de lo cual, el aguardiente era consumido con una necesidad increíble. Ya sentía los síntomas que los últimos días le aquejaban. La barriga le crecía demasiado, respiraba cada vez con mayor dificultad y tenía que sentarse constantemente para descansar. Así, de esa manera, un trayecto pequeño le parecía en extremo largo. Alguna vez alguien le dijo que tal vez padecía de cáncer, o alguna otra enfermedad también grave, dado los síntomas que ya llevaba algún tiempo sintiendo. Aun así, su espíritu soñador y su gran empeño, aunque apagado por el alcohol, le hacían seguir adelante y con gran esfuerzo lo lograba. Se acercaba la Navidad, era una época para el anciano que no significaba mucho, salvo más basura donde hurgar como siempre, más gente que celebraba y consumía y él quería precisamente eso; consumir aunque fuesen sobras o algún resto de ron dejado por descuido. Las latas de bebidas alegres eran abundantes, y significaban pasto para él y vaya que sabía disfrutar de ese modo la Navidad.           Pensaba en el plato típico navideño que una piadosa mujer también entrada en años, le regalaba en víspera de Navidad, en agradecimiento; ya que él botaba la basura de su casa todas las semanas por algo de dinero o de comida. Solo por eso celebraba la llegada del mes de diciembre. Nunca tuvo juguetes, nunca un estreno, nunca celebró la llegada del niño Dios, ni mucho menos el año nuevo. Quiso pensar en su infancia, pero al no recordar nada de esa tierna época de su vida, ya no pensaba en nada. Se sentía una piltrafa de la vida. En mitad del camino que conducía al chamizo donde se deleitaría el resto de la botella, pensaba en los amigos que le esperaban al llegar. En una casucha cercana a la suya, comprarían entre todos, más aguardiente y seguirían la parranda hasta muy tarde. Al día siguiente volvería a la realidad, y el mendigo se activaría nuevamente. Mientras tanto, estaba su esposa y su hijo entregados a una nueva vida. A una existencia colmada de engaños. A una vida llegada de las manos de una mentira, la misma que había apartado a un espléndido padre, de la vida misma.           Recordó con sobrada nostalgia cuando, recién salido de prisión, se dirigió presuroso en pos de su hogar. Nada encontró. No había más que escombros sobre escombros. Nada había quedado de aquella casita hermosa. Aquella casa que prevaleció en sus recuerdos por todos esos años, ya no estaba en pie. En la misma, el herbaje silvestre crecía descontrolado. Era lo único que existía, era ya parte del monte tupido, se confundía con él; servía como guarida de animales. ¿Dónde estaría su familia? Nunca supo más de ellos. Nunca aparecieron, jamás supo de ninguno de los dos. Lo único que encontró fue un viejo vestido suyo, abandonado en una caja de cartón. Él sufrió el más grave de los destierros en prisión, vejámenes y aberraciones. Sufrió de manera indescriptible el horror de la cárcel. Pero nada se comparaba entonces, frente a aquel cruel abandono. Su esposa adorada y el hijo de su vida ya no estaban. Ya no existían para él. Lo habían olvidado. Así, olvidado cómo se sintió, por sus seres queridos, decidió entregarse a la perdición. Se dedicó desde ese entonces a la calle, al alcohol; a su propio destierro. Sintió aquel hombre que lo había perdido todo. No quiso seguir luchando ya. Era entonces la soledad su única compañera y su refugio. Decidió por una existencia plagada de vicios, una existencia azarosa, con la que buscaba acercarse cada vez más a la muerte.           Lo único que lo mantuvo inquebrantable durante la gran cantidad de años que pasó, tras los gruesos barrotes de una endemoniada prisión, fue precisamente el recuerdo de su familia. Por su esposa y por su hijo, sufrió los rigorosos descalabros de un confinamiento irrazonable y desmedido. Vivió momentos que le quitaron pátina a su vida. Esa vida que en un pasado visualizó espectacular, al lado de los seres que tanto amaba. Se había transformado en un ser cetrino y marchito. Si de algo se había aferrado, era de su familia, era ella lo único con lo que soñaba; y con lo que trataba de soportar lo insoportable. Entonces se consideraba un ser pusilánime, acorralado; sin valor alguno. En el malogrado instante en que salió de un infierno y no visualizó a su esposa y a su hijo, ni en la cercanía ni en la lejanía, comprendió que la vida misma le estorbaba.             La esposa y el hijo de aquel hombre, se alejaron de una manera definitiva de aquellos parajes. El hombre que propició esos destinos, lo hizo con sobrado engaño. Fingió un desenlace, fraguó una mentira. Quiso, por sobre todas las cosas, hacerse de una familia utilizando un artificio maldito. Dejó entender una muerte que no eral tal. Pensaron madre e hijo que el padre ya no existía, por ello no lo buscaron más. Ella reconoció en otro cuerpo, al suyo vacío de vida. La esposa a quien amaba creyó en unas palabras huecas. Se materializó un engaño que destrozó esas vidas. Creyendo que todo había sido de esa manera, ella quiso rehacer una vida que pensó truncada y casó con el hombre que propició el engaño; dejando a su verdadero amor en una distancia marchita. Lo abandonó como consecuencia de una pujante mentira. Entonces, tras su salida de aquellos muros fríos y detestables, él pensó que el abandono había sido producto por un extenso olvido. Quiso morir, pero no pudo hacerlo de sus manos por temor a Dios. Quiso vivir y no pudo, porque ya a su vida no la creía tal. Decidió andar errante y desdeñado por la existencia misma. Ya no quería vivir, ni sentir que le importaba a alguien, no era ya eso parte de su vida. Serían ahora, el vicio y la perdición, su única compañía.           El espectador, sentado en su cómodo diván de terciopelo rojo, sintió mucho pesar al palpar el dolor, el abandono y la soledad de un hombre que fue marchito en un lugar sombrío. Pudo palpar Generoso, que aquel hombre entrado en la etapa final de una vida, estaba sufriendo enormemente, en lugar de acariciar la dócil existencia de muchos nietos. En los distintos actos, ese abandono era resaltado en los libretos, como para que el espectador sufriera con esas repeticiones de tan vil acto. Y era eso lo que precisamente lograban. El efecto era obtenido. El anciano espectador estaba sufriendo en extremo. Observaba con sobrada melancolía, a un hombre que había ido a parar a prisión por un pecado cometido. Hubo pecado por la necesidad de subsistencia. Quiso luchar por su familia y fue errado un camino. Fue burlado y conducido a ese camino falso. En la cárcel, sufrió de manera desmedida. Su cuerpo y su alma envejecieron tras aquellos muros malditos. Fueron muchísimos los años que padeció encerrado y maltratado. Por ello, el espectador se hacía eco de un gran sufrimiento. Esas escenas se repetían insistentemente. Se identificaba el anciano con el dolor de aquel hombre que, solitario, viejo y cansado; se hacía a una vida que ya no consideraba suya. El espectador sufría al ver sufrir a aquel hombre entregado a un tormento.           Le habían dado la espalda los seres que él amaba de manera desmedida. Generoso lloraba, no podía evitarlo. En su rol de espectador, sabía que las escenas que miraría serían crueles, reales; producto del excelente trabajo de actores y actrices de sobrada experiencia. Sabía que eran excelsos dramaturgos quienes habían ideado una trama, libretistas fabulosos los autores de aquello; pero el realismo vivido era tal, que sentía el espectador que resultaba tocado en las más íntimas fibras de su corazón. Por ello sufría aquel hombre, lloraba por ello. Sentía que el sufrimiento de aquel hombre, era también su sufrimiento. Había tomado para sí, todos los pesares de un hombre que sufría en demasía. El espectador se daba al sufrimiento, en la medida que contemplaba el desconsuelo de aquel hombre. Era un fenómeno lo que estaba sucediendo. El espectador se dedicó a padecer, lo que el personaje principal padecía. Cruel realidad venida en los albores de una obra a la que amablemente él había sido invitado, nunca supo por quien.             Sintió el espectador, que se trasladaba justo frente a donde aquel hombre se desmoronaba de tantos pesares, de un eterno sufrir. Sucedió el gran fenómeno, una especie de “transmutación” teatral. Surgió el gran efecto que se quiere en las tablas. Entregar el arte como si realmente se viviese lo puesto en escena. El espectador entonces, se encontraba encarando a un protagonista sufrido en extremo. Se ubicó frente a un ser ya marchito. Su maquillaje era en extremo convincente. Era representado ese personaje por un veterano actor. Sentía sufrir en carne propia, lo que el autor de dicha obra había querido plasmar en sus líneas. _ ¿Qué le pasa amigo? _ A mi nada, ¿Por qué?           