Violeta estaba terminando de fregar el pasillo junto a la puerta de la zona trasera, cuando sintió un fuerte viento atravesar el pasillo. Era una extraña sensación de frío por la ventisca, sensación térmica baja dentro de la casa y tensión en el ambiente, la que atravesaba su cuerpo en esos momentos. Parecía que en las noches esa sensación desaparecía durante la cena que se hacía un poco más cálida y amena, además de internarse en su cuarto donde ignoraba que cosas pasaban fuera de ella.
Pero en el mañana la sensación regresaba y sólo podía ocultarse de ella en la biblioteca. Terminó rápido su labor y llevó los elementos de aseo afuera en los balcones del exterior, pasando por el lado de una cuidadora que no solía ver allí. Fuera volvió a sentir la ventisca, miró a cielo y vio que se tornaba gris mientras las copas de los árboles golpeaban entre ellos por el brusco movimiento que el viento les obligaba a hacer.
—Me hubiera puesto un saco… —aunque hubo una buena razón para no hacerlo, casi toda la ropa ya le quedaba pequeña y aunque sabía que debía decirle a Lucía o Esther, lo había estado pospuesto—. Quizás deba preguntarle a Bastián si… —se ruborizó enseguida por dos motivos. El primero era haber olvidado el saco del muchacho en su habitación, el cuál quería devolverle ese mismo día y el segundo era por haberse quedado dormida mientras disfrutaba el olor del saco que en esencia era el olor del chico.
—Ay no, ya estoy volviendo a olvidar —dijo refiriéndose a ese pequeño descuido, mientras corría de regreso a la casa atravesando el pasillo que recién estregado y subiendo las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso, donde disminuyó el paso para escabullirse a su habitación en el siguiente nivel. Sin embargo no se encontró ninguna cuidadora hasta toparse en las escaleras hacia el ático a una enfermera que usualmente no se encontraba allí.
Usualmente las cuidadoras del asilo eran unas 10 y se rotaban semanalmente por todas las áreas y pabellones. Violeta desde hacía un tiempo que había ganado ciertos privilegios entre dichas trabajadoras, puesto que las suplía en extensas jornadas, les hacía favores y en últimas, porque Esther se lo permitía por alguna razón. Así que la chica podía moverse por toda la casa, sin restricción de horarios siempre y cuando cumpliera sus labores.
—Voy… a mi habitación —dijo Violeta a la inusual cuidadora.
—No puedes pasar, es hora de estar en las zonas comunes.
—Ah sí… lo sé pero yo recién acabo mis labores y debo ir a mi habitación a cambiarme —Violeta hablaba con voz temblorosa.
—Lo siento niña, simplemente no puedo dejarte pasar, son ordenes —decía en calma la enfermera, sentada en las escaleras que conducían al ático.
Violeta quería reclamar pues siempre tenía jornadas de trabajo más extensas a cambio de sus beneficios, pero a esta mujer nunca la había visto y no había manera de hacerle entender eso. Quizás podría buscar a Lucía o Esther, pero eran personas que estaba evitando ver en definitiva.
—Creo que usted no entiende…
—Creo que usted no entiende —le interrumpe la enfermera a Violeta con voz violenta. Se levanta de su puesto de guardia, toma los hombros de la jovencita y la empuja hasta la entrada de las escaleras del segundo piso. —Por favor retírese y no me dé más problemas —repite en un tono agresivo.
Violeta se queda un momento en ese lugar con la boca entre abierta mientras su interlocutora regresaba a su lugar de guardia. Quería hacer algo pero no sabía qué, cuando un calor subió desde su pecho hasta sus mejillas a la vez que cerraba los puños con fuerza. Bajó las escaleras con fuerza haciendo sonar la madera con el golpeteo de sus zapatos, aunque estos le tallaran. Tenía que trabajar tan duro para obtener unos pocos privilegios, solo en horas diurnas y ahora mucho menos que eso, ya que la seguridad de la casa había aumentado y hasta había un gran número de nuevas cuidadoras.
Regresó al pasillo donde había desempeñado la labor pero al ver en la entrada de la zona trasera parada una enfermera, su corazón se aceleró lleno de enojo y entró a la biblioteca cerrando la puerta con efusividad.
***
Bastián entró a la biblioteca intentando actuar con naturalidad, aunque en el fondo sentía incomodidad de que tantos ojos lo vieran entrar a la guarida de la chica, en especial al ver tantas enfermeras rondando cerca, era inevitable sentir una tensión que sólo daban ganas de huir.
Caminó a través del salón con la misma cautela con la que entró y caminó en cualquier dirección buscando a su aliada, incorporándose en la frialdad que emanaba el lugar, entre cruzó sus manos sobre sus brazos como dándose un abrazo a sí mismo y frotó sus manos en búsqueda de algo de calor, aun cuando llevaba puesta una camisa larga de manga larga.
No quiso llamar a la chica en voz alta, intento por demostrarse a sí mismo que la conocía tan bien, que podría predecir el lugar en el que estaba, probablemente acurrucada leyendo aquel diario. Entonces en medio del silencio del lugar escuchó el eco de algunos sollozos en contraste con el eco de sus propios pasos.
Siguiendo la pista sonora, se escabulló entre los estantes del primer piso al lado derecho, cerca del gran ventanal con vitrales, en donde lejos de su intuición que lo habría llevado al segundo piso, encontró a la chica al final de un pasillo edificado por libreros, abrazando sus piernas con su cabeza hundida en esa unión. La miró por completo, vestía un pantalón y camisa manga larga al igual que él.
Se sentó a su lado pensando que debía decir primero, mirándola desde el lado sin saber muy bien lo que ocurría. “Quizás una muestra de afecto la ayude a calmar su intranquilidad” y extendió su brazo por detrás de la chica para detenerse justo antes de tocar su espalda seguido de un suspiro.
— ¿Ocurrió algo? —dijo en tono serio en contradicción con su primer plan, lleno de afecto.
Violeta saca su cara de entre su cuerpo compacto y expone su rostro enrojecido por la presión a la que estaba sometido, pero no hay rastros de lágrimas en él.
— Pensé que… estabas llorando —dijo Bastián evitando que su primera pregunta fuera motivo de disputa.
— ¿Son necesarias las lágrimas para demostrar cuán lastimado está un corazón? —preguntó suavemente la chica, con su cabeza apoyada en las rodillas.
—Bueno… creo que no son necesarias, pero son muy dicientes— se quedó en silencio esperando haber resuelto con satisfacción la duda de la chica, pero ella también esperaba algo más—. Quiero decir, en ocasiones tu boca no logra poner en palabras lo que siente tu alma, entonces las lágrimas brotan de los ojos, que son comúnmente llamados los espejos del alma, los que reflejan… —estaba improvisando y no sabía si era adecuado para el momento decir cosas metafóricas— los que reflejan tu verdadero ser.
— ¿Y si ni mi boca, ni mis ojos logran transmitir lo que siento? Ni si quiera sé cómo me siento.
Bastián tomó una bocanada de aire que funcionaría como combustible para su valentía y se acercó a la chica para darle un caluroso abrazo, como en esas épocas en que era oficialmente su cuidador.
La rodeó con sus brazos pero no pudo apretarla contra su cuerpo. Violeta sintió calor en su corazón, calor como el saco de Bastián que le rodeaba la cintura ayer, pero esta vez era él quien la rodeaba a ella, así que también lo abrazó a la vez que soltaba un suspiro y se sintió protegida, como en otras ocasiones con Lucía, pero esta vez sentía una sensación confianza, algo más familiar y una sola lagrima salió de su ojo izquierdo y rodó por su mejilla.
Sintió que aquel abrazo le daba mucha claridad y logró poner en palabras algo de la resignación que sentía. —Quiero mi libertad —suspiró en el pecho de Bastián quién sintió como se aceleraba su corazón al oír esas palabras. Y se quedaron abrazados un poco más protegidos por la intimidad que les brindaba aquel salón en silencio.