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4688 Palabras
_ Por favor cielo, no es lo que durante todos estos años pensaste que había sucedido. Jamás pensé engañarte ni con el pensamiento. Te buscamos por todas partes, te esperamos por mucho tiempo. Dios sabe que es así; pero un día me dijeron que habías muerto en prisión, y hasta un cuerpo muy parecido al tuyo me mostraron. En ese instante, realmente creí que eras tú; ya que lo que observé tenía tus mismas características. Era tanto mi desespero que en verdad me confundí en extremo. Al verme sin ti, si tu amor y sola con el niño me sentí morir, te lo juro. Yo te amé y aun te amo con todas mis fuerzas. Nuestro hijo reclamaba tu presencia a diario. Visto todo eso, decidí rehacer mi vida con un buen hombre. Pues, resultó que con el tiempo me di perfecta cuenta del ardid que con maña y bajeza de actuar, ese hombre nos engañó y destrozó para siempre nuestras vidas cielo. Él lo maquinó todo, para que la balanza se inclinara a su favor. Jugó con mis sentimientos, con los tuyos y con los de nuestro hijo. Por eso te pido perdón mi amor. Necesito que llegues con la pureza de quien perdona, sólo así podemos ser felices para toda la eternidad. Sólo así, podremos disfrutar de la dicha que nos fue negada. Por favor cielo, dime que me perdonas. Nuestro hijo pronto te vendrá a visitar. Recíbelo por favor. Él tiene muchas cosas que decirte. _ Por supuesto que te perdono mi amor.           Jacinta se marchó tan pronto se sintió perdonada. No fue sino hasta entonces, cuando Generoso pudo continuar su camino. Luego de unos pocos pasos, llegaba por fin el anciano, al teatro donde se escenificaría una escena que él quería presenciar, como a más nada en el mundo; y como nunca en su larga vida había añorado. Él era el invitado principal, el espectador más importante, como se lo habían hecho saber en la invitación que amablemente le habían enviado con el joven encargado del correo. Allí estaba, esperando a que diera inicio la función más esperada de su longevidad. Decidió ubicarse en el sitio más cómodo que encontró, desde allí, miraría con suma atención todo el magnífico espectáculo que llegaría a sus ojos en breve. Era una silla preciosa, un terciopelo rojo intenso lo recibiría en su regazo, como un regalo bendito a sus tantos años dedicado a vivir y luchar. Desde allí miraba el escenario espléndido. En el palco donde se encontraba no había nadie más. Últimamente se había sentido solo, por eso no le dio la suficiente importancia a ese gran detalle. El escenario estaba allí, frente a sus ojos, frente a su vida. Era un escenario bello, magnífico, grandioso. Unas cortinas color marfil decoraban la parte frontal del escenario, dando la idea de que se trataba de una gran ventana por donde se podría mirar la vida misma. Allí se había ubicado el anciano, esperando que la obra se llevara a cabo. Escuchó al poco rato, una música solemne, una música celestial llegaba a sus oídos mientras se apagaban las luces. Un brillo tenue se dejó sentir en medio del escenario, y las primeras escenas comenzaron a llegar frágiles, pero con una deidad de belleza suprema. Sintió que una ráfaga de emoción llegaba a sí, y le entregaba una dicha tan intensa que lo rejuvenecía de manera sublime. No digería aún aquella sorpresa. Temblaba como si se tratara de una delgada hoja, que el viento transportaba a su antojo. Era colmado de una embriagante sensación de esperanza. Sentía la felicidad que había dejado de sentir desde hacía tanto tiempo, que ya ni lo recordaba. Se dispuso entonces, a disfrutar del espectáculo que en unos pocos minutos daría inicio.     