_ No, quiero decir, si. Bueno, eh, hace unos meses que llegué a vivir en casa de un pariente. Llegué junto a mis hermanos.
_ Si. Ya lo he notado. Te he visto caminar por estos parajes, y he notado que te gusta contemplar la naturaleza. Es extraño, a los demás chicos de por estos lados nunca se les ve caminar despacio mirándolo todo. Ellos siempre hacen lo de siempre.
_ Tal vez parezca extraño, pero he vivido muchas decadencias y he sufrido bastante. Ello me ha permitido palpar de manera suprema a la libertad, a la belleza de todo cuanto nos rodea. No he querido perderme un instante, de la belleza que la vida nos regala a cada segundo. No quiero dejar de palpar el gran poder de Dios por nada del mundo.
_ Caramba, me confunde un poco tu parlamento. Dicho esto, se dejó sentir un silencio que propició la llegada de una mirada, la misma que se inmortalizó y perpetuó también. Fue ese un momento que no necesitó palabras.
_ ¿Cómo te llamas? Se dijeron al unísono. Ambos expusieron quedamente sus nombres, como modulando de manera suprema cada una de esas palabras al emitirlas. Quedaron prendidos para siempre en ese mágico instante. A pesar de sus edades, ese momento no formó parte de ningún juego, ni de ninguna travesura fuera de sitio. Ese instante fue verdaderamente sentido con dulzura. Sus corazones comenzaron, desde ese momento, a sentirse colmados de una sensación que se acrecentaba cada vez que se miraban. Había anidado el amor en sus espíritus. Estaban tomados de las manos. Se miraban a los ojos, y en ellos, cada cual miraba algo bello, algo indescriptible con meras palabras; algo que gritaba a los cuatro vientos, que la magia de eso tan puro y celestial llamado amor, era sentido; era denotado, era percibido como una bendición de Dios. En ese momento, algo estremeció al universo, y ese algo indudablemente, era la fuerza que conduce lo inesperado hacia lo inmensurable. El amor tocó a sus puertas. Ellos sintieron una fuerza que jamás podrían describir. El sonido del amor quería dejarse escuchar, sus pasos querían iniciar un camino, y su dulzura quería sentir el sabor del amor.
Las luces se fueron apagando lentamente, y la música redujo su tonalidad a la par de ello, hasta dejar de escucharse por completo. Cuando todo quedó nuevamente a obscuras, renació la belleza de una luz extensa y de tonos celestiales. Luego, se escuchó un fondo musical delicioso. Estaban en lugar de los chicuelos aquellos, dos jóvenes elegantemente vestidos y atrapados en un mar de emociones por el momento vivido. Eran los enamorados que se proponían exaltar una promesa. Y llegaban a esa exaltación precisamente en el sitio donde por vez primera llevó a cabo, aquella plática que inmortalizó un momento. Anidaron las reminiscencias en aquel joven elegante. El mismo recordó aquel bello día cuando, regresado de un largo viaje, la miró ya hecha una bella mujer. Rememoró la tarde cuando descubrió lo inimaginable, lo que siempre soñó y nunca creyó que existiese.
Sus remembranzas resultaban oportunas y fascinantes; hacían renacer el inicio de una ilusión que se dibujaba perpetua. Era ya casi de noche, cuando aquel joven agraciado se asomó a la ventana que daba a la calle, y sin tiempo a pensar, miró a la mujer más bella del mundo. Aquel ser maravilloso poseía un cuerpo perfecto, que parecía sacado de algún cuento de fantasía divina. Era casi irreal, a no ser porque estaba allí, presa fácil de su glotona mirada. Ella, de espaldas a él, conversaba plácidamente con alguien que desde su ubicación no se lograba distinguir; pero por las voces que llegaban, dedujo se trataba de otra dama. Estaba de pié, y su vestimenta consistía en una falda hermosa, una blusa sencilla y unas babuchas de pana que le entretenían los pies. Bajo aquel manto, el precioso cuerpo era contenido pero no ocultado, y su hermosura no tenía igual.
