Sylor miró a Anna con los ojos bien abiertos por menos de un segundo, pero su razón le dijo que debía mantener la calma y, como si tuviese un interruptor del que tirar, se calmó. La tensión en su cuerpo se disipó y volvió a mojarse los labios, obteniendo un par de segundos para pensar. —¿A qué te refieres, Anna? —indagó con aparente curiosidad, y achicó la vista en ella. La pelinegra lo taladró por un instante, pero enseguida comprendió que tal vez se había adelantado, y negó. —Es solo que… siento curiosidad. Lo que sea que poseyó a esa niña, se dirigió a ti. —Miró hacia Terry, que se removió un poco sobre el colchón—. No puedo pensar en eso sino como algo extraño. El menor asintió. —Puedo entender esa inquietud —murmuró—. Pero… yo no soy más que una enviada de mi padre para terminar

