Iniciaba entonces, la última faceta del cuarto acto de aquella espectacular obra. En ella, un niño correteaba por un parque. Tras él, un hombre lo seguía, lo secundaba en sus andanzas divertidas. Era un niño de seis años, pronto iniciaría un recorrido por el mundo escolar. Sus amantísimos padres estaban felices. Parecía que en ese cielo de tul limpio y divino, no se dibujaría nunca una nube negra. Eran felices, muy felices. Padre e hijo hacían una dupla exquisita. Se entregaban a la diversión en la primera oportunidad que se les presentara, que era muy frecuentemente. Tras la caída de un régimen despótico, y al nacer una democracia esperada por tantos años; la vida comenzó a sonreírle a aquel hombre cuyo pasado lo había maltratado de manera irreversible. Nacido en medio de una mortal dictadura, sintió su enorme peso, su apabullante fiereza. Sintió el terror de un padre que nunca fue eso, el mismo que había sido el verdadero causante del fallecimiento de una gran mujer, de su madre; aunque él no lo sabría sino en los albores de su propia muerte. Pero de aquel terror paterno había pasado hacía mucho tiempo y como tal, tenía que ser tratado, algo retrospectivo; aunque no olvidado.
_ Papi, ¡mira como corro!
_ Si hijo mío, qué bueno.
_ Papi, ¿Porqué las mariposas vuelan?
_ Hijito, vuela porque tienen alas.
_ Ah… ¿Y por qué tienen alas?
_ Hijito, tienen alas porque vuelan. Ambos celebraban aquella broma con grandes carcajadas. Reían al unísono, gracias a lo que acababa de decir aquel hombre risueño. Esa era la actitud. Esa era una realidad propiciada por el intenso deleite.
En el palco de los invitados especiales, el mismo que ocupaba el espectador como único invitado; él se preguntaba si en el resto del teatro habría más personas. Le resultaba extraño sobremanera, que de tan embriagantes actuaciones, brillantes por demás; no se escucharan los vítores de otros asistentes, invitados especiales también. Le resultaba una extrañeza sorprendente, aun así, no le importó mucho ese pequeño gran detalle. De todas formas estaba él allí, y a todas luces era eso lo que importaba en ese momento tan crucial y decisivo de su larga vida. El espectador espetaba las aclamaciones que nacían de su admiración. Clamaba por más acción, lloraba por cada escena triste. Igualmente se deleitaba, así como en ese instante lo hacía, de la felicidad que observaba y que realmente sentía vivir; tal como sentía sufrir las agrestes escenas de unas vidas tormentosas. Pero nuevamente, sentía y escuchaba un parlamento no venido desde el escenario, donde era narrado por aquel actor de voz lírica.
Escuchaba su propio parlamento el espectador, llegado desde sus otrora vivencias, y guardado celosamente en los vericuetos de sus intricados recuerdos. Era ese parlamento, dirigido a un hijo. Era un hijo, el receptor de una alabanza sentida y soñada desde siempre, y guardada por siempre en un corazón que se negaba a morir. O era que tal vez, la muerte se resistía a llegar y hacerse realidad. Al fin y al cabo, como toda obra artística, siempre ha de existir el deleite de unas palabras tiernas dedicadas al amor. En esa parte de la escena vivida y sentida, aquel personaje principal que era el padre, clamaba a su hijo un cúmulo de sentimientos; pero ello no llegaba a los oídos del espectador. Para él, se hacían presentes sus propios recuerdos. Los actores intervenían, pero sus actuaciones no resultaban contempladas, las voces no se hacían sentir. Lo que sí resultaba percibido, eran los recuerdos del anciano. Era como si el fantasma de su pasado, trasladara a aquel presente, las palabras con las que deleitaba con su amor de padre, vertido precisamente sobre su hijo bendito.