PRIMER ACTO   Generoso se sintió totalmente complacido, cuando el telón dejó ver el inicio de aquella obra esperada desde siempre. Temblaba de emoción, sudaba copiosamente. Por fin pudo controlar aquel desbarajuste que había sentido y, ya más calmado, se entregó a la dicha de contemplar aquello tan deseado. Al abrirse el telón, se pudo divisar a una mujer cubierta de humildes vestimentas. Estaba completamente sola. Se encontraba en un pequeño paraje muy humilde. Se trataba de una especie de granero o algo parecido. Daba la sensación de que se trataba de un parto inminente. El talante de la joven mujer, estaba enmarcado en una silueta de pena, de dolor y de soledad. La lluvia caía a borbotones en una noche impávida. El vergel del ayer no se sentía en ese hoy. Las luces del alba no alumbraban esa esperanza. Era un nacimiento pobre que se hacía presente, en un sitio tan colmado de desigualdades. El anciano contempló inmóvil, como llegaba un pequeño niño al mundo. Pensó de inmediato, que nunca había presenciado un acontecimiento de semejante importancia; pero era en el ocaso de su larga vida, cuando la misma, le daba la oportunidad de contemplar el advenimiento de un ser humano. Miró interesado, cada uno de los sucesos que componían el hecho de venir al mundo. En ese sitio no había un médico, una comadrona, una vecina; no, no existía más que una madre, un amigo que poco o nada podía hacer y un embarazo que en ese momento dejaba de serlo. Caía fuertemente la lluvia, resultaba la misma, acompañada de una temerosa tormenta eléctrica que le erizaba la piel hasta al más envalentonado. Era pues, una madre pobre en una miseria extensa, en un sitio no adecuado para traer una vida, a la vida misma. La mujer vio como llegaba esa hora. E tiempo transcurría sin ser sentido. Los dolores aumentaban a medida que as horas transcurrían. Tenía miedo y a la vez alegría. Su hijo iba pronto a aparecer en este bello, pero cruel, injusto y gran mundo. La tarde avanzaba lentamente, la oscuridad reinante la asemejaba a la noche oscura. El ruido inmenso que provocaba la tenaz lluvia, casi hacía enloquecerle, a tal punto, que la desesperación se apoderaba de ella. Sus manos  se posaron sobre su grávido vientre. Temblaba de miedo, de dolor, de angustia y de frío. ¿Qué destino se estaría asomando a  esas vidas que estaban aún unidas, pero que dentro de poco dejarían de estarlo?, soñaba con que todo fuese lo esperado, para de esa forma, llevar a cabo lo mágico, lo lindo de la creación: un nacimiento. Cerró los ojos muy fuertemente hasta producirse dolor, como queriéndose ocultar en la oscuridad que le producía el hacer eso. Sudaba copiosamente, y sus cabellos empapados hacían deslizar el sudor por entre ellos, para luego caer. A pesar del frio intenso que provocaba la lluvia, sudaba tanto, que no sólo su cuerpo estaba empapado, pues se notaba la huella del sudor sobre su humanidad, cada vez que el lugar se iluminaba debido a los destellos constantes de luz que provocaban los rayos; sino que, inclusive, el piso a su alrededor también estaba empapado. Estaba en un sitio de explotación humana, sitio en el que tenía mucha gente que cargar enormes bultos de productos agrícolas, a cambio de unas pocas monedas. En ese momento sólo tres personas ocupaban aquel sitio algo apartado de un todo. La obligaron a trabajar a pesar de su estado, hasta el último momento. Ella estaba en esos menesteres desde hacía dos semanas, cuando un marido detestable midió un tiempo preciso para producir de ese modo, un aislamiento que creyó prudente y necesario para sus nefastos fines. Salvador, un labriego que era su amigo desde la más tierna infancia, enjuto y empequeñecido por el hambre y la pobreza; era el único ser que le tendía la mano. La misma mano que ya no le proveía ni su propio sustento; aún así, era extendida para ella.      