Una pequeña esperanza Cada mañana, antes de irse al instituto, Samantha dejaba la comida lista para Mathias. Se aseguraba de que todo estuviera en su punto, con el mismo amor y dedicación con los que Sara le había enseñado. Pero cuando regresaba a casa, encontraba los platos intactos. —¿No comiste? —preguntaba con esperanza. —Si comí en la fonda de la esquina, tiene mejor sabor la comida de ahí, que la que tú haces —respondía él sin mirarla. Para Samantha, esas palabras eran una puñalada a su frágil corazón. —¿Por qué eres así? Mathias la miró con frialdad. —Porque esto no es un matrimonio y porque es la verdad. Samantha apretó los puños. —Tal vez no, pero podríamos hacer que al menos sea una convivencia menos miserable. Mathias no respondió. Se limitó a levantarse y encerrarse