_ Nació mi hijo, ¡qué alegría! Llegó la luz de mis días. Apareció en esta alma soñadora toda esta fantasía. Llegó él a la vida mía. Esta vida que confía a una realidad seductora. Este sentimiento enamora. Vertió la vida a mi vida el prodigio de tenerte, el milagro de quererte con el amor que no se olvida. Cuando naciste hijo mío llegó al mundo un tesoro, ese que tanto adoro. Un amor que es mi fortuna, que me hace soñar con la luna. En aquel lindo momento la vida hizo un derroche de fantasía exquisita, que se presentó a mi vista. Soy un hombre enamorado de la vida y de mis sueños. Soy un poeta ilusionado, sabiendo que eres mi dueño, y sabiendo de igual modo, que estarás siempre a mi lado. De esa manera sentía el espectador que llegaba aquel parlamento. Pero era el suyo el que se presentaba ligero, danzante y tierno; para hacerlo feliz.
La escena continuaba. Ya el niño no jugaba en el parque. El espectador no se hubo percatado del cambio de escenografía, dado a lo integrado que había estado a sus recuerdos. Era supremo el momento vivido por aquel hombre. Tenía veintinueve años cuando su niño llegó a esa vida de ensueños. En esos años, cuando una nueva era surgía en la patria, llegaba también la dicha que se vertería en la esperanza sagrada de unas vidas enamoradas. Cuando ya el niño tenía seis años, todo el panorama era distinto. Se visualizaba el progreso. Se le miraba llegar despacio, en la época en que la democracia afianzaba sus suaves pasos para hacerlos más poderosos. Y con esos pasos llegaron también las oportunidades. Mamá era enfermera y papá trabajaba en la fábrica. Cuando ella se ausentaba, él estaba presente en la vida de ese ser maravilloso. Y así transcurría el tiempo. De ese modo la vida les sonreía, eran dichosas esas existencias, dadas al disfrute del amor eterno.
Así las cosas, el espectador miró que las luces se debilitaban y la música antes alegre, daba paso a una muy triste que llegaba cuando las luces se encendieron nuevamente. Daban esas luces paso a otra parte de esa última escena. El espectador pensó que ya estaba por finalizar aquella belleza suprema, que había llegado majestuosa a su vida. Pero la parte triste aún no llegaba. Se impacientó el espectador, pues las luces se encendían demasiado parsimoniosas y no percibía claramente lo que llegaba tenue a su vista. Sintió deseos de miccionar. Tomó el recipiente que estaba cerca de sí, y esa vez pudo hacerlo. Un pequeño murciélago voló al ras de su cabeza. Él lo sintió, y con un esquivo oportuno, evitó el roce que de seguro lo mortificaría extensamente. Dado aquel brusco movimiento, el reguero de sus consecuencias fue inoportuno. Se sintió terrible, sintió que ya no servía para nada.
Al reponerse de aquel desliz que lo abochornó en extremo, se sentó nuevamente en aquel bello sillón de terciopelo rojo. Cuando miró al plató, ya se había instalado una nueva visión de la obra bendita. Un hombre estaba llorando frente a un hospital. Enteramente a su vista, estaba bien trabajado por el personal de utilería, un espacio donde varias personas se prestaban a ser atendidos, formando una hilera extensa. Existía un letrero en el que se leía el nombre del nosocomio: “Hospital José Gregorio Hernández”. Se visualizaba un sufrimiento mezquino, que se posaba en un hombre que nunca pensó que un dolor fuese tan grande, y un miedo tan prepotente; después de él mismo haber padecido intensamente de niño. Luego de haber vivido en carne propia, los rigores de un sufrimiento venido de su propio padre, y propiciado con gruesas cadenas en sus tobillos. Recordaba ese hombre a diario, todos esos horribles momentos vividos en su infancia. Pero nunca se podría comparar ese dolor y ese miedo, con lo que sentía en ese momento, cuando su pequeño hijo estaba gravemente lesionado. Preferiría ser él quien padeciera, quien sufriera grandemente, y sentir en cuerpo y alma todo lo necesario; para que su niño se mantuviera lejos de esos agrestes abrazos.