Sentía como el corazón le palpitaba muy deprisa. Sentía una sacudida ya antes experimentada en todos sus partos. El hecho de que pronto sería madre, de que su hijo aparecería en cualquier momento, le ocasionaba una extraña sensación; una macabra impresión de alegría y miedo al mismo tiempo. Desde que se presentó en su vida ese ser tan mezquino, quien le robó su inocencia, no había sentido otra cosa que no fuese necesidades. Vivía desde entonces en la más completa miseria, en el sub- mundo que no debería existir, en esa condición en la que el ser humano deja de llamarse tal, para perder su más elemental sentimiento de dignidad, superación y amor. Para transformar la vida en una eterna guerra, esta contra la pobreza, contra el hambre, contra la existencia del sufrimiento en los niños; cuando en lugar de sufrir, sólo deberían jugar y reír. Vivía al margen de una vida digna, maltratada por un hombre diabólico. Su debilidad y cobardía se le escapaban de las manos. Él la sometía con la más detestable de las armas, con la amenaza. Si, la amenazaba con sus propios hijos, sino accedía a todas sus peticiones. Era una época en la que el sometimiento del machismo era supremo.  Esa mujer estaba cansada. No era su primer hijo, y era muy posible que no fuese el último. Realmente estaba cansada esa pobre mujer. Asediada de tanto batallar en la vida y no obtener respuesta de ella. Incomodada de parir inclusive, y no era su cansancio dado por el hecho de tener una prolífera descendencia, por supuesto que no. Lo que padecía era el resultado de sentirse responsable de que su “muchachera” estuviese al margen de cualquier vestigio de comodidad. Era la pobreza apabullante, desconcertante y odiada por todos. Había un padre, por supuesto que si lo había; pero era lo mismo como si no lo hubiese. Era él, el único padre de toda esa prole, ya que sus dotes de semental eran tan igual a su ego, inservible. Sólo se encargaba de aportar lo que creía que era una excelente caga genética, y ya. Que viera cada quien como se defendía, parecía su eterno grito de guerra. Desmanes estos, propiciados por la dejadez de una mujer que se sentía eternamente ofuscada por un maldito machismo, el mismo que imperaba en todo el país y que tiraba por la borda, el mínimo orgullo de mujer. El personaje de la dama en cuestión, era excelsamente representado por una excelente actriz. Ella le daba realismo a dicha representación, vivía su rol, sufría y sentía un padecimiento. El espectador también sufría observando aquella triste escena. Denotaba esa mujer los sacrificios de tantos años. No había tenido tiempo para sí misma. Ella, esa mañana que había llegado mojada, sintió lo que ya había sentido muchísimas veces y que no le tomaba por sorpresa. Sabía que ya era inminente el parto. Se tocó el vientre, y solamente con ello, supo que aún faltaba un poquito más. Tomó entonces el costal de yuca que estaba ya estaba a punto de cargar. Lo hizo con mucho esfuerzo, asumiendo el gran peso a pesar de su sagrado estado. Nadie le ayudó. Quien pudo hacerlo, Salvador, no podía ya ni con su alma, ya se había entregado a una muerte terrible y esperada. Cada quien levantaba su propio peso, era esa la ley de la pobreza. Su trabajo resultaba realizado con todo el sacrificio del mundo. Tenía que ser así, aunque ella no lo quisiere. En casa aguardaban las bocas hambrientas, y estas no entendían razones. A pesar de lo que estaba sintiendo, un dolor extenso en sus entrañas que se abrían paso a paso, el perverso hombre la obligaba a trabajar. Llevó el saco que estaba atestado del rústico tubérculo. Regresó por otro, por otro y después por otro más. Ese último fue cargado con desdén. Ya ella miraba el talego con desprecio, y no era precisamente desprecio hacia el cúmulo aquel. Su rabia era hacia el hecho de ya no sentir energías para cargar más costales, y de esa manera ganar unas pocas monedas más. Sucedía que el advenimiento de su nuevo hijo ya se anunciaba, y le robaba la poca energía que le quedaba y que, obviamente; iba a necesitar para poder llevar a cabo el extenuante esfuerzo. Se acomodó en el primer rincón que observó, y que sintió que le serviría para llevar a cabo lo que sin pausa vendría. Ya llevaba sobre su espalda, aquella rudimentaria mochila en la cual había colocado hacía días, los implementos que desde la llegada de José, conservaba y que al principio usaba cada año, y luego cada dos años. Pensó en ese momento, cuando tomó aquel receptáculo, que de haber mantenido el ritmo vertiginoso de sus primeros partos, a esas alturas de su vida vivieran en la casucha; un ejército más grande que el de los realistas.  