Después de un momento de silencio, Esther soltó una gran carcajada con su voz áspera y le dio algunas palmadas en la espalda al joven.
— ¿Entonces estamos listos para darte de alta?
— Creo que aún no me he recuperado por completo. Preferiría esperar un poco más.
— Está bien, de todas maneras eres de gran ayuda para la muchacha, cuando ella se recupere podremos volver a tener esta conversación —y cerró la conversación sonriente
Al principio era una manera de esperar un buen momento para irse, pero no tenía idea de que hacer al salir. Regresar a Sadoine era volver a una vida miserable en las calles o en el ejército. Además de no tener un lugar a donde llegar, intentar vivir en Tanba después de lo ocurrido podía generarle aún más problemas, aunque no estaba seguro de si ese pequeño incidente habría quedado registrado en algún reporte.
Mientras pasaban los días, seguía haciendo sus labores y acompañando a su amiga en su recuperación. Aunque cada vez le descargaban más labores en las que no pusieran en peligro su vida ni la de los internos, lo que demostraba que no estaba mejorando satisfactoriamente y por el contrario, Bastián debía presentársele de nuevo casi todos los días, añadiendo a su presentación la razón por la cual se encontraba allí.
—Mucho gusto, me llamo Bastián y estoy aquí para enseñarte tus labores en la casa.
— ¿Entonces eres mi maestro? Luces muy joven para desempeñar un cargo así —le decía mientras lo veía como bicho raro.
—No, no precisamente, somos compañeros pero me encargo de enseñarte algunas cosas…
— ¿Y porque tu si recuerdas tu nombre?
— Bueno, llevo aquí un poco más de tiempo que tú.
— ¿Y por qué aún no te has ido?
El muchacho se sentó en el suelo y miró hacia arriba, a los azules e inocentes ojos de la chica.
— Porque aún no he terminado mi labor aquí — y agachó la mirada al terreno que iba a empezar a trabajar.
— ¿Eso significa que siempre serás el encargado de enseñarme las labores de la casa? —dijo la chica con alegría enérgica.
— Bueno… —suspiró mientras se rascaba la cabeza buscando una respuesta acertada—, supongo que por ahora ese es mi rol, pero dejará de ser así cuando mejores
— ¿Así que estarás conmigo hasta que recupere mi memoria? —se lanzó al suelo de rodillas cerca de él con cara suplicante, haciendo que su guardapolvo blanco se ensuciara.
Se quedó un momento con la boca entre abierta pensando que contestarle.
—Claro que estaré ahí —y elaboró una sonrisa sincera para ella.
La chica saltó de emoción sacando la suciedad de su vestimenta y abrazó al muchacho. Era la primera vez que recibía un abrazo en meses, fue cálido y sincero.
—Entonces trabajaré duro para recordar, así acabarás tu labor y podrás irte pronto —añadió la joven emocionada aun abrazándolo. Sonriente pensó ¿A dónde querría irme?
Listo para irse a dormir, cansado de los recuerdos que atacaban su mente, Bastián se levantó de su cama y se acercó al escritorio para guardar el papel con la invitación al bosque. Abrió el cajón y esculcó entre diferentes objetos buscando una caja de cartón pequeña que en algún momento albergó galletas en su interior. La abrió para atesorar el papelito pero halló otro allí dentro. Y empezó a recordar de nuevo.
Era medio día, alguien tocó la campana y todos fueron a almorzar, pusieron la mesa y se resbalaron platos de las manos de ella, así como hizo desastre en la cocina quedándole prohibido desde esas épocas realizar ese tipo de labores. Al término del almuerzo, Esther le habló fuertemente para que fuera más cuidadosa y le solicitó ordenar el jardín antes que anocheciera.
Se encontraban los únicos dos chicos de la casa trabajando en el jardín, él cavaba zanjas en la tierra mientras ella le pasaba las flores que él le iba pidiendo. Pero no conforme con eso, ella quería saber el nombre de cada una, por lo que empezó su interrogatorio.
—Pásame por favor la flor de color rojo —le dice concentrado en su labor.
— ¿Es esta? —le dice arrodillada a su lado mostrándole una rosa.
— Eh… si, esta es roja — y recibe la planta — pero me refería a la otra roja.
—Bueno pues ¿cómo se llama esa otra roja?
— Esta es una rosa y la que te pedí es una amapola —le explica señalando las respectivas flores.
— ¿Cómo se llama ésta amarilla?
— Es un tulipán.
— ¿Y esta?
— Un clavel
— ¿Y est…
— Amapola — se anticipa a su pregunta.
— Y…
— ¡Gardenia!
—… —ella agarró una flor pero no alcanzó a decir nada.
— ¡Violeta!
La chica soltó la flor en el acto y se quedó mirando a la nada fijamente, con los ojos llenos de lágrimas.
— ¿Estás bien, te sientes bien? — le dice preocupado al ver la expresión de la chica y la sacudió suavemente—.
Entonces se abalanzó sobre él arrojándolo al suelo y lo abrazó muy emocionada.
— ¡VIOLETA!, me llamo Violeta Bisset y tengo 13 años, mucho gusto —y mostró una gran sonrisa con lágrimas en los ojos.
Emocionado Bastián también la abrazó y se la llevó corriendo a la biblioteca dejando todo lleno de tierra a su paso. Sacó una libreta y un lápiz y le escribió su nombre y edad en una esquina con una terrible caligrafía, rasgó el papel y se lo entregó.
—Así que pronto saldrás de aquí— le dijo Violeta mirando sonriente el papel con su nombre.
—Sólo me iré hasta que sepa que te darán de alta, es una promesa.
Pero llegó Esther enojada por el desorden del jardín y la suciedad en los pasillos y les regañó, en espacial a Violeta quien fue arrastrada del brazo fuera de la biblioteca. El papel con su nombre y edad cayó al suelo y Esther lo recogió, lo leyó y simplemente lo arrugó y lanzó lejos, como si no fuera información relevante para ella, llevándose a la chica hasta la zona exterior. Bastián recogió el papel y lo tiene con él hasta el momento.
Cerró el cajón y volvió a su cama con algo de amargura, recordando lo que ocurrió el día siguiente al del que acababa de recordar. Se vio con la chica en la mañana en el comedor mientras recogía algunos platos sobre la mesa y la saludó enérgico por su nombre.
— ¡Violeta Bisset! Buenos días.
La chica soltó un plato de sus manos que se quebró al llegar al suelo y soltó un pequeño grito.
— ¿Me hablas a mí?