Y allí estaba aquel cruel elemento, quien había propiciado semejante debacle en unas personas valerosas. Era el padre de casi todos ellos, el hombre que los había vendido como objetos obsoletos, como mercancías banales. El hombre sin sentimientos, quien había generado toda una red de esclavitud en una era que se suponía alejada de la vergüenza de sentir que se cometían los más grandes desmanes contra la humanidad. El escenario quedó completamente a oscuras. Se escuchaban voces lejanas o susurradas, que intentaban no acercarse tanto a aquellos oídos perversos. Se decían muchas verdades, se envalentonaban los ánimos, exaltados por el terror que les produjo a todos, lo tormentoso y degenerado que había sido aquel malvado hombre, contra un ser tan menudo como frágil. En la cuadra, los rumores se desplazaban categóricos; colmados de aquella magna necesidad de terminar con una pesadilla.
En un momento, ya aquel aposento se llenaba de susurros poco perceptibles, sobre todo, a esa hora de la madrugada cuando el sueño de un ser malévolo se hacía más poderoso. En la morada de los “colaboradores” de aquel hombre despreciable, otro tanto sucedía. Era la una de la mañana, y resultaba fraguada una revuelta sin precedentes. Ya ambos bandos estaban derrumbados, y asediados de ver la pesadumbre de seres humanos indefensos y atados con cadenas. La lamentable víctima de ese desgraciado, permanecía sin sentido, aún tirado sobre un catre, apenas cubierto con unos harapos que intentaban aislar a un cuerpo de unas desgarradoras piezas de metal, punzantes y tormentosas. Las carnes exiguas daban de lleno con la dureza de un jergón cubierto de óxido. Él no se percataba de nada, pues estaba medio muerto. Sus hermanos lo sabían, ya lo habían presentido desde hacía un tiempo memorable, cuando aquel miserable ser, sin un dejo de piedad; la tomaba con el pobre chicuelo. Solamente tenía seis años el muchachito.
Una luz macilenta alumbró como pudo, hacia un costado del escenario. En ese sitio, una utilería despampanante se asemejaba a una alcoba pomposa. En ella, plácidamente, dormía un mezquino, un despiadado ser; que no se sabía cómo era posible que pudiera descansar tan plácido. Cubría su detestable dimorfismo con un pijama ridículo. Entretenido era con un soñar podrido, con imágenes que llegaban a su subconsciente. Eran esas imágenes, seres desterrados de los más elementales derechos, del menor asomo de dignidad. Llegaban a los sueños de ese hombre, las imágenes de los desmanes, de los gritos de dolor, de las torturas que sus manos, con la fiereza que le confería un látigo y el ventajismo llegado desde unas gruesas cadenas en los tobillos, propiciaba para complacer sus exigencias mezquinas. Soñaba aquel hombre detestable.
Eran estas las imágenes de sus sueños: Primeramente, se presentaba un jovencito enjuto y demacrado, asido de hambre por los cuatro costados; cargando un pesado y oneroso jarro de un material arcaico y poderoso. El mismo que había sido encargado por un comerciante del norte del país que, atestado como estaba de dinero, poder y lujo; quería con ese fino y costoso objeto, sentir aún más grandilocuente; un lujo desmedido. El hambre llevaba toda la vida secuestrándole las energías al chico, quien cargaba aquel costosísimo bien, y ya había quedado vacío de ellas. Su cabeza giraba virtualmente en todas direcciones. Sus ojos ya no expresaban una visión efectiva, y ya tampoco era controlado un equilibrio necesario. El trasto fue a parar contra el duro piso, transformándose en un cúmulo de fragmentos inservibles. La ira invadió de inmediato la vida de ese ser despreciable.
Látigo en mano, la emprendió de manera desmedida contra aquel pobre muchacho medio muerto y lo desterró de la vida en menos de un santiamén. Quedó destrozado por la cantidad de azotes recibidos. Todos se consolaban con el hecho de que por fortuna, quedó sin sentido luego de recibir los primeros flagelos, y todos también supusieron que no había sentido cuando la muerte hubo llegado. No concibió un dejo de compasión ese hombre. Luego de que lo percibió exiguo, continuó descargando su enojo. Ya convertido el cadáver del chico en un adefesio humano, lo lanzó a las bravías aguas atestadas de depredadores diversos y siempre prestos a comer lo que fuere que se les arrojara y que se amoldara a sus fauces.