Era una nación aun arropada en una especie de atraso inclemente. La población rural no terminaba de desligarse de la monotonía del conformismo. La diferenciación social hacía mella en aquello que no tuviese en la capital. El llamado “interior” o “provincia”, hacía eco en las dificultades. De esa manera, las personas de escasos recursos, como lo eran la mayoría; se enfrentaban cada día con lo tosco de una manera de vivir. Fogones a leña, lámparas de kerosene en lugar de electricidad, deflagración de la basura en lugar que una recolección adecuada de residuos sólidos; letrinas hediondas en vez que una ajustada disposición de aguas servidas, aguas estancadas en lugar de recibir el preciado líquido por tuberías. En fin, todo era rudimentario y así era aceptado, así todos estaban acostumbrados. Era un conformismo adquirido a modo consuetudinario. Las personas se acostumbran a lo que sea necesario, para de esa manera poder sobrevivir. No había excepciones nunca. La resignación mata de manera tajante y cruel, cualquier aspiración. En ese momento de incertidumbre maldita, llegaba aquel macabro momento donde necesario era, la llegada del modernismo; y con él, la ciencia y la tecnología que resulta vital, para suavizar los caminos y aligerar las cargas.
En esas andanzas ya acostumbradas, había sido dejado ardiente un fogón que se situaba lejos de cualquier presencia. Se ubicaba de manera irresponsable a la buena de Dios, donde nada prudente lo apartaba de cualquier niño y sus travesuras. Y he allí que llegó la desgracia a sus vidas. El niño jugaba distraído, como siempre solía suceder. Entonces acaeció la lamentable tragedia. Aconteció, por desgracia, que las brasas ardientes cubrieron un cuerpo casi por completo. Se escucharon grandes lamentos. Se escucharon llantos perpetuos. Se coló una tragedia sin parangón. Fueron quemaduras extensas que cubrieron más allá de lo imaginable, y entonces esa vida que había llegado para soñar, reír y ser feliz; entonces estaba al borde de un abismo.
_ ¡Mami, papi, me duele! Expresaba desesperado el niño, ataviado de un intenso dolor que no cedía con nada. Expresaba con su triste llanto su tormento. Gritaba y lloraba al mismo tiempo. Era su dolor llorado. El fuego quemó su vida. Era un inmenso dolor, su piel se adormecía. Su piel era desguazada por la terrible textura de lo candente, de lo hiriente. Un divertido juego se tornó en tragedia. El muchachito corría travieso en un juego en solitario. Era un juego de rutina que hacía casi a diario. Pero estaba el diablo presente, y la tentación colocada. El niño no advirtió el peligro inminente, no pudo hacerlo en realidad, puesto que como una trampa; esas lumbres eran disimuladas con unas cenizas apagadas. Era aquel fuego que se alimentaban con el oxigeno del aire, y se hacían cada vez más valeroso. No advirtió la desgracia, y en ese momento sufría de manera extraordinaria, mientras su vida corría grave peligro. El terrible desequilibrio de electrolitos podía hacer mella en cualquier momento.
_ ¡Mami, papi, me duele!
_ ¡Ya mi niño lindo! Decía la madre ataviada completamente de desespero. Ya era inyectado un analgésico con el que se pretendía regresar la calma a través de un poco de alivio; pero era algo más que difícil, puesto que se trataba de una época de pocos adelantos y la farmacopea existente en esos lares, era muy arcaica. El dolor se demoró una eternidad en aliviar, y realmente se trató de un alivio minúsculo. Los líquidos exudaban y salían por aquellas horrendas vesículas, que se crecían a cada instante. Eran administrados un torrente de elementos, que procuraban remediar el desastre que pretendía dejar aquella aparatosa tragedia. El personal sanitario hacía titánicos esfuerzos para tratar de contener esa desventura; pero todo estaba lejos de sus manos. El niño se agravaba a medida que pasaban las horas. El pobre muchachito no dejaba de quejarse de manera contundente. Lo administrado con la finalidad de calmar su dolor no daba resultado. Apenas aliviaba por momentos. Ya todos perdían las esperanzas de que su recuperación fuese un éxito.
_ Doctor, dígame cómo está el niño. Dígame la verdad por favor.
_ Señora me da mucha pena decirlo; pero el muchachito está demasiado grave. Estamos haciendo lo posible y hasta más, para tratar de ayudarle, pero sufrió quemaduras muy extensas. Está muy mal señora. Prepárense para lo peor.
Dicho esto, la madre en su desespero, actuó de una manera poco proba. En su desesperación intentó agredir al facultativo. No estaba en sus cabales, y así lo entendió el médico. Más, hubo que acudir a la fuerza pública para calmar el ánimo exasperado de la dama. Luego de ello, la emprendió de una manera excesivamente brutal por demás, contra su marido a quien culpaba de la desgracia vivida, y por la cual su hijo adorado padecía de tal manera. El padre sufría en demasía, y no reaccionaba ante nada. Siquiera se daba cuenta de lo que le gritaba su esposa, ni sentía la lluvia de golpes que ésta le asestaba. Parecía ajeno a todo cuanto le rodeaba. En sus pensamientos, imploraba de una forma desesperada al creador, el éxito de la ciencia médica. Que obrara un milagro oportuno en pro del niño. El padre atormentado, expresaba para sus adentros, que su hijo estaría bien dentro de poco. Así se lograba dar algo de ánimo, que era lo que más necesitaba en ese momento. Al cabo de varios minutos la mujer pudo controlarse, y se apegó a sus rezos tal como el marido lo hacía. Pasaban lentas las horas, y la incertidumbre reinaba en esos padres ataviados en extremo, de una descomunal angustia.
No se apartaban de la puerta que daba a la Unidad de Emergencias, esperando que alguien saliera a dar alguna noticia. Todo era silencio, y esto hacía más denso el aire que allí se respiraba. El afligido padre caminaba en todas direcciones, como un felino enjaulado. La madre nuevamente rompía el silencio y lloraba, siendo inmediatamente mirada por todos. El padre, absorto en sus pensamientos y en sus oraciones, se aterraba al escuchar los alaridos de su mujer, pensando que de algo nefasto se había enterado. Cerraba los ojos, y esperaba que le comunicaran una funesta noticia, lo que afortunadamente no ocurría; sólo era el estado de ánimo exaltado de una madre desesperada, que no podía contener más el llanto.
Se escuchaban sirenas a cada momento. En uno de esos tantos episodios, un grupo de enfermeras y médicos, tras una camilla que era empujada de manera desesperada por un señor de extensa calva y de muy baja estatura, manipulaban a una mujer cubierta completamente de sangre; conduciéndola a la sala de emergencias. Momentos después, se escucharon muchos gritos, los llantos lo cubrieron todo. La mujer había muerto mientras se iniciaban las curaciones apenas, víctima de profusas hemorragias internas. Luego se supo que fue la única víctima mortal de un aparatoso accidente de tránsito. Ese era el continuo movimiento del servicio de emergencias del centro asistencial, el único de aquel poblado campesino. Y precisamente en ese sitio, en cuya sala de espera ellos aguardaban, se encontraba del área de choque. Era en ese preciso lugar, donde ingresaban los pacientes constantemente. Allí se escuchaba infatigablemente una total algarabía de ruidos, voces, gritos y llantos; que hacían sentir más nerviosos a los ya pávidos parientes de los pacientes, quienes recibían la atención intensiva. Entre los que se contaban ellos, los desesperados padres, que esperaban un verdadero milagro.
