QUINTO ACTO
Cuando el nonagenario espectador se hubo calmado, ya todo estaba en completo silencio. Correspondía a esa altura de la función, el momento cuando la plantilla de artistas se tomaba un breve lapso para el cambio de vestuario, mientras el personal técnico de manera rápida y contundente; hacía los cambios a que hubiere lugar en la escenografía. Poco después, la tramoya estaba montada. Se avecinaba un acto crucial, y el espectador ya lo presentía. Lo estaba aguardando. Había estado preparado para ello, indudablemente desde toda la vida. En ese momento perentorio, mientras los actores se dirigían a sus camerinos, hizo acto de presencia un joven; un mozo a quien el espectador había mirado con anterioridad. No recordaba de buenas a primeras, en qué lugar de su memoria había guardado esa imagen de un pasado reciente.
Era ese pasado, el que más trabajo le daba recordar. Le resultaba sumamente fácil, traer a colación las remembranzas de sus primeros años y de los de sus mocedades; incluso aquellos de su senectud temprana. Ese pasado se posaba instantáneamente en su memoria. Recordaba con la precisión de un reloj suizo, todos los sucesos antaño. La dificultad radicaba en lo recién acaecido. Los recuerdos de los hechos recientes, se extraviaban en los vericuetos intrincados de su memoria, no podía evitarlo. El mucamo dejaba un exquisito plato, exótico por demás, sobre una mesa de madera oscura y muy pulida, trabajada tal vez de manera artesanal por manos expertas en un pasado glorioso; posiblemente en la época victoriana. La mesa estaba cercana al palco de honor que él ocupaba. Era servido un tentempié mientras transcurría el merecido descanso.
Cuando el mozo se hubo marchado, el decadente hombre recordó fugazmente que era ese el joven, quien de manera descortés por demás; le había hecho entrega de la excelsa invitación que amablemente alguien le había enviado por correo, para su asistencia a aquella magna obra que ya estaba presenciando. La misma que le había arrancado vítores de emoción, alegría y admiración, al igual que lágrimas de dolor, terror y sufrimientos. Se levantó de aquel sillón de comodidad destacada, mientras el mismo dejaba escapar un leve chillido; un sonido apagado, dado lo ligero de aquel cuerpo. Ya llevaba mucho tiempo en esa posición, tal vez era esa la causa del agudo sonido del aquel mueble lujoso. Sintió necesidad de moverse un poco, para dejar atrás el entumecimiento que sentía en sus delgadas piernas. La rodilla afectada por la extensa artrosis, le guiñaba desde la distancia tratando de ser tomada en cuenta.
Todo eso lo hacía, aprovechando aquel momento de ocio, mientras los actores repasaban el libreto, tomaban algo; acudían de ser necesario, a los llamados de la sabia naturaleza o sencillamente, aguardaban de brazos cruzados que transcurriera el tiempo. Por su parte, él caminó unos pocos pasos, no podía caminar más que eso; se lo prohibían sus años, sus enclenques actuares y su articulación menguada. Se dirigió al elegante y suculento banquete que el mozo había dispuesto en una mesa de material supremo. Con desgano tomó algo de esas exquisiteces que alguien le hacía llegar. Tal vez era el director de la obra, especuló. No pensó siquiera, ni quiso descubrir, quién había podido tener tal deferencia para con él. Ese detalle le tenía sin cuidado. Sea quien fuere, le estaría muy agradecido. Sintió deseos de tomar agua. Recordó que no lo había hecho durante todo el día. Era esa falta de transpiración tal vez, la que no permitía que ese deseo se exteriorizara. Tomó un vaso de agua fresca, y sintió que su garganta se humedecía de manera fabulosa. La sed que ya le apremiaba, resultaba de esa manera saciada.
La casa donde habitaba estaba cerca del teatro. Quiso, aprovechando aquel receso, trasladarse a aquel lugar que lo mantenía atrapado. Quiso mirar a través de la gran ventana. Quiso también, saber qué hora marcaba el reloj de péndulo que, como un centinela, aguardaba impávido en el gran corredor de la casa grande. Cuando iba a hacer todo aquello, una música en extremo triste, llamó poderosamente su atención. El escenario se iluminó melancólicamente de manera parcial. Eran luces opacas, luces afligidas. Las luminiscencias de un momento apremiante. Los fulgores de un momento afligido. Se reprimieron los deseos del espectador. En primer lugar, aquel deseo oculto de degustar la eminente exquisitez que el mozo había dejado sobre la elegante mesa de muy bien trabajado material. Admiraba el espectador, aquella fantasía hecha realidad. En segundo lugar, del deseo de mirar a través del gran ventanal que daba hacia un exterior refinado. Aunado a ello, del hecho de querer mirar el bello reloj de péndulo que denotaba el tiempo con suprema precisión.