Llegaba inmediatamente después, la imagen de otro muchacho muy estropeado por los rigores del infortunio, al igual que todos ellos, desnutrido hasta más no poder. Sus huesos apenas eran cubiertos por una delgada capa de piel reseca por la intemperie. Era esa piel de pergaminos, el resultado de un aislamiento nutritivo extenso. Las delgadas piernas ya estaban tan cansadas, que ni su propio peso podían cargar. Para colmo de ello, las bazofias que le habían dado de comer la tarde anterior, le habían provocado una cagantina inmisericorde que le hubo succionado la poca vitalidad con la que contaba. El mareo era supremo. Sentía retortijones en la panza, y ya de tanto deponer más agua que otra cosa; la deshidratación descomunal le reclamaba un aliciente. Aun así, era obligado a cargar un extenuante cargamento. Se trataba de una valiosa caja de finos licores. El destrozo fue enorme, y las pérdidas que hubo ocasionado aquel suceso fueron incomparables. Nunca había perdido tanto ese pervertido tipo. Por supuesto, se encargó de asesinar a golpes y latigazos al pobre muchacho. Los tiburones comieron poco ese día. No les lanzaron más que un montón de huesos, tan descalcificados que parecían sus propios cartílagos.
Realmente no soñaba fantasías macabras. A sus sueños, como para rememorar viejas glorias, llegaban al igual que un film; los desmanes perversos que de manera constante, llevaba a cabo con quien fuere. Y permanecía allí, neutralizados y totalmente dispuestos para acatar sus órdenes, aquel grupo de esclavos modernos. El desgraciado no soñaba, sentía que era feliz trayendo a colación en su subconsciente; el delicioso sabor que dejaba en todo su detestable ser, la muerte terrible de esos muchachos, por motivos hasta banales, aunque nunca por ningún motivo, por más grave que se creyere, se le podría quitar la vida a nadie. Absolutamente a nadie.
Así llegaban a los sueños del hombre, todos aquellos infortunados jóvenes que resultaban destrozados a golpes y latigazos. En muchas de esas ocasiones, era por mera diversión. En otras, por alguna apuesta, por un antojo borracho; en fin, eran vidas que a los ojos de esos tipejos, no tenían más valor que lo que significaba el trabajo que llevaban a cabo. Él mismo decía que eran sus esclavos. Eran de su propiedad como lo es un mueble, por el simple hecho de haber pagado mezquinamente por ellos. No eran entonces seres vivos según él, eran mercancía, semovientes tal vez. Lo cierto del caso significaba, que podía prescindir del que quisiera si se le antojaba. Era como cuando si ordinariamente, se descarta algún objeto que ya es considerado un desecho. Su rostro se iluminaba de una mirada diabólica y una sardónica sonrisa. Sonreía plenamente, porque esos sueños le hacían feliz. Se satisfacían unas bajas pasiones, enfermizas y hediondas. Las muertes eran a diario. Era esa enclenque actitud, la que había encendido una mecha, la misma que haría explotar una enorme bomba que desde hacía rato, tenía ganas de hacerlo.
Ya había dado José un aviso. Tenían tres horas para llevar a cabo “aquello”, como ellos mismo le decían a su plan, evitando cualquier delación a última hora. Los hombres del diabólico patrón estaban decididos a una traición. Nadie, por más malvado que pueda llegar a ser, debería apasionarse causando tanto dolor a un niño. Nadie, excepto aquel ser nacido de las entrañas del infierno. No se explicaban, el porqué no habían hecho eso antes. Hubiesen evitado de ese modo, tanta crueldad, dolor y muerte. Pero nunca es tarde cuando de hacer justicia se trata. Las cadenas habían sido retiradas por aquellos ahora, cómplices de la venganza, colaboradores de la justicia. En un país como aquel, con el cáncer exacerbado de la corrupción; la justicia resultaba ser una quimera, se lograba a fuerza de dinero; de onerosos favores. Y ese tipejo pagaba muy bien, para que esos brazos poderosos no lo alcanzaran. Por ello, aquellos hombres valerosos sentían que la decisión que habían tomado era la más acertada, ya que compartían la primicia de que, si la justicia no llega por el medio idóneo, había que hacerla llegar por cualquier otro.
