Un encuentro I

1028 Palabras
Violeta estaba terminando sus labores del medio día y medita sobre lo ocurrido la noche anterior. ¿Fue muy dura con Bastián durante la jornada de castigo? ¿Por qué fue él tan severo con ella cuando los atrapó Lucía en la noche? ¿Debería decirle sobre el diario? No, el insistiría en entrar en la puertilla e indagar acerca de ese lugar, y eso sería demasiado peligroso para los dos, sumado a todos los riesgos que ya habían tomado en éstos días.   Se quitó su delantal blanco y dejó al descubierto un guardapolvo del mismo color que ya empezaba a quedarle mucho más encima de la rodilla de lo que le gustaba. Le hubiera gustado mirarse en un espejo para ver cuánto dejaba ver de su cuerpo con aquel ropaje, pero eso era imposible.   Se asomó desde el arco del comedor hacia el lobby del pabellón de mujeres para asegurarse que un hubiera nadie, lo atravesó corriendo y entró a la biblioteca que quedaba justo al lado de la puerta que daba a la zona trasera. No es como si fuera muy difícil adivinar dónde estaba Violeta cuando nadie la veía, sin embargo prefería que nadie la viera entrando a lo que consideraba su guarida.   Allí adentro e respiraba un aroma a polvo y hojas de libros viejos, era algo que en ocasiones la hacía toser, pero le fascinaba. Subió las escaleras tranquilamente, admirando todo a su alrededor con ojos de turista, como si no estuviera allí desde muchos años y esos pasajes entre estantes fueran un lugar muy lejano entre sus recuerdos.   En realidad Violeta había estado aquí por última vez la tarde noche que había hallado el diario, pero sentía que el tiempo en su cabeza funcionaba de otra manera, que sus olvidos la hacían apreciar mucho más los instantes que pasaba en este lugar, porque no sabía cuándo iba a olvidar alguno de esos detalles, así que se esforzaba en memorizarlos.   Pasó entre los estantes y colocó sus manos hasta arriba de uno de ellos, como parte de su clásica coreografía cuando solía pensar que libro releería. Sin embargo esta vez ya llevaba en su bolsillo la obra de la cual se iba a embriagar esa tarde. Entonces, empinándose para alcanzar hasta arriba de los libreros, notó algo.   — ¡Lo sabía! He crecido un poco más —declaró en voz alta como si tuviera todo un público interesado en aquella noticia—. Antes tenía que esforzarme mucho más para alcanzar este de aquí y ya no es así, pronto no tendré que empinarme más y quizás ya pueda alcanzar a mirar a través de la ventana de mi habitación—añadió con emoción. Corrió de regreso por los pasillos y se detuvo en el barandal del balcón anunciando a sus súbditos la gran nueva buena.    — ¡Pronto podré ver Taba con mis propios ojos y pasaré cada día y cada noche memorizando cada detalle de su imagen, de su imponente presencia a los pies de esta colina! —proclamó en su púlpito con sus manos abiertas, dando más grandeza a su discurso.   Hubo un silencio en el lugar luego de haber hecho aquel anuncio, tenía su corazón acelerado y hubiera querido una ovación para finalizar aquel acto político digno de alta admiración, pero no podía huir de su realidad, de su soledad.   Regresó al fondo en medio de los grandes estantes, que ahora no parecían tan grandes en su mente sino medianos; sacó del bolsillo lateral el desordenado libro y leyó la página que tenía señalada con un pequeño doblez.   Jueves 12 de marzo de 1935   Esta mañana regresé a las calles de Ariza aprovechando que hacía un hermoso sol, quería ir a ver el río Mizú correr a las afueras de las clásicas construcciones de aquella zona. Me puse mi capa roja y salí de mis casa valiéndome de la ausencia de mis padres y que la casa estaría sola probablemente hasta altas horas de la noche ¿Qué podría salir mal?   Corrí fuera de Sabui que es la zona residencial de Tanba, donde vivo actualmente, y que tiene unas construcciones más contemporáneas y modernas que las de Ariza. Bajando por sus calles pavimentadas, llegué rápidamente hasta los campos de arroz en los cuales quería quedarme acostada observando las nubes pasar disfrutando de la calidez del día, pero mi objetivo hoy era otro.   Atravesé los campos de arroz que dejaron algunas ramas secas pegadas a mi cuerpo y finalmente atravesé el puente de madera en forma de arco, que pasa por encima de Mizú rumbo a Ariza.   Perseguí el cauce del río que me desviaba del camino habitual, sin embargo éste me llevará igualmente hasta las afueras de la plaza de mercado. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba siendo perseguida.   Desde que empecé a huir de casa, he estado entrenando más mis habilidades físicas, me gusta subirme a los tejados de Ariza para ver parte de Tanba desde allí; en todo caso, cuando logré identificar que me seguían, cambié mi rumbo y subí a los techos de la plaza. Mi cuerpo eclipsaba el sol y creaba una sombra sobre la amplia plaza, llamando la atención de las personas.   “Allá va la joven encapuchada” ”Allá va Jade” ”Allá va el chico siguiéndola”. ¿Ah? ¿Aún me sigue? Sí, aún seguí mi ritmo. Así que llegué al final del área de Ariza y salté a campo abierto que limitaba con la ciudad del sur, cuando oí que otros pasos bajaron de los tejados, giré mi cuerpo 180 grados, para emprender una lucha física, aunque ese aún no fuera mi fuerte.   Saqué de mi cintura una daga y me dispuse a pelear. El otro personaje encapuchado era claramente una figura masculina. “Por fin voy a probar tus habilidades en combate” dijo su capa. En ese momento no dudé en quién era. Intenté poner mi cuerpo en posición ofensiva, cuando de repente fui tacleada hacia el río Mizú, que estaba ubicado a mi espalda.   — ¿Se puede pasar? —dijo Bastián desde el otro lado de la puerta de la biblioteca.    
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