Se acurrucó en aquel rincón sucio, y ya en esa posición, esperó que el momento llegara. A su lado sintió unos pasos que ya había escuchado a lo largo de toda su azarosa vida. Eran unos pasos toscos, alargados en el tiempo y llenos de amargura. Indubitablemente que el dueño de esos pasos iba a estar allí, presente como siempre estaba en ese momento en extremo difícil para cualquier mujer, más aún para ella que estaba abandonada a la zaga de una alimentación adecuada, que estaba arropada hasta lo indescifrable, por una inopia que se acrecentada cada día más. Estaba él presente, pero sólo era eso. Ese personaje solamente mostraba sus pasos y su presencia. Ese era por lo visto, su único rol. “Que fácil se la pusieron”, pensó Generoso al ver la exigua actuación de aquel personaje, en un principio creyendo que durante ese acto, haría lo mismo, solamente estar allí; parado junto a la valerosa mujer del esfuerzo extremo. Abstraída en sus pensamientos, la sufriente mujer parecía petrificada, cuando una nueva contracción uterina le hizo doblar sus caderas en un intento vano de evitar el dolor que ésta le producía. Las contracciones, cada vez más frecuentes y más perdurables, le hacían estar a punto de perder el sentido. Sudaba demasiado. Pasó su mano derecha por su rostro para apartar el sudor que se dirigía a sus ojos. Mordiéndose el labio inferior y aferrándose al hierro del catre, tan fuerte que parecía hacerse daño; soportó otra contracción uterina. Los dolores del parto eran para ella como un anuncio. Era aún una mujer joven, muy lozana y puede que hasta bonita. Su piel blanca y tersa, había perdido su docilidad debido al continuo trabajo pesado, y también a los tantos partos que había tenido. Había comenzado a parir desde la adolescencia. No dejaba de ser muy linda por el hecho de ser tan pobre. El rostro casi ovalado, terminaba en un deliciosamente contorneado mentón. Contrastaba lo bello de  su piel, con el intenso n***o de sus cabellos. En realidad era bella, pero en medio de tanta miseria, lamentablemente la belleza no era una virtud importante; significaba tan poco ser bonita o no serlo, que ella nunca se percató de lo bella que era. Después de superada otra contracción, su respiración agitada delataba el supremo esfuerzo que hacía. Presente también en sus ojos, estaba otra huella del agotamiento. Unas enormes ojeras que se dibujaban en ellos. En el rostro de aquella mujer se notaba su insuperable decadencia física, su castigo en la vida, las huellas inexorables de las penurias. Que difícil ha de ser, estar acompañado y sentirse solo. Pues, era eso lo que sentía aquella mujer. A su lado estaban aquellos pies, quienes eran los dueños de aquellos pasos que recién había escuchado. Estaban justo a su lado, ella los miraba con desprecio y resignación. Uno de ellos, el derecho, se movía vertiginosamente como impulsado por algún reflejo involuntario, de arriba hacia abajo golpeando repetidas veces el sucio suelo aquel; como señal inequívoca de una prisa poseída, y que era más urgente que el propio advenimiento que era esperado. Por su parte, ella continuaba sintiendo inmisericordes, aquellos dolores espantosos que se intensificaban con el paso de los minutos y se sucedían más constantes. Su respiración se entrecortaba, su piel se tornaba aterida en extremo. Sudaba copiosamente. Y eran aquellos pies, insistentes en su golpeteo contra el piso. Ya lo hacía con el derecho, ya con el otro. El insistente golpeteo era ya detestable. Ella elevó instintivamente la mirada y observó a aquel ser despreciable que la conminaba a terminar de una vez por todas, con lo que sentía que era un suplicio para él. _ ¡Ya no puedo más!, ¡Ayúdame Señor!, clamaba aquella dama valerosa. _ Cómo no vas a estar pudiendo mujer. Tienes que poder caray. Le decía aquel hombre, denotando por primera vez en su actuación, el denuedo que le ponía a su voz de trueno. Pensaba el estúpido personero, que el aspaviento venido desde el alma de aquella mujer, era dirigido a él. No había percibido tal vez que ella lo dirigía hacia el todopoderoso. _ Señor, ayúdame señor, tú que todo lo puedes, tú que todo lo haces, tú que todo lo das. Ayúdame Dios mío.           El hombre, al escuchar lo dicho por la mujer, por su mujer, como una plegaria; comprendió con quien hablaba. No era él muy dado a la fe, por ello, el zapateo constante se silenció. Aquellos pasos se dirigieron entonces, más allá de donde habían permanecido. Se dirigieron pues, hasta el exterior de aquel sitio desdeñado. Fuera de él, continuaron esos pasos avanzando. El hombre caminó deprisa hasta un carromato que poseía sólo una bestia, en lugar de las dos que acostumbraba a llevar. De la alforja, extrajo un reloj antiquísimo que había permanecido con él, desde que su padre se lo entregara en su lecho de muerte; y que había sido fabricado en un valiosísimo metal dorado. Era demasiado grande para ser llevado en su faltriquera, por ello tenía que llevarlo en aquel talego, entonces, aquella mula encorvada por el infinito trabajo y los años, se tornaba más valiosa que la vida misma, según él mismo.           Ya la mujer se había encorvado, con la intensión de aligerar el dolor que ya era insoportable, y que con los segundos se hacía cada vez más apremiante. En esa posición, todo sería más fácil. Su experiencia le gritaba desde su raciocinio eso. El hombre, después de haber verificado el paso del tiempo, se dirigió nuevamente al lado de la dama a quien le negaba un apoyo, alguna palabra que le sintiera estar acompañada, alguna muestra de ternura. Nada de eso, lo único que exigía el hombre era prisa, solo eso; tal vez necesitaba su valioso tiempo para mirar inmóvil, el nacimiento de otro hijo, o quizá no; puede que lo necesitara para algo más presuroso, para hacer otro hijo. Luego ya tendría tiempo para verlo nacer.           Desde el centro del escenario, se escuchó un estruendo que simulaba el ruido de una tormenta. Pero el espectador no lo sintió de utilería. Sintió Generoso, el desgañitado ruido de una cruel tormenta. Era esa la intención. Resultaba entonces, un enorme caudal que caía e inundaba las esperanzas, inundaba la fe; lo abarcaba todo. El viento entraba como un señor prepotente y desfajado, por una calzada descubierta que facilitaba la perseverancia de todo su poderío. Con el viento, llegaba también el intenso frío que reclamaba una frazada que nunca existiría en ese crucial momento. Era esa gélida sensación soportada con estoicismo, la misma llenaba de temor a una madre que presagiaba algo espantoso, pues; hasta el viento se lo había ido a anunciar. Temía que la gélida ventisca aquella, desatara toda su furia contra el ser diminuto y frágil que pronto aparecería. Luego, ella se calmó un poco al recordar que en su bolsa, pernoctaba un pequeño lienzo, tibio, acogedor; que había sido dispuesto por Tomasa, su amiga del alma, con tal propósito; en el momento cuando prepararon aquel ajuar meses atrás. _ ¡Apúrate ya mujer!, no tengo todo el tiempo para estar perdiéndolo en esta pendejada. Tengo muchas cosas que hacer. Blandía su sombrero zarandeándolo de un lado a otro, denotando la poca paciencia que ya le quedaba. _ Ayúdame señor mío. Invocaba a Dios, con la firme esperanza de que pronto aquello tormentoso acabaría, y pudiese entonces; tomar delicadamente al bebé y amamantarlo con todo su amor. No escuchaba aquella orden funesta que expelía aquel despreciable ser. _ No te voy a esperar toda la vida. O te apuras o te dejo aquí con un palmo de narices, para que las ratas se coman al mocoso. _ ¡Ayúdame Dios, te lo imploro! Exclamaba mientras, de manera imperceptible, también rezaba. Sus oraciones eran una