Las retiradas de las cadenas, los pasos de una traición divina y el acercamiento de dos bandos por un mismo fin; sólo se podía apreciar por los sonidos que propiciaban. La imaginación entonces, hacía llegar de todo a los sentidos. Aquellos hombres tenebrosos apreciaban aquellos sonidos, como llegados de sus propios sueños. Por esa razón, continuaban inmersos en sus descansos, como si nada estuviese sucediendo. Al verse libres de sus ataduras, sus pasos se dirigieron por un sendero conocido. Unas luces gráciles atenuaban aquellas sombras. El ir y venir era constante. En el aire, se dejaba sentir un tufillo de venganza, una animadversión hacia la injusticia humana; la sed de equidad de unos hombres sufridos, mezclada con la oportuna justicia divina. La atmósfera estaba saturada de todas aquellas de impresiones encontradas: Rabia, impotencia, amor y arrojo. Las sombras surgían ágiles, raudas; tan audaces que presagiaban con sus ligerezas, un futuro de ensueño para todos. Pasos y más pasos se sucedían, hasta formar una larga cadena de andares. Tras ellos, se colocaba en un extremo del muelle, todo el contenido de unos almacenes, de varias bodegas.
Hileras tras hileras, las cargas eran dispuestas para ser tragadas por las bravías aguas oceánicas. Todo se hacía, cuidando los detalles, evitando un sonido inoportuno; pensando en la añorada libertad y además; en un castigo ejemplar para los causantes de tantos sufrimientos. Unos pasos ligeros y sabios, se acercaron como andando sobre el aire. No fueron percibidos. Un látigo fue retirado de un poder ensañado, el mismo que lo poseía desde siempre y que tanto daño había propiciado. Unas llaves fueron retiradas de una estaca, donde eran guardadas celosamente. Todo ello, realizado casi que por un fantasma. Los pasos ligeros aquellos, se alejaron tal cual llegaron, sin ser percibidos; eran presurosos entonces. Ya todo estaba preparado, solamente restaba esperar la hora propicia. Ya el niño era acomodado sobre unas mantas suaves. Era acariciado por unos hermanos llorosos y furiosos, al verle las carnes de su espalda desbaratadas. Era besado tiernamente. Él, en su inconsciencia, ajeno era a aquella lluvia de bendiciones.
_ ¡Hermanito despierta, despierta hermanito mío!, ¡no te vayas por favor! Decía un hombre con una voz casi apagada, sombría y muy sufrida. Voz que delataba los pesares, que gritaba, aunque callada, el sufrimiento mezquino que llegar a sus vidas quiso para destrozar mil esperanzas. José sufría junto a Asdrúbal, Hermógenes, Ramón; Anastasio, Temístocles y Alfonso; al igual que sufría el resto de los presentes. Las hermanas sufrían en la distancia, también atadas a unas gruesas y oxidadas cadenas que privaban, que secuestraban libertades. Los lamentos del niño, aún taladraban en los sentidos con saña e inclemencia.
Unos minutos más tardes, también las mujeres fueron liberadas. Una a una descendió de aquella mazmorra que se elevaba inclemente. Eran unas celdas aisladas, para evitar que fuesen escuchados los lamentos, productos de las constantes y maliciosas violaciones, pues, desde lo alto; estos eran apagados por los ruidosos vientos marinos. Ya se acercaban sigilosas. Una a una se fue colocando muy cerca de su hermanito para cubrirlo de encantos. Querían todos que el pobrecito se salvara. Ya se acercaba una taza de tibio caldo, aromático y sabroso; el cual era ofrecido y resultaba tragado automáticamente. Cada sorbo regresaba un hálito de esperanza, una gota de energía. Se acercaba aquel ser medio muerto, nuevamente a la vida. Clotilde, Josefina y María, tomadas de las manos, rezaban mientras una de ellas, Jacinta, la mayor de todas; se desvivía por tratar de que regresara una vida diminuta, frágil y muy querida.
