CAPÍTULO XII-4

1985 Palabras

—Sigue —dijo Shirley. —Entonces, sigue tú también. Yo sólo repetía «El náufrago». —Lo sé. Recítalo entero, si lo recuerdas. Y, puesto que era casi de noche y, al fin y al cabo, la señorita Keeldar no era una oyente temible, Caroline lo recitó en su totalidad. Lo recitó tal como debía hacerlo. Se notaba que comprendía el mar proceloso, el marinero caído al océano, el barco reacio a merced de la tormenta, y más vívidamente aún comprendía el corazón del poeta, que no se lamentaba por el náufrago, sino que, en la hora de una angustia sin lágrimas, trazaba la semblanza de su propio dolor, abandonado por Dios, en el destino del marinero abandonado por los hombres, y lloraba desde las profundidades en las que se debatía: No voice divine the storm allayed, no light propitious shone, when, sn

Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR