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4751 Palabras
_ ¡Épale viejo! El callado anciano no se inmutó y no era por otra cosa que no fuera, aquella natural hipoacusia que usualmente ostentan las personas a esa edad. Superaba a toda creces los ochenta años. La inercia del viejo bastó para que aquel detestable personaje tomara un guijarro y lo lanzara con fuerza, asestándolo duramente contra aquella humanidad duramente vivida. Esa cobarde conducta, alevosa por demás, arrancó un quejido débil, pero que denotaba el dolor, la sorpresa y el miedo. El anciano, queriendo alejarse preventivamente, tropezó con sus propios pasos y cayó estrepitosamente sobre aquellos adoquines; estropeados por los tantos años soportando los pasos de todos. _ ¡No patroncito por favor!, ¡no me maltrate!, ¡nada he hecho patroncito! _ Carajo viejo, quédate quieto que lo que quiero es hacerte una pregunta. Elevaba notablemente el tono de su voz pues pensaba, como en efecto sucedía, que el anciano no había percibido su llamado. _ ¿Entonces, por qué me pega pues? _ Caray, te hablé y te hiciste el loco, como si le estuviera hablando a un palo.  _ No patroncito, le aseguro que no lo escuché. Últimamente no escucho a nadie. ¿No se fija que ya estoy viejo?, y a nosotros los vejetes, nos llega con los años la sordera y otro bojote de achaques que nos hacen inservibles. _ ¿Está Josefina en la casa? _ Claro que si está patroncito. ¿Quiere que se la llame? Decía esto último extendiendo la mano derecha en espera de una dádiva urgida. _ Si viejo. Lanzaba al mismo tiempo que hablaba, una moneda a su interlocutor. De seguida, el anciano hizo mutis por la derecha. Poco después, se presentó una mujer enjuta, de estatura mediana y vestida completamente de negros ropajes. _ ¡Caray, pájaro de mar por tierra! Fue lo primero que se lo ocurrió decir, cuando descubrió quién solicitaba su presencia con tanto afán, dado el inmenso griterío propiciado por el anciano cuando fue por ella. _ ¿Qué hay Josefina?, ¿cómo está todo por aquí? Era siempre la forma en que iniciaba una plática. _ Aquí estamos. ¿Y qué lo trae por estos lares patroncito? _ Mujer, ¿este año pariste? _ Por supuesto patroncito. ¿Y por qué la pregunta? _ ¿Tienes la criatura aún, o ya la entregaste? _ Caray, esa la entregué andenante. No más anteayer se la di a la doñita que usted sabe. ¿Y por qué la pregunta? Volvía a preguntar, esperando ansiosamente lo que sabía que le sería propuesto.  _ Debo suponer entonces, que todavía no se te ha secado la leche. _ Está en lo cierto patroncito. ¿Y eso por qué o para que sería? _ Te traigo un negocito Josefina. Eso lo sabes hacer tú de sobra. _ Ah... ¿Y qué será?           Entonces, aquel hombre exteriorizó la verdadera causa de aquella inesperada visita. Descubrió una petaca que permanecía en la parte posterior del armatoste, en cuyo interior pernoctaba un recién nacido que ya estaba a punto de despertar por el hambre, y cuya excitación se avivó; debido a la intensa luz que chocó contra su pequeño rostro, cuando fue retirado el trapo que lo cubría y lo guardaba de la luz directa de esa hora. _ Es para que me le des de comer a éste carricito. Ya hace tres horas que se le dio leche en el establo de Juan de Dios, y ya está por rabiar de hambre otra vez. Te lo dejo unos días mientras resuelvo lo que voy a hacer con él. Cuando cierre un negocio bueno que tengo en mente, lo vengo a buscar. Dicho lo cual, una moneda de oro hacía una elipse en el aire, e iba a caer justo ante los pies de aquella mujer. La misma, regocijada en extremo, se abalanzó hasta donde había ido a parar aquel valioso objeto metálico, como si alguien se lo fuese a disputar. Acto seguido, ella se acercó hasta donde estaba la criatura, y de inmediato la pegó contra el pezón, que en ese momento rebosaba de la leche que su hijo vendido tal vez necesitaba. _ ¿Y más o menos como para cuando regresa usted por la criatura? _ No creo que sea todavía. Está muy chiquito. Ya veremos. _ ¡Caray! Entonces