Tras de sí se presentaba una tenebrosa realidad. En primer lugar, ninguna exquisitez había sido dejada sobre alguna mesa de nogal pulida, finamente trabajada por las manos expertas de antaño. Se trataba sí, de un menaje obsoleto contentivo de una mísera porción de algo indeterminado. En realidad no había, ni nunca hubo tal mesa. Era sólo una tabla rústica, colocada sobre una ruma de cajas de cartón ubicadas una sobre otra. No existía tal ventanal que diese hacia lo maravilloso; era una ventana simple que daba hacia la calle. A través de la misma, sólo se denotaba una inmensa pared casi destruida por los rigurosos abrazos del tiempo, por las pedradas propiciadas por los rapazuelos siempre existentes y, evidentemente, por la intemperie. No había ningún reloj de péndulo, en el cual se pudiese denotar el tiempo. Existía sí, un exiguo reloj que llevaba muchísimo tiempo descompuesto, y cuyos brazos se habían quedado estáticos a las tres y quince, no se sabía si de la madrugada o de la tarde, de algún pasado glorioso o deprimente. Comenzaba un nuevo acto en aquella gloriosa obra de teatro, a la cual había sido invitado cortésmente el viejo Generoso.
Los actores habían renovado sus energías y se disponían a continuar sus excelsas actuaciones. Las luces eran nuevamente fulgurantes, y el fondo musical que había adornado aquella pausa, cesaba ya. Transcurría apacible el año 1966, hacía dos años que aquella pareja había vivido la tragedia del accidente del niño que ya tenía ocho. Las deudas nunca pudieron ser canceladas, a pesar del extenuante trabajo que a diario, sin descanso alguno; tanto papá como mamá llevaban a cabo con sobrado esfuerzo. El padre tuvo la negligente idea de afiliarse a un partido político venido a menos, y que tenía un aire inmenso de petulancia inservible. En esa época turbulenta, el gobierno de turno no abandonaría en ningún caso el lenguaje de la guerra, durante sus cinco años de permanencia en el poder. La ejecución de operaciones contra insurgentes, cobraba mayor nivel de sofisticación y tecnicismo durante ese quinquenio en particular, comparado a los tiempos predecesores. Eran muchos los perseguidos, más bien demasiados. Fue entonces cuando aquel trabajador honesto, padre de familia ejemplar y sacrificado ciudadano, se quedó completamente en la calle; sin un empleo meritorio que lo dignificara, además, siendo perseguido política y económicamente.
El fantasma de la decadencia comenzó a anidar en aquella familia. La madre también había sido execrada de sus labores, y relegada junto a su esposo al padecimiento completo, que los conducía sin remedio, a la imposibilidad suplir sus necesidades fundamentales. Desesperó de manera desmedida aquel hombre. Padeció esa familia los rigores del hambre, y la presencia de necesidades insatisfechas. Nunca fue tan apremiante una situación, tan agobiante una desesperanza y tan torturadora una realidad. Su familia tenía hambre, al igual que él, y nada había que pudiese aliviar el padecimiento profuso que estaban viviendo todos. Aquel padre de familia padeció horripilantes impotencias, crueles culpas, y eso sentido de manera determinante; lo conminaron a pensar en soluciones no muy convincentes. Tenía que llevar el pan para su familia y, de ser necesario, daría enteramente su vida con el fin de lograr ese propósito.
El desespero llevó a aquel hombre trabajador a buscar caminos tortuosos, a frecuentar destinos insospechados a los que no estaba acostumbrado. Vendieron lo poco que tenían, para de esa forma, obtener algo con que mitigar un hambre que se convertiría tarde o temprano, en una bestia desgarradora de esperanzas. El hambre nunca ha entendido razones, y su responsabilidad de padre iba más allá del raciocinio inclusive. El hombre, desesperado, se adentró a terrenos no explorados con anterioridad. Llegaron los falsos amigos, quienes vieron en él una presa fácil. Le hicieron una propuesta, y vaya que la consideró como la única esperanza de saciar el hambre de su familia. Existía entonces una cruel realidad y esa no era otra, que estar a un paso de la ilegalidad de unos actos.