Un individuo alto, de ojos claros y abundante cabellera negra, abrió las puertas plegables de la sala de emergencias y buscó inútilmente con la mirada; a quien en realidad no conocía, tratando de que ese alguien acudiera a él, como en efecto ocurrió. Los padres del niño quemado se acercaron tímida, pero a la vez ágilmente. Cuando aquel señor, quien estaba ataviado de una ropa muy común en el personal sanitario, preguntó por los padres del niño quemado; ya ellos estaban a su lado. Desesperaban por que se tratara de una buena noticia. En realidad lo era. Las horas cruciales ya habían pasado, se había podido contener una avalancha de sustancias primordiales, tales como electrolitos, proteínas; y todo aquel universo de elementos vitales que amenazaban con abandonar a un pequeño organismo, para de ese modo devastarlo. Se pudo evitar lo peor. Pero un problema grave era urgido de grandes y oportunas soluciones, y allí no garantizaban los pasos subsiguientes. Era difícil continuar en un camino, en aquel sitio rural por excelencia. Necesario era, un traslado a otro centro asistencial que contara con más equipamientos y adelantos. No se presentaban frecuentemente por fortuna, ese tipo de situaciones en la región; por lo que lo único que pudieron hacer fue lo básico, lo urgente. Lejos estaba esa ápoca, de las modernas unidades de caumatología con las que cuentan los grandes hospitales en el presente. Así se les hizo saber a aquellos atribulados padres. Ellos lo entendieron.
En el sitio sombrío de un hospital, ese en cuyo seno se encontraba el niño gravemente afectado, un médico dedicado; hacía un supremo esfuerzo tratando de lograr que se acercara la sanación. El mismo, en sus pensamientos reflexionaba a manera de inspiración. Aquellos pensamientos llegaban nítidos a los sentidos del anciano espectador. O era acaso el espectador quien los contenía en su corazón y en su alma, y así, de manera portentosa por demás, los escuchaba expelidos de otra boca. De la boca de un eximio artista de las tablas. Los mismos eran:
_ Me mira con inocencia, con la negada paciencia, con la ingenuidad en su rostro. Es una mirada sombría la que llega a la vista mía. Es un niño, está enfermo. Está su salud ausente. Su alma desconsolada ya se aferra de la nada. Me aferro yo a mi gesto, confío en mi esperanza y a Diosito con cariño le ruego fervientemente, que me ilumine la mente para salvar a éste niño. El niño llora en la aurora, vierte su llanto sagrado y me coloco a su lado. Estoy junto a él a toda hora. Le examino sus pupilas, sufro tanto que dejo crecer mi llanto. No existe nada más que mi alma anhele, que curar su sufrimiento, porque yo sé que eso duele; porque yo también lo siento. El niño quiere superar la jornada. Lo desea como a nada. Mis manos su sed mitiga retirando la fatiga. Quiero revertir el daño de aquel fuego inclemente que quiso tal vez verlo muerto. Deseo mirarlo en los brazos de la madre de su encanto, quien apaciguando su llanto lo envuelve en su terso manto. Quiero Dios de los cielos que ilumines mis senderos, que en mi carrera bendita mire las ilusiones; que sean ellas mis pasiones, que salvar vidas yo pueda. Para ello dedico el resto de ésta vida que me queda.
Quiero decirlo ahora, por un niño enfermo lo dedico todo. Me quito mi bata, me rasgo el pecho para que sienta, a mi corazón que lo adora. Es un niño el que está enfermo. Es un niño quien padece. Es tan menudo y bonito, es suave y es exquisito. Con su mirada me regala su ternura, y es eso toda mi ventura. Su sonrisa silenciosa me dice cosas hermosas. Me enseña su querer como pétalos de rosas. Pero escucho su llanto, pero siento tan cerca a su salud temblorosa. Es la tragedia quien se empeña en destrozar su mundo en mil pedazos, alejándolo de los abrazos. Envolviéndole su cuerpo con sus traidores besos. Es que la deshidratación quiere surgir de la traición. El desequilibrio de su alma que es más grande que un mundo, le conducirá a un sueño profundo y no puedo soportarlo; por eso estoy aquí para evitarlo.
