Sylor metió ambas manos en los bolsillos de su pantalón y miró al costado, en tanto la pequeña Terry veía al recién llegado con curiosidad. —Terry, ¿no quieres ir a ver todas las clases de flores que hay en el jardín? Me dijiste que te gustaban mucho, ¿no? Los ojos de la niña se agrandaron de par en par, así como su boca, y brillaron con intensidad. —¡¿Puedo?! —espetó con fuerza, y el mayor supo que se había estado conteniendo hasta ahora. —Puedes… —murmuró el amo y, antes de que pudiera decir otra cosa, Terry salió disparada hacia los jardines. La nena comenzó a corretear entre las flores, y su risa adornó aquel callado ambiente. Mientras Sylor contemplaba a su pequeña alimentadora actuar como lo que era, una niña, y una sonrisa pintaba sus labios, Aevan se acercó más. El pelirrojo