Una tarde que se presagiaba extenuante, trajo a esa familia la fatalidad de una ausencia. Fue tomada una decisión desacertada que acercaría los pasos antes sagrados, a una hecatombe sin precedentes. No hubo tiempo para pensar detenidamente las decisiones, por lo que fue tomada la menos propicia con una venda colocada en los ojos; lo que evidentemente impidió observar lo que era necesario detallar con sapiencia. He allí, una verdadera muestra de que el hambre nunca ha entendido razones. La familia quedó desamparada de aquella figura paterna que siempre había figurado en todo lo alto, para de esa manera, ser un digno ejemplo a seguir. Entonces dejó de ser así. En ese momento, las prioridades del allende caballero honrado y amantísimo de la paz de un hogar y de una familia, era presa del desespero; de la ominosa necesidad de conservar la dignidad de sus seres amados.
_ ¿Ya estamos todos? Preguntaba un tipejo barbudo y de semblante detestable. Un aliento etílico espantoso inundaba el ambiente, cada vez que aquel sujeto largaba alguna palabra. Daba verdadero asco, repugnancia. Su jeta era un dejo insoportable de hediondez suprema, más aun, cuando era él quien fungía como cabecilla de un nefasto grupo. Por ello, había que soportar la inmensa fetidez que expelía aquel sujeto de sus belfos.
_ Si jefecito. Estamos todos. ¡Ah! Él está acá también jefe. El compa que es echado pa’ lante. Se refería de esa manera tan imprecisa, a aquel hombre que simplemente quería pan para su familia. No encontrando otra manera, se decidió a la que fuere, con tal de satisfacer la apremiante situación de su grupo familiar, el mismo que adoraba y por quien daría hasta su propia vida y hasta más allá de esos límites. Nunca imaginó ese hombre, que el paso en falso que procuró en pos de una dignidad para los suyos, le pasaría una factura imposible de ser pagada. Nunca supuso lo que le deparaba el cruel destino, después de haber saboreado las mieles de lo siempre soñado, y por lo que estaba dispuesto a luchar eternamente.
_ Bien. Si está todo como se planificó, entonces que nada más se diga. ¡Usted!, ¡sí, usted mismo! Usted se va a para la casa cuando le diga, nosotros llegaremos después. ¿Entendió? Bañaba a aquel hombre con su irrespirable hálito. Él, esquivando disimuladamente la fetidez, sólo atinó a exclamar algo que a todos les pareció una broma de mal gusto por cierto.
_ Realmente no señor. ¿Qué hay en esa casa señor? Nadie me ha dicho que es lo que se encuentra allí.
_ Ja, ja, ja… que divertidas las estupideces que dice el pendejo este. Si usted está cagado dígalo de una vez, y se va para el carajo.
_ No señor. Todo está bien. No hay ningún problema. Sellaba de ese modo su maligna participación.
Los años sesenta llevaban a las vidas apacibles de un país dominado por años de dictadura y otros de falsos actuares, de las manos de la simpleza de los deseos. Se imponía el boom de lo escuchado en aquellos conciertos capitalinos, donde las guitarras arrancaban destellos grandiosos que invitaban a los adolescentes de la época, a una revelación sin precedentes. Eran los rebeldes sin causas, quienes procuraban emular lo dicho en canciones psicodélicas, en actuaciones fantásticas de melenudos cantantes. Las sustancias malditas corrían como pólvora. Nacía, de la mano de aquel vicio maldito, una red de seres perversos que siempre habían soñado con hacer mucho dinero sin nada de esfuerzo. Era el producto que procuraba los hechizos, que transportaba a sitios insospechados. Por desgracias, con el devenir de épocas más modernas, llegarían sustancias más poderosas y con más poder adictivo. Sustancias que hacían aún más daños en aquellos cuerpos destruidos por aquellos flagelos. Productos que, de igual modo, hacían más ricos a aquellos traficantes del demonio.
Estaban en esos menesteres los integrantes de aquel grupo, al que, movido por la apremiante necesidad; se unió aquel hombre trabajador. Todo se salió de control. La inexperiencia y lo no planificado adecuadamente, emergió de esas manos inexpertas. La policía fue llamada. El poder dejó de serlo. Los responsables huyeron. Solo quedó quien no tuvo la malicia suficiente para reaccionar a tiempo. Se quedó estático un hombre que únicamente quería pan para su familia. Resultó atrapado. La justicia investigó sin averiguar debidamente. Fue juzgado de una manera indebida. Tras un juicio amañado, se tomó una funesta decisión. Treinta años de prisión por el delito de tráfico agravado de sustancias estupefacientes y psicotrópicas. Tres décadas a las que el olvido, la pobreza y el retardo procesal, le agregaron varios años más. De ese modo, un hombre íntegro se quedaba sin su vida. Envejecería grandemente en cautiverio aquel caballero venido a menos entonces.
Cometió un grave pecado aquel hombre. El espectador se sintió ofuscado cuando se tomó tan drástica decisión, contra un caballero probo, que había incurrido tontamente en un cruel error. El hombre no había medido las consecuencias. El espectador se mantenía estático en su pomposo asiento. Lloraba nuevamente, sus lágrimas eran derramadas en torrentes, eran sentidas con el rigor de quien vive esa misma pena. Era una condena exagerada, sí que lo era. La ley sustantiva establecía una menos grave; pero la violación constante de leyes y estamentos, era la que instituía todo; entonces, como el único de ese grupo que enfrentó a la justicia, comenzó a fundirse en una cárcel sombría. En prisión, vivió los tormentos de los recién llegados, los sinsabores, debido al hecho de no haber aprendido a defenderse en la vida. Las fuerzas de algunos reos le hicieron morder el polvo en muchísimas ocasiones. Era un hombre acusado de un grave delito. Él no hizo otra cosa que no fuese actuar sin saber, para obtener pan para su familia. La vida no le presentaba alguna otra alternativa. Su grave pecado fue ese. Siguió el camino equivocado quizá; pero todo lo hizo con ese firme propósito.
Aquella cárcel lúgubre, inmensa y catapultada en un lejano paraje, lo poseyó. No existían visitas, no se permitía ningún tipo de comunicación con el resto del mundo. No existían para nadie, aquellos seres sumergidos en un encierro. El hombre se quedó atrapado en ese lugar tal como se quedan, los ecos en una inmensidad. Nadie reclamó nada. Nadie defendió nada, porque sencillamente no había nadie quien lo hiciera y era esa posibilidad; arropada en una bocanada enorme de un dinero que nunca iba a existir. De nada sirvieron las invocaciones ni las explicaciones. La decisión fue tajante, ejemplarizante desde el punto de vista de un acusador sin conciencia y de un juzgador sin ética; un juez colmado de prevaricato hasta los tuétanos. Cuando se cerraron aquellos barrotes tras de sí, se firmó asimismo una condena a muerte. Solo que esa condena era consumada segundo a segundo en un cruento encierro, en una marejada de soledad; en una lluvia de crueldades venidas desde quienes le rodeaban. Fue violado constantemente, golpeado a diario; olvidado para siempre. Se quedó sembrado por una eternidad, en aquel sitio que podría decirse, era peor que el infierno. No supo nunca más de su familia. Ellos nunca más supieron de él. Nadie supo de su destino. Solo fue llevado a ese sitió sombrío, y dejado allí para que se pudriese el resto de su azarosa vida. Y era eso precisamente lo que ocurriría. Se consumiría lentamente en esas sombras eternas.
Una familia se quedaba a la deriva de la vida. Quedaba sumida en una pobreza ciclópea. Se había ido un padre ejemplarizante sin despedirse siquiera. No dijo adiós, no volvió la mirada; dejó a dos almas heridas. Se marchó presuroso sin mirar hacia atrás. Abandonó aquel hogar sagrado que lo cobijó con ternura excelsa. No dijo qué problema lo embargaba cuando decidió dejarlo todo, aunque la mujer de su vida lo sabía. El hombre dejó sumergido en el fango de un abandono detestable, a un amor que había nacido para ser eterno. La mujer se refugió en deducciones injustas. Nunca se estableció con certeza, las causas de aquella bofetada recibida. Para ella, él se hubo largado sin decir dónde. Eso tan cruel le hizo creer una madre a su niño. Ella sabía el porqué pero prefirió refugiarse en un reproche que la apartaba definitivamente de una culpa aplastante. E hombre resultaba ajeno a todo cuanto ocurría con su familia. no podía ni quería imaginar los suplicios que ellos sufrían. Su retirada impotente causó estragos, causó honda pena. Un niño preguntaba a cada instante por un padre ausente. El hijo sufría los tormentos de un hogar desintegrado. Eran sus lágrimas amargas vertidas a diario esperando un retorno que no llegaba. Se apagaron las luces del teatro. Se dejó de escuchar una música triste. No se escuchó ya nada más. Las respiraciones entrecortadas del espectador, denunciaban una pena sentida. Él pernoctaba y se aferraba a un recuerdo en el que también fue dejado solo.