Es un niño. Es un pequeño adorable. Es un ser tan inocente, que lo quiero como a nadie. Deseo su alegría en brazos de la armonía. Quiero que su felicidad se convierta en la dicha mía. Quiero que su sonrisa seductora sea la que me enamore. Quiero escuchar su canto en vez que ese horrible llanto. ¡Señor bondadoso y bueno!, su piel está ardiente, la fiebre lo envuelve todo. No permitas que de ese modo su dolor sea creciente. Haz que mis manos lo salven. ¡Dios todopoderoso, mira en mí a ese ser que le brinda mil amores! Que le cubre con todas las flores, le brinde mis embelesos y le cubra su menudito cuerpo de besos. Yo lo hidrato y lo acaricio con mi ternura de padre. Yo lo sano y lo adoro, y sé que en mi camino ya se encuentra su destino. Su sonrisa bendecida ya es parte de mi vida y su salud, que se empecina en estar ausente, siento que pronto estará presente.
Es mi deseo el que llora. Es el recuerdo de mi infancia. Es el recuerdo de mi hijo cundo era niño. A él lo adoro tanto, que percibo que mi vida será poca para dedicarla a amarlo. Siento pues mucha fe, la percibo en la distancia. Le regresa la alegría a esta la vida mía. El niño está a salvo. La tragedia malvada ya se perdió en la nada. La deshidratación creciente se marchó en un instante, como el recio caminante que se queja y estremece; pero que después desaparece. Gracias Dios de mi vida. Gracias Dios de la gloria, que la bendición viertes y no el oscuro manto de la muerte. Gracias por esa fortuna, pues me has regalado una. Gracias Dios bendito por obrar el milagro. La calma oportunamente ha llegado a mi alma; porque Dios con su gran cariño, le ha devuelto la vida a un niño. En la sala de espera, un padre desesperado trata, en vano, de hacerse ver valeroso, calmado. A sabiendas de que nunca logrará ese bendito propósito, se dirige esperanzador a su cónyuge. Ese parlamento dicho en un tono excelso por aquel histrión exitoso y de gañote de oro, saca al anciano de su meditación poética.
_ Mi amor, allá va a estar mejor, ya verás que va a estar bien. Ya escuchaste a los doctores. Dijeron que ya lo peor pasó. Solo tenemos que rezarle a diosito y a la virgencita, para que nos sigan haciendo el milagrito. Tú más que nadie sabes que Dios es muy bueno, mi vida. Decía aquel hombre extremado de angustias y pesares. Mientras tanto, una madre en extremo descontrolada, no escuchaba razones y lloraba desconsoladamente.
_ ¡Ay mi amor!, ¿por qué, por qué a él? ¡No puede ser Dios mío, no puede ser!
_ Ya cálmate mi amor. Todo va a estar bien.
_ ¡Dios mío!, ¿por qué, por qué a él?
No existe poder sobre la tierra, capaz de calmar el dolor y el sufrimiento de una madre. Ella miraba a su bebé dormido, inconsciente, atrapado entre los somnolientos abrazos de un medicamento que lo secuestraba por momentos; de la textura macabra del dolor. Los analgésicos existentes en aquel nosocomio, no bastaron para mitigar el extremo sufrimiento que las quemaduras producían con saña malvada. Hubo que acudir a la sedación con un producto farmacológico, adquirido oportunamente por una mano sagrada, que prefirió quedarse en el anonimato bendito. Dios de seguro, le otorgará larga vida fecunda y colmada de bendiciones, a aquel ser que sin holgorios, vertió de lo mucho o poco; un aliciente para apaciguar aquella tragedia.
