La puerta se abrió antes que cualquier persona pudiese dar respuesta a su llamado. Violeta guardó el libro rápidamente en su bolsillo y se quedó en silencio sentada contra la pared en medio de los estantes como si quisiera ocultarse.
No es como si ella fuera la dueña del lugar y tuvieran que preguntarle antes de entrar aunque fuera evidente que le incomodaba, solo no quería darse unos privilegios o una responsabilidad que no le correspondían. Pero por otro lado, por más que se mantuviera en silencio, era obvia su estadía allí, así que si buscaban a alguien allí, probablemente era a ella y sería grosero que no respondiera.
Estaba sentada en el segundo piso de la biblioteca que consistía en pasillos alrededor del amplio salón en dónde también habían estantes, sin embargo eran menos en número, dejando espacio para mirar al primer piso como si se tratara de balcones. Una de las paredes colindaba con la zona trasera, por lo que tenía grandes ventanales decorados con vitrales por los cuales atravesaba la luz de colores que permitía a los visitantes de la biblioteca leer con excelente visibilidad.
—Disculpa por molestarte, es decir, por invadir tu espacio —dijo Bastián con voz algo nerviosa desde abajo mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
Violeta apoyó sus manos sobre el suelo para impulsarse y ponerse de pie pero no ejecutó el movimiento. Estaba algo dudosa de lo que debía hacer en ese momento, si bien quería conversar con el muchacho y entender como estaba su relación, tenía miedo de meterse en problemas de nuevo sea porque Esther los viera juntos o por el diario, aunque en el fondo quería compartir sus pensamientos acerca del diario como si se tratara de cualquier otro libro sobre el cuál se pudiera debatir.
— ¿Violeta…? Supongo que estás aquí porque…— interrumpió su discurso al ver a la chica asomarse a uno de los balcones del segundo piso.
Desde la mañana en la casa se sentía un ambiente tenso, no sólo entre los dos chicos que se lanzaban algunas miradas de disgusto durante las comidas, sino también por las enfermeras que murmuraban a todo momento alrededor de ellos. Por lo tanto era la oportunidad de hablar al respecto del tema sin rodeos aprovechando la intimidad que les brindaba la biblioteca, sin embargo ninguno se animaba a decir algo.
— ¿Puedo estar aquí sólo un momento? Buscaré algo de leer.
— Deja de actuar como si yo fuera la bibliotecaria, simplemente me gusta estar aquí —dijo irritada Violeta.
Hubo un momento de silencio que sólo aumentó la tensión entre los dos. Quizás no era el momento para decirle eso, pensó cada uno.
— ¿Así que quieres leer? Vaya novedad —Intentó hacer una broma para cortar la tensión que había generado.
— Entonces elige un libro por mí —declaró el chico aún desde la puerta aceptando que era un mal lector—. Uno que me haga sentir amor y libertad.
Se quedó pensando y sintiendo, sintiendo lo que aquel diario le producía. El silencio y el tiempo que tardaba en darle respuesta a cada una de sus frases generaba aún más tensión, por lo que se acercó hasta la baranda de madera de aquel balcón y fingió una expresión de estar recordando títulos de libros mientras miraba hacia el techo de donde colgaba un gran candelabro. Sólo estaba haciendo tiempo para decidir si contarle o no del diario.
Sin embargo al acercarse tanto a la baranda, sus piernas quedaron más expuestas de lo que alguna vez las había visto Bastián, quien desde el ángulo en el que estaba no podía ver bajo el guardapolvo, pero si notaba que la prenda lucía más corta de lo usual. En seguida se ruborizó avergonzado por haberse fijado en ello y trató de desviar su mirada hacia otro lado, pero no quería que la chica lo tomara como un desaire si lo encontraba desatento a su búsqueda.
En ese momento Violeta volvió a mirarlo, atrapándolo con la vista perdida en sus piernas y una expresión ruborizada que ella tradujo en deseo.
— ¿Qué estás mirando? —le gritó mientras se agachaba para proteger sus piernas tras la corta prenda de vestir.
— Ah… no, no es lo que parece —trató de expresarse pero solo tartamudeaba.
— Creo que tengo el libro ideal para lo que estás buscando, sube —le dijo aún algo molesta.
El chico llevaba un saco blanco encima de una camisa blanca. En la biblioteca y en la mayor parte del primer piso de la casa, se sentían bajas las temperaturas debido a la sombra que proyectaban los árboles afuera, sumado a la altura del techo en ese piso, que dejaba escapar muy rápido cualquier ola de calor que se produjera.
Se acercó a las escaleras rápidamente y subió los escalones de dos en dos mientras se quitaba el saco, provocando gran ruido en el salón. Cuando llegó hasta arriba, Violeta tenía sus manos puestas en el borde del guardapolvos tratando de extenderlo para cubrir sus piernas.
—Usa esto —le dijo Bastián mientras le ofrecía el saco que acababa de quitarse, mirando fijamente al rostro de la chica con una expresión amable, aunque en su interior seguía incómodo por toda la tensión acumulada hasta el momento.
Violeta recibió el saco con sus manos que estaban frías por la temperatura del lugar, sintiendo la tibieza de la prenda, que le provocó una sensación cálida en las manos y después en las piernas cuando lo amarró alrededor de su cintura. —Muchas gracias, le dijo con suavidad aunque en el fondo se sentía también tensa.
Soltó un suspiro —Y bien, ¿en dónde está ubicado el libro?
— ¡Ah!, eso sí, este… vamos por aquí.
Violeta empezó a caminar liderando el paso hacia la supuesta ubicación del libro, mientras el chico la seguía observando a su alrededor estantes que no había detallado nunca antes durante su estadía allí. El silencio en el lugar se mantenía, al igual que la sensación de tensión, por lo que de vez en cuando alguno hacía un sonido con la intención de iniciar una conversación pero no prosperaba.
—Este… —Y bien —ambos hablaron al mismo tiempo. Violeta se volteó y se miraron fijamente para después soltar una carcajada.
— Habla tú primero —ofreció Bastián.
— No, es algo tonto, habla tú — respondió rápidamente ella, rascándose la cabeza.
— Vamos, no seas tímida —le dice el chico riéndose y le da un empujoncito en el hombro que la toma por sorpresa.
Desequilibrada Violeta mueve sus brazos en busca de algo en que sujetarse cuando un manojo de papeles caen por debajo del suéter que protegía sus piernas. Bastián toma rápidamente una de sus manos y evita que se caiga, pero el suelo ahora estaba cubierto de papeles.
— ¿Qué hiciste? Grita la chica muy enojada.