Él acarició con su mirada a aquella doncella primorosa, a la belleza que se movía con gracia, haciendo unos ademanes transfundidos de coquetería; mientras emitía una suave voz que llegaba presurosa a sus oídos. Cuando el perfecto cuerpo de aquella señorita se ubicó de frente, lo que observaba lo dejó sin respiración, lo transportó a un mundo irreal; le hizo ver a la belleza extrema representada en aquel ser angelical, quien le robó la ternura a un lucero y la inspiración a la luna. Cómo era linda aquella mujer que él miró aquel día, y que ya había dejado de ser una jovencita traviesa. Ese mágico momento propició el deseo de mirarla por siempre. Ella, sin proponérselo, descubrió a su vez a un joven que, asomado a una ventana, respiraba el aire de la recién llegada noche, y contemplándolo decidida; sintió un leve agrado por él. Le miró largamente, y sin ocultar lo sentido, dejó que su mirada se posesionara del rostro candoroso de aquel hombre que le inquietó, pero a quien dejó de mirar bruscamente para refugiarse en el interior de la casa. Fue testigo fiel, la noche de encantos que descubrió en esa mirada, a la armonía del amor que nace, al renacer de la esperanza; a la maravilla de sentirse vivo. En ese instante, y regresando a una realidad, se dejaba escuchar un bello diálogo.
_ Quiero que seas mi novia. Todos estos años he sentido algo que en un principio me inquietó, y que con el paso del tiempo, se transformó en un maravilloso sentimiento. No cabe duda de que es amor, esto tan bello que siento por ti. No puedo ni quiero dejar de pensarte. No quiero vivir ya un solo instante lejos de tus miradas y de tu encanto.
_ Quiero serlo. Quiero al igual que tú, sentirse cerca de mí en todo momento.
_ Admiro tu caminar, tu dulzura y tu encanto. Admiro el cabello que danza goloso y retoza sobre tus hombros blancos. Admiro el brillo triunfante de tus ojos preciosos. Admiro también tu boca que es embrujo soñador, y admiro asimismo, tus labios de donde quiero que emerjan deseosas y soñadas, las bellas y también deseadas palabras cubiertas todas de amor.
_ ¿Sí? Te expresas como los poetas. ¿Sientes eso? A mí me pasa lo mismo. Escucho estas palabras encantadoras, y entonces admiro a un hombre galante y amoroso. No puedo dejar de admirar esa dulzura que demuestras en tus miradas, y que expresas con tus bellas palabras. En cada una de ellas puedo percibir, que sientes un mundo de ilusiones y de mágicos encantos.
_ Me encanta todo esos que dices de mí. Admiro tu sinceridad, tu manera de ser tan dócil, frágil y tierna. La forma de hacerme sentir en extremo afortunado. Admiro que seas tan bella y elegante.
_ Tus palabras enaltecen mis sentidos. Percibo un espíritu incomparable, un corazón majestuoso del que solo pueden surgir sentimientos nobles. Por ello admiro por sobre todas las cosas, tu alma íntegra, a la que admiraré por toda la eternidad.
Con aquellas palabras primorosas, armoniosamente expresadas y dulcemente escuchadas, se daba inicio a una pléyade de momentos que se dirigían a la inmortalización del amor sentido. Eran aquellas prosas, recitadas perfectamente por aquellos actores de primera. Sus miradas sellaron un pacto. Un tierno primer beso de amor se hizo sentir, y el deseo instintivo de protegerse el uno al otro, nació de inmediato. La ternura lo cubrió todo con sus suaves y delicados mantos. La belleza que irradiaba ese momento era espectacular, digna de la entrega artística que proyectaban aquellos histriones, quienes en ese crucial papel entregaban todo su arte. El anciano espectador estaba impávido, embargado de dulzura, emocionado. Sentía su corazón desbocarse, al concebir tanto amor ante sus ojos.
_ ¿Quieres casarte conmigo? Fue la pregunta que hizo eco en el escenario, y que se escuchó hasta en el más remoto de los rincones.