especie de penitencia autoimpuesta, por haber sido tan cobarde. Si, en ese instante tan crucial de su vida, y de la de quien pronto llegaría, se sentía cobarde; se sentía sucia, humillada; aplastada, cual bicho rastrero. Ella misma se despreciaba en ese momento, por haber sido tan cobarde durante tanto tiempo. No entendería nunca, el porqué de aquella su eterna actitud, sumisa y cobarde por demás. ¿Cómo pudo soportar tanta humillación durante tanto tiempo? En ese momento, el anuncio divino la sacó de aquella cavilación, que debió sentir desde hacía largos años. Sus entrañas comenzaron a denotar que algo grande se hacía sentir. El parto era ya una realidad, ya llegaba lo esperado, lo amado; lo que cambiaría el curso de una historia.            Era un varón. La madre, al tenerlo entre sus manos y aún adosado a ella por el cordón umbilical, lo besó impaciente y lo entregó a su amor con premura. Lo había deseado tanto como a todos sus hijos, que era el momento más feliz de su vida. Cada vez que traía a uno de sus hijos al mundo, sentía aquella instintiva felicidad que de inmediato dejaba de ser instintiva; para ser una realidad, para ser sentida en el corazón. Le puso prontamente un nombre muy bonito. Era un nombre que siempre le había gustado, y que había prometido dárselo a uno de sus hijos. Así se lo hizo saber a aquel hombre ruin, quien permanecía estático a su lado, y que ni se inmutó por aquel noble evento que estaba sucediendo justo frente a sus narices. Nunca pensó esa noble y pobre mujer, que ese sería su último hijo. Como un acto reflejo, ella asió la busaca que contenía lo necesario, y de ella tomó algo que colocó justo cerca de los pies de aquel hombre. Este desenvainó aquel instrumento que cortaba certeramente, y atando el extremo cercano al niño del cordón umbilical, cercenó aquella pieza humana. Con la más intensa de las intenciones, obvió hacer otro tanto con el extremo que daba hacia la placenta, la cual permanecía aún dentro de aquel extenuado cuerpo; que de tan intenso esfuerzo, había quedado inconsciente. Resultaría exactamente como lo tenía planificado. El desgraciado y cobarde ser, pensó de la manera más ruin, que ya estaba bueno de tanta “paridera”. La sangre comenzó a brotar incontenible desde centro mismo de una gloriosa mujer. Con ella se escapaba una vida memorable. Cuando ella se marchó definitivamente de éste mundo, ya él no estaba allí, ni su criatura. El despreciable hombre lo envolvió con la pequeña manta y, colocándolo sobre la vieja carreta, se largó de aquel paraje; testigo inmutable de una desgracia sin parangón.           El espectador contempló toda esa escena, y no pudo evitar sentirse triste. Lloraba inconsolablemente. Era que cualquier mortal que presenciara un suceso tan triste, como un nacimiento tan pobre y la terrible muerte de una madre; no podía evitar sentirse triste y llorar. Lloró de rabia por la cobardía y desfachatez, de aquel despreciable hombre a quien sin conocer siquiera, odió para siempre. Olvidaba en ese momento, que sólo se trataba del excelente actuar de un también excelente hombre de tablas. Llevó ambas manos colmadas de arrugas, a su decadente rostro y dejó escapar un sollozo que duró largo rato. Cuando reaccionó ante su propio dolor, ya la escena se había marchado y otros personajes habitaban el escenario.     SEGUNDO ACTO             Todo había quedado en un silencio sepulcral. Era un extenso silencio que procuraba regresar la calma al espectador. Calma que había sido secuestrada por las desgarradoras escenas del acto que recién terminaba. El espectador era ya un anciano frágil y vulnerable, en ese caso, las emociones deberían ser cuidadosamente dosificadas; expresadas con mucha prudencia para evitar que una tristeza pasada de tono, una rabia salida de sus fronteras o una desmesurada alegría; hicieran mella en su ya atribulada humanidad. Y era algo parecido, lo que le había perturbado en el momento cuando el telón bajó, dando por concluido aquel abrebocas que significó ese primer capítulo, el cual sirvió prácticamente como una especie de preludio.           