va a tener que deshacerse de unas cuantas monedas más. _ No me hagas reír mujer. Tú sabes muy bien el valor de esa que te di. En tu vida nunca has tenido una morocota. Nunca volverás a tener otra. Con lo que vale la mitad de esa, le tendrías que dar de mamar a mil carricitos. No me hagas reír caray. Así que deja de creer que soy tan pendejo. Y se marchó parsimonioso. La mula lanzó un resoplido cuando lo vio acercarse. La pobre y vieja acémila, tal vez supuso que hasta allí llegaría su descanso. Tan pronto hubo de marcharse aquel hombre, Josefina esperó con toda la paciencia del mundo, que el bebé terminará de lactar. Supo que era así, ya que dejó de sentir el succionar hambriento en su pecho. Lo retiró y sin más ni más, lo llevó hasta el interior de una destartalada casucha y lo depositó con desgano sobre una asquerosa hamaca que pendía casi deshilachada, de unos mecates tan delgados y maltrechos; que sólo podrían a duras penas, con aquel minúsculo peso.           A la mujer le importó poco saber la procedencia del recién nacido. Para ella, esas menudencias la tenían sin cuidado. Lo suyo era empreñarse de quien fuere, y sin un dejo siquiera de remordimientos, vender al producto de su concepción, como si de mera mercancías se tratara. Así llevaba años procediendo. Sólo había criado consigo a su hijo mayor, y eso porque tullido como era, nadie lo quiso; puesto que hasta a su propia madre estorbaba. No existía en ese monstruo de mujer, una pizca de amor de madre. Y si había aceptado tener al recién nacido a su cargo, no era más que por dinero. Nunca esperaría la vida, que ella diese una muestra de afecto al niño, por más pequeña que fuese. No tenía comparación Josefina. Ni los animales proceden de esa manera vil con sus crías.           La despiadada mujer, si se le podía dar esa denominación a ese engendro de los infiernos, solo se acercaba al niño para alimentarlo. Tan pronto se daba cuenta que ya estaba satisfecho, lo largaba como se tira un tiesto, bien sea sobre aquella deshilachada cama colgante, o sobre alguno de aquellos catres mugrientos que estaban en cualquier rincón; atestados de ácaros, y hediondos a orines y a mierda de ratas. Lo tiraba en cualquiera de esos sitios cayera como cayera. El pobre muchachito casi reventaba de tanto llorar, y esa mujer ni se inmutaba. Finalmente, cansado de llorar, se quedaba dormido; atestado de toda aquella inmundicia hasta lo inimaginable. El bobo Samuel, el hijo de aquella malvada mujer, por un pedazo de pan tieso; era quien limpiaba las consecuencias del niño. En ocasiones, el muchachito quedaba tan embarrado, que nunca se dudaría que era peor el remedio que la enfermedad. Daba lo mismo. Estuviese sucio o limpio, nadie le regalaría por lo menos, una caricia. Era ese el sino que comenzaba a desatarse sobre la vida de esa inocente criatura. Lo que le deparara o dejara de depararle el destino, era incierto. Lo seguro era que lo que fuere, sería evidentemente muy devastador sin lugar a dudas.           La fortuna de aquel niño estaba marcada. En Santa Lucía, en los predios de un hombre huraño, donde funcionaba un muelle al que acercaban todo tipo de mercaderías provenientes de lejanas tierras, entre una muchedumbre; estaban sus hermanos mayores, esclavizados como en remotas épocas. Los otros que no habían alcanzado la “edad”, aquellos que habían nacido antes que él, aguardaban de igual modo; el momento adecuado. Mientras tanto, al igual que él, sufrían los maltratos más crueles. José, Asdrúbal, Hermógenes, Ramón y Anastasio; trabajaban como esclavos de sol a sol, sin recibir más que un mendrugo de pan y un poco de avena, tan liviana y sucia; como el agua que se descarta después de fregar los tiestos. Por su parte, en las mismas condiciones, pero haciendo trabajos domésticos; permanecían Jacinta, Clotilde, Josefina y María. Todos sin excepción, lucían unas horrendas cadenas asidas a sí, para evitar que escapasen. Si se quejaban o gritaban tratando de llamar la atención, entonces la furia del n***o “Judas el Traidor” se desataba, y era preferible mirar a satanás en calzones; que a ese moreno extremo enojado.           