_Vamos hermanito, bébela que te hará sentir mejor. Tómala mi hermanito. Acá estamos tus hermanos que te adoramos. Decía Jacinta, tratando de auparlo delicadamente para que tomara aquel consomé, con el que procuraba entregarle un poco de energía. Era amado ese frágil y delicado ser. Era amado el muchachito.
_ Si hermanito lindo, verás que ya todo va a terminar. Hoy mismo nos vamos de este infierno. Ya verás que por fin seremos felices, tal como le hubiese gustado a mamá. El resto de los hermanos sonrieron complacidos y esperanzados, al escuchar ese agradable parlamento venido desde Clotilde, la rubia de la familia. Y así, taciturno y somnoliento, el niño comenzó a abrir sus ojos nuevamente a la vida, en medio de sus tantos hermanos.
_ ¿Qué me pasó? ¡Ay!… me duele. ¡Ay!…. me duele mucho. Dicho esto, volvió a quedarse dormido, esa vez, producto del cansancio extenso acumulado por mucho tiempo. ¡Vivirá! dijo una voz en la penumbra.
Llegada el alba, la modorra no se despedía así de fácil del rostro cacaraño del despreciable hombre. Era una modorra venida, como consecuencia de una embriagante noche. Aún el agreste sabor amargo de una borrachera, era sentido en un paladar nefasto. Ubicado como estaba, frente a una sarta de miradas escrutadoras, sintió la fría textura de la traición. Presuroso, buscó en el sitio de siempre su aliciente, su odioso látigo. No estaba allí. Lo que sí estaba, era una hilera de seres humanos demacrados y llenos de odio, quienes salían del centro de un todo; y se colocaban armoniosos uno al lado del otro. José, el más grande y corpulento de todos, blandía el látigo en su diestra y en la otra, un manojo de llaves hacía denotar que todo estaba cuasi terminado. El detestable hombre miró en derredor, y comprobó además de la rebelión, una traición inesperada y sorpresiva; la que nunca imaginó que sucedería.
_ ¡Malditos, malditos, todos son unos malditos hijos de perra! ¿Con eso me pagan malditos? Sólo alcanzó a decir. El sonido de cada caja que componía el inmenso cargamento acumulado de sus almacenes, al caer al agua, llegaba a sus sentidos para torturarlo. Una a una, cada caja entregaba a las bravías aguas, un patrimonio; unas posesiones, su vida. Las mismas se tragaban aquel cargamento que se tornaba ligero. Era su vida la que se marchaba tragada por el océano. El gran cargamento, más de dos toneladas de la sustancia maldita que celosamente guardaba en sus almacenes, se diluía en aquellas aguas bravas. Nunca imaginó, que en cuestión de segundos, todo terminaría para él. Lo que si imaginó por un instante, fue su vida sin ese poderío maldito que le daba un falso valor. No iba a soportar aquella tragedia de tan enormes dimensiones.
Quiso buscar en algún integrante de su otrora pléyade de secuaces, alguna complicidad surgida de un arrepentimiento a destiempo, pero nada llegó a él. Lo que sí se apersonó fue un látigo, ese látigo inclemente que tanto dolor había propiciado llevado en sus malditas manos. Sintió el objeto penitente en poder de José, su nuevo poseedor. Él se acercaba con pasos lentos pero seguros hasta donde, agazapado y tembloroso como una cucaracha mal matada, permanecía aquel ser despreciable. José se dispuso a deslizar el instrumento por el gaznate de aquel hombre. El otrora mandamás, dueño de mil existencias, se dejaba hacer todo sin oponerse. Era una bendición que se le matase. Igual sería torturado sin clemencia alguna, por los detractores dueños de una droga disipada. De repente, antes de que sucediera “aquello”, el lazo se deshizo; no apretó más aquel cuello infernal. Sus gritos comenzaron a vociferar maldiciones tan pronto las cuerdas vocales se sintieron libres.
_ ¡Malditos, todos ustedes son unos malditos! ¡Maldigo con todas las fuerzas de los infiernos a ese desgraciado mocoso! Sé que es por él que me están jodiendo malditos. ¡Te maldigo mocoso del demonio, te maldigo! Tendrás una vida llena de sufrimientos. Te maldigo muchachito, te maldigo para siempre. No te alcanzará la vida para que sientas la fuerza de mi maldición. Te maldigo…. Y sus gritos fueron finalmente callados por lo tormentoso de una cuerda, que se cernía con fuerza sobre él. No le ahorcaron, lo amarraron por los pies y de esa manera fue expuesto. Ya esa cuerda no apretaba, solamente hacía pender a ese cuerpo en el extremo de un madero, el cual se adentraba sobre las aguas del océano bravío y colmado de fieras. Quedó balanceándose en medio de ese infierno, aquel hombre que tanto daño le hizo a unos seres esclavizados por la mezquindad de dos hombres.
Dormía por instantes, a pesar del diabólico balanceo al que estaba sometido. Creía, sumergido como estaba en un estuporoso estado, que había dormido durante horas. Sintió que la noche se acercaba, gracias a lo gélido de la brisa marina y a la oscuridad que ya comenzaba a adueñarse de todo. Era una situación tétrica. Sufría demasiado. La pudrición de sus excrementos era ya insoportable, pero a la vez inevitable, puesto que constantemente se acumulaban más de sus consecuencias entre sus calzones. Quería que la muerte se apersonara cuanto antes, y lo rescatara de aquel suplicio. Sentía que la cabeza le iba a explotar de un momento a otro, dada aquella posición. El nefasto ser estaba desesperado. En ese momento, se dio perfectamente cuenta de que todo su mal habido dinero, y todo su poder, no le servía absolutamente para nada; en ese trance perverso que estaba viviendo. Lo daría todo por salvarse, tal como lo dijo un legendario rey cuando imploraba un caballo que facilitara su huida.
Escuchaba toda clase de ruido a su alrededor. El viento procuraba sonidos que lo confundían grandemente. El chapotear constante de las criaturas marinas esperando a su presa, hacía extremo el terror del malvado ser. Se sintió el resoplido de algún cetáceo en una cercanía demasiado comprometedora. Dirigía una plegaria a quien fuese, ya que nunca había aprendido a pedirle algo a Dios, y mucho menos a ofrecer algo en su bendito nombre. Con aquella rogativa, solicitaba que le llegara la muerte prontamente. Ella no llegaba, la vida misma no permitiría que fuese así tan sencillo. Cada quien paga sus pecados de la manera que se lo merece. Y así, en esa posición cruelmente merecida, permaneció durante varias horas, las cuales parecían eternas. Transcurría pausadamente la noche, la misma castigaba con sus helados abrazos y su negrura determinante. El aterrado tipejo, de pronto sintió una brillantez a su alrededor y una minúscula esperanza se anidó en su desesperación. Pensó que se libraría por fin de ese suplicio, al creer que alguien le alumbraba para librarlo del castigo. Craso error. Él no lo sintió así, y se apresuró a afianzar su vista en la oscuridad, para tratar de determinar de qué se trataba. De donde provenía aquella luminosidad.
Se intensificaba cada vez más aquella gran brillantez, llegada al parecer, desde la nada. De repente, se hizo un ensordecedor silencio. Se acrecentó de igual manera, el miedo extenso de aquel hombre perverso. Sentía el resplandor en medio de una noche intensa. El misterio de aquel resplandor, confundía a aquella ofuscada mente. En el cielo no se divisaba una estrella, por más lejana que se ubicara. Estaba en medio de un todo, y a la vez de la nada. Los incrédulos ojos confundidos por la enceguecedora luz, no daban crédito a lo que se dejaba sentir. De en medio del mar, una figura humana se presentaba con altivez. Aparecía desde lo más profundo del espacio submarino. Se trataba del chico que había sido cobardemente asesinado por aquel ser despiadado, por el infausto hecho de haber dejado caer un jarrón viejo. El espíritu del chico antes enjuto y macilento por el hambre despiadada, a la que había sido sometido, retornaba enérgico e indomable, para cobrar venganza. Se elevó hasta tres metros sobre la superficie, y descendió raudo justo al lado donde ya otro chico se acercaba venido desde algún otro rincón del mar. Se colocaron uno al lado del otro, cubiertos de sendas miradas vacías de vida, pero colmadas de odio y de sed de venganza.