Quedaba en el aire, esa pregunta que empapaba con sus ecos a aquella vida echada a los férreos brazos del olvido. Estaba aquel hombre destronado, sentado sobre una roca enorme, bajo el ardiente sol de un verano llegado desde el infierno. Un sol candente que tostaba las pieles, que causaba hondo daño. Era la pregunta que destronaba a un silencio, que había quedado tras el abandono al que había sido sometido un hombre. Un varón que había entregado los mejores años de su vida en prisión. Un ser que soportó un largo encierro por un pecado cometido, en aras de querer entregar la seguridad que una familia siempre desea sentir. _ No, caballero, no creo que no le pase nada. Se le ve muy triste. _ Sí señor, estoy muy triste, pero es una tristeza mía, es sólo mía. ¿Alguien que no sea yo, usted cree que sería capaz  de sufrir de esta manera? _ Puede ser. ¿Por qué no? _ No, no es cierto, no puede nadie que no sea yo, sufrir de esta manera. Solo mi alma puede albergar a este sufrimiento. No les cabrían mis penas en sus almas, en sus corazones, ni en sus pensamientos. Es más, lloro escondido de mis penas, porque si ellas me vieran llorar; morirían de dolor por mí. _ ¡Oiga, no diga usted eso! Yo no creo que un hombre pueda sufrir demasiado así como usted dice. _ Entonces si no me cree, lárguese y no se quede allí mirándome como un idiota.           El espectador, llegado desde un palco súper cómodo con la intención de adentrarse en un sufrimiento ajeno, intento irse; pero cuando miró nuevamente a su interlocutor, miró también que estrenaba nuevas lágrimas. Pensaba entonces. “Dios ¿Qué le pasa a este caballero que sufre tan callado y tan intenso?”. Volvió la mirada al hombre, una mirada que lo contemplaba todo. Sabía perfectamente lo que le sucedía a aquel hombre marchito ya de tantos sufrimientos. A pesar de todo, se hizo esa pregunta. Lo miraba hondamente. Esperaba el espectador, que ese hombre le exteriorizara un dejo de sus pesares.   _ ¡No le dije que se largara! Le decía aquel personaje mezquino y lleno de enfado, atrapado en un sufrimiento. Entonces el anciano espectador se compadecía mucho más de aquel sufrimiento. _ No caballero, no me puedo ir. Me da demasiada pena dejarlo solo en ese estado en que usted se encuentra. _ No se preocupe señor. Nadie se ha preocupado por mí. Sólo sé que nací para sufrir. Solamente entiendo, que éste dolor que hoy me asesina, ha sido complaciente conmigo, porque no me quiere matar por completo. ¿Sabe?, ¡Ya la vida me queda grande! _ No diga eso hombre, la vida es bella. Miré, yo la he vivido con gusto. _ Que dice usted. Decía en tono burlón.             El espectador guardó silencio. ¿Tendría razón aquel hombre que era el dueño de una pena insaciable? _ ¿Por qué dice eso?, ¿Es que acaso quiere que esté sufriendo así como usted? _ ¡No, que va! Eso me causa risa, aunque esta maldita pena no deja que sonría. Ni usted ni nadie, llegarán  nunca a sufrir como yo. _ ¿Y cómo sabe usted eso? _ Porque me he robado toda la pena del universo. ¿No lo mira en mis ojos acaso? ¿No se nota señor, que este dolor se ha apoderado de mi vida para acabar con ella, pero que no lo hace aún? Sólo me hace sufrir y no termina de matarme.           Luego de aquella “transmutación, el espectador regresó a su palco. La obra continuaba imperturbable, apegada a un riguroso guion. El hombre sabía que había pecado. Por una extenuante necesidad suya y de su sagrada familia, había incurrido en un grave delito. Aunque fue un delito, él desde un principio le había denominado pecado; un grave error. Sentía que ese desliz lo había sometido a aquel sufrimiento que se prometía perpetuo. Cuando, después de andar todo el día bajo el inclemente sol extenuado de un cansancio exageradamente sentido, llegaba una pequeña morada de tablas y cartones, se entregaba a su destierro. Salía en pos de sus “compañeros de infortunio, con quienes compartía el aguardiente que lo transportaba a un estado donde dejaba de sentir. Aunque momentáneamente, dejaba de sentir aquella pena recalcitrante. Resultaba ese su día a día, su constante luchar contra sus propios recuerdos. Era el dolor máximo de un hombre, eternizado por el pecado que había cometido de brazos del hambre. Un pecado, cometido con la única intención de llevar pan para su familia. Luego de aquellas absurdas farras, llegaba al jacal. Ya en el, se sumergía en las entrañas de un eterno perdón que nunca llegaba.           