Sucedía desgraciadamente, que una prole que le fue arrancada a una madre desde hacía mucho tiempo, como promesa incumplida de un degenerado padre de que estudiarían en un afamado colegio de la capital, guiados por una de sus hermanas; estaba siendo explotada, tal como se hizo en una época remota, a la que todos preferimos no hacer mención. Aquella mujer nunca lo supo. Siempre eran demoradas las cartas de esa hermana, o seguramente la de ellos mismos hacia su madre, por alguna u otra excusa. El descarado personaje se apersonaba cada semana a ese sitio de explotación, no para tener conocimiento de sus hijos, sino para recibir su paga por el descomunal trabajo de ellos. A diario, eran descargados inmensos buques, colmados de las más variadas mercancías, los cuales llegaban de lejanas tierras. Se trataba de cargamentos colmados de ilicitudes por doquier. Tenían que levantar pesos excesivos. No gozaban de descanso alguno, salvo unas pocas horas para dormir en las noches y cuando la naturaleza llamaba, en esos casos; el tiempo les era medido con desgano, cinco  minutos para esos menesteres.            Seis años tendría que permanecer el niño en brazos de aquella degenerada. No tenía futuro desgraciadamente. Vivió pesares demenciales, castigos injustificados, falta de alimentación y todas las degradaciones que se pudieran imaginar. Esa mujer sin alma bebía en demasía. Con el dinero que había hecho con la venta anual de niños nacidos de sus entrañas, se había hecho de una pequeña fortuna y esta, la acrecentaba precisamente como “colaboradora” en la tenencia de niños. Era pues, un sitio de paso, algo así como mantener a un animal esperando que crezca y engorde, para luego darle muerte. Era una verdadera dislocación de una realidad con el raciocinio. Nadie en su sano juicio, se prestaría para tamaña barbarie. Ella sí lo hacía. Sus gustos eran embarrados en alcohol. No existía día alguno, en que dejara de libar de un licor transparente y de dudosa procedencia, que le arrancaba sollozos al hígado.           En esa casa infernal, siempre pernoctaban dos o tres muchachos, a veces más, llevando más golpes que una gata ladrona; esperando la edad requerida, seis años, para que se los llevaran encadenados a trabajar para el gruñón y detestable ser; quien trataba con seres humanos. Aunque el peor de todos los despreciables, era el padre de esos niños, de casi todos; quien era el que propiciaba aquello. Ese era su modo de “ganarse la vida”. Iba regando sus genes, para después, con el producto de los trabajos inhumanos de sus descendientes, lucrarse. Y vaya que lo había logrado. Utilizaba tal vez brujería, hechizos o como sea que se le llame. De algo sobrenatural debería tratarse, ya que embaucaba a las mujeres con sólo mirarlas. No podía ser de otra manera, puesto que era portador de una enorme fealdad. La hediondez de sus sobacos y de su jeta, ningún ser la superaba en ninguna parte del planeta, y muy posiblemente del universo entero. Nadie, podría jurarse, eran tan feo como él; absolutamente nadie. No bastaba con hacerlas caer en la supuesta trampa del amor, lo peor era que año tras año; las ponía a parirles un muchacho. Ese elemento era padre de un ejército, sin temor a quedarse corto con el bendito ejemplo.           Así, llegó el recién nacido a las manos despreciables de Josefina, aquella malvada mujer que resultaba cómplice del tráfico maldito aquel. Desde sus más tempranas edades, comenzaban a sufrir como no debería sufrir nadie, y menos aún, si se trataba de niños. Los improperios irrepetibles estaban a la orden del día. Cualquier momento era propicio para ello. Las humillaciones surgían espontáneas, a veces por placer. Hasta el manoseo morboso de chiquillos más grandes, o de degenerados sádicos que, por unas pocas baratijas por no tener moneda alguna, les permitía esa mujer de los infiernos; bien sea mirar, tocar y hasta violar a alguno de esos chiquillos, dependiendo del valor de la baratija que llevasen a las manos de ese repugnante ser. Repentinamente se escenificó una de esas aterradoras escenas, muy bien trabajada, en la que un excelente histrión hacía que manoseaba a un pequeño, y luego le desgraciaba sus intimidades.           Evidentemente que los gritos eran producto de la ficción, algo virtual. El sitio donde se suponía estaba la víctima permanecía vacío; pero era tal la agilidad y la destreza del actor al realizar su trabajo, que pareciera que realmente se estaba abusando de un menor. Esa excelsa representación lograba sus efectos en el espectador. Él estaba petrificado. Estaba encerrado en un mutismo perverso, el mismo que le privaba de sus movimientos y lo inducía a exteriorizara un llanto débil, que poco a poco se desbocaba; y llegaba a ser toda una tormenta de pesares y sufrimientos, la cual desbarataban al senil caballero; secuestrándole la poca tranquilidad que en ese momento poseía. Era increíble que alguien hiciera esas atrocidades en unos pequeños seres tan frágiles; más aún, en un niño recién nacido. Algo dentro de sí se tambaleaba de manera turbulenta. Algo le gritaba desde lo más profundo de su ser, pero él, perplejo como estaba; no lograba entender de qué se trataba. Definitivamente, Generoso no escuchaba aquella voz interna que quería decirle algo.            De pronto, se apagaron las luces. Todo quedó en la más absoluta penumbra, y en el más pesado de los silencios. Era tanta la calma, que Generoso sentía que lo ahogaba. Segundos después, cuando ya se sentía aprisionado en esa oscuridad que enceguecía, se dieron nuevamente las luces. Al quedar perfectamente iluminado todo, apareció ante los incrédulos ojos del anciano, el pernicioso albergue que poseía Josefina en aquel macabro lugar. Era un sitio en extremo reducido, asqueroso, dueño de una humedad detestable y de un tufo pestilente. Allí pernoctaban los niños, en unas condiciones no atas para ningún ser humano, aguardando el momento de ser echados al ruedo. No se denotaba el interior de aquel sitio, sólo se había armado una escenografía que representaba un espacio externo.           Era verdaderamente increíble. En esa ocasión había siete muchachos. Sus edades oscilaban entre unos pocos meses, como era el caso del recién nacido que ya había dejado de serlo, y se había convertido en un despampanante lactante menor de dos meses; hasta muchachos de menos de seis años. A los seis ya tenían que trabajar como los esclavos que eran. En un sitio cercano, pero lo suficientemente alejado para evitar que esas pestilencias llegaran a sus narices, Josefina se ubicaba. Se ufanaba de ser dueña de un “negocio”. Después de que la modorra de su anterior borrachera le pasaba, por lo menos parcialmente; se dedicaba a cuidar a sus ejemplares. Entonces se ubicaba allí, día tras días, en ese mismísimo sitio: “¡Muchacho de mierda, quítate de ahí! Párate de ahí…. levántate de ahí. Te voy a caer a palos si no me obedeces”. “Mira carajito, deja esa vaina en su sitio. Te voy a caer a palos también si no me haces caso”. “Cónchale tripón de mierda, es que no te vas a quedar quieto. Ya te hablé una vez, no lo voy a repetir. Ya sabes, este palo esta apurado para caer en un lomo, cuidadito pues”. Se le escuchaba decir todo el santo día, todos los días. Y era que ya desde la más tierna edad, ella los sometía a trabajos que no tenían porque hacerlo. Eran esfuerzos incompatibles con sus fragilidades.           Ella igualmente los obligaba a cargar agua en recipientes más grandes que ellos, a realizar extenuantes fregadas a los adoquines del patio, a corretear en todas direcciones, por el simple placer de verlos cansados. En fin, aquellos muchachos eran tratados peor que a las bestias. Era alimentado de ese modo, el ego mezquino de una mujer que nunca, por la vía ordinaria, llegaría a impartir órdenes a nadie. Entonces, para extender el asombro del anciano espectador, salía el bobo Samuel de la nada, asiendo un leño entre sus manos, para asestarlo sin compasión sobre aquellos niños que, pavorosos, corrían en todas direcciones; gritando terriblemente, mientras sufrían esos desmanes violentos y peligrosos por demás. Los palazos caían donde fuere. Ese ser irracional solo obedecía una orden, sin saber lo que hacía, ni en contra de quién lo hacía. Ese actuar imbécil, lo llevó años después, a la muerte en una mazmorra; sin entender porque lo habían llevado hasta allí y porque lo torturaban de esa descomunal manera. Su cerebro no lograba comprender que para mirar algo, había que abrir los ojos. Era el bobo Samuel, un individuo descabellado que no sabía nada de lo que acontecía a su alrededor. Resultaba ser la malvada mujer, quien lo aupaba para que despertara la violencia en él. Sólo bastaba una señal, para que aquel volcán de fuerza y de idiotez, se volcara y cayera pesadamente sobre quien tuviera la desventura de estar cerca de él.             El espectador estaba como petrificado en su sillón de terciopelo rojo. Permanecía aferrado a dicho mueble de tal manera, que daba la impresión que lo iba a desbaratar,  que lo iba a hacer añicos. No se movía siquiera. Era inverosímil para él, que aunque fuera en una fantasía bien montada por actores expertos, se llevara a cabo una ofensa a la dignidad humana de semejante talante. No quería moverse Generoso, estaba tomado por la indignación y por la rabia. Exteriorizó finalmente un llanto amargo, y continuó mirando de soslayo el centro del escenario, que nuevamente era cubierto por una enorme cortina de plata; signo característico de que esa escena había llegado a su final. Se escuchó una música de fondo muy exquisita.           Era esa la magia del teatro. De ese arte divino y supremamente grandioso, que tiene el particular encanto de trasladar a quien sea que contemple lo puesto en escena, hacia sitios fantasiosos, lugares encantados y colmados de historias; de imaginaciones y de realidades. Siempre le gustó el teatro y el arte en general. En cuanto podía, se echaba sus escapaditas a las tertulias artísticas que en algunos lugares que rememoraba en ese momento, eran llevadas a cabo; donde personas mayores y con aires de intelectuales; conversaban acerca de aquellos afamados autores de todos los tiempos, y debatían de música, pintura, literatura y teatro, amén de otras manifestaciones. Los escuchaba embelesado, los percibía con una curiosidad que quería ser satisfecha.           Y cuando se instaló una pequeña compañía teatral, en aquel pequeño pueblo donde su familia había ido a parar como carambolas del destino, sintió que todos sus sueños se hacían realidad. A partir de ese entonces, no les perdió pisadas a aquellos actores sonámbulos y meditabundos, quienes ponían en escenas; las más variadas obras que casi nadie, por no decir nadie, iba a contemplar. Él, contrariamente, los contemplaba sin que lo notaran, y admiraba la entrega con que cada uno de esos seres ataviados de extraños ropajes; interpretaba de manera majestuosa. No era tal vez que resultaran sus actuaciones lo mejor de lo mejor, puesto que no existe tal perfección; pero a los ojos del muchacho, era aquello la maravilla de la modernidad.     TERCER ACTO   Después de haber culminado el tiempo reglamentario que se sucede entre escenas, el telón nuevamente se abrió para entregar el tercer acto. La escena que se llevaba a cabo era algo más iluminada. Se trataba de un puerto en el cual existían grandes almacenes, una infinidad de bodegas que albergaban el producto de maniobras fraudulentas, llevadas a cabo por un delincuente sin par y sus cómplices. Era en ese sitio, donde un niño de seis años recién cumplidos, llevaba a cabo un trabajo pesado. Era un niño taciturno y huidizo. Su carga resultaba muy pesada para sus pocas fuerzas. Trabajaba sin cesar, era necesario ya que no tenía en el mundo a un padre que velara por él. La madre no existía, ella había ofrendado la vida cuando él hubo nacido. Trabajaba en lugar de asistir a una escuela; no había tiempo para esas nimiedades. Había trabajo que hacer, hambre que mitigar, y no precisamente la suya. El anciano espectador se sintió triste nuevamente, no pudo contener ese dejo infinito de tristeza, al contemplar como un niño tan pequeño realizaba un trabajo; que era tan exigente, como para que lo realizara un ser que debería estar en un colegio; o tal vez jugando con otros niños igualmente inocentes. Un ser que debería estar entre unos brazos amorosos en la calidez de un hogar.  El anciano lloró nuevamente, era un llanto justificado. Se paró tembloroso, tomó su recipiente de orinar y sus esfuerzos fueron en vano. Se esforzó tanto tratando de expeler sus orines, pero una próstata endurecida y enorme se opuso a su valentía. Desistió entonces de su cometido. Entristeció pensando en que tendría que ser colocada una sonda nuevamente. Quiso vivir a plenitud el grandioso momento que la vida le regalaba en su ocaso, por lo que apartó ese pensamiento y se centró en su vivencia. Ya habría tiempo para lo demás.   Hacía seis años, aquel niño que se desvivía por cargar un enorme baúl que provenía de un navío europeo, había nacido en una tarde lluviosa. Luego de ello, fue llevado directo a los brazos del infortunio que significó su esclavitud en pleno siglo veinte. El navío en cuestión, estaba atracado en aquel puerto insolente, cuyas autoridades tenían la vista más gorda que los personajes de los cuadros de un afamado pintor suramericano. Sobre sus espaldas desnudas, se dibujaban las horrendas heridas del látigo castigador de un ser malvado, explotador y asesino; y de su montón de secuaces. Ya en su memoria, el niño guardaba los agrestes recuerdos de golpes y más golpes que caían sobre su humanidad delicada, tras una voz de mando de una mujer desalmada que ordenaba, y el actuar de un ser sin raciocinio; el mismo que actuaba por puro instinto. En ese momento, quienes golpeaban eran otros que tampoco tenían mucho raciocinio. Los mismos motivos, mayores sufrimientos. Lo que se creía que nunca terminaría. El pequeño miraba en derredor, y sólo percibía a mucha gente enfrascada en realizar los trabajos más exigentes que se puedan imaginar. Nadie hablaba con nadie. Sólo él, quien era dueño de una imaginación ingeniosa y de un espíritu noble, que a su corta edad, quería saber porqué durante los pocos años que llevaba en este cruel mundo; no había sentido otra cosa que no fuese amarguras, tormentos y dolores físicos y del alma. Sentía que no era natural que se les negara una vida que necesitaban, algo dentro de sí se lo decía. Ninguno de ellos conocía más que aquella forma de vivir y de sufrir. Todos sin excepción, habían sido extraídos de su seno familiar siendo muy chicos, especialmente él que era apenas un recién nacido cuando fue arrancado de los brazos de su madre muerta. Había allí hombres de hasta más de veinte años. Se podía palpar en ese sitio infausto, una eternidad de sufrimientos. Las gruesas cadenas y las torturas, los doblegaban a todos, les robaban los sueños. Cada día el temor era mayúsculo. Algunos se habían revelado, resultando cruel y cobardemente asesinados, ajusticiados para mejor decir. Bastaba entonces con un certero disparo en la nuca. Recibían de ese modo una muerte injusta, solo por el hecho de anhelar una libertad que creían merecer. El látigo de ese malévolo ser hablaba por si sólo al menor desafío. Desafío que sentía al percibir aquel malvado ser una inocente mirada pidiendo clemencia, unas palabras fuera de sitio, un instante de descanso; lo que fuere. Cualquier reacción que apreciaba de aquel grupo de esclavos, él la tomaba como un desafío; entonces eran los latigazos quienes reinaban en ese mundo espantoso. El niño no podía hacer semejante trabajo con sus escasas fuerzas. Sólo era un muchachito debilucho, enfermizo, enjuto y demasiado chico para su edad; aun así, a ese desgraciado nada de eso le importaba. Nada podía hacer el muchachito para lograr agarrar ese enorme peso, y caminar muchos metros con él a cuestas hasta la enorme bodega. Eso tendría que hacerlo una y otra vez durante todo el día, todos los días. Realmente él niño no podía hacer semejante esfuerzo, no era que no quería hacerlo; era humanamente imposible que lo hiciere. Pero no eran escuchadas las razones de la lógica. El látigo caía una y otra vez sobre la espalda del menor, arrancándole lastimeros gritos de gran dolor. Nadie se inmutaba. La escena se hacía cada vez más cruenta, y el sufrimiento del espectador más sentido. En la cubierta de aquel navío, mientras eran sometidos a una esclavitud sin parangón, los ojos de dos jóvenes se posaron sobre aquel malvado ser. El muchachito se desplomó sin sentido sobre el piso resbaladizo. Y aun estando sin sentido, el malvado hombre, portador de un látigo despiadado; continuaba castigando a esa pobre criatura desprotegida. Esos jóvenes eran los hermanos mayores del niño. Nació en ese momento en ellos, el deseo ferviente de libertad y también de venganza. El hecho de que aquel cobarde maltratara de esa manera a un ser tan indefenso, a un niño debilitado por el hambre y las penurias, y que continuara haciéndolo aun estando sin sentido; resultó ser demasiado, terminó siendo el detonante de una decisión gloriosa. Ambos hermanos, junto a algunos de sus compañeros de infortunio, comenzaron a maquinar una estrategia que fuese lo suficientemente efectiva, para poder terminar con todo aquel infierno. Lo habían jurado entre ellos inclusive. _ Asdrúbal… _ Dime José. _ Creo que ya llegó la hora. Tenemos que hacer algo. Ya eso es demasiado. Él apenas es un muchachito. Mira como lo ha dejado ese desgraciado. _ Tienes razón hermano. Yo también creo que ha llegado el momento. _ Baja la voz que nos puede escuchar el jefe.  _ No. ¡Ya está bueno ya! Que nos oiga quien sea. Ya esto es insoportable. No sé por qué hemos aguantado tanto. Mira como pusieron a ese muchachito. ¿Cómo lo van a poner a trabajar así? Ese niño no puede ni con su alma. Lo castigó demasiado. Hay que hacer algo urgente. _ Es verdad Teodosio, es verdad. José y yo tenemos un plan que no puede fallar. Esta noche se los cuento. Ya tenemos a varios de los que trabajan para él, que están rabiosos al ver como maltratan a nuestro hermanito. El hombre malvado que es nuestro padre nos la va a pagar algún día. _ ¿Qué cuchicheo es ese? Vamos, a callarse la jeta pues. ¿Qué habladera es esa pues? El que se la tire de alzado ya sabe lo que le va a pasar. Cuidadito pues. Y no quiero oír una palabra más. A trabajar carajo. Gritaba desde la garita un desalmado secuaz del demonio.           El espectador mantenía el rostro compungido. Resultaban sus gestos, pletóricos de una completa contrariedad, al observar el riguroso castigo que aquel hombre le infringía a un niño ataviado de consunción; completamente bordado de debilidad, de fragilidad y de una enorme inocencia; dada la edad que ostentaba. El muchachito quedó tendido sobre el piso, que en ese momento era atestado de todo tipo de desperdicios e inmundicias, las cuales resultaban expelidas de las tantas cajas que eran descargadas a diario de aquellas grandes embarcaciones. Sobre ese cerro de porquerías, el niño permanecía inmóvil, bajo la mirada dolida de todos quienes estaban presentes. Hasta quienes secundaban a aquel tipejo perverso, estaban en total desacuerdo con esa actitud tan cruenta. Verdaderamente había que poner un coto a aquella aberración extraordinaria. Ya había llegado demasiado lejos ese hombre. Era pues Generoso, presa del desespero. Se aferraba con todas sus fuerzas a aquel asiento que lo cobijaba. Sentía enorme frustración, incontenible rabia; una impotencia macabra al sentir lo que aquel ser desalmado le hacía al niño, lo cual nadie podía evitar. Era tal lo brillante de esas actuaciones, que resultaban tomadas demasiado en serio por el veterano espectador.  
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