A diario, sufría las inclemencias de su destierro. No era solamente estar privado de su libertad, lo cual era el reproche que la sociedad había manifestado. Su tormento era el hecho de habitar en ese lugar borrascoso. Vivir ese día a día como una enorme penitencia. Era la pestilencia de un sistema lo que se hacía sentir, eso, y el extenso suplicio de los innumerables castigos recibidos por quienes se creían superiores. Vejaciones constantes eran recibidas, acompañadas de golpes y blasfemias llegadas de manos salvajes. Violaciones del cuerpo y también del alma. El hombre aquel, miraba con detenimiento, cómo su vida era destruida por la violencia. Las drogas corrían como agua de un río bravío. Era un lugar poseído por el mal. Imperaba la ley del más agresivo, y ese no era él precisamente. Su dignidad fue violentada de manera consuetudinaria. Perdió los valores que todo ser humano nunca debe perder, y por sobretodo, lo que más daño le hacía; había perdido a su adorada familia. El espectador se sintió desprotegido, al visualizar aquella excelente actuación que a sus ojos llegaba, la cual representaba un sufrimiento perpetuo. No imaginó el anciano, que en todos sus largos años presenciaría un sufrimiento de tal magnitud. Nunca imaginó una pena tan extensa, y a un alma que la soportara. De ningún modo pensó que surgiera tanta maldad contra un ser desprotegido de esa manera.
Resultaba ser una especie de “padrote”, el aberrado esperpento que dejaba establecida una normativa demasiado cruel en esa prisión. Las miradas tendrían que ser dirigidas al piso de manera obligatoria, ante la presencia del “líder”. Nadie ripostaba una orden suya. Era el rey de la comarca, el poseedor de bienes y fortunas. Era quien se enclaustraba voluntariamente en aquella fortaleza macabra para ejercer un poder inmenso e indescriptible. Todos le obedecían. Ningún ser que se apreciara de llamarse inteligente, desobedecía ningún mandato venido desde aquel “monarca”. Y era precisamente ese engendro del demonio, quien se la tenía jurada. Cada vez que se le antojaba, ordenaba golpizas cada vez más extensas y crueles. Verdaderamente, él ya no soportaba aquella realidad espeluznante. Pensó en el suicidio como una dádiva divina; pero la esperanza casi extinta de volver a ver a su familia, de reencontrarse con una realidad, le hacía eludir aquella lóbrega sentencia.
A diario suplicaba al creador aquel hombre, que le enviara la muerte. Ya no quería seguir sufriendo de esa manera. Ya estaba al borde de un abismo. Siguió sufriendo y ese abismo tan temido, dio paso a una avalancha y era ese desplome de una vida, su realidad. Cabalgó toda una decadencia suprema. Se erigió una cadena de pesares a su alrededor. En otro lado del escenario, un gendarme procuraba una visita por demás funesta. El gendarme acudía a una humilde morada a llevar un mensaje nunca expresado. El espectador escudriñaba de manera intensa, aquel parlamento venido desde las entrañas mismas del demonio. Un recado que vomitaba toda una mala intención. Intención esta, ideada con la única y malvada finalidad de procurar un destierro eterno. Un olvido único, y un alejamiento forzado. Era aquel ser pervertido, el portador de una mala noticia que quería con su enorme poder, abrigar la más cruel de las desesperanzas. Y como tal, ese mensajero del diablo fue recibido en un hogar desvalido.
_ Buenos días. Soy trabajador del sistema penitenciario. Usted es… leía aquel hombre detestable un pequeño libro de notas en el que tenía un nombre, un número de identidad, unos retratos. Tenía apuntada una realidad que él quería de dejara de serlo, para transformarse en una falsedad. Llevaba entre sus manos, un vil engaño disfrazado de noble gesto.
_ Sí señor, ¿Qué se le ofrece?
_ Darle una muy desafortunada noticia. Se trata de una tragedia que sucedió hace ya unos meses. No se había determinado hasta ahora, la identidad de varias personas que participaron en una reyerta. Fue una tragedia, créame señora. Su esposo participó en ella y perdió la vida como varios condenados. Fue inhumado en una fosa común, porque no teníamos certeza de su familia. Puede usted proceder como lo considere conveniente. Le expreso en nombre del gobierno, mis sentidas palabras de condolencias. Decía mientras no dejaba de mirar la belleza de aquella mujer que, a pesar de estar abrazada por los tentáculos de la pobreza, no había perdido su preciosidad extrema, insuperable. Ese hombre la había visto en alguna ocasión preguntando por el esposo. A él le había gustado mucho esa mujer y quiso arrebatar un amor. Por ello el engaño, por ello el timo.
_ ¡No Dios mío, no…! Con ese desgarrador grito de dolor, aquella mujer dio por hecho, un suceso colmado de falsedades. Tras de sí, un niño de diez años apenas, se enteraba de una manera cruel; como se quedaba sin su padre. Aquel hombre de treinta y nueve años, resultaba catapultado por una mentira y una injusticia extrema. Las visitas del gendarme comenzaron a suscitarse de manera continua. En un principio, eran arropados aquellos saludos de una exagerada amistad. Se ofrecía una mano amiga, se establecía una sensibilidad inexistente. Se proponía una ayuda sincera. Ya al cabo de un año extenso, ese hombre cobarde, quien había resultado atrapado irremediablemente por una magna belleza, hubo desterrado para siempre un amor que ya se creía muerto. Ella, con el riguroso paso del tiempo, dejó de pensar en ese pasado que tan feliz la había hecho. Pensó, tras una larga cadena de engaños, que aquella muerte era una realidad. Y pensó también en el bienestar de su hijo. Se preocupó por propio bienestar. Y así, sin amor, sin querer y sin ganas; se entregó a una nueva vida, que le era ofrecida de manos de aquel hombre. Tras ese enorme engaño, quedaron para siempre aprisionados y olvidados, un hombre, un amor que se creyó eterno y una esperanza.
En aquella prisión sombría, una vida se fue apagando penosamente. El espectador contemplaba con el alma desgarrada, el sufrimiento de aquel hombre. Se identificó con él. Pensó en sí mismo. Lloró con un llanto amargo venido desde lo más íntimo de su existencia. Qué lástima, regresaban nuevas lágrimas a sus ojos. Observaba en ese acto, a un hombre acusado de un delito que había llegado de la necesidad de obtener pan para su familia. Visualizó en cada una de esas actuaciones, a un hombre urgido, quien trataba de escapar de una falsa justicia que reclamaba prisión para un hombre, que había querido solamente, darle de comer a su mujer y a su hijito. Pensó en la justa realidad de todos los seres humanos de recibir su alimento tan pronto llegan a la vida. De nada le sirvió el alegato a aquel joven, quien sintió llegar su vejez en la cárcel. Generoso contempló con un horrible nudo en su garganta, cuando salió ese pobre hombre de ese infierno. Él no tenía nada, no existía ya nada para él. Era solo el olvido quien lo recibía a las puertas del horrible sitio. Había sido olvidado su sacrificio, tal vez por desidia o por traición. Pero un hijo también se hubo perdido en un horizonte que no tenía sentido.
El anciano espectador se llevó nuevamente las envejecidas manos a un rostro, surcado por una tonelada de arrugas bien colocadas y sentidas orgullosas; pero que eran insuficientes para el dolor que en la escena contemplaba. Los ojos del anciano no esperaban contemplar tantas realidades. Parecía una vida real, pero era difícil que en solo una vida se contemplara un realismo de tal modo, que ocasionaba tanto sinsabor, tanto dolor. Pero era una realidad, observaba ese anciano, una escena donde un hombre solitario sufría por una pena. Una escena donde un dolor trataba de ser lavado por la canallada de una traición, y era dejado solo. El pobre prisionero recién llegado a la libertad, quería nuevamente llegar a prisión. Pero no era a la cárcel de la vida. Quería ese personaje, llegar a la prisión que propicia la muerte.