De esa manera era ese dolor intenso, aislado a un sistema nervioso que era ajeno a lo extremo de un sufrimiento. Se produjo un traslado presuroso. Era llevado el muchachito, aún en graves condiciones, hacia la capital del Estado y tal vez desde allí seguramente, tendría que ser transferido hasta otro sitio poseedor de un centro asistencial mejor evolucionado, más aventajado con la poca tecnología existente para la época. Fue un largo camino el que tuvieron que recorrer hasta llegar a su destino. De hecho, así fue. Recorrieron lastimosamente varios caminos. En todos, la respuesta era similar. “Aquí no tenemos los recursos para atenderlo debidamente. Está muy mal y necesita un milagro” Una ambulancia rudimentaria que alcanzaba poca velocidad, fue el escenario de su llegada a la capital de la República.
Aquellos padres desesperados, querían en aquel trayecto extenso, salir de ese vehículo macilento que se negaba a comerse un camino, y correr ellos con su bebé en brazos; con la sólida intención de llegar rápido a su destino. En la unidad letárgica aquella, se procedió a instaurar una terapia rigurosa con la que pretendían tratar y lograr los mejores resultados posibles. Un enfermero bondadoso, enamorado desde el primer instante de su arte, filantrópico y padre; se ofreció de manera voluntaria a acompañar al paciente. Durante el trayecto, evitó una tragedia mayor. Resultó que en un movimiento desesperado e involuntario del niño, una aguja se salió de su sitio. Faltaban muchos kilómetros que recorrer, demasiados. Sin obtener líquidos intravenosos, de seguro se hubiese producido un fatal desenlace.
Sin embargo, ese caballero, desprendido desde siempre, aun con los movimientos agresivos que resultaban de un motor vencido, se dispuso, como en efecto sucedió; a ubicar otra aguja en un sitial oportuno. Continuó el niño un camino hacia la vida. Dios existe, a cada instante nos lo recuerda. Finalmente, luego de demasiadas horas de riguroso camino, llegaron a la capital de la República. Luego de aquella llegada excesivamente accidentada, fue recibido el muchachito en el Hospital Universitario. Único centro denominado de esa manera, por ser dependencia de la única Universidad del país. En ese sitio ataviado de modernismo, establecieron lo prudente. Fue atendido como lo requería. Le brindaron unos cuidados oportunos. Todo el personal sanitario, especializado en urgencias como la que presentaba el niño, se abocó de manera diligente a rescatar de las garras de la muerte a un paciente, que de no haber sido por aquella sabia decisión, sin lugar a dudas; hubiese fallecido.
En dos semanas de intenso ajetreo, de pesares y de fe; se logró una recuperación satisfactoria. La tormenta había pasado. Los padecimientos que la pareja sufrió en aquel sitio distante y desconocido, no mellaron en nada. Pasaron hambre, sed y demasiados tormentos. Unos bellacos desalmados les quitaron lo poco que habían llevado para subsistir. Pero nunca faltaron manos generosas que les convidaran a una mesa. Se aseaban en fuentes públicas, de madrugada, lejos de las miradas escrutadoras que de seguro existían. Lo que fuese que tenía que pasar pasó. Ellos lo vivieron sin quejarse. El resto del trabajo se tenía que hacer en la localidad provinciana desde donde había sido referido. Y vaya que lo harían. Los médicos rurales sentían como un tremendo éxito sus actuaciones en ese momento tan aciago. No era para menos. Ya el acto sombrío había llegado a su final. Se apagaron las luces y se dejó colar un profundo silencio. El espectador inmóvil y afectado sobremanera, no se percató del finiquito de aquel acto que lo había tocado fuertemente. Ese acto que dolía en demasía. El espectador no pudo mirar el cierre del telón, ya que sus lágrimas no se lo permitieron.