Aquel caballero pagaba una penitencia. Día a día, él le pedía a sus pasos recorrer nuevamente el camino. Andar por la inmensidad de un castigo. Recibir ese castigo como venido de lo supremo, y bienvenido como lo merecido. Ansiaba el reclamo de la vida para con él, apagar la imagen del olvido que por su maldito proceder, recibió de sus seres queridos. Sabía que les había causado un hondo daño, pero sabía de igual modo, que su intención había sido garantizar un bienestar que se encontraba a punto de fenecer. Si había pecado era por ellos. Por eso consideró desmedido aquel olvido. Llegaba a su casa, después de sufrir la penitencia diaria que nunca se sentía complacida, y que se alimentaba con el día a día de su dolor. Era inmortal el dolor de un hombre. En la más completa soledad de un chamizo, tirado sobre el duro suelo, resultaba abrazado por las pesadillas que transportaban un castigo que necesitaba no ser interrumpido, por la osadía de haber cometido un grave pecado. Sentía que el abandono de su familia lo apabullaba sin clemencia alguna. Laceraba su cuerpo en el inmenso cadalso del castigo. Era su conciencia, la rigurosa albacea de su penitencia. El recorrer el camino que bordeaba los pasos de aquel pecado, era lo menos que podía ofrendar ante los ojos del cielo. Era que sus delirios le reclamaban una paga, para justificar lo que no se podía. Para no escuchar lo que llegaba en los brazos de un dolor. Para no ver a su esposa y a su hijo morir por su culpa. Sentía aquel hombre, que el abandono de los seres a quienes amaba con todas sus fuerzas, lo estaban matando a pasos agigantados. Pero la muerte no llegaba y era esa agonía lo que tanto lo torturaba y tanto daño le hacía. Se transmutaba nuevamente el espectador. Contemplaba ahora ese gran sufrimiento en primera fila, justo frente al actor, en sus propios sentimientos. _ ¿En realidad que es lo que usted siente amigo? Le espetaba el espectador a aquel hombre colmado de tanta pena. El mismo, haciendo referencia al amor que sintió desde que era un párvulo y que en ese momento lo había dejado solo, sumido en los brazos de un espeluznante olvido, le decía: _  En mi corazón siento una opresión que no puedo describir, y que no quiero sentir nunca más. El dolor me abraza muy fuerte, me aprisiona con tanta furia entre sus tentáculos poderosos. Si no me hubiese enamorado de ella como en un primer momento me lo había propuesto, no habría sufrido tanto. Pero fueron sus tiernas palabras, sus angelicales miradas, su belleza de diosa y su inolvidable dulzura; amén de esa ternura impecable, de su gran decencia; de esos cabellos amables, su boca deseosa de ser acariciada por un travieso beso que osara conquistarla; quienes decidieron que el amor se asentara en mi vida para siempre, y desde que la miré directo a sus ojos; me enamoré para siempre de ella, para eternamente amarla. Luego, ella me hizo el hombre más feliz del mundo cuando nació nuestro hijo. Nuestra felicidad era de esa manera forjada. Aún hoy en día me duele tanto su engaño, su abandono. Se llevó toda mi vida consigo al momento de su traición. Se llevó a nuestro hijo, y con él toda mi vida. Definitivamente debo aceptar que fui objeto de un engaño, cuando me imaginé caminando a su lado en las sendas de un futuro iluminado de mañanas, bañado de gotas de rocío, acicalado por los rayos deliciosos del sol del recién llegado día; sabiendo que sus miradas, sus besos, toda su ternura y su amor no eran para mí; era otro el destino, era otra su meta. Solo fui un sendero equivocado que creyó en la felicidad, en el amor. Solo fui un imbécil que creyó en ella. Es por ello que hoy lloro, aquí, en éste lugar solitario; en ésta vida que me reclama su presencia, y que me grita todas las noches a través de la angustia de una llamada que nunca llega.           Aquel hombre no sabía qué hacer, solo quería morir. Decidido, caminó buscando una salida en esa vida que sentía colmada de engaños, y de un abandono extremo. Pensó que era su final. Sintió algo extraño dentro de sí. Ese algo que se siente cuando se pierde a un gran amor, cuando se pierde a una familia; cuando ya no se tiene fe en una vida. Su respiración no quería seguir siendo. El pecho le quedaba pequeño, no podía respirar, no sabía pensar, no lograba hacerlo; no había nada en el mundo que pudiera consolarlo. Era que el amor estaba herido, el engaño lo había de ese modo asesinado. Era un dolor extraordinario el que sentía aquel hombre, una sensación que no se podía describir; pero que era capaz de acabar con una vida llena de ilusiones. Cómo descendían las lágrimas por los ojos de aquel pobre hombre, quien había creído en las palabras de una mujer que juro amarlo eternamente, a quien se entregó con entereza. Era un intenso dolor, el dolor del engaño; era ese inmenso pesar lo que dejaba esa huella demasiada cruel.   
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