_ ¡Si, si me quiero casar contigo! Un silencio intenso se hizo sentir luego de ello. Sus miradas eran una. Sus manos asidas, se acariciaban despacio y nuevamente surgió un beso extenso, que brindó consuelos y exaltó la magia eterna del amor. El espectador era feliz al observar el encanto del amor puro. Su propio corazón palpitaba al ritmo de los de ellos. El parlamento amoroso de promesas, de pedimentos y todo aquello que expresaba el amor sentido, era magistralmente referido por aquellos actores principales; quienes a pesar de su juventud, poseían un prontuario artístico insuperable. Era un diálogo exquisito, un parlamento sencillo, pero contentivo de bellas palabras que expresaban la grandeza. Sólo la imaginación del espectador, trasladada a sus años de mocedades, lo escuchaba poético, lo percibía embadurnado de rimas y de recursos literarios finamente pincelados por el amor; el mismo amor que en su juventud, con esas mismas palabras que escuchaba en sus sentidos; había utilizado con la única mujer que había amado, y que aún, en ese marchito destierro, amaba. De inmediato el escenario se cubrió de un inmenso color dorado, y de una música muy particular. Surgió entonces un sitio mágico ante sus ojos llorosos. Era una boda grandiosa, una ceremonia que pasaría definitivamente a ocupar un sitial de honor en unos recuerdos. Era un matrimonio que colmaba a un amor bonito. Se presentaba ahora, en medio de un fastuoso escenario cubierto de mil flores y de varios invitados, aquella celebridad que sellaría definitivamente; a un amor que nació para la eternidad.
Luego de aquel hermoso acto, ese amor se transformó en una diadema que brillaba con luz propia. Ya en un paraje solitario, rumbo a la casa de sus ensueños; se detuvieron frente a una laguna hermosa y se extasiaron con sus promesas y sus halagos amorosos. El espectador percibía unas palabras que se trasformaban en su mente, en aquellas que él profería en su lejana juventud, a la mujer amada; a Jacinta, su flamante esposa. Imaginaba que era él quien regresaba de su pasado para expresarle la suerte de tener su amor.
_ Bendita suerte la que me acompaña. Bendita la suerte de mi día a día. Suerte delicada y deliciosa, al reflejarme en tus ojos cada mañana, y al saber que disfrutaré de tu perfecta compañía. Bendita suerte la que me acompaña. Suerte de mi presente y mi futuro. Bendita mi suerte, te lo expreso orgulloso. Suerte pulcra que me engalana, y que me hace sentir siempre tuyo.
_ Bendita suerte la que me acompaña. Suerte que a mi vida hace volar. La suerte que tengo es una riqueza, la que me hará escuchar las campanas y a mi vida por siempre adorar. Bendita suerte la que me acompaña. Suerte llena de mil fascinaciones. Suerte que surge de una linda fuente. Suerte bendita, solemne y soberana, que llena mi vida de las bendiciones. Contestaba ella llena de frenesí. Necesitaban expresarse todo ese gran amor que sentían.
_ ¿Sabes? Yo nací para amarte, de eso estoy más que seguro. Desde siempre te he amado, para siempre he de adorarte, eso por siempre te lo juro.
_ Mi vida es sólo amor para ti. Ella está extasiada de eso. Mi misión en la vida es amarte, antes de nacer así lo sentí.
_ Te amé antes de mi existencia. Te adoré antes de haber nacido. Mi llegada al mundo fue para eso. Por eso siempre anhelo tu presencia, y ver a nuestro amor engrandecido.
_ Te amé ayer, te amo hoy, eres mi felicidad. Te amé, te amo, eres mi gran tesoro. Un tesoro que mi corazón resguarda. Te amo porque eres mi deidad. Te amo solo porque te adoro.
El espectador era muy feliz escuchando aquel parlamento que brotaba solamente para él de un imaginario libreto. Sus lágrimas caían y empapaban nuevamente su rostro. Escuchaba extasiado, miraba hermoso. Era sólo para él aquel parlamento. Los actores se empeñaban en hacer un trabajo admirable, pero sus textos se perdían en el aire de aquel escenario, de aquellas grandiosas tablas. Lo que llegaba al espectador eran sus recuerdos; los recuerdos de un ayer grandioso, los recuerdos que retornaban para revivir aquel ayer que creía muerto. Eran pues, los recuerdos de un gran amor.
_ Bendito amor que a mi vida ha llegado. Bendito sentimiento que colma la vida mía. Mi vida pletórica está de tu sentimiento, sentimiento mágico que a mi ser ha colmado y que hace que adore cada uno de mis días. Amor venerable, amor noble, amor glorioso. Bendito amor que a toda mi vida viertes. Bendito amor del que estaré muy orgulloso. Bendito amor que toda mi alma siente.
_ Bendito amor del que estoy tan orgullosa. Ruego por ti cada día, en las noches y en las madrugadas. Le pido a nuestro Dios que lo cubra con su gloria, y que de un gran futuro permanezca colmado, y sea por siempre este perfecto cuento de hadas. Amor bendito, amor sedoso, amor de emociones. Bendito y tierno amor que a diario me hace cantar. Eres ese don que la vida espléndida nos ha otorgado, para engrandecer por siempre nuestros corazones, y por siempre lo que sentimos querernos demostrar.
_ Quisiera ver rayar el alba, y sentir muy de cerca el paso de tu bello cuerpo caminar por sobre el frío suelo, que bajo tu dominio se encarga de dar caricias a tus lindos y tibios pies desnudos, que también lo acarician.
_ Quisiera mirar el sol cuando asoma, y sentir sus primeros rayos cuando acarician tu tez que también es vista, y acariciada por ésta mirada que es tuya. Quisiera sentir el cantar de las aves que saludan ya al día, y también sentir cuando tú escuches esos cantares. Que también te deleites con mis palabras de amor, cuando deseosas de tocar tus oídos, lleguen cándidamente a ti.
_ Quisiera que la brisa matutina acaricie tu bella y armoniosa figura, así como el deseo puro de que el día naciente se encargue de que tus pies toquen, lo que la vida te obsequia en sus caminos, que son caminos de gloria y felicidad. Así como lo eres tú, la gloria y la felicidad plena.
_ Quisiera que, cuando lleguen así como ahora, todos los días; le des la bienvenida con esa forma tan tuya de entregar, toda la pureza de tu vida en una entrega plena.
_ Eres la máxima expresión de belleza que ojos humanos han percibido, y que quisieran tener siempre cerca. Eres una gema encantadora que seduce, un encanto que al decir “buenos días”, transforma mi vida en la odisea soñada, en el aura amada, y en el cerúleo espacio. Cuando de mañana asomo a la vida, quiero verte. Quiero que mis ojos te miren, que mis oídos palpen tu presencia, sentir tu aroma que recuerda los rosales, donde también la gala de colores perfuman la estancia. Que mis manos toquen muy lentamente toda tu piel. Sentir que estas allí, tan cerca de mí, y poder expresar una vez más: “Buenos días, lindo día, has llegado con una luz que puebla todo el espacio”.
_ Quisiera dar los primeros pasos del día a tu lado, y caminar mi camino junto a ti, para de ese modo caminar feliz al lado de la felicidad, al lado de un amor tan puro. Cabalgar la vida, subir a la cima de un cielo limpio, como lo hace el águila risueña, cuyo vuelo perfecto dibuja una línea capaz de procurar exigir algo más que la perfección; la perfección que significas tú, cuando miro tus ojos y siento ese cielo perfecto, ese color tan puro, esa tu mirada mía.
_ Quisiera que llegue la noche, y que aun estés allí, junto a mí, para decirle a la vida, lo bello que ha sido el día. Y cuando el sol se oculte y aparezca la luna, cuando tu belleza radiante no despida nunca al sol, entonces estarán junto a mí; la luna y el sol juntos, en un momento inolvidable. Porque para mí, eres como ellos, irradiando una belleza inmensurable, como lo serás por siempre.
Eran todas las deidades que ellos se decían, lo que llegaba a los oídos del anciano espectador. Las escuchaba nítidas, grandiosas, venían desde su pasado glorioso. Se escuchaba Generoso, escuchaba aquel torrente de amor que esgrimió para Jacinta, su bella esposa, el mismo día cuando contrajeron matrimonio; cuando iba a surgir el encanto de una entrega. Era un preludio delicado y hermoso, apasionante y a la vez tímido. Era lo grandioso de una época que se dejaba colar por las ranuras del tiempo eterno, para llegar a sus sentidos. Eran las palabras de amor de su ayer. Eran las promesas de amor de su ayer. Era todo su ayer. Esas palabras se acercaron demasiado a su corazón, al mismo que creía marchito, al que creía insensible. Sentía el espectador, el recuerdo que le brindaba los embelesos. Sentía que llegaba con el tiempo, un pasado glorioso. Sintió esa gloria contenida en su pasado llegar intacta, para que en su presente pudiera posarse triunfante. Un presente que plácidamente conduciría a un futuro colmado de amor y de felicidad.
En esos sentires se encontraba la mente agobiada del anciano espectador, cuando el silencio y la oscuridad nuevamente lo cubrieron todo; entonces daban paso a unas luces brillantes y a una música de reyes. Estaba allí otra parte de la escena. Los mismos actores, sólo que era otra la circunstancia. En esa parte de la escena, se presentaba ante la emocionada mirada del espectador, un momento mágico. Era una mujer bella, que al lado de su complacido esposo traía a la luz de la vida, a su primer retoño. Nacía nuevamente un pequeño ser ante los ojos del noble anciano. Era como una repetición muy bien montada de la primera escena. Pero allí sí existía un padre, allí había un médico, una cuna; un alimento, una vida. En ese nacimiento existía el ingrediente básico para que se diera la vida. Existía el amor y la unión. Eso era más que suficiente, lo demás surge de ello.
En una sala de partos bien montada, con extraordinarios subterfugios propios de ese lugar sagrado, se escenificaba aquella parte de la obra teatral esperada toda la vida por Generoso; al mismo espectáculo al que había sido amablemente invitado, no supo nunca por quién. Una gota de sudor rodó por la nariz de la bella mujer, quien padecía las severidades de los dolores que preceden a un nacimiento; y fue a dar hasta donde otras anteriormente habían caído. Eran dolores que se hacían sentir prolongados, ella rezaba en su mente, una plegaria al ser supremo para que aquel sufrimiento acabara bien y pronto.
_ ¡Soporta mi amor, soporta! Decía él tratando de darle ánimo. Ella hacía cada vez más extremo el esfuerzo, mucho más. Él, presa de la consternación y con ínfimo valor producto de un nerviosismo lógico, trataba de hacerle frente a los acontecimientos, trataba de mantener la calma; no logrando éxito en su empeño. Un nuevo esfuerzo supremo, consecuencia de la usual contracción uterina, esta vez mucho más prolongado; le hizo sentir cómo la criatura le desgarraba su ser. Cerraron ambos instintivamente sus ojos, y se prepararon para escuchar lo que ya era evidente. El llanto de un niño, quien exteriorizaba la sorpresa de haber llegado a una nueva aventura; se perdía en la noche extensa. La vida, deliciosamente le daba la bienvenida. Los ojitos vivaces vacilaban constantemente, hasta adaptares a la claridad que proporcionaba la luz de las lámparas que pendían en lo alto de aquella sala hospitalaria. Un tierno niño hacía su entrada triunfal en el escenario de la vida, en la obra del destino, como personaje principal.
El espectador disfrutó de la inmensa ternura que ese espectáculo le regalaba. De pronto, un recuerdo llegó tímidamente hasta él. Era el recuerdo de un acontecimiento surgido en los albores de finales de una década, exactamente en 1958. Fue esa la fecha cuando nació Omar, su único hijo. Entonces tal como en la escena, sucedieron aquellos hechos rememorados tiernamente. La emoción lo embargaba, el tacto suave de su hijo le instaba a sentirse el hombre más feliz, más afortunado. Allí estaba la continuación de su vida, un segmento de sí que tenía vida propia, y estaba en sus manos, y lo estaría por siempre para cuidarlo y protegerlo. Cuánto necesitaba aquel niño de los cuidados y prodigios de sus padres, quienes verían colmadas sus plegarias con una sonrisa del mismo, con una mirada tierna; con un toque de sus suavísimas manos. Sabia naturaleza audaz, que concede la magnanimidad de sentirse padre, de sentir que una criatura de Dios es producto de un amor sin fronteras. Linda naturaleza que procura la felicidad de los seres, que brinda tanta alegría a alguien que sueña con ella. Sensata fortuna que se manifiesta, no sólo en las riquezas materiales, sino que ofrece un don maravilloso e inmensurable que cubre extensiones grandiosas de éxtasis divino; el amor.
Qué lindo es tener un hijo, mirar que emerge del cuerpo de su madre y tocarlo por primera vez, ser el primero que lo hace. Sentir en el corazón, un fuerte deseo de amarlo, de susurrarle quedamente un gran te quiero, del tamaño del amor sentido. Que bello se siente al presenciar sus primeros movimientos, al darle su primer beso; al decirle por vez primera: hijo. Qué lindo se siente, cuando ese chiquillo travieso y diligente llena los espacios con su presencia, con su rebullicio, con esos momentos que llegan en un instante; pero que la vida es muy poca para olvidarlos, si es que alguien quisiera hacerlo. Su emoción no menoscababa, al contrario, ascendía muy rápidamente como quien crece; como quien vive amando, queriendo al prójimo a nuestro lado; tratando y logrando inyectar felicidad a su alrededor. Como quien siente el deseo de decir un te quiero, de compartir un abrazo, una palabra de aliento; una caricia y un beso. El espectador había quedado prendido tiernamente en sus recuerdos.
En el escenario continuaba aquella obra, aquel momento del nacimiento de un niño. Que chiquillo tan gracioso, tan lindo, tan lleno de ingenuidad; tan invitador a adorarlo, a contemplarlo quedamente; a resaltar mucho más su belleza. Sus movimientos infatigables daban la impresión de que ya estaba presuroso de abandonar su refugio. Los escasos cabellos adheridos a su cráneo, eran de un intenso color n***o. Trataba ansiosamente de succionar sus dedos dominado por sus instintos, y aún más, toda su manita; instigado por el deseo del seno materno. Sus ojos completamente abiertos ya, parecían mirarlo todo. Nuevamente el llanto persistente le instaba a aplacar el hambre propia del recién nacido. No sobrepasaba los cincuenta centímetros y alrededor de tres kilogramos era su peso.
Un precioso color rosado cubría todo su cuerpo, pronosticando su gama, su herencia, sus raíces. Momentáneamente, el olvido abrazaba los momentos vividos y hacía de esa entrega lo único existente. Qué niño tan lindo ¿Quién no abraza a la vida sintiendo que ese pequeño ser llenará todas las perspectivas? Eran ambos padres, seres ricos ya en sentimientos. Eran desde ese instante dichosos por tener un hijo. Allí estaba el niño, había nacido quien había sido esperado desde siempre. Había nacido, quien dibujaba en ese momento, con los colores de su vida, utilizando los delicados pinceles del amor; en los lienzos de la existencia, el lindo paisaje de lo siempre soñado.
Tras unos instantes de ensimismamiento en los que el anciano espectador rememoró su pasado glorioso, esa vez el preciosísimo momento en que nació su único hijo; reaccionó de manera abrupta cuando escuchó las voces de los actores que representaban aquella escena, donde llegaba a la vida un niño. Una escena completamente opuesta al primer acto, donde había visto la luz de la vida otro niño; pero en unas condiciones paupérrimas. En aquella escena, otra era la historia. Entonces fue en ese momento cuando Generoso, el espectador, se dio perfecta cuenta de que había desviado su atención de las tablas, había sido dominado por el recuerdo de las escenas de su pasado; donde su propia vida había tenido momentos de plácemes de manos de una mujer a quien amaría por siempre, y de un hijo que igualmente amaba. Sin poder evitarlo, hubo evocado su pasado entregándose a sus recuerdos, haciendo especial énfasis en un parafraseo mental con el que engrandeció nuevamente, la dicha de sentirse exquisitamente feliz al contemplar el nacimiento de su hijo. Se propuso enmendar su desliz y mirar de manera atenta lo que se recreaba para él, único ocupante de aquel palco grandioso. El niño tan pronto nació, fue llevado a la cunita donde sería examinado detenidamente por un médico. La enfermera lo secundaba en esos menesteres.
_ ¡Qué niño tan rozagante! Todo está bien. Felicitaciones. Decía el médico, tras constatar la perfecta salud del infante. La madre lo miraba en la distancia. Luego de haber examinado al recién nacido detenidamente, descartando de ese modo alguna malformación o cualquier otro padecimiento, el galeno continuó con su trabajo, el cual consistía en la extracción de la placenta. Tratando de actuar lo más delicado posible, el galeno le habló a la madre en un tono muy suave, casi paternal. Tomando el cordón umbilical que había quedado expuesto luego de haberlo cortado al extraer el niño, desencajó muy despacio la placenta, girándola sobre sí misma; con el fin de evitar que no quedara ninguna partícula adherida en el interior de la dama. Todo salió a la perfección. Aquel alumbramiento rutinario para esas manos expertas, había resultado sin ninguna complicación. La joven madre no se quejó en lo absoluto, mientras el médico realizaba aquella maniobra, ella solo pensaba en su hijo; y la tersura de aquel pensamiento, no dejaba cabida para nada más.
_ ¿Doctor, en verdad está bien mi hijo?
_ Claro que sí, ya se lo dije. Es un niño muy bello y rozagante.
_ Gracias doctor. Gracias Dios mío, gracias. Gracias a todos. Decía aquella madre extenuada, después de semejante esfuerzo. Luego, el padre entraba desesperado al ser solicitada su presencia para que conociera a su pequeño. Al ver a su hijo, aquel hombre soñador y romántico, se sintió desfallecer. Fue un momento glorioso el que concibió. Elevó su mirada, cerrados eran sus ojos mientras expresaba unas palabras que no eran percibidas, dado el sutil tono de su voz. Con ese gesto, elevaba una oración al creador para agradecerle su dicha.
_ ¡Gracias diosito!, ¡gracias por hacerme tan feliz! ¡Gracias padre eterno! Me siento el hombre más feliz de todos. ¡Gracias mi Dios! Mi amor, mira lo bello que es nuestro hijo. ¡Gracias Dios mío, gracias!
Repetía incesante lo que ella también había expresado al todopoderoso. Era el milagro de la creación que había llegado para eternizar sus vidas, su amor y la esperanza en el mañana que ya se dejaba sentir. Sentía aquel hombre, que su dicha se completaba con la llegada de su primer hijo. Ignoraba sobre todo, que sería el único, debido unas circunstancias venidas desde el mismísimo infierno. Las luces se fueron cancelando una a una, sin prisa alguna. La música de igual forma, iba cediendo su intensidad y su ritmo, hasta fenecer finalmente. Se escuchó el aplauso incesante del espectador. Se sintieron sus vítores, sus palabras que clamaban una entrega excelsa y llamativa. Su emoción se acrecentaba. Definitivamente, había quedado extasiado Generoso por aquella escena bien trabajada, la cual tuvo el placer de disfrutar. De inmediato, sus exclamaciones fueron apagadas, ya que nuevamente se encendían las luces, esa vez más potentes y radiantes que las que le antecedieron. Aquel brusco cambio le hizo callar. Quedó atento a la escena que llegaba presurosa a sus ojos. La producción preparaba una perfecta introducción musical. Tal vez era que quería suavizar con aquella música, la sensibilidad del anciano, puesto que mirarían sus ojos un melodrama sin igual. Por ello, era otro tipo de música la que se hacía sentir. Era un agradable fondo musical. Para ser más exacto, resultaba conferida una pieza musical extraordinaria: “Pequeña serenata nocturna” de Mozart, para beneplácito del anciano espectador.