Desde su llegada al asilo, Violeta había sentido muchos vacíos en su corazón más que en su memoria. No saber sobe su pasado la hacía sentir sin futuro. La identidad que tenía ahora la había construido completamente en ese lugar, con lo poco que le había enseñado sobre ella y lo poco que iba aprendiendo. También había imaginado cientos de veces sus progenitores basada en los muchos relatos que había leído, he incluso había intentado sentirse en familia en el asilo.
—Quizás como Jade, debería intentar elegir mi propia familia — se dijo a sí misma —. Aunque no es como si no lo hubiera intentado.
Hace un tiempo hasta allí llegaban visitas. Violeta tendría cerca de 14 años en ese entonces y cada domingo abría su closet y buscaba entre todas sus prendas de color completamente blanco, un bellísimo vestido de color amarillo pálido, que era la única prenda diferente que no recuerda cómo llegó a ella. Después de vestirse, bajaba rápidamente a la zona trasera de la casa, llenaba un cubo con agua y allí reflejada, trataba de peinar su cabello rubio lo mejor posible.
Se sentaba en la sala de espera principal con su vestido hasta más debajo de las rodillas y su cabello recogido por completo, a excepción de un mechón que se le escapaba por el costado izquierdo delante de la oreja. Esperaba a que llegaran sus padres mientras veía como cada uno de los internos se iba a diferentes lugares de la casa con sus respectivos visitantes. Nunca recibió una visita y tampoco una explicación del por qué. Si durante los días ordinarios los demás solían ignorarle, los domingos parecía que no existía, ni las enfermera, ni los internos y mucho menos los visitantes le mediaban palabra sobre la situación. Después de algunos meses, perdió la esperanza y cuando las demás personas recibían visitas ella se recluía en la biblioteca donde nadie nunca fue a buscarla y así empezó a sentirse cada vez más sola y aislada.
Pero parece que se ha restringido el paso hacia la colina por razones políticas y hace un tiempo que no entran personas nuevas al asilo. De hecho la única persona que salía es Esther. Lo hacía temprano y procuraba regresar para la comida, aunque hoy lo había hecho un poco más tarde.
Sentada al borde de la cama miraba al suelo la luz de la luna que se colaba por la ventana, perdida en sus vagos recuerdos, oyó que ya empezaban a pasar ronda. Se acostó rápidamente y permaneció inmóvil escuchando como crujían las tablas de las escaleras que conducían al piso superior donde sólo ella habitaba. Las demás habitaciones de ese piso servían de almacén, como todo ático.
Hubo silencio, parece que Esther se asombró de no ver la luz reflejarse bajo la puerta de Violeta. Las tablas crujieron de nuevo indicando que la jefa de enfermeras se alejaba. No hubo una entrada súbita a su habitación ni un solo toque en su puerta. ¿Esther había confiado tan fácil? ¿O quizás no era Esther quien hacía la ronda?
— ¿Estará planeando algo especial esta vez? —susurró sentada sobre la cama mirando atentamente hacia la entrada de la habitación.
Se levantó con cautela y miró bajo la puerta buscando señales de algún vigilante pero no detectó nada aunque estaba muy oscuro. Se apresuró a buscar un cambio de ropa en el closet. Al lado de todos los vestidos blancos, había uno que sobresalía por su color y extensión. Trató de pasar de largo su vista por aquel vestido amarillo pálido. Cambio su pijama por una camisa blanca de manga larga y un pantalón blanco. Tomó algunas otras prendas y las amontonó bajo las cobijas tratando de hacer un bulto con forma humana. Estaba a punto de salir de la habitación, cuando se dio cuenta que aún estaba descalza.
Miró con disgusto al lado de la puerta junto a la cama donde estaban los mocasines blancos limpios que usó más temprano. —Okey… irán conmigo sólo porque no quiero resbalarme por la colina —y los agarró con la actitud de una niña a la cual sus padres le obligan a hacer algo.
Salió al pasillo con mucha prevención y miró el reloj de péndulo en la pared. Marcaba las 8:10 de la noche, justo después de la ronda. Empezó a bajar los escalones con sutileza mientras llevaba los mocasines en su mano y se detenía al finalizar cada conjunto de escaleras para evitar ser vista. Estaba algo oscuro pero lograba avanzar por los pasillos confiándose de su memoria.
Llegando al primer piso, empezó a mejorar la visibilidad pues entraba la luz de la luna a través de la puerta de atrás. Justo antes de bajar el último conjunto de escaleras que conducían al lobby frente al comedor, vio unas sombras que se reflejaban desde la puerta de la salida a donde se dirigía. Se detuvo en seco y se arrinconó contra la pared y se puso ligeramente de cuclillas mientras oía algunas voces.
— Dicen que pudieron llegar hasta el otro lado.
— ¿Tan lejos?
— Bueno, no se sabe con certeza.
— Y cómo pudo Esther dejar pasar por alto algo como esto.
— No estaba en casa durante los hechos.
Quienes hablaban parecían ser enfermeras de un rango menor, aunque hablaban muy bajo, Violeta apenas podía oír lo que decían pero no identificaba sus voces. Se inclinó un poco más para tratar de oír mejor, pero parecía que hablaban en clave.
— Bueno, pero lo olvidarán, ¿no es así?
— Han suspendido su tratamiento…
— ¿Hace cuánto tiempo? — preguntó una de ellas asombrada. —No se me había informado.
En ese momento Violeta agotada de la posición en la que se encontraba, intentó descargar completamente su cuerpo sobre un escalón, lo que produjo que una de las tablas de madera sonara.
— shhh — dijo una de las enfermeras al oír la madera crujir.
— ¿Qué pasa?
— Creo que oí algo…
Violeta trató de contener la respiración mientras todo su cuerpo temblaba y cerró sus ojos con fuerza como tratando de hacerse invisible.
— Pero hiciste la ronda, ¿no? Todos estaban durmiendo.
— Podrían despertar en cualquier momento.
— ¿Y llegar hasta aquí sin hacer ruido?
— No tenemos aquí a cualquier tipo de pacientes —y empezó a acercarse más a las escaleras buscando el origen del ruido.
— ¿Por qué hay alguien aquí a estas horas? —dijo Lucía con voz de mando.