Anna fue a paso lento desde el edificio de residentes al de invitados, que se encontraba al otro lado del mismo terreno. En medio, observó un sinfín de flores de colores, y usó su olfato para percibir el aroma pintoresco de las plantas, de la noche y el rocío… le recordaba su hogar. Su padre había sido insistente en la necesidad de que los humanos de la Isla Snaeland fuesen puestos a salvo en terreno continental, porque temía que otros clanes se aprovecharan de su situación de refugiados para hacerles mal, o traer de regreso la práctica de la esclavitud. Sin embargo… eso no era todo. —Sería más fácil si me lo hubiese dicho —murmuró con cierta molestia y arrugó el cejo. —¿Sucede algo, señora Anna? —preguntó Carl, un paso detrás de ella y muy pendiente de todo y todos. —No… solo divago