Pero apenas esa espeluznante aventura estaba comenzando. De todas direcciones, emergían las almas de los tantos jóvenes que habían sido esclavizados, vejados, torturados y horrendamente asesinados por ese despreciable espécimen colmado de maldad y de corrupción. Se iban acercando a él al paulatinamente. Pasaban frente al siniestro personaje, mirándole directo a los ojos, para hacerle recordara cada rostro con sobrados detalles. Cada malévolo instante resultaba firmemente rememorado en la mente del atormentado ser. A cada uno de ellos, luego de haberlos explotado sobremanera, los hubo asesinado cobardemente por las razones más insubstanciales; arrojándolos luego al mar, para deleite de los tiburones que destrozaban y tragaban aquellos pobres cuerpos mal alimentados.
Al poco tiempo, todas las almas de los jóvenes asesinados por esa bestia; danzaban a su alrededor. Se burlaban de él, lo enloquecían con sus alaridos aterradores. Cuando ya estaba al borde de la enajenación, entre todos, lo tomaron lentamente por los miembros inferiores desatando las amarras que los contenían, y comenzaron a sumergirlo en aquel sitio atestado de bestias depredadoras. Bajaba y subía en un juego macabro. Ya al término de una tortura grandiosa, sentía aquel tenebroso ser, los numerosos y afilados dientes de los animales; incrustándose en sus carnes, arrancando trozos de ellas. Fue un martirio espantoso. Su muerte por demás cruel, se demoró más de la cuenta en llegar. Por cada mordida, era elevado. Nuevamente otra sumergida y así, otra mordida, hasta que sólo salió un trozo de corrompido tejido que ya ni los animales quisieron.
De inmediato, cuando los gritos se apagaron y el cadáver se perdía en la inmensidad del océano tragado por los tiburones; comenzó a bajar lentamente el telón, anunciando el final de un acto colmado de dolor y tormento. El espectador no hacía más que llorar. Lloraba amargamente por todo el daño que ese ser despreciable, le había hecho a esos seres hermosos, coadyuvado por el peor de todos los seres malignos; por un hombre que había aportado sus genes para que ellos nacieran a la vida. Por ello lloraba de dolor y rabia. También lloraba de emoción al saberlos libres. Al saber que habían destronado unas cadenas que por mucho tiempo los habían mantenido esclavizados.
CUARTO ACTO
La silla de terciopelo rojo lo recibió nuevamente en su seno. Hubo abandonado su aposento momentáneamente, para obedecer a la naturaleza que lo había llamado. Aprovechó pues, el momento de descanso entre escenas. El crepitar de sus pasos sobre el fino material del piso, lo condujo nuevamente al sillón. Al hacerlo, se sintió pletórico de bienestar, reconfortado en demasía. Ahora miraría aquel espectáculo sin igual, que la vida le otorgaba de un modo más divertido. Dejaría a un lado su cursilería, y admiraría el mágico entretenimiento. Ante sus ojos nacieron las nuevas escenas. Ante la tempestad de la tristeza, sus ánimos alterados resultaban calmados. Solo deseaba que las escenas que continuaban, trascendieran colmadas de alegría. Pensó el viejo Generoso, el espectador, que a sus años ya había vivido tantas cosas, la mayoría escabrosas. Sí que tuvo momentos felices, pero ellos se habían quedado atrapados en tortuosos caminos. Tan atrapados, que nunca más pudieron salir a flote. Nunca más sintió que era feliz ese noble caballero.
En efecto, ante sus ojos llegaron unas escenas colmadas de amor, de deseo; de complacencia, de belleza. Todo aquello le satisfizo enormemente. Eran las escenas perfectas dedicadas a la vida misma, a la deidad de lo que se desea sentir; y a lo que se siente en realidad. Apareció un hombre alto y joven. A su lado, una belleza cubría al cuerpo virginal de una doncella que era contemplada, y a quien dirigiría luego, inocentes indagaciones. Era una mujer perfecta la que dudaba, no en dar una respuesta adorada; dudaba ante el hecho de no haber despertado antes al amor. Un hombre joven y trabajador, desnudaba sus sentimientos, hacía una propuesta; la bella mujer lo aceptaba. Nacía un amor, y el anciano lo celebraba con un manantial de aplausos, lo que en teatro significa lo máximo; pero eran sus aplausos los únicos. Extrañamente, nadie más propiciaba loas a esa escena.
Pensó que se trataba entonces, de manías de viejo romántico y absurdo. Su rostro, antes colmado de tristeza por lo observado en las escenas inaugurales de aquella magna entrega artística, era ahora saturado de alegría. Su semblante, podría decirse que se notaba más joven. Significaba ataviado en esa dulzura que solo dejan los buenos momentos. Los instantes que atrapan, que aprisionan con sus mágicos encantos, que regalan las sonrisas que acarician con aquellos gestos nobles; y que albergan en los corazones, matices de amor y pinceladas de paz. Por ese motivo grandioso, el espectador se sentía feliz, y era esa felicidad; lo que lo inducía a aplaudir de manera desmedida en su solitario palco.
Aquella escena representaba los tiempos de antaño, cuando se sentían bien adentro del corazón los sentimientos y se expresaban grandemente. Soñó siempre aquel hombre desde que era un niño, con vivir a plenitud algo bonito que naciera del amor puro; con sentir un sentimiento perfecto posado en su vida, para enaltecerla de felicidad y de deleite. Sintió un dejo de tristeza, al recordar que no había podido coronar ese deseo con el amor de su madre como lo hace cualquier niño, de esa mujer que ofrendó su vida de la manera más difícil de aceptar por un hijo. Supo, engañosamente, que sin poder hacer nada por evitarlo, la vida escapó de su madre como tan igual, vuela el águila risueña cuando decide inevitablemente, abandonar el nido materno para lanzarse en pos del viento; viento este que le conduzca a su propia vida, a su destino; a su bendito futuro. Al ser liberado valerosamente por sus hermanos mayores de aquellas amarras, comenzó aquel niño a recorrer un camino que lo alejara de lo agreste de un pasado reciente; para acercarlo a lo puro de un presente florido y colmado de felicidad, esa dicha que se tiene en el seno de una familia unida.
Sus hermanos habían prometido, en nombre de una madre que se había despedido antes de un tiempo, que cuidarían de él. Todos ellos fueron partícipes de aquella valerosa liberación, pero fue tanta la dedicación decisiva de José y Asdrúbal; que hasta obviaron sus propias vidas. Se entregaron en cuerpo y alma a rescatar de aquellos senderos perversos, a aquel niño desvalido y continuaron haciéndolo de manera tan dedicada, que no se percataron de la felicidad; de que sus propias felicidades aguardaban un tiempo, el que tendrían que dedicarles a ellas. Eran pues, dos mujeres que amaban las que se sintieron a la saga de unas vidas. Ellas se retiraron prudentemente de esas vidas, de las cuales se sintieron ajenas, de las cuales se sintieron excluidas. Ellos se dieron perfecta cuenta de aquel injusto abandono, cuando ya era demasiado tarde. Quedaron relegados para el amor y la felicidad. Entonces se fue madurando un sentimiento nacido de la lejanía perpetua de los amores. Con el tiempo, y por toda la eternidad, aquel sentimiento de culpa y aquellos reproches mal nacidos; harían eco en una vida longeva, llegados desde la muerte.
Se apagaron las luces del escenario, y se acalló aquella música envolvente y rutinaria, que había danzado golosa durante el inicio de ese acto que se prometía glorioso y sumamente extenso. Ya se entregaba en medio del plató, la maravilla de la unión de dos luces excelsas llegadas desde los flancos laterales, y que magnificaban una inmortal plática. Los micrófonos habían sido colocados muy prudentemente, sobre las dos personas que allí se encontraban. Era necesario enaltecer aquella plática solícita del amor eterno. Una música romántica, como venida del paraíso, comenzó a sentirse. En un principio, delicada y sumamente suave, pero fueron alargándose sus acordes, fue creciendo su pureza y momentos después; se elevó tiernamente haciendo de ese momento, la mágica escena del amor puro.
_ Hola. ¿Eres nuevo por aquí? Decía la chica tímidamente, al pasar justamente al lado de aquel chico alto y apuesto. Ellos llevaban ya varios días escrutándose mutuamente, notando que al mirarse en la distancia, y en aquellos acercamientos tímidos y solitarios, sus corazones daban extraños y encantadores vuelcos; inexplicables en esos momentos.