Ya las lágrimas habían comenzado a deslizarse por sus mejillas, cuando acabó aquella primera entrega. No era para menos, siendo como era, no resultaba nada extraño que se turbara de tal manera, al contemplar tan magno sufrimiento en una pobre mujer, tanta maldad en un hombre sin sentimiento; tan excelente trabajo. La entrega de los actores, penetrados en lo más profundo de sus personajes, fue total; grandiosa. Sus actuaciones entregaron al espectador, una excelencia interpretativa que llegó hasta lo más íntimo de aquella sensibilidad senil, que tantas  exasperaciones había vivido en sus tantas experiencias nefastas; las mismas que habían superado, al final de un largo camino, a las satisfacciones. Sus manos aun temblaban por la emoción sentida recientemente. Temió por un instante, no ser capaz de soportar las emociones que le esperaban. Sintió que ya su corazón podría jugarle una broma pesada en cualquier momento, si lo que llegara a sus ojos, desbordara demasiada crudeza. Pero de inmediato recordó, que ya su alma y su existencia estaban rodeadas de una gruesa coraza protectora, llegada desde todas aquellas vivencias exageradamente álgidas y cruelmente dañosas.           Se acomodó nuevamente en aquel excelso sillón de terciopelo rojo, suave y delicado, que enseguida lo atrapaba con docilidad. Ese encanto recién vivido en los brazos de aquel divino mueble, coincidió con la alzada del telón que ofrecía el capítulo respectivo. Se adecuó lo mejor que pudo para de ese modo, disfrutar o sufrir lo que hasta a él llegaría. El hermoso artefacto no emitió sonido alguno tras el peso del anciano. Realmente además de lo portentoso de sus componentes cuidadosamente trabajados, no era mucho el peso que ese escuálido cuerpo poseía, por lo que, el característico sonido que usualmente se escucha en ellos tras a percepción del peso de un ocupante, en esa oportunidad no se hizo presente. De esa manera, cómodo, más tranquilo, sosegado y feliz; Generoso se dispuso a continuar disfrutando de la obra, a la que fue amablemente invitado.           La música estrepitosa y alegre que se había hecho sentir, luego de finalizada esa primera entrega, dejó de apreciarse repentinamente; para dar paso a una débil y lastimera musicalización. Las luces, antes intensas, se opacaron de manera drástica. Se iniciaba la segunda escenificación, el segundo capítulo de la obra teatral más importante, de las tantas que había presenciado Generoso en su longeva existencia. Se escuchó el paso angustiante de un animal de carga, y tras éste, una vieja carreta de presentaba. Las ruedas desgastadas se movían de un modo descontrolado. Era un movimiento propiciado por los tantos remiendos que llevaban en unas estructuras, que ya no soportaban un recosido más. Era necesario colocar unas nuevas, so riesgo de que las ya desgastadas por el tiempo y el uso, se desprendieran de su eje y provocaran un infortunado accidente. Era evidente de que jamás perdería el equilibrio y volcara aquel rudimentario medio de transporte, ya que a la velocidad que andaba aquel animal excesivamente viejo; era eso una utopía.           Al adentrarse el carromato aquel al centro del escenario, comenzó a dibujarse una figura humana ataviada de un enorme sombrero. Eso era lo que se divisaba al inicio, cuando comenzó a hacerse sentir aquel vehículo obsoleto. Su único ocupante, aparentemente era ese hombre. Lo cubría, cuando se pudo visualizar por completo, una intensa seriedad. Eran sus ceños fruncidos a la fuerza, para denotar tal vez temor o respeto. Difícilmente lograría este último. Sentado sobre una calzada desgastada, permanecía un anciano encorvado matando el tedio, mientras hacía figuras indefinidas con sus dedos sobre la fina arena retenida